Una geografía sentimental
Traducción del portugués por Ismael Briseño Velázquez
Texto original de Geraldo Pereira
Edición por Ángela Cuartas
Imagen: Henrique Aleixo
Las cosas en Recife cambiaron por completo en los últimos 40 años y mi generación, ya sesentona, lo presenció todo. ¡Así es la vida! Las transformaciones se materializan a lo largo de las décadas, haciendo que los más viejos tengan recuerdos que los jóvenes sonríen y justifican: “¡Esos eran otros tiempos!” Nuevos hábitos y nuevas costumbres ahora andan por ahí, en el día a día de la ciudad, llevando a la gente contemporánea a otras formas de convivencia. Hay una libertad exagerada, al parecer, sobre todo entre los que emergen para el ejercicio de la existencia humana. El trabajo casi no existe y si el ciudadano logra incorporarse al mercado, ya no hace mucha diferencia, la máquina se va adueñando de las rutinas, la competencia tiene prioridad sobre todo y sobre todos, lo que influencia las formas de absorber la mano de obra.
Los cines de antes cerraron sus puertas, la mayoría, aun con la resistencia hercúlea del São Luiz, cuya frecuencia no se compara al pasado del siglo que ya se fue. Los centros comerciales llevaron a los barrios finos las grandes salas de exhibición y promocionaron los estrenos más importantes. El comercio, de igual manera, dejó el centro urbano y ahora las tiendas integran los condominios de esas modernas construcciones colectivas, donde se venden desde alfileres hasta vehículos motorizados. En la calle Nova y en la Imperatriz, por más esfuerzo que haya de los propietarios, es rara la presencia de personas de clase media. Ya no está la merienda sabrosa, incluso apetitosa, de la Confeitaria Confiança, cuyo sándwich de queso prensado en pan de caja era un éxito en el pretérito. La heladería Gemba se desencantó y los sabores se industrializaron, nunca más se asemejaron a lo que eran. Los médicos y los dentistas se dispersaron en los barrios lujosos, salieron de sus consultorios centrales, tanto de la avenida Guararapes como de la Conde da Boa Vista…
Ya nadie desea vivir en casas con jardines y patios repletos de árboles frutales. El cajá, el cajú, el anón, el mango, el jambo y el chicozapote son productos expuestos en los supermercados. Antes se obsequiaban de vecino a vecino. Proliferan los edificios enormes, de alturas que superan por mucho al rascacielos de la plaza o al Edifício Capibaribe, en la calle Aurora. Se acabaron las misceláneas de las esquinas y una de las últimas, derrotada por el alejamiento de la clientela, sufrió una metamorfosis de los tiempos: se volvió un restaurante casero. El dueño cuidadoso guardó por ahí sacos de frijol, arroz y azúcar, recuperando así un pasado delicioso. En esos establecimientos, varias veces los vecinos de las farmacias, los jubilados y otros menos ocupados se quedaban platicando cuando acababa la tarde. Traían el pan de ácima y la mantequilla de buena procedencia. Los huevos se recogían en los terrenos, de cualquier gallina ponedora, y se freían en manteca de puerco.
La gente sencilla se sentaba en los bares y los más acomodados raramente tomaban bebidas alcohólicas, salvo en los cumpleaños o en las reuniones casuales, en las fiestas de fin de año y en las festividades del rey Momo. Y si eran aficionados a las parrandas, se restringían al buen whisky, rara vez sobrepasando los límites de la sobriedad. Al maestro Jordão Emerenciano, monarquista convicto, le gustaban esas fiestas y por ahí andaba mi papá, además del geógrafo Gilberto Osório de Andrade y algunos otros de la sociedad de la época. Se juntaban para platicar, mientras las horas pasaban en los relojes. Había quien bailaba y quien no bailaba, veladas deliciosas que se quedaron en la memoria, y hasta se creó una cofradía con el nombre de Orden del Cencerro de Oro, en justo homenaje al accesorio que usan las cabras y los chivos en los campos. Cada uno tenía su instrumento y lo traía atado al cuello como si fuera una medalla.
Las quermeses y las fiestas parroquiales apaciguaban el ocio durante algunos meses del año. Los carruseles, los juegos de azar y el tiro al blanco conformaban la fiesta. Una que otra vez un coñac para animar al ciudadano joven. Coqueteo y mucha labia con las muchachas, jóvenes flores, disponibles para un beso robado o un abrazo a escondidas. Así nacían los noviazgos, en pleno festejo, unos prosperando hasta el día de hoy en sólidos casamientos y otros que se quedaron atrás. Los hijos ya grandes, casados o no, pero con perspectivas de un futuro prometedor. “Nadie anticipa qué será de un niño de 10 años”, se decía en una película que vi en un regreso de Francia, donde había dejado a mi primogénita. Gracias a Dios volvió a sus orígenes y hoy imparte clases en un doctorado enfocado en Antropología Cultural. ¡Qué hermoso! ¡Nunca me lo imaginé!
¡He aquí mi geografía sentimental!
*Artículo publicado después de una visita a mi hija mayor (Fabiana) en París, en su primera estadía fuera de Brasil. Hoy está casada con un español –Gonzalo Herraz– y reside en las cercanías de Madrid.
As coisas no Recife mudaram completamente nos últimos 40 anos e a minha geração, sessentona já, assistiu a tudo isso. A vida é assim! As transformações se materializam ao longo das décadas, fazendo com que os mais velhos tenham lembranças que os jovens sorriem e se justificam: “Seu tempo era outro!” Novos hábitos e novos costumes estão por ai, no cotidiano da cidade, levando a gente contemporânea a convívios diferenciados. Há uma liberdade exagerada, parece, sobretudo dentre os que emergem para o exercício da existência humana. O trabalho quase não existe e se o cidadão consegue engajar-se no mercado há muita diferença agora, a máquina vai se ocupando das rotinas, a competência tem prioridade sobre tudo e sobre todos, influenciando as formas de absorção da mão-de-obra.
Os cinemas de antes fecharam as portas, em maioria, mesmo com a resistência hercúlea do São Luiz, cuja freqüência não se compara ao ontem do século que se foi. Os shoppings levaram para bairros finos as casas de exibição e promovem as estréias mais importantes. O comércio, igualmente, deixou o centro urbano e as lojas integram os condomínios dessas modernas construções coletivas, onde se vende do alfinete aos veículos motorizados. Na Imperatriz e na rua Nova, por mais esforço que haja dos proprietários, é rara a presença das pessoas de classe média. Não há o lanche gostoso, apetitoso até, da Confeitaria Confiança, cujo sanduíche de queijo prensado no pão de caixa fez sucesso no pretérito. A sorveteria Gemba encantou-se pra trás e os sabores tornaram-se industrializados, nunca assemelhados àqueles. Os médicos e os dentistas dispersaram-se nos bairros nobres, saíram de seus consultórios centrais, na avenida Guararapes tantos ou na avenida Conde da Boa Vista muitos…
Ninguém deseja mais residir em casas com jardins e quintais repletos de fruteiras. O cajá, o caju, a pinha, a manga, o jambo e o sapoti são produtos expostos nos supermercados. Eram presenteados outrora, de um vizinho a outro. Proliferam os prédios enormes, de altura que superam em muito a do arranha-céu da pracinha ou a do Edifício Capibaribe, na Aurora. Acabaram-se as mercearias das esquinas e uma das últimas, vencida pelo afastamento da freguesia, sofreu a metamorfose dos tempos, virou restaurante de bom tempero. O cuidadoso dono guardou por lá sacos de feijão, de arroz e de açúcar, reavendo assim um passando gostoso. Nesses estabelecimentos, tantas vezes vizinhos das farmácias, os aposentados e outros menos ocupados fiavam conversas em fins de tarde. Traziam o pão da ceia e a manteiga de boa procedência. O ovo era recolhido no terreiro, de uma galinha poedeira qualquer e frito na banha de porco.
Sentava nos bares o povo simples e os remediados da sorte raramente tomavam bebidas alcoólicas, senão nos aniversários ou nos assustados, nas festas de fim de ano e na folia de Momo. E se eram adeptos das noitadas, restringiam-se ao bom whisky, raramente ultrapassando os limites da sobriedade. O mestre Jordão Emerenciano, monarquista convicto, tinha gosto com essas festas e por lá andavam o meu pai, além do geógrafo Gilberto Osório de Andrade e mais alguns da sociedade da época. Juntavam-se para fiar conversa, enquanto a hora avançava nos relógios. Havia quem dançasse e quem não dançasse, saraus deliciosos que ficaram na memória e até uma confraria foi criada, com o nome de Ordem do Chocalho de Ouro, numa justa homenagem ao apetrecho usado por bodes e cabras nos agrestes. Cada um tinha o seu instrumento e o trazia atado ao pescoço, como se fosse uma medalha.
As quermesses e as comemorações das paróquias preenchiam o lazer em alguns meses do ano. Os carrosséis, os jogos de azar e o tiro ao alvo faziam a festa. Vez ou outra um conhaque para animar o cidadão menino. Flertes e muita conversa pra cima das meninas, moiçolas em flor, disponíveis para um beijo roubado ou um abraço furtivo. Namoros nascidos assim, em plena fuzarca, uns prosperando ainda hoje em sólidos casamentos e outros que ficaram pra trás. Filhos grandes já, casados ou não, mas com perspectivas de agradáveis futuros. Ninguém antecipa o que será de uma criança aos dez anos de idade, dizia-se em filme que assisti numa volta da França, onde havia deixado a primogênita. Graças a Deus voltou às origens e hoje pontifica em doutorado voltado à Antropologia Cultural. Que beleza! Nunca pensei nisso!
Eis a minha geografia sentimental!
∗ Artigo publicado depois de uma visita à filha mais velha (Fabiana) em Paris, em sua primeira estadia fora do Brasil. Hoje está casada com um espanhol – Gonzalo Herraz – e reside nas cercanias de Madrid.
Tomado del Portal Domínio Público del Gobierno de Brasil, en el libro Fragmentos do meu tempo de Geraldo Pereira: https://www.dominiopublico.gov.br/pesquisa/DetalheObraForm.do?select_action=&co_obra=103030
As coisas no Recife mudaram completamente nos últimos 40 anos e a minha geração, sessentona já, assistiu a tudo isso. A vida é assim! As transformações se materializam ao longo das décadas, fazendo com que os mais velhos tenham lembranças que os jovens sorriem e se justificam: “Seu tempo era outro!” Novos hábitos e novos costumes estão por ai, no cotidiano da cidade, levando a gente contemporânea a convívios diferenciados. Há uma liberdade exagerada, parece, sobretudo dentre os que emergem para o exercício da existência humana. O trabalho quase não existe e se o cidadão consegue engajar-se no mercado há muita diferença agora, a máquina vai se ocupando das rotinas, a competência tem prioridade sobre tudo e sobre todos, influenciando as formas de absorção da mão-de-obra.
Os cinemas de antes fecharam as portas, em maioria, mesmo com a resistência hercúlea do São Luiz, cuja freqüência não se compara ao ontem do século que se foi. Os shoppings levaram para bairros finos as casas de exibição e promovem as estréias mais importantes. O comércio, igualmente, deixou o centro urbano e as lojas integram os condomínios dessas modernas construções coletivas, onde se vende do alfinete aos veículos motorizados. Na Imperatriz e na rua Nova, por mais esforço que haja dos proprietários, é rara a presença das pessoas de classe média. Não há o lanche gostoso, apetitoso até, da Confeitaria Confiança, cujo sanduíche de queijo prensado no pão de caixa fez sucesso no pretérito. A sorveteria Gemba encantou-se pra trás e os sabores tornaram-se industrializados, nunca assemelhados àqueles. Os médicos e os dentistas dispersaram-se nos bairros nobres, saíram de seus consultórios centrais, na avenida Guararapes tantos ou na avenida Conde da Boa Vista muitos…
Ninguém deseja mais residir em casas com jardins e quintais repletos de fruteiras. O cajá, o caju, a pinha, a manga, o jambo e o sapoti são produtos expostos nos supermercados. Eram presenteados outrora, de um vizinho a outro. Proliferam os prédios enormes, de altura que superam em muito a do arranha-céu da pracinha ou a do Edifício Capibaribe, na Aurora. Acabaram-se as mercearias das esquinas e uma das últimas, vencida pelo afastamento da freguesia, sofreu a metamorfose dos tempos, virou restaurante de bom tempero. O cuidadoso dono guardou por lá sacos de feijão, de arroz e de açúcar, reavendo assim um passando gostoso. Nesses estabelecimentos, tantas vezes vizinhos das farmácias, os aposentados e outros menos ocupados fiavam conversas em fins de tarde. Traziam o pão da ceia e a manteiga de boa procedência. O ovo era recolhido no terreiro, de uma galinha poedeira qualquer e frito na banha de porco.
Sentava nos bares o povo simples e os remediados da sorte raramente tomavam bebidas alcoólicas, senão nos aniversários ou nos assustados, nas festas de fim de ano e na folia de Momo. E se eram adeptos das noitadas, restringiam-se ao bom whisky, raramente ultrapassando os limites da sobriedade. O mestre Jordão Emerenciano, monarquista convicto, tinha gosto com essas festas e por lá andavam o meu pai, além do geógrafo Gilberto Osório de Andrade e mais alguns da sociedade da época. Juntavam-se para fiar conversa, enquanto a hora avançava nos relógios. Havia quem dançasse e quem não dançasse, saraus deliciosos que ficaram na memória e até uma confraria foi criada, com o nome de Ordem do Chocalho de Ouro, numa justa homenagem ao apetrecho usado por bodes e cabras nos agrestes. Cada um tinha o seu instrumento e o trazia atado ao pescoço, como se fosse uma medalha.
As quermesses e as comemorações das paróquias preenchiam o lazer em alguns meses do ano. Os carrosséis, os jogos de azar e o tiro ao alvo faziam a festa. Vez ou outra um conhaque para animar o cidadão menino. Flertes e muita conversa pra cima das meninas, moiçolas em flor, disponíveis para um beijo roubado ou um abraço furtivo. Namoros nascidos assim, em plena fuzarca, uns prosperando ainda hoje em sólidos casamentos e outros que ficaram pra trás. Filhos grandes já, casados ou não, mas com perspectivas de agradáveis futuros. Ninguém antecipa o que será de uma criança aos dez anos de idade, dizia-se em filme que assisti numa volta da França, onde havia deixado a primogênita. Graças a Deus voltou às origens e hoje pontifica em doutorado voltado à Antropologia Cultural. Que beleza! Nunca pensei nisso!
Eis a minha geografia sentimental!
∗ Artigo publicado depois de uma visita à filha mais velha (Fabiana) em Paris, em sua primeira estadia fora do Brasil. Hoje está casada com um espanhol – Gonzalo Herraz – e reside nas cercanias de Madrid.
Las cosas en Recife cambiaron por completo en los últimos 40 años y mi generación, ya sesentona, lo presenció todo. ¡Así es la vida! Las transformaciones se materializan a lo largo de las décadas, haciendo que los más viejos tengan recuerdos que los jóvenes sonríen y justifican: “¡Esos eran otros tiempos!” Nuevos hábitos y nuevas costumbres ahora andan por ahí, en el día a día de la ciudad, llevando a la gente contemporánea a otras formas de convivencia. Hay una libertad exagerada, al parecer, sobre todo entre los que emergen para el ejercicio de la existencia humana. El trabajo casi no existe y si el ciudadano logra incorporarse al mercado, ya no hace mucha diferencia, la máquina se va adueñando de las rutinas, la competencia tiene prioridad sobre todo y sobre todos, lo que influencia las formas de absorber la mano de obra.
Los cines de antes cerraron sus puertas, la mayoría, aun con la resistencia hercúlea del São Luiz, cuya frecuencia no se compara al pasado del siglo que ya se fue. Los centros comerciales llevaron a los barrios finos las grandes salas de exhibición y promocionaron los estrenos más importantes. El comercio, de igual manera, dejó el centro urbano y ahora las tiendas integran los condominios de esas modernas construcciones colectivas, donde se venden desde alfileres hasta vehículos motorizados. En la calle Nova y en la Imperatriz, por más esfuerzo que haya de los propietarios, es rara la presencia de personas de clase media. Ya no está la merienda sabrosa, incluso apetitosa, de la Confeitaria Confiança, cuyo sándwich de queso prensado en pan de caja era un éxito en el pretérito. La heladería Gemba se desencantó y los sabores se industrializaron, nunca más se asemejaron a lo que eran. Los médicos y los dentistas se dispersaron en los barrios lujosos, salieron de sus consultorios centrales, tanto de la avenida Guararapes como de la Conde da Boa Vista…
Ya nadie desea vivir en casas con jardines y patios repletos de árboles frutales. El cajá, el cajú, el anón, el mango, el jambo y el chicozapote son productos expuestos en los supermercados. Antes se obsequiaban de vecino a vecino. Proliferan los edificios enormes, de alturas que superan por mucho al rascacielos de la plaza o al Edifício Capibaribe, en la calle Aurora. Se acabaron las misceláneas de las esquinas y una de las últimas, derrotada por el alejamiento de la clientela, sufrió una metamorfosis de los tiempos: se volvió un restaurante casero. El dueño cuidadoso guardó por ahí sacos de frijol, arroz y azúcar, recuperando así un pasado delicioso. En esos establecimientos, varias veces los vecinos de las farmacias, los jubilados y otros menos ocupados se quedaban platicando cuando acababa la tarde. Traían el pan de ácima y la mantequilla de buena procedencia. Los huevos se recogían en los terrenos, de cualquier gallina ponedora, y se freían en manteca de puerco.
La gente sencilla se sentaba en los bares y los más acomodados raramente tomaban bebidas alcohólicas, salvo en los cumpleaños o en las reuniones casuales, en las fiestas de fin de año y en las festividades del rey Momo. Y si eran aficionados a las parrandas, se restringían al buen whisky, rara vez sobrepasando los límites de la sobriedad. Al maestro Jordão Emerenciano, monarquista convicto, le gustaban esas fiestas y por ahí andaba mi papá, además del geógrafo Gilberto Osório de Andrade y algunos otros de la sociedad de la época. Se juntaban para platicar, mientras las horas pasaban en los relojes. Había quien bailaba y quien no bailaba, veladas deliciosas que se quedaron en la memoria, y hasta se creó una cofradía con el nombre de Orden del Cencerro de Oro, en justo homenaje al accesorio que usan las cabras y los chivos en los campos. Cada uno tenía su instrumento y lo traía atado al cuello como si fuera una medalla.
Las quermeses y las fiestas parroquiales apaciguaban el ocio durante algunos meses del año. Los carruseles, los juegos de azar y el tiro al blanco conformaban la fiesta. Una que otra vez un coñac para animar al ciudadano joven. Coqueteo y mucha labia con las muchachas, jóvenes flores, disponibles para un beso robado o un abrazo a escondidas. Así nacían los noviazgos, en pleno festejo, unos prosperando hasta el día de hoy en sólidos casamientos y otros que se quedaron atrás. Los hijos ya grandes, casados o no, pero con perspectivas de un futuro prometedor. “Nadie anticipa qué será de un niño de 10 años”, se decía en una película que vi en un regreso de Francia, donde había dejado a mi primogénita. Gracias a Dios volvió a sus orígenes y hoy imparte clases en un doctorado enfocado en Antropología Cultural. ¡Qué hermoso! ¡Nunca me lo imaginé!
¡He aquí mi geografía sentimental!
*Artículo publicado después de una visita a mi hija mayor (Fabiana) en París, en su primera estadía fuera de Brasil. Hoy está casada con un español –Gonzalo Herraz– y reside en las cercanías de Madrid.
Pensar en la intraducibilidad me hace visualizar un puente colgante sin la totalidad de sus tablas, en el que aquellas tablas ausentes simbolizan las pérdidas en la labor traductora. Traducir un texto como el de Geraldo Pereira significa enfrentarse a la pérdida inherente de elementos culturales de una cotidianidad pasada, no solo brasileña, sino de una pequeña parte de Recife, ciudad de Pernambuco. Esta pequeña pero inmensurable cosmovisión me exigió encontrar ciertos equivalentes culturales de mi propia cotidianidad para tratar de llenar esos huecos del puente, siempre teniendo en mente de que aquellas maderas jamás serían definitivas. Cada nueva pisada en el texto meta requerirá que nuevos traductores —y hasta lectores— corten y acondicionen sus propias tablas para cruzar este puente de la intraducibilidad que nutre el trabajo traductológico.
Nacido en 2002 en la Ciudad de México, Ismael es un traductor literario egresado de la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pese a descubrir tardíamente su fascinación por la literatura, el traductor está cautivado por la labor traductora dentro de las letras portuguesas, ya que el panorama literario lusófono se ha visto infravalorado por la cercanía de lenguas; así como por la traducción de literatura LGBTIQ+, pues, tras ser invisibilizadas durante siglos, las historias de las disidencias sexuales finalmente pasan a ser reivindicadas dentro de las páginas de los libros sin la necesidad de leerse entre líneas. Para él, la traducción, además de crear puentes de comunicación entre culturas, es también una herramienta de visibilidad y resistencia.

