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Traducción en verso de Las Bucólicas de Virgilio precedida de Variaciones sobre Las Bucólicas

por Paul Valéry, traducción de Mariana González Délano

Traducción del francés por Mariana González Délano
Texto original de Paul Valéry
Edición por Laura Rodríguez
Imagen: «Les Bergers d’Arcadie» de Nicolas Poussin

A mi querido doctor A. Roudinesco,

recuerdo de una colaboración afectuosa

y a veces médica.

20 de agosto de 1944.

Me encomendó uno de mis amigos, en nombre de algunas personas que desean hacer con ello un bello libro, que traduzca las Bucólicas a mi manera; pero, preocupadas por una simetría que hiciera visible a la mirada su propósito de componer páginas de noble y sólida disposición, pensaron que lo adecuado sería que el latín y el francés se reflejaran línea a línea, y me propusieron el problema de esa igualdad en la forma y en número.

*

La lengua latina es, en general, más densa que la nuestra. No emplea artículos; economiza los auxiliares (al menos en la época clásica); es parca con las preposiciones; puede decir lo mismo con menos palabras, es más, dispone del orden de estas con una libertad que nos está prácticamente por completo vedada, y que nos llena de envidia. Esta facultad es de las más favorables para la poesía, que es un arte de forzar continuamente el lenguaje para captar de inmediato el oído (y, a través de él, todo lo que los sonidos pueden despertar por sí mismos), al menos tanto como busca conmover el espíritu. Un verso es, a la vez, una secuencia de sílabas y una combinación de palabras; y así como esta combinación ha de componerse con un sentido verosímil, también la sucesión de sílabas debe componerse de una suerte de figura para la escucha, que se imponga, con una necesidad particular y casi insólita, a la dicción y a la memoria, al mismo tiempo. El poeta debe, entonces, satisfacer constantemente dos exigencias independientes, del mismo modo que el pintor ha de ofrecer al ojo puro una armonía, pero al entendimiento, una semejanza con las cosas o los seres. Es evidente que la libertad en el orden de las palabras dentro de la frase, a la que el francés se opone especialmente, es esencial para el juego de la versificación.

El poeta francés hace lo que puede dentro de los estrechos límites de nuestra sintaxis; el poeta latino, en la suya tan amplia, hace más o menos lo que quiere.

Tratándose, entonces, para mí de traducir línea por línea el célebre texto de Virgilio al francés, y no dispuesto a admitir, para mí ni para otros, más que una traducción tan fiel como la diferencia de lenguas lo permitiera, mi primer impulso fue renunciar a la tarea que me había sido encomendada. Nada me facultaba para llevarla a cabo. Mi escaso latín de la escuela, hacía ya 55 años, se había reducido al recuerdo de un recuerdo; y habiendo tantos hombres, más cultos y más eruditos (sin contar otros), que a lo largo de tres o cuatro siglos se habían ejercitado en la traducción de estos poemas, no podía esperar más que hacer peor lo que ellos habían realizado con excelencia. Añado, confieso que los temas bucólicos no avivan con furia mi ánimo. La vida pastoral me es ajena y me parece aburrida. La labor agrícola exige precisamente todas las virtudes que yo no poseo. La vista de los surcos me entristece —incluso los que traza mi propia pluma—. El retorno de las estaciones y de sus efectos sugiere la idea de la necedad de la naturaleza y de la vida, que solo sabe repetirse para permanecer. Pienso también en toda la tediosa fatiga que exige trazar regularmente surcos en la tierra pesada, y no me asombra que se haya considerado un trabajo aflictivo e infamante la obligación impuesta al hombre de «ganar su pan con el sudor de su frente». Esta expresión siempre me ha parecido infame. Si acaso se me reprocha este sentir que confieso y no pretendo defender, diré que nací en un puerto. Sin campos alrededor, arenas y agua salada. El agua dulce venía de lejos. Solo se conocía allí el ganado en forma de carga, más muerto que vivo, pobres criaturas suspendidas entre cielo y tierra, izadas a toda prisa, agitando sus patas en el aire, descansaban atontadas sobre el polvo de los muelles; y luego, eran rebaño empujado hacia los sombríos trenes, trotando y tropezando entre los rieles del ferrocarril, bajo el bastón de pastores sin flautas.

*

Pero, al fin y al cabo, el tipo de desafío que me planteaban las dificultades de las que he hablado, y las comparaciones mismas por las que había que temer, actuaron como aguijones y me hicieron ceder. Tengo una especie de costumbre de entregarme a esos agentes del destino que llamamos los «Otros». Solo hay voluntad en mí en dos o tres puntos absolutos, profundamente firmes. En lo demás, soy fácil hasta la debilidad y la necedad, por una extraña indiferencia que se basa, quizá, en mi certeza de que nadie sabe lo que hace ni lo que será, y que querer algo es querer de golpe una infinidad de otros que sin falta aparecerán a su vez en el horizonte. Todos los acontecimientos de mi vida, que han sido en apariencia actos míos, han sido obra de algún otro, y cada uno está firmado con un nombre. He observado que no hay muchas más ventajas que desventajas en hacer lo que uno quiere, y esto me lleva a pedir como a rechazar lo menos posible. Ante la complejidad y el enredo de las cosas, la decisión más razonable no es distinta a la de lanzar una moneda al aire; si no es el mismo día, lo vemos con claridad al mes siguiente.

*

Por eso reabrí mi Virgilio de la escuela, donde no faltan, según la costumbre, las notas que manifiestan toda la erudición de un profesor, pero que solo se la manifiestan a él, pues serían, en su mayoría, maravillosamente aptas para confundir con su filología y sus dudas al inocente alumno, si acaso las consultara, cosa que no se atreve a hacer.

Virgilio de mis clases, ¿quién me hubiera dicho que aún tendría que zambullirme en ti?

*

Habiendo jurado sobre ese Virgilio de infancia ser lo más fiel posible al texto de estas piezas circunstanciales que 19 siglos de gloria han hecho venerables y casi sagradas, y considerando la condición que he expuesto sobre la correspondencia línea a línea del Virgilio según Virgilio y del Virgilio según yo, tomé la decisión de hacerlo verso por verso, y de escribir un alejandrino junto a cada hexámetro. Sin embargo, ni siquiera pensé en hacer rimar esos alejandrinos, lo cual sin duda me habría obligado a tomar demasiadas libertades con el texto, mientras que apenas me permití algunas pocas omisiones. Por otro lado, el uso del verso me facilitó por aquí y por allá, y de manera más natural, la búsqueda de cierta armonía sin la cual, tratándose de poesía, la fidelidad restringida al sentido es una forma de traición. ¡Cuántas obras poéticas reducidas a prosa, es decir, a su sustancia significativa, ya no existen literalmente! Son preparaciones anatómicas, pájaros muertos. ¡Qué sé yo! A veces, lo absurdo en estado libre abunda sobre estos deplorables cadáveres, que la Enseñanza multiplica, y de los cuales pretende alimentar lo que llamamos los «Estudios». Pone en prosa como quien entierra.

Sucede que los versos más bellos del mundo son insignificantes o carentes de sentido, una vez roto su movimiento armónico y alterada su sustancia sonora, que se despliega en su propio tiempo de propagación medida, y sustituidos por una expresión sin necesidad musical intrínseca y sin resonancia. Llegaré incluso a decir que cuanto más una obra de apariencia poética sobrevive a su transposición a prosa y conserva cierto valor tras ese atentado, menos es obra de un verdadero poeta. Un poema, en el sentido moderno (es decir, surgido después de una larga evolución y diferenciación de las funciones del discurso) debe crear la ilusión de una composición indisoluble de sonido y sentido, aunque no exista ninguna relación racional entre estos constituyentes del lenguaje, que se unen palabra por palabra en nuestra memoria, es decir, por azar, para estar a disposición de la necesidad, otro efecto del azar.

*

Expresaré ahora mis impresiones como traductor con toda sencillez; pero, según el vicio de mi espíritu, no me podré resistir a formular antes algunos principios y agitar ciertas ideas —por el placer… πρὸς χάριν—.

*

Escribir cualquier cosa, en cuanto el acto de escribir exige reflexión, y no es la inscripción mecánica e ininterrumpida de una palabra interior completamente espontánea, es un trabajo de traducción exactamente comparable al que transforma un texto de una lengua a otra. Sucede que, dentro del ámbito de existencia de una misma lengua, donde cada uno responde a las condiciones del momento y de la circunstancia, nuestro interlocutor, nuestras intenciones simples o complejas, el ocio o la prisa, y todo lo demás, modifican nuestro discurso. Tenemos un lenguaje para nosotros mismos, cuyas demás formas de hablar se apartan más o menos; un lenguaje para nuestros familiares; uno para el trato común; uno para la tribuna; hay uno para el amor; uno para la ira; uno para el mandato y uno para la oración; hay uno para la poesía y uno de la prosa, si no varios aún dentro de cada uno; y todo esto dentro del mismo vocabulario (aunque más o menos restringido o extendido, según el caso) y bajo la misma sintaxis.

*

A mon cher docteur A. Roudinesco,

souvenir d’une collaboration affectueuse

et parfois médicale.

Le 20 août 1944.

Il m’a été demandé par un de mes amis, au nom de quelques personnes qui veulent en faire un beau livre, de traduire les Bucoliques à ma façon; mais, soucieuses d’une symétrie qui rendît sensible au regard leur dessein de composer des pages d’une noble et solide ordonnance, elles ont pensé qu’il convenait que le latin et le français correspondissent ligne pour ligne, et elles m’ont proposé le problème de cette égalité d’apparence et de nombre.

*

La langue latine est, en général, plus dense que la nôtre. Elle n’use pas d’articles; elle fait l’économie des auxiliaires (du moins à l’époque classique); elle est avare de prépositions; elle peut dire les mêmes choses en moins de mots, elle dispose d’ailleurs des arrangements de ceux-ci avec une liberté qui nous est presque entièrement refusée, et qui fait notre envie. Cette latitude est des plus favorables à la poésie, qui est un art de contraindre continûment le langage à intéresser immédiatement l’oreille (et par celle-ci tout ce que les sons peuvent exciter par eux-mêmes) au moins autant qu’il ne fait l’esprit. Un vers est à la fois une suite de syllabes et une combinaison de mots; et comme cette combinaison doit se composer en un sens probable, ainsi la suite de syllabes doit se composer en une sorte de figure pour l’ouïe, qui s’imposât, avec une nécessité particulière et comme insolite, à la diction et à la mémoire, du même coup. Le poète a donc à satisfaire constamment à deux exigences indépendantes, de même que le peintre doit offrir à l’oeil pur une harmonie, mais à l’entendement, une ressemblance de choses ou d’êtres. Il est clair que la liberté de l’ordre des mots dans la phrase, à laquelle le français est singulièrement opposé, est essentielle au jeu de la versification.

Le poète français fait ce qu’il peut dans les liens très étroits de notre syntaxe; le poète latin, dans la sienne si large, à peu près ce qu’il veut.

*

S’agissant donc pour moi de traduire ligne pour ligne, le fameux texte de Virgile en français, et n’étant disposé à admettre, de moi comme des autres, qu’une traduction aussi fidèle que la différence des langues le permît, mon premier mouvement fut de renoncer à exécuter l’ouvrage qui m’était demandé. Rien ne me désignait pour l’accomplir. Mon peu de latin d’écolier était, depuis cinquante-cinq ans, réduit au souvenir de son souvenir; et tant d’hommes des plus lettrés et des plus érudits (sans compter les autres) s’étant, au cours de trois ou quatre siècles, exercés à la traduction de ces poèmes, je ne pouvais espérer que de faire plus mal ce qu’ils avaient accompli supérieurement. J’ajoute, je confesse que les thèmes bucoliques n’excitent pas furieusement mon courage. La vie pastorale m’est étrangère et me semble ennuyeuse. L’industrie agricole exige exactement toutes les vertus que je n’ai pas. La vue des sillons m’attriste, — jusques à ceux que trace ma plume. Le retour des saisons et de leurs effets donne l’idée de la sottise de la nature et de la vie, laquelle ne sait que se répéter pour subsister. Je songe aussi à toute la peine monotone que veut le tracement régulier de rides dans la terre lourde, et je ne m’étonne point qu’on ait vu une peine afflictive et infamante dans l’obligation infligée à l’homme de «gagner son pain à la sueur de son front». Cette formule m’a toujours paru ignoble. Que si l’on me reprend sur ce sentiment que j’avoue et que je ne prétends pas défendre, je dirai que je suis né dans un port. Point de champs alentour, des sables et de l’eau salée. L’eau douce y vient de loin. On n’y connaissait de bétail qu’à l’état de cargaison, plus morte que vive, pauvres bêtes suspendues entre ciel et terre, hissées à toute vapeur, agitant leurs pattes dans l’espace, reposées tout ahuries sur la poussière des quais; et puis, troupeau poussé vers les trains sombres, trottant et trébuchant entre les rails des voies ferrées, sous le bâton de pâtres sans pipeaux.

*

Mais enfin, l’espèce de défi que me portaient les difficultés dont j’ai parlé, et les comparaisons mêmes qu’il y avait à craindre, agirent comme des aiguillons et firent que je cédai. J’ai une sorte d’habitude de m’abandonner à ces agents du destin que l’on nomme les «Autres». Il n’y a de volonté en moi que sur deux ou trois points absolus, profondément fixés. Sur le reste, je suis facile jusqu’à la faiblesse et à la bêtise, par une étrange indifférence qui se fonde, peut-être, sur ma certitude que personne ne sait ce qu’il fait, ni ce qu’il sera et que vouloir quelque chose, c’est en vouloir du coup une infinité d’autres qui ne manqueront point de paraître à leur tour sur l’horizon. Tous les événements de ma vie, qui ont été des actes de moi en apparence, ont été l’oeuvre de quelque autre, et chacun est signé d’un nom. J’ai observé qu’il n’y a guère plus d’avantage que de désavantage à faire ce que l’on veut, et ceci me conduit à ne demander comme à ne refuser que le moins possible. Devant la complexité et l’emmêlement des choses, la décision la plus raisonnée n’est pas différente d’un tirage à pile ou face; si ce n’est le jour même, on le voit bien le mois après.

*

J’ai donc rouvert mon Virgile de classe, où ne manquent point, selon l’usage, les notes qui manifestent toute l’érudition d’un professeur, mais qui ne la manifestent qu’à lui, car elles seraient, pour la plupart, merveilleusement propres à embarrasser de leur philologie et de ses doutes, l’innocent élève, si, du reste, il les consultait, ce qu’il n’a garde de faire. 

Virgile de mes classes, qui m’eût dit que j’aurais encore à barboter en toi ?

*

M’étant juré sur ce Virgile d’enfant d’être aussi fidèle que possible au texte de ces pièces de circonstance que dix-neuf siècles de gloire ont faites vénérables et quasi sacrées, et considérant la condition que j’ai dite de la correspondance ligne pour ligne du Virgile selon Virgile et du Virgile selon moi, j’ai pris le parti de faire vers pour vers, et d’écrire un alexandrin en regard de chaque hexamètre. Toutefois, je n’ai même pas songé à faire rimer ces alexandrins, ce qui m’eût assurément contraint à en prendre trop à mon aise avec le texte, tandis que je ne me suis guère permis que des omissions de détail. D’autre part, l’usage du vers m’a rendu çà et là plus facile, et comme plus naturelle, la recherche d’une certaine harmonie sans laquelle, s’agissant de poésie, la fidélité restreinte au sens est une manière de trahison. Que d’ouvrages de poésie réduits en prose, c’est-à-dire à leur substance significative, n’existent littéralement plus! Ce sont des préparations anatomiques, des oiseaux morts. Que sais-je ! Parfois l’absurde à l’état libre, pullule sur ces cadavres déplorables, que l’Enseignement multiplie, et dont il prétend nourrir ce qu’on nomme les «Études». Il met en prose comme on met en bière.

C’est que les plus beaux vers du monde sont insignifiants ou insensés, une fois rompu leur mouvement harmonique et altérée leur substance sonore, qui se développe dans leur temps propre de propagation mesurée, et qu’ils sont substitués par une expression sans nécessité musicale intrinsèque et sans résonance. J’irai même jusqu’à dire que plus une oeuvre d’apparence poétique survit à sa mise en prose et garde une valeur certaine après cet attentat, moins elle est d’un poète. Un poème, au sens moderne (c’est-à-dire paraissant après une longue évolution et différenciation des fondions du discours) doit créer l’illusion d’une composition indissoluble de son et de sens, quoiqu’il n’existe aucune relation rationnelle entre ces constituants du langage, qui sont joints mot par mot dans notre mémoire, c’est-à-dire par le hasard, pour être à la disposition du besoin, autre effet du hasard.

*

Je dirai maintenant mes impressions de traducteur en toute simplicité; mais, selon le vice de mon esprit, je ne me tiendrai pas de me faire d’abord quelques principes et d’agiter quelques idées, — pour le plaisir… πρὸς χάριν.

*

Écrire quoi que ce soit, aussitôt que l’acte d’écrire exige de la réflexion, et n’est pas l’inscription machinale et sans arrêts d’une parole intérieure toute spontanée, est un travail de traduction exactement comparable à celui qui opère la transmutation d’un texte d’une langue dans une autre. C’est que, dans le domaine d’existence d’une même langue, dont chacun satisfait à des conditions du moment et de circonstance, notre interlocuteur, nos intentions simples ou complexes, le loisir ou la hâte, et le reste, modifient notre discours. Nous avons un langage pour nous-mêmes, dont les autres manières de parler s’écartent plus ou moins ; un langage pour nos familiers; un pour le commerce général; un pour la tribune; il y en a un pour l’amour ; un pour la colère; un pour le commandement et un pour la prière; il y en a un pour la poésie et un de prose, sinon plusieurs encore dans chacune; et tout ceci dans le même vocabulaire (mais plus ou moins restreint ou étendu, selon le cas) et sous la même syntaxe.

*

(Tomado del Prólogo de Bucólicas, en el libro Œuvres, Gallimard, 1957)

A mi querido doctor A. Roudinesco,

recuerdo de una colaboración afectuosa

y a veces médica.

20 de agosto de 1944.

Me encomendó uno de mis amigos, en nombre de algunas personas que desean hacer con ello un bello libro, que traduzca las Bucólicas a mi manera; pero, preocupadas por una simetría que hiciera visible a la mirada su propósito de componer páginas de noble y sólida disposición, pensaron que lo adecuado sería que el latín y el francés se reflejaran línea a línea, y me propusieron el problema de esa igualdad en la forma y en número.

*

La lengua latina es, en general, más densa que la nuestra. No emplea artículos; economiza los auxiliares (al menos en la época clásica); es parca con las preposiciones; puede decir lo mismo con menos palabras, es más, dispone del orden de estas con una libertad que nos está prácticamente por completo vedada, y que nos llena de envidia. Esta facultad es de las más favorables para la poesía, que es un arte de forzar continuamente el lenguaje para captar de inmediato el oído (y, a través de él, todo lo que los sonidos pueden despertar por sí mismos), al menos tanto como busca conmover el espíritu. Un verso es, a la vez, una secuencia de sílabas y una combinación de palabras; y así como esta combinación ha de componerse con un sentido verosímil, también la sucesión de sílabas debe componerse de una suerte de figura para la escucha, que se imponga, con una necesidad particular y casi insólita, a la dicción y a la memoria, al mismo tiempo. El poeta debe, entonces, satisfacer constantemente dos exigencias independientes, del mismo modo que el pintor ha de ofrecer al ojo puro una armonía, pero al entendimiento, una semejanza con las cosas o los seres. Es evidente que la libertad en el orden de las palabras dentro de la frase, a la que el francés se opone especialmente, es esencial para el juego de la versificación.

El poeta francés hace lo que puede dentro de los estrechos límites de nuestra sintaxis; el poeta latino, en la suya tan amplia, hace más o menos lo que quiere.

Tratándose, entonces, para mí de traducir línea por línea el célebre texto de Virgilio al francés, y no dispuesto a admitir, para mí ni para otros, más que una traducción tan fiel como la diferencia de lenguas lo permitiera, mi primer impulso fue renunciar a la tarea que me había sido encomendada. Nada me facultaba para llevarla a cabo. Mi escaso latín de la escuela, hacía ya 55 años, se había reducido al recuerdo de un recuerdo; y habiendo tantos hombres, más cultos y más eruditos (sin contar otros), que a lo largo de tres o cuatro siglos se habían ejercitado en la traducción de estos poemas, no podía esperar más que hacer peor lo que ellos habían realizado con excelencia. Añado, confieso que los temas bucólicos no avivan con furia mi ánimo. La vida pastoral me es ajena y me parece aburrida. La labor agrícola exige precisamente todas las virtudes que yo no poseo. La vista de los surcos me entristece —incluso los que traza mi propia pluma—. El retorno de las estaciones y de sus efectos sugiere la idea de la necedad de la naturaleza y de la vida, que solo sabe repetirse para permanecer. Pienso también en toda la tediosa fatiga que exige trazar regularmente surcos en la tierra pesada, y no me asombra que se haya considerado un trabajo aflictivo e infamante la obligación impuesta al hombre de «ganar su pan con el sudor de su frente». Esta expresión siempre me ha parecido infame. Si acaso se me reprocha este sentir que confieso y no pretendo defender, diré que nací en un puerto. Sin campos alrededor, arenas y agua salada. El agua dulce venía de lejos. Solo se conocía allí el ganado en forma de carga, más muerto que vivo, pobres criaturas suspendidas entre cielo y tierra, izadas a toda prisa, agitando sus patas en el aire, descansaban atontadas sobre el polvo de los muelles; y luego, eran rebaño empujado hacia los sombríos trenes, trotando y tropezando entre los rieles del ferrocarril, bajo el bastón de pastores sin flautas.

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Pero, al fin y al cabo, el tipo de desafío que me planteaban las dificultades de las que he hablado, y las comparaciones mismas por las que había que temer, actuaron como aguijones y me hicieron ceder. Tengo una especie de costumbre de entregarme a esos agentes del destino que llamamos los «Otros». Solo hay voluntad en mí en dos o tres puntos absolutos, profundamente firmes. En lo demás, soy fácil hasta la debilidad y la necedad, por una extraña indiferencia que se basa, quizá, en mi certeza de que nadie sabe lo que hace ni lo que será, y que querer algo es querer de golpe una infinidad de otros que sin falta aparecerán a su vez en el horizonte. Todos los acontecimientos de mi vida, que han sido en apariencia actos míos, han sido obra de algún otro, y cada uno está firmado con un nombre. He observado que no hay muchas más ventajas que desventajas en hacer lo que uno quiere, y esto me lleva a pedir como a rechazar lo menos posible. Ante la complejidad y el enredo de las cosas, la decisión más razonable no es distinta a la de lanzar una moneda al aire; si no es el mismo día, lo vemos con claridad al mes siguiente.

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Por eso reabrí mi Virgilio de la escuela, donde no faltan, según la costumbre, las notas que manifiestan toda la erudición de un profesor, pero que solo se la manifiestan a él, pues serían, en su mayoría, maravillosamente aptas para confundir con su filología y sus dudas al inocente alumno, si acaso las consultara, cosa que no se atreve a hacer.

Virgilio de mis clases, ¿quién me hubiera dicho que aún tendría que zambullirme en ti?

*

Habiendo jurado sobre ese Virgilio de infancia ser lo más fiel posible al texto de estas piezas circunstanciales que 19 siglos de gloria han hecho venerables y casi sagradas, y considerando la condición que he expuesto sobre la correspondencia línea a línea del Virgilio según Virgilio y del Virgilio según yo, tomé la decisión de hacerlo verso por verso, y de escribir un alejandrino junto a cada hexámetro. Sin embargo, ni siquiera pensé en hacer rimar esos alejandrinos, lo cual sin duda me habría obligado a tomar demasiadas libertades con el texto, mientras que apenas me permití algunas pocas omisiones. Por otro lado, el uso del verso me facilitó por aquí y por allá, y de manera más natural, la búsqueda de cierta armonía sin la cual, tratándose de poesía, la fidelidad restringida al sentido es una forma de traición. ¡Cuántas obras poéticas reducidas a prosa, es decir, a su sustancia significativa, ya no existen literalmente! Son preparaciones anatómicas, pájaros muertos. ¡Qué sé yo! A veces, lo absurdo en estado libre abunda sobre estos deplorables cadáveres, que la Enseñanza multiplica, y de los cuales pretende alimentar lo que llamamos los «Estudios». Pone en prosa como quien entierra.

Sucede que los versos más bellos del mundo son insignificantes o carentes de sentido, una vez roto su movimiento armónico y alterada su sustancia sonora, que se despliega en su propio tiempo de propagación medida, y sustituidos por una expresión sin necesidad musical intrínseca y sin resonancia. Llegaré incluso a decir que cuanto más una obra de apariencia poética sobrevive a su transposición a prosa y conserva cierto valor tras ese atentado, menos es obra de un verdadero poeta. Un poema, en el sentido moderno (es decir, surgido después de una larga evolución y diferenciación de las funciones del discurso) debe crear la ilusión de una composición indisoluble de sonido y sentido, aunque no exista ninguna relación racional entre estos constituyentes del lenguaje, que se unen palabra por palabra en nuestra memoria, es decir, por azar, para estar a disposición de la necesidad, otro efecto del azar.

*

Expresaré ahora mis impresiones como traductor con toda sencillez; pero, según el vicio de mi espíritu, no me podré resistir a formular antes algunos principios y agitar ciertas ideas —por el placer… πρὸς χάριν—.

*

Escribir cualquier cosa, en cuanto el acto de escribir exige reflexión, y no es la inscripción mecánica e ininterrumpida de una palabra interior completamente espontánea, es un trabajo de traducción exactamente comparable al que transforma un texto de una lengua a otra. Sucede que, dentro del ámbito de existencia de una misma lengua, donde cada uno responde a las condiciones del momento y de la circunstancia, nuestro interlocutor, nuestras intenciones simples o complejas, el ocio o la prisa, y todo lo demás, modifican nuestro discurso. Tenemos un lenguaje para nosotros mismos, cuyas demás formas de hablar se apartan más o menos; un lenguaje para nuestros familiares; uno para el trato común; uno para la tribuna; hay uno para el amor; uno para la ira; uno para el mandato y uno para la oración; hay uno para la poesía y uno de la prosa, si no varios aún dentro de cada uno; y todo esto dentro del mismo vocabulario (aunque más o menos restringido o extendido, según el caso) y bajo la misma sintaxis.

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A mon cher docteur A. Roudinesco,

souvenir d’une collaboration affectueuse

et parfois médicale.

Le 20 août 1944.

Il m’a été demandé par un de mes amis, au nom de quelques personnes qui veulent en faire un beau livre, de traduire les Bucoliques à ma façon; mais, soucieuses d’une symétrie qui rendît sensible au regard leur dessein de composer des pages d’une noble et solide ordonnance, elles ont pensé qu’il convenait que le latin et le français correspondissent ligne pour ligne, et elles m’ont proposé le problème de cette égalité d’apparence et de nombre.

*

La langue latine est, en général, plus dense que la nôtre. Elle n’use pas d’articles; elle fait l’économie des auxiliaires (du moins à l’époque classique); elle est avare de prépositions; elle peut dire les mêmes choses en moins de mots, elle dispose d’ailleurs des arrangements de ceux-ci avec une liberté qui nous est presque entièrement refusée, et qui fait notre envie. Cette latitude est des plus favorables à la poésie, qui est un art de contraindre continûment le langage à intéresser immédiatement l’oreille (et par celle-ci tout ce que les sons peuvent exciter par eux-mêmes) au moins autant qu’il ne fait l’esprit. Un vers est à la fois une suite de syllabes et une combinaison de mots; et comme cette combinaison doit se composer en un sens probable, ainsi la suite de syllabes doit se composer en une sorte de figure pour l’ouïe, qui s’imposât, avec une nécessité particulière et comme insolite, à la diction et à la mémoire, du même coup. Le poète a donc à satisfaire constamment à deux exigences indépendantes, de même que le peintre doit offrir à l’oeil pur une harmonie, mais à l’entendement, une ressemblance de choses ou d’êtres. Il est clair que la liberté de l’ordre des mots dans la phrase, à laquelle le français est singulièrement opposé, est essentielle au jeu de la versification.

Le poète français fait ce qu’il peut dans les liens très étroits de notre syntaxe; le poète latin, dans la sienne si large, à peu près ce qu’il veut.

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S’agissant donc pour moi de traduire ligne pour ligne, le fameux texte de Virgile en français, et n’étant disposé à admettre, de moi comme des autres, qu’une traduction aussi fidèle que la différence des langues le permît, mon premier mouvement fut de renoncer à exécuter l’ouvrage qui m’était demandé. Rien ne me désignait pour l’accomplir. Mon peu de latin d’écolier était, depuis cinquante-cinq ans, réduit au souvenir de son souvenir; et tant d’hommes des plus lettrés et des plus érudits (sans compter les autres) s’étant, au cours de trois ou quatre siècles, exercés à la traduction de ces poèmes, je ne pouvais espérer que de faire plus mal ce qu’ils avaient accompli supérieurement. J’ajoute, je confesse que les thèmes bucoliques n’excitent pas furieusement mon courage. La vie pastorale m’est étrangère et me semble ennuyeuse. L’industrie agricole exige exactement toutes les vertus que je n’ai pas. La vue des sillons m’attriste, — jusques à ceux que trace ma plume. Le retour des saisons et de leurs effets donne l’idée de la sottise de la nature et de la vie, laquelle ne sait que se répéter pour subsister. Je songe aussi à toute la peine monotone que veut le tracement régulier de rides dans la terre lourde, et je ne m’étonne point qu’on ait vu une peine afflictive et infamante dans l’obligation infligée à l’homme de «gagner son pain à la sueur de son front». Cette formule m’a toujours paru ignoble. Que si l’on me reprend sur ce sentiment que j’avoue et que je ne prétends pas défendre, je dirai que je suis né dans un port. Point de champs alentour, des sables et de l’eau salée. L’eau douce y vient de loin. On n’y connaissait de bétail qu’à l’état de cargaison, plus morte que vive, pauvres bêtes suspendues entre ciel et terre, hissées à toute vapeur, agitant leurs pattes dans l’espace, reposées tout ahuries sur la poussière des quais; et puis, troupeau poussé vers les trains sombres, trottant et trébuchant entre les rails des voies ferrées, sous le bâton de pâtres sans pipeaux.

*

Mais enfin, l’espèce de défi que me portaient les difficultés dont j’ai parlé, et les comparaisons mêmes qu’il y avait à craindre, agirent comme des aiguillons et firent que je cédai. J’ai une sorte d’habitude de m’abandonner à ces agents du destin que l’on nomme les «Autres». Il n’y a de volonté en moi que sur deux ou trois points absolus, profondément fixés. Sur le reste, je suis facile jusqu’à la faiblesse et à la bêtise, par une étrange indifférence qui se fonde, peut-être, sur ma certitude que personne ne sait ce qu’il fait, ni ce qu’il sera et que vouloir quelque chose, c’est en vouloir du coup une infinité d’autres qui ne manqueront point de paraître à leur tour sur l’horizon. Tous les événements de ma vie, qui ont été des actes de moi en apparence, ont été l’oeuvre de quelque autre, et chacun est signé d’un nom. J’ai observé qu’il n’y a guère plus d’avantage que de désavantage à faire ce que l’on veut, et ceci me conduit à ne demander comme à ne refuser que le moins possible. Devant la complexité et l’emmêlement des choses, la décision la plus raisonnée n’est pas différente d’un tirage à pile ou face; si ce n’est le jour même, on le voit bien le mois après.

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J’ai donc rouvert mon Virgile de classe, où ne manquent point, selon l’usage, les notes qui manifestent toute l’érudition d’un professeur, mais qui ne la manifestent qu’à lui, car elles seraient, pour la plupart, merveilleusement propres à embarrasser de leur philologie et de ses doutes, l’innocent élève, si, du reste, il les consultait, ce qu’il n’a garde de faire. 

Virgile de mes classes, qui m’eût dit que j’aurais encore à barboter en toi ?

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M’étant juré sur ce Virgile d’enfant d’être aussi fidèle que possible au texte de ces pièces de circonstance que dix-neuf siècles de gloire ont faites vénérables et quasi sacrées, et considérant la condition que j’ai dite de la correspondance ligne pour ligne du Virgile selon Virgile et du Virgile selon moi, j’ai pris le parti de faire vers pour vers, et d’écrire un alexandrin en regard de chaque hexamètre. Toutefois, je n’ai même pas songé à faire rimer ces alexandrins, ce qui m’eût assurément contraint à en prendre trop à mon aise avec le texte, tandis que je ne me suis guère permis que des omissions de détail. D’autre part, l’usage du vers m’a rendu çà et là plus facile, et comme plus naturelle, la recherche d’une certaine harmonie sans laquelle, s’agissant de poésie, la fidélité restreinte au sens est une manière de trahison. Que d’ouvrages de poésie réduits en prose, c’est-à-dire à leur substance significative, n’existent littéralement plus! Ce sont des préparations anatomiques, des oiseaux morts. Que sais-je ! Parfois l’absurde à l’état libre, pullule sur ces cadavres déplorables, que l’Enseignement multiplie, et dont il prétend nourrir ce qu’on nomme les «Études». Il met en prose comme on met en bière.

C’est que les plus beaux vers du monde sont insignifiants ou insensés, une fois rompu leur mouvement harmonique et altérée leur substance sonore, qui se développe dans leur temps propre de propagation mesurée, et qu’ils sont substitués par une expression sans nécessité musicale intrinsèque et sans résonance. J’irai même jusqu’à dire que plus une oeuvre d’apparence poétique survit à sa mise en prose et garde une valeur certaine après cet attentat, moins elle est d’un poète. Un poème, au sens moderne (c’est-à-dire paraissant après une longue évolution et différenciation des fondions du discours) doit créer l’illusion d’une composition indissoluble de son et de sens, quoiqu’il n’existe aucune relation rationnelle entre ces constituants du langage, qui sont joints mot par mot dans notre mémoire, c’est-à-dire par le hasard, pour être à la disposition du besoin, autre effet du hasard.

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Je dirai maintenant mes impressions de traducteur en toute simplicité; mais, selon le vice de mon esprit, je ne me tiendrai pas de me faire d’abord quelques principes et d’agiter quelques idées, — pour le plaisir… πρὸς χάριν.

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Écrire quoi que ce soit, aussitôt que l’acte d’écrire exige de la réflexion, et n’est pas l’inscription machinale et sans arrêts d’une parole intérieure toute spontanée, est un travail de traduction exactement comparable à celui qui opère la transmutation d’un texte d’une langue dans une autre. C’est que, dans le domaine d’existence d’une même langue, dont chacun satisfait à des conditions du moment et de circonstance, notre interlocuteur, nos intentions simples ou complexes, le loisir ou la hâte, et le reste, modifient notre discours. Nous avons un langage pour nous-mêmes, dont les autres manières de parler s’écartent plus ou moins ; un langage pour nos familiers; un pour le commerce général; un pour la tribune; il y en a un pour l’amour ; un pour la colère; un pour le commandement et un pour la prière; il y en a un pour la poésie et un de prose, sinon plusieurs encore dans chacune; et tout ceci dans le même vocabulaire (mais plus ou moins restreint ou étendu, selon le cas) et sous la même syntaxe.

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Mariana González Délano nació en 1993 en Ciudad de México y reside en Chile desde el año 2011. Estudió Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad de Chile, donde también realizó un diplomado en Periodismo Cultural, Crítica y Edición. Recientemente, egresó del Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. En 2024, cursó el diplomado en Traducción Literaria de la Universidad Católica de Chile.

Se ha desempeñado principalmente como correctora de estilo y editora de contenido. Su pasión por la traducción literaria se ha visto impulsada por su conexión con el francés desde temprana edad y por su profundo interés en la literatura.