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Louis Caravaque. Retrato de las hijas del zar Pedro I de Rusia

Mi primer amor

por Zinaída Guippius, traducción de Óscar Roberto Segura Guzmán

Traducción del ruso por Óscar Roberto Segura Guzmán
Texto original de Zinaída Guippius
Edición por Zulma Mesa Lizcano
Imagen: Louis Caravaque. Retrato de las hijas del zar Pedro I de Rusia

N.M.D.1

I

… ¿Para qué fabricar fantasías? Es solo a primera vista —e incluso así, no siempre— que lo real, lo verdadero, palidece ante lo imaginado. Además, si lo analizamos a profundidad, a todos nos queda claro que nuestros intentos de engalanar la vida son bastante inútiles.

Mi primer amor… Debo admitir que lo llamo primero, solo porque es el primero consciente. Si nos guiamos por una cuenta más formal, es el segundo, mientras que el primero ocurrió en Sarátov: era una joven pelinegra con una cinta de terciopelo en el cuello, huésped de nuestro hogar. La recuerdo como si hubiera sucedido ayer, aunque en ese momento yo tenía cuatro años. Pero a los cuatro o a los cuarenta y cuatro, el amor es el mismo, no se confunde con nada, y nos da dos enormes e inseparables sentimientos: la dicha y el secreto. Eso es, por supuesto, solo la base, pero en mi pre-primer amor, a los cuatro años, no podía haber nada que lo complicara. Y «la dicha y el secreto» se apoderaron de mí completamente. En lo que concierne al secreto, no dudé ni por un segundo de que precisamente eso fue lo que predijo que mi amor tuviera un final fatídico.

Sorprendentemente, los adultos no saben nada sobre los niños. ¿Acaso pierden la memoria? La madre más amorosa no comprende ni siquiera —entre muchas otras cosas— que el niño hasta cierta edad (cinco, seis, a veces siete años, esto es individual) sigue siendo inseparable de ella. En otras palabras, el niño no diferencia entre sí mismo y su madre, y no entiende si está pensando para sí mismo o hablando con ella. Para el niño, él y ella son, de todo corazón, lo mismo. Mientras que algo completamente diferente es lo que lo rodea y quiénes lo rodean, eso lo tengo claro. No puedo recordar, por ejemplo, cuándo y de qué manera el secreto de mi amor fue descubierto por mi madre, aunque ella, obviamente, se enteró por mí. Se enteró y no entendió nada, o sea que no entendió lo más importante: el secreto. ¿Acaso se me hubiera ocurrido decirle: «Ma, esto es un gran secreto»? Si se me hubiera ocurrido, entonces habría entendido que mamá es el otro, no yo, y el secreto no hubiera sido revelado, porque su esencia es que no se puede revelar al otro. No se puede, categóricamente, a nadie, sin excepciones.

Mamá entendió que yo amaba a nuestra huésped y nada más.

Un día, yo estaba en una silla con la niñera, en la sala, de espalda a los ventanales. Frente a mí estaba mamá, sentada a la mesa con su mantel de terciopelo y, a su lado, en un sillón, estaba «ella». Y de repente oigo que mamá está hablando con ella… sobre mí. Me señala y sonríe: «La ama a usted terriblemente…»

Y «ella» sonríe, se voltea hacia mí, me pregunta:

—¿Sí? ¿Me amas?

Ni siquiera hoy puedo explicar toda la complejidad del horror, la indignación y el desconsuelo que se apoderaron de mí. Algo corrió por mi espalda y se enredó en mi nuca. No quedó ni huella de mi dicha anterior. Todo se vino abajo. Sin embargo, tenía claro cuál era mi deber. Debía salvar el «secreto», protegerlo hasta el final.

Y a esa pregunta grosera y abismal:

—¿Me amas? (con una sonrisa)

Yo, frunciendo el ceño, respondo seriamente:

—No. No la amo. —Y añado, para que no quede duda—: No. Qué asco… Guácala…

Después de eso, recuerdo claramente cómo mamá, en la buhardilla donde vivía la abuela, me regañó y me dijo que no podía responder de esa manera, que debía disculparme…

—¿Me oyes? ¿Me oyes?

Mi silencio la enojaba aún más. Mi abuela me acariciaba la cabeza y repetía en tono conciliador que yo «no lo volvería a hacer…». No le revelé si iba o no iba a hacerlo, creo recordar que no prestaba atención y creo recordar que no entendía por qué mamá estaba enojada. Probablemente (eso pienso hoy), esa fue la primera vez que se despertó en mí la turbia sensación de mi separación total, de estar por mi cuenta por primera vez, e incluso también un poco de desprecio por la incomprensión «de los demás»… de todos, incluyendo al objeto de mi amor.

Este fue mi pre-primer amor… Porque fue inconsciente. Mientras que mi verdadero primer amor llegaría mucho después.

II

—Vendrás.
—No sé. Tal vez.

Por supuesto que iré. La felicidad de poder visitarla me dejó sin aliento. Pero le respondo con indiferencia, para que «ella» no piense… ¿Qué? ¿Qué me ahogo de la felicidad? Obvio. Porque otra vez el «secreto» es lo más importante… Además, sé que «ella no me ama»: ya conozco también el martirio de los celos.

¿Cuándo empezó todo esto? No podría encontrar el principio aunque me esforzara. Y ha durado… mucho tiempo. No se rían. En verdad, es mucho tiempo: cuando nos conocimos, yo tenía apenas once años, luego doce y, ahora, trece…

Estos años me parecen eternos tan solo porque a los trece años el tiempo es infinitamente largo: un mes es como un año, un año es como un siglo. Pero además no dudo ni por un segundo que mi amor es para toda la vida.

De esto también pueden reírse los «adultos» irremediables, es decir, las personas que ya lo han olvidado todo y aún no han entendido nada (la mayoría mueren así: tras olvidarlo todo y sin entender nada). Sin embargo, a mis trece años, ya he dejado atrás la sencillez de mi infancia. Sé cómo observarme desde afuera e incluso ocultar de mí ese «secreto» con ironía y burla. ¡Está mal, pero qué se puede hacer! Le tengo miedo a la «sensiblería». Pasados unos diez años desde aquel pre-primer amor, la vida me había complicado en exceso y acaso me había arruinado un poco.

Vivimos en Moscú (a donde nos mudamos tras la muerte de mi padre), en el callejón Zachátievsky, junto a la calle Ostózhenka, frente a la Iglesia de la Resurrección. En invierno, desde la ventana de mi pequeña habitación se pueden ver los montones de nieve en el jardín y, más allá de la cerca, el pequeño campanario amarillo de la Iglesia de la Resurrección, y la cruz, con el cielo gris de fondo. «Ella», mi amor, mi prima Natasha, vive también a dos pasos de la iglesia, hacia el otro lado, sobre la calle Ostózhenka, en la vieja casa de madera con buhardilla de su familia. En esa casa grisecita fue donde nació.

Nuestra relación familiar no es sencilla. No estamos muy lejos de los Montesco y los Capuleto. Tenemos la misma abuela (o, más bien, la misma «Grand’maman»). Ella tiene su propio apartamento, ubicado, como a propósito, entre nuestras casas, frente a la Iglesia de la Resurrección. Ella es la mamá de mi padre y de «su» madre, quien falleció hace mucho tiempo. Las dos niñas se llevan un año (la mía es la menor) y, tras la muerte de su madre, empezaron a vivir con la familia de su padre, a la que nuestra Grand’maman por alguna razón odiaba. Muy pronto, cuando quedaron completamente huérfanas (por la muerte de su padre), con ellas se mudaron su abuela —la madre de su padre— y su tío paterno, quien las crio, no se casó por el bien de ellas y no quería escuchar nada de ninguna Grand’maman. Además, él trataba con hostilidad y recelo a mi madre, que no tenía nada que ver en el asunto, e incluso a mí, aunque no nos conocía para nada, pero nosotros éramos los Montesco.

Las «señoritas» no siempre le decían que nos iban a visitar. Su tío no podía protestar abiertamente contra mí, simplemente me trataba con frialdad. Pero mi madre muy de vez en cuando visitaba a sus nuevas «sobrinas».

Aunque ellas la amaban, sobre todo la más pequeña. Ellas nunca supieron qué era tener una madre. Nos visitaban seguido… y ahí fue que empezó mi amor.

Eran muy diferentes a mí, ajenas, aunque al mismo tiempo familiares. Ajenas por todo, por su forma de vivir, porque eran moscovitas (mientras que yo ya había viajado bastante), porque habían crecido sin madre y sin padre, porque vivían en el «campamento enemigo». Y, finalmente, por la edad… porque ellas hace mucho eran señoritas adultas…

A la menor su familia la llamaba de una forma peculiar: Tasha. A nosotros eso no nos gustaba, así que la llamábamos Natasha. No era agraciada. Pelo liso y castaño claro, ojos miopes de color azul claro, rostro pálido de mentón angosto… ¡Pero para qué la describo! ¡¿Acaso importa la belleza?! ¡¿Acaso sirven para algo las palabras?! Ella era ella. Su sonrisa, su voz, su forma de hablar, los redondos aretes de oro en sus orejas, su vestidito color tabaco, incluso el horrible chal gris que se ponía encima de su gorro en invierno. Todo eso era ella, ¿qué más se puede añadir?

Es verdad que no solo yo siento su encanto, su silencioso brillo: todos se sienten atraídos por ella, empezando por mi madre y terminando con mis hermanitas. Sospecho que están enamoradas de ella, como yo alguna vez me enamoré de mi huésped con su cinta de terciopelo en el cuello.

Puedo ver con claridad que Yulia (su hermana mayor) es muy hermosa: de mejillas sonrosadas, esbelta, con unas hermosas cejas frondosas. Pero la apariencia de Natasha no la veo: yo a ella la amo.

Está sentada en nuestra casa, en una esquinita, hablando con mamá y riéndose muy suavemente. Me duele el corazón de la dicha, del secreto… y de la desolación. ¡Dios mío! ¡Es que la voy a amar así toda la vida! ¿Pero qué puedo hacer? ¡Porque esto no va a terminar en nada, no puede terminar en nada!

En mi diario (lo llevo con pasión y con rabia), escribo groseramente: «enamorarse cuando no es mutuo es ridículo y tonto. Intentaré lo más pronto posible acabar con esta tontería…» Y ahí mismo, en letras muy, muy pequeñitas, escondiéndome de mí, añado: «¡No es verdad! ¡La voy a amar para toda la eternidad y la quiero amar para toda la eternidad!»

III

Mi temperamento, mi brusquedad, mi impetuosidad se sentían atraídos irremediablemente por su silencio, pero al mismo tiempo sufrían por su culpa.

Hasta los once años, además de a Jules Verne, mi padre solo me permitía leer a Gógol. Tal vez hizo bien, porque Gógol penetró en mi alma de tal manera que nunca olvidaré ninguna de sus líneas. Pero tres años después de la muerte de mi padre, mi cabeza ya estaba llena de toda la literatura rusa y, sinceramente, ese torrente me aturdió. No tenía fuerzas para comprenderlo todo, confundía la realidad y los libros, y la lucha en mi alma era constante: no había palabras para explicarla y, además, ¿con quién iba a hablar de eso? No con ella. No con Natasha, ¿verdad? Ahí no confundía nada, Natasha era mi realidad y ningún amor en ningún libro era como el mío: mi amor era único.

Me ahogaban unos celos completamente delirantes, tanto del presente como del futuro. Del presente, a causa de su prima Aniuta (no es prima mía, solo de ella, paterna). Aniuta puede visitarla tranquilamente, incluso se queda a dormir en su casa. Y Natasha habla de ella con cariño y ternura. Sí, sí, Aniuta… Bueno, qué más da Aniuta. Pero qué tal si… porque eso también puede pasar, ¿no? ¿Qué tal si alguien pide la mano de Natasha y ella acepta? ¿Entonces qué?

Esa monstruosa idea me hela la sangre y me obliga a cerrar los ojos con fuerza para no seguir pensando en eso.

De vez en cuando, la tristeza, el orgullo y el secreto me llevaban a hacer tonterías: a caminar por la acera de arriba abajo, frente a la casita gris, y a mirar hacia adentro: ¿tal vez Natasha me vea por la ventana y… me invite? Estaba pasando por casualidad y ahora entro por casualidad… no tiene nada de inusual…

Una vez funcionó: en efecto, me invitaron a la casa. Fue una tarde de felicidad pura, una tarde inolvidable: por alguna razón, Natasha y yo estábamos en la habitación de su tío, ausente en ese momento. La habitación no tenía calefacción, afuera helaba, me castañeaban los dientes del frío, Natasha se envolvió en un chal de lana… no sé de qué hablamos, solo que hablábamos en voz baja, muy cerca y… en pocas palabras, no recuerdo una tarde más dichosa.

Nos veíamos en la iglesia. En la de la Resurrección, para la Vigilia de toda la noche. Nos hacíamos cerca. Cuando llegaba el momento de ir a besar la cruz o el ícono, yo salía ahí mismo detrás de ella. Y en las fiestas importantes, cuando ungían la crisma, yo me ubicaba de tal manera que el pincel del sacerdote me tocara justo después de tocarla a ella. Me avergonzaba un poco: ¿acaso es un pecado? Dios, qué pecado, si se siente tan bien: «¡Gloria a Dios que nos ha mostrado la luz!».

La noche de pascua, en los postes de piedra frente a la iglesia arden y humean las velas, mientras que la propia iglesia está llena a reventar, no hay por donde pasar. Pero ella y yo estamos de pie, adelante, hemos llegado temprano, porque Yulia y Natasha son parroquianas de esta iglesia de toda la vida. Ese sacerdote viejito fue quien la bautizó a ella, a mi adorada… En ese momento, yo todavía no había llegado al mundo… Mis pensamientos me llevan a otra parte, me imagino como ella me consolaba al abandonar «el más allá», prometiéndome que nos encontraríamos… ¿Significa eso que «allá» me amaba? ¿Y qué tal si aquí también me ama, solo que aquí no se habla «de eso»?

Miro de reojo su pálida y aplomada carita, iluminada desde abajo por una vela. Ya terminó la procesión, ya cantan «Cristo ha resucitado». Cantan cada minuto, interrumpiendo al sacerdote con ese grito que es, en realidad, un canto alegre… Me late el corazón, no solo por el amor, sino por una sensación de dicha comunal. Decido adelantarme para darle los tres besos de pascua de primeras. Y, para que nadie la bese antes que yo, debo actuar ya mismo, apenas empiezan a soplar las velas…

Me volteo tan bruscamente que ella se estremece, pero enseguida entiende, sonríe y nos besamos. «Como allá, como allá…», repito, en un éxtasis incomprensible. Apenas salimos de la iglesia y nos despedimos (las señoritas van a casa a romper el ayuno, ¡su tío está esperando!), recupero la conciencia e ironizo sobre lo sucedido: ¡qué tonterías, qué sensiblería! ¿De dónde saqué que me amaba? No me ama y no necesito que me ame, qué importa, sobreviviré…

Pero en la calle palpitan las alegres luminarias, huele a primavera, las campanadas hacen vibrar el viento oscuro y transparente de la noche moscovita, y yo de nuevo estoy bien, de nuevo siento pura felicidad. Mañana en el día Natasha irá a visitarnos. No quiero pensar en nada más, solo en eso, en cómo vendrá y en cómo nos besaremos una vez más…

IV

Existe un ícono ruso de la Virgen María llamado «Alegría Insospechada». No sé por qué, pero en esas dos palabras se escondía para mí una fascinación única. Ese nombre era, para mi alma casi de infante, como un inmerso círculo iridiscente que crecía y crecía. Alegría insospechada no significa ni mucho menos que algún deleite te caiga del cielo de manera inesperada, súbita o por sorpresa. No, no. Es como si ese deseo tuyo —secreto e inefable, que ni siquiera has revelado a ti mismo, que no has admitido ni en tus pensamientos, sino que está ahí, cerca de tu mente— de repente se hiciera realidad, de repente entrara a tu vida de manera triunfante y te cegara con un brillo que te hace cerrar los ojos. Eso es lo que significa «alegría insospechada».

Mi familia pasaba los veranos en una hacienda en el pueblo de Voskresénskoie a las afueras de Moscú. Fuimos tres veranos seguidos. ¡Voskresénskoie era un verdadero paraíso! ¡Qué hermosa era la alameda de abetos que conducía hacia abajo, hacia el amarillo pabellón de piedra, hacia la pequeña laguna, donde el botecito blanco se balanceaba junto al muelle de madera! ¡Qué color tenían los arbustos de lila, cómo olían! No había nada mejor en el mundo que Voskresénskoie (que, lo digo entre paréntesis, era la hacienda más común y corriente a las afueras de Moscú). Mi vida allí transcurría en un estado constante, aunque también intranquilo, de dicha, al que el amor solo favorecía.

Mi separación con «ella» era larga (¡tres meses!) y completamente irremediable: Natasha y su hermana pasaban cada verano con la familia de Aniuta, objeto de mis celos. Y era impensable que su tío dejara que Natasha nos visitara, así fuera por un día. Ella y yo lo sabíamos. Al mismo tiempo, verla a ella aquí, en el parque, entre las lilas, era ese deseo que estaba ahí, cerca de mi mente, del que ni yo sospechaba.

Mamá viajaba con frecuencia a la ciudad y regresaba por las tardes. Eran siete kilómetros desde la estación, así que el carruaje iba a recogerla a la llegada del tren vespertino. Yo tenía la costumbre de descender a la laguna y acercarme al puente en bote, porque el carruaje tenía que pasar por ahí. Y una vez cruzado el puente, el camino se empinaba, rodeando la iglesia y el parque, hasta alcanzar la casa.

Es una tarde de junio. Voy en mi botecito blanco, inestable y puntiagudo. Silencioso es el cenagoso estanque. Silencioso es el atardecer verde, rosado y todavía brillante. Silenciosamente subo y bajo los largos remos blancos. No tengo prisa, todavía tengo tiempo, esperaré bajo el puente. En algún lugar alejado las señoras cantan a gritos… y ahora se han callado. Ya estoy al lado del puente. El agua gotea silenciosa de los remos levantados, el bote se balancea ligeramente… ¿Pero por qué extraña razón me late el corazón de esta manera? ¿Me preocupa que mamá no llegue? No, dijo que llegaría. Y todavía es temprano, muy temprano… Pero no tanto: escucho a lo lejos el suave traqueteo de las ruedas. Sé que no es una carreta, así que seguramente sea nuestro carruaje. Es mamá. ¿Pero por qué razón me late el corazón de esta manera?

Tras soltar los remos, me levanto y alzo la mirada hacia el camino, hacia el puente… Ahora mismo, de detrás de los sauces, aparecerá el coche y pasará a mi lado, sobre el puente.

Apareció. Y en él, junto a mamá, más cerca de mí, estaba Natasha.

Al verme, gritaron algo y pasaron de largo.

Ninguna sorpresa. Solo la ceguera de ese deseo cumplido, de inmediato revelado. Me ciega la alegría: ella, ahora pienso que no podía ser de otra manera, al final llegó, insospechada.

Casi me quedo sin aliento. Hundí los remos profundamente en el agua, el bote puntiagudo voló hasta el muelle, resuena la cadena y me quedo del todo sin aliento mientras corro, tropezándome, por la montaña, hacia la casa. ¡Qué alameda infinita! No voy a llegar, casi no me muevo, siento dolor en el pecho, resequedad… No importa. Ya casi.

¡Dios mío! ¿Por qué nos has dado la felicidad de vivir en este mundo?


Aquí interrumpo la verdadera historia de mi primer amor. En primer lugar, porque podría seguir hablando de él sin fin; en segundo lugar, porque no conozco su final. Se acabó… probablemente, ¿pero cuándo? El final es inalcanzable. Es tan inalcanzable, que hablando de ese «primer amor», no puedo recordar un «segundo» o decir que haya habido un «segundo».

Muy pronto, Natasha y yo nos separamos para no vivir nunca más en la misma ciudad. Pero sin importar a donde me llevara el destino, nuestra separación siempre terminaba en reencuentro, sin importar si era prolongado, corto o fugaz… Y así fue durante todos los largos años de mi vida. Pasaban los años y, a su alrededor, en Moscú, era como si nada cambiara, ni siquiera ella misma. Murió su hermana Yulia (en su juventud), murió su tío, derribaron la casita gris… Y ahora estoy con Natasha en su nuevo apartamentico, también en una casita de madera, frente al monasterio de Zachátievsky, junto a la Iglesia de la Resurrección, y me parece que nada ha cambiado, que su tío está a punto de salir, arrastrando sus pantuflas… Y que mañana no viajaré a San Petersburgo o al extranjero, sino que iré a mi callejón y por la noche haré las tareas.

Ya estamos hablando «de todo». Aunque, ¿qué se puede decir del amor? No se puede decir nunca nada sobre el amor. Sé que Natasha me amaba «incluso en ese entonces», pero ¿cómo? Ella sabe de mi amor. Pero, ¿qué sabe? Y, a fin de cuentas, ¿qué sé yo?

Tenemos vidas muy diferentes. Y somos muy diferentes. Eso fue hace mucho tiempo. Y ella me mira, delgada, casi seca, su sonrisa brilla como siempre, y yo no puedo entender si quiero llorar o reír.

—Tú eres la poesía de mi vida —dice ella de manera terriblemente sencilla, sin sensiblería—. Si te vas o si llegas, yo igual sé que siempre estás conmigo en alguna parte.

Otra vez pasan los años, los últimos: primero los más terribles, luego los silenciosos. ¿Dónde estás, Natasha?

«Su muerte oí de un labio indiferente…»2. Acepto esa noticia de manera extraña, en silencio, sin sorpresa. Como acepto ahora todas las noticias de ese tipo.

Se murió hace mucho tiempo, ya dos años atrás. Murió en la miseria, no en su Moscú natal, sino en Múrom, donde una sobrina lejana la acogió por misericordia, en sus últimos años de vida.

Y esas tenemos. Llegó aquí antes que yo y se fue antes que yo. Ella es paciente, ella esperará… nuestro próximo encuentro. Porque ya acá ella sabía que, si nos separábamos, sin falta nos volveríamos a encontrar. Y, aunque no nos veamos, igual estoy «con ella en alguna parte».

Y el primer amor, dicen, ha sido escrito por los ángeles en el cielo. Tienen unos libros especiales para eso.


1. N.M.D. son las iniciales de Natalia Mijáilovna Dobrojótova, prima, amiga, objeto del amor de Zinaída Guippius y personaje de este relato.

2. Verso del poema «Bajo el cielo azul de su tierra nativa…» de Alexánder Serguéievich Pushkin (traducción de Eduardo Alonso Luengo).

Моя первая любовь

Н. М. Д.

I

…Зачем выдумывать? Невыдуманное, настоящее, только на первый взгляд кажется бледнее выдумки, да и то не всегда. А уж если поглубже посмотреть, так всякому станет ясно, что наши надстройки над жизнью весьма бесполезны.

Моя первая любовь… впрочем, она первая лишь потому, что первая сознательная; если же придерживаться формального счета, то она вторая, а самая первая — в Саратове: это черноволосая молодая гостья с бархаткой на шее. Я ее помню, как вчера, а было мне тогда четыре года. Но в четыре или сорок четыре года — влюбленность одна, и ее ни с чем не спутаешь: она дает два огромных и неразрывно связанных ощущения — блаженства и тайны. Это, конечно, лишь основа; но в моей предпервой любви, в четыре года, ничего осложняющего любовь быть и не могло; зато «блаженство и тайна» овладели мною повелительно. Насчет «тайны» у меня до такой степени не было сомнений, что как раз это-то и предуготовало любви роковой исход.

Взрослые поразительно ничего не знают о детях. Забывают, что ли? Самая любящая мать, помимо всего прочего, не знает даже и того, что ребенок, до какого-то возраста (5, 6, иногда 7 лет; это индивидуальность), остается не отделенным от нее; т. е. он не делает еще различия между нею и собою, и сам не замечает, думает ли про себя; или говорит с нею. Он и она, для него, — совершенно искренно — одно. И совсем другое, — это свидетельство — всё окружающее и все окружающие. Я не могу вспомнить, например, когда и каким образом тайна моей любви стала известна маме, хотя она, очевидно, узнала ее от меня: Узнала — и ничего не поняла, т. е. самого главного: Тайны. Как могло мне прийти в голову сказать: «Мамочка, это великая тайна?» Если б могло, то раньше должно бы прийти в голову, что мама — другой, не я; и тайна просто не была бы открыта: ведь она такова, что другому ее открыть нельзя; действительно нельзя, никому, без всякого исключения.

Мама поняла, что я эту гостью очень люблю, вот и все.

Сижу как-то на стуле в гостиной, спиной к окнам, с няней. Напротив меня, за столом с бархатной скатертью мама, а рядом, на кресле — «она». И вдруг слышу, как мама говорит с ней — обо мне. Указывает на меня, улыбается: «Вот как вас ужасно любят…»

И «она» улыбается, оборачивается ко мне, спрашивает:

— Да? Ты меня любишь?

Я и теперь не могу описать всей сложности ужаса, негодования и отчаяния, меня обуявших. Что-то побежало по спине и завязалось на затылке. От блаженства не осталось и следа. Вообще — все погибло. Однако мой долг был для меня ясен. «Тайну» надо спасать, хранить до конца.

И на этот бездонно-грубый вопрос:

— Ты меня любишь? (с улыбкой) — я, сдвинув брови, серьезно отвечаю:

— Нет. Не люблю. — И прибавляю, чтоб крепче было, как умею:

— Нет. Тьфу… Дрянь…

После этого ярко помню, как в мезонине, у бабушки, мама меня бранила, говорила, что так нельзя отвечать, что надо просить извинения…

— Слышишь? Слышишь?

Мое молчание ее еще больше сердило. Бабушка гладила меня по головке и примирительно повторяла, что я «больше не буду…». Буду или не буду — я молчу, да, кажется, и не слушаю, да, кажется, и не понимаю, за что сердится мама. Вероятно (так я думаю теперь), во мне впервые проснулось тогда смутное чувство моей окончательной отдельности и первого одиночества, и даже чуть-чуть презрения к непониманию «других»… всех, не исключая и той, к которой была любовь.

Любовь предпервая… Ведь все-таки несознательная. А по-настоящему первая — гораздо позже.

II

— Ты придешь.

— Не знаю. Может быть.

Я, конечно, приду. У меня дух захватило от счастья, что я могу к ней прийти. Но я отвечаю небрежно, чтобы «она» не подумала… Чего? Что я задыхаюсь от счастья? Ну, конечно. Ведь опять «тайна», это главное… Кроме того, я знаю, что «она» меня «не любит»: я уже знаю и муки ревности.

Когда это все случилось? Думая — не услежу начала. А длится… очень долго. Нет, не смейтесь; действительно долго: ведь когда мы познакомились, мне едва минуло одиннадцать лет; потом было двенадцать; и вот уже тринадцать…

Мне-то кажутся эти годы долгими лишь потому, что в тринадцать лет время бесконечно длинно: месяц — год, год — век. А вообще я ни минуты не сомневаюсь, что любовь моя на всю жизнь.

Над этим тоже могут смеяться только безнадежно «взрослые», т. е. люди, уже все забывшие и еще ничего не понявшие (большинство так и умирает; забыв и ничего не поняв). Однако и я, в тринадцать лет, уже не имею младенческой несложности. Я умею смотреть на себя со стороны и даже умею прикрывать свою «тайну» перед собою иронией и насмешкой. Это плохо, но что делать! Я — боюсь «сантиментальности». В какие-нибудь десять лет со дня любви той, предпервой; жизнь меня необыкновенно усложнила и, пожалуй, подпортила.

Мы живем в Москве (куда переехали после смерти отца) в Зачатиевском переулке на Остоженке, у Воскресенья. Из моей узенькой комнаты, из окна, видны зимой сугробы снега в палисаднике, а над забором невысокая желтая колокольня церкви Воскресенья, крест в сером небе. «Она», моя любовь, — моя кузина Наташа, живет тоже в двух шагах от церкви, по другую ее сторону, на самой Остоженке, в старом деревянном доме с мезонином, «собственном». В этом сереньком доме она и родилась.

Наши семейные отношения не просты. Есть что-то от Монтекки и Капулетти. У нас одна и та же бабушка (вернее — «Grand’maman»). Живет в особой квартире, и, как нарочно между нами, прямо против церкви Воскресенья. Это — мать моего отца и «ее» матери, давно умершей. Обе девочки — погодки (моя — младшая) отошли, со смертью матери к семье отца, которую наша Grand’maman почему-то ненавидела. Когда, вскоре, оне совсем осиротели (умер и отец), с ними поселились их бабушка, отцовская мать и брат, тот «дядя», что их воспитал, не женился ради них, а о Grand’maman слышать не мог. Он и к моей матери, которая была ни при чем, даже ко мне, относился недружелюбно и подозрительно, хотя нас и не знал вовсе: но мы были Монтекки…

Не всегда «барышни» и говорили ему, что идут к нам в гости. Против меня дядя, конечно, протестовать открыто не мог, только был неприветлив. Но мать моя очень редко заходила к новым своим «племянницам».

А оне полюбили ее, особенно младшая; оне никогда не знали, что такое мать. Приходили часто… ну вот тут и началась моя любовь.

Такие оне были непохожие на меня, чуждые, хотя и родные; чуждые по всему, по жизни, по тому, что оне москвички (а мне уже довелось порядком попутешествовать), потому, что оне выросли без матери и без отца, потому, что оне живут во «враждебном лагере». И, наконец, по возрасту… ведь оне уже давно были взрослые барышни…

Младшую в семье звали как-то непривычно: Таша. Нам это не нравилось, у нас ее звали Наташа. Она некрасива. Гладкие, светло-русые волосы; светло-голубые близорукие глаза, бледное лицо с узким подбородком… Да что я ее описываю! Точно дело в красоте! И точно можно сказать что-нибудь словами! Она была — она; ее улыбка, ее голос, ее манера говорить, ее кругленькие золотые сережки в ушах, ее платьице табачного цвета, даже безобразный серый платок, повязанный сверх шапочки зимою, — все это была она, о чем же еще говорить?

Впрочем, не я только чувствую ее очарование, ее тихое сияние: к ней влекутся все, начиная с моей матери и кончая моими маленькими сестрами. Я подозреваю, что оне влюблены в нее, как я когда-то, в мою гостью с бархаткой на шее.

Отлично вижу, что Юля (старшая сестра) прехорошенькая: розовая, стройная, с красивыми пушистыми бровями. А наружности Наташи я не вижу: я ее люблю.

Вот она сидит у нас, в уголку, разговаривает с мамой и тихо-тихо смеется. У меня ноет сердце от блаженства, тайны — и безысходности. Господи! Ведь я буду ее любить так всю жизнь! Но что же делать? Ведь это же ничем, ничем не может кончиться!

В дневнике (я его веду со страстью и со злобой) — я грубо записываю: «влюбиться без взаимности и смешно, и глупо; постараюсь скорее кончить начатую глупость…» И тут же, маленькими-маленькими буквами, тайком от себя, прибавляю: «Неправда! Вечно буду любить, и вечно хочу любить ее!».

III

Моя бурность, резкость, порывистость неудержимо влеклась к ее тишине, но от нее же и страдала.

До одиннадцати лет отец позволял мне читать, кроме Жюля Верна, только Гоголя; это хорошо, может быть, потому что Гоголь так мне врезался в душу, что ни одна его строчка не забудется. Но через три года после смерти отца — голова моя была наполнена всей русской литературой, и, признаться, этот поток меня ошеломил. Разобраться сил не было, действительность и книги для меня смешались, и в душе шла какая-то постоянная борьба: для выраженья ее слов не имелось, да и кому о ней говорить? Не ей же. Наташе? Тут у меня — никакого смешенья, Наташа действительность, и ни одна любовь в книгах не похожа на мою: моя — единственная.

Меня терзала совершенно безумная ревность: и сейчасная, и будущая. Сейчасная — это ее двоюродная сестра Анюта (не моя, только ее, по отцу). Анюта спокойно приходит к ней, когда хочет, даже ночевать у них остается. И Наташа говорит о ней с лаской и нежностью. Да, да, Анюта… Ну хорошо, пускай Анюта. А вдруг… ведь это же бывает? Вдруг Наташе кто-нибудь сделает предложение, и она согласится? Тогда что?

Меня обливает таким холодом это чудовищное предположение, что я зажмуриваюсь и не хочу дальше думать.

Тоска, гордость и тайна заставляли меня иногда делать глупости: ходить взад и вперед по тротуару мимо серого домика и заглядывать в окна: а вдруг Наташа меня увидит в окно и… позовет? Прохожу случайно, захожу случайно… тут ничего такого нет…

Раз это удалось: меня и вправду позвали. Вечер исключительного счастья, незабвенный вечер: дяди не было дома, и почему-то мы с Наташей, вдвоем, сидели в его комнате. Дядина комната без печки, на дворе мороз, у меня зуб на зуб не попадал, Наташа куталась в пуховый платок… не знаю, о чем мы говорили, говорили тихо, близко, и… ну, словом, я не помню вечера блаженнее.

Мы виделись в церкви. У Воскресенья, на всенощной. Становились рядом. К кресту потом шли прикладываться, или к образу, — я сейчас за ней. А под большие праздники, когда миром мажут, — я норовлю так, чтобы, кисточка священника коснулась меня тотчас после нее. Смутно что-то: уж не грех ли? Господи, какой грех, так хорошо: «Слава Тебе, показавшему свет!».

В пасхальную ночь на тумбах у церкви горят и чадят плошки, а сама церковь полным-полна, не протолкаться. Но мы стоим впереди, рано забрались, Юля и Наташа — коренные прихожанки. Вот этот старенький священник и крестил ее, мою милую…. Меня тогда здесь, на свете, не было… Улетаю куда-то мыслями, воображаю, как она меня утешала, уходя «оттуда», обещала, что встретимся… Значит, она меня «там» любила? А что, если и здесь она меня любит, и только здесь — «об этом» не говорят?

Взглядываю украдкой на ее серьезное бледное личико, снизу освещенное свечкой. Уже был крестный ход, уже поют «Христос Воскресе»; кажется — поют каждую минуту, прерывают священника этим криком — пением радостным… У меня бьется сердце; даже не от любви только, а от общего какого-то блаженства. Решаю, что похристосуюсь с ней первой; а чтобы никто с ней раньше меня не поцеловался — надо сейчас же, едва начнут гасить свечи…

Так резко оборачиваюсь, что она вздрагивает, но потом понимает, улыбается, и мы целуемся. «Как там, как там», — повторяю я в бессмысленном упоении, однако. Едва мы выходим из церкви, и прощаемся (барышни идут разговляться домой, дядя ждет!) — я опоминаюсь и уже иронизирую над собой: вот глупости, вот сантименты! Что это за выдумки, что она меня любит? И не любит, и не надо, и так ладно — проживем…

Но на улице трепещут веселые огни иллюминации, пахнет весной, темно-прозрачный воздух ночной Москвы весь дрожит от колокольного звона — и мне опять хорошо, опять просто радость. Завтра днем Наташа придет к нам. Не хочу ни о чем думать, только о том, как она придет и как мы еще раз поцелуемся…

IV

Есть русская икона Божьей Матери, которая называется «Нечаянная Радость». Не знаю почему — таилось для меня в этих двух словах особое очарованье. Было оно, для полудетской души, словно широкий, и все расширяющийся, радужный круг. Нечаянная радость — это вовсе не то, чтобы внезапно, нежданно-негаданно свалилось тебе на голову какое-нибудь удовольствие. Нет, нет; это если твое желание, такое тайное и несказанное, что и себе самому оно ни разу не выговорено, и даже в мысль не допущено, а лежит лишь около мысли, — вдруг исполнится; вдруг победно войдет в жизнь и ослепит сиянием, от которого только зажмуришься. Вот что такое «нечаянная радость».

В имении под Москвой в селе Воскресенском, мы проводили каждое лето. Три лета подряд. Какой рай было это Воскресенское! Какая еловая аллея вела вниз, к желтой каменной беседке, к пруду, где качалась, у плотика, белая лодка! А сиреневые кусты какие стояли лиловые, как пахло! Ничего на свете нет, конечно, лучше Воскресенского (самое обыкновенное подмосковное имение, скажу в скобках). Жизнь моя там проходила в постоянном, хотя и беспокойном, блаженстве, которому очень помогла любовь.

Мы были с «нею» в разлуке, долгой (три месяца!) и совершенно безнадежной: Наташа с сестрой уезжала каждое лето гостить в семью Анюты, — предмету моей ревности. О том, чтобы дядя отпустил Наташу к нам, хоть на один день, не могло быть и речи. Мы, и она, и я, это знали. Между тем увидеть ее здесь, в парке, в сиренях — и было моим невыговоренным себе, около мысли лежащим желанием.

Мама часто уезжала в город, вечером возвращалась. От станции — семь верст; к вечернему поезду высылали экипаж. У меня привычка, — сбежать к пруду, чтобы на лодке подъехать к мосту; экипаж не мог его миновать; с моста дорога подымалась, огибая церковь и парк, — к дому.

Июньский вечер. Еду на белой моей лодочке, острой и шаткой. Тих тинистый пруд. Тих зеленый и розовый, еще совсем светлый, закат. Тихо опускаю и поднимаю длинные, белые весла. Некуда торопиться, успею, под мостом подожду. Где-то далеко бабы песни кричат… вот замолкли. Я уже у самого моста. С поднятых весел тихо каплет вода, чуть покачивается лодка… Но отчего, так странно сердце бьется? Или беспокоюсь, что мама не приедет? Нет, она сказала, что приедет. И рано еще, совсем рано. — Не рано; вот чуть слышный, мягкий стук колес. Я узнаю, это не телега, это наверное наш экипаж. Это мама. Отчего так бьется сердце?

Встаю в лодке, бросив весла, смотрю наверх на дорогу, на мост… Сейчас из-за ветел покажется коляска и проедет мимо меня по мосту.

Она показалась. В ней, рядом с мамой, ближе ко мне, сидела Наташа.

Увидев меня, что-то крикнули — и проехали.

Никакого удивления. Только ослепление — вот этим исполнившимся, сразу открывшимся, желанием. Ослепление радостью: она, — теперь кажется — и не могла не быть, и все-таки пришла — нечаянная.

Духу почти не хватало. Весла глубоко врезались в воду, острая лодка так и подлетела к пристани, гремит цепь, и духу совсем, совсем не хватает, пока я бегу, спотыкаясь, в гору, к дому. Какая бесконечная аллея! Я не добегу, я почти не двигаюсь, в груди больно и сухо… Ничего. Сейчас.

Господи! И за что нам такое счастье — жить на свете?

____________

Здесь я обрываю правдивую историю моей первой любви. Во первых — потому, что могу еще говорить о ней без конца, а во-вторых — я не знаю ее конца. Она кончилась… вероятно, но когда? Неуловим конец. До такой степени неуловим, что, говоря об этой «первой» любви, я не могу вспомнить какую-нибудь «вторую», назвать какую-нибудь «второй».

Мы с Наташей вскоре расстались, чтобы никогда уже больше не жить в одном городе. Но куда бы ни заносила меня судьба — наша разлука непременно кончалась встречей, все равно длинной, короткой, или мгновенной… И так было все долгие годы жизни. Годы текли, а около нее в Москве, как будто не менялось ничто, ни она сама. Умерла (в молодости) ее сестра Юля; умер дядя; сломали серенький домик… А сижу я с Наташей в новой квартирке ее, тоже в деревянном домике против Зачатиевского монастыря, у самого Воскресенья, — и кажется мне, что ничто не двинулось, что выйдет сейчас и прошаркает туфлями дядя… И что не в Петербург или за границу уеду я завтра, а пойду в свой переулок и буду вечером учить уроки.

Мы уже говорим «обо всем». Впрочем, что можно сказать о любви? Ничего о ней никогда сказать нельзя. Я знаю, что Наташа «и тогда» любила меня, — но как? О моей любви — она знает; но что она знает? Что и я-то, в конце концов, знаю?

У нас такая разная жизнь. Так мы сами разны. Так давно все это было. А смотрит она на меня, худенькая, сухонькая, по-прежнему сияет ее улыбка, и не могу я понять, хочется мне плакать или смеяться.

— Ты — поэзия моей жизни, — говорит она ужасно просто без всякой «сантиментальности». — Уедешь — приедешь, и всегда я знаю, что ты где-то со мной.

Опять пролетели годы. Последние, страшные сначала — глухие потом. Где же ты, Наташа?

«Из равнодушных уст я слышу смерти весть…» и странно ей внимаю, тихо, без удивления. Как всем вестям таким теперь.

Умерла давно, уже два года тому назад. Умерла в нищете, даже не в родной Москве — а в Муроме, у дальней племянницы, которая приняла ее из милости «в старухи».

Ну, что ж. Пришла сюда раньше меня, ушла раньше меня. Она терпеливая, она подождет… следующей встречи. Ведь и здесь она знала, когда мы расставались, что мы непременно еще увидимся; и что пока не видимся — я все равно «где-то с ней». А первая любовь — она, говорят, на небе у ангелов записана. Есть такие у них для этого книги.

Моя первая любовь

Н. М. Д.

I

…Зачем выдумывать? Невыдуманное, настоящее, только на первый взгляд кажется бледнее выдумки, да и то не всегда. А уж если поглубже посмотреть, так всякому станет ясно, что наши надстройки над жизнью весьма бесполезны.

Моя первая любовь… впрочем, она первая лишь потому, что первая сознательная; если же придерживаться формального счета, то она вторая, а самая первая — в Саратове: это черноволосая молодая гостья с бархаткой на шее. Я ее помню, как вчера, а было мне тогда четыре года. Но в четыре или сорок четыре года — влюбленность одна, и ее ни с чем не спутаешь: она дает два огромных и неразрывно связанных ощущения — блаженства и тайны. Это, конечно, лишь основа; но в моей предпервой любви, в четыре года, ничего осложняющего любовь быть и не могло; зато «блаженство и тайна» овладели мною повелительно. Насчет «тайны» у меня до такой степени не было сомнений, что как раз это-то и предуготовало любви роковой исход.

Взрослые поразительно ничего не знают о детях. Забывают, что ли? Самая любящая мать, помимо всего прочего, не знает даже и того, что ребенок, до какого-то возраста (5, 6, иногда 7 лет; это индивидуальность), остается не отделенным от нее; т. е. он не делает еще различия между нею и собою, и сам не замечает, думает ли про себя; или говорит с нею. Он и она, для него, — совершенно искренно — одно. И совсем другое, — это свидетельство — всё окружающее и все окружающие. Я не могу вспомнить, например, когда и каким образом тайна моей любви стала известна маме, хотя она, очевидно, узнала ее от меня: Узнала — и ничего не поняла, т. е. самого главного: Тайны. Как могло мне прийти в голову сказать: «Мамочка, это великая тайна?» Если б могло, то раньше должно бы прийти в голову, что мама — другой, не я; и тайна просто не была бы открыта: ведь она такова, что другому ее открыть нельзя; действительно нельзя, никому, без всякого исключения.

Мама поняла, что я эту гостью очень люблю, вот и все.

Сижу как-то на стуле в гостиной, спиной к окнам, с няней. Напротив меня, за столом с бархатной скатертью мама, а рядом, на кресле — «она». И вдруг слышу, как мама говорит с ней — обо мне. Указывает на меня, улыбается: «Вот как вас ужасно любят…»

И «она» улыбается, оборачивается ко мне, спрашивает:

— Да? Ты меня любишь?

Я и теперь не могу описать всей сложности ужаса, негодования и отчаяния, меня обуявших. Что-то побежало по спине и завязалось на затылке. От блаженства не осталось и следа. Вообще — все погибло. Однако мой долг был для меня ясен. «Тайну» надо спасать, хранить до конца.

И на этот бездонно-грубый вопрос:

— Ты меня любишь? (с улыбкой) — я, сдвинув брови, серьезно отвечаю:

— Нет. Не люблю. — И прибавляю, чтоб крепче было, как умею:

— Нет. Тьфу… Дрянь…

После этого ярко помню, как в мезонине, у бабушки, мама меня бранила, говорила, что так нельзя отвечать, что надо просить извинения…

— Слышишь? Слышишь?

Мое молчание ее еще больше сердило. Бабушка гладила меня по головке и примирительно повторяла, что я «больше не буду…». Буду или не буду — я молчу, да, кажется, и не слушаю, да, кажется, и не понимаю, за что сердится мама. Вероятно (так я думаю теперь), во мне впервые проснулось тогда смутное чувство моей окончательной отдельности и первого одиночества, и даже чуть-чуть презрения к непониманию «других»… всех, не исключая и той, к которой была любовь.

Любовь предпервая… Ведь все-таки несознательная. А по-настоящему первая — гораздо позже.

II

— Ты придешь.

— Не знаю. Может быть.

Я, конечно, приду. У меня дух захватило от счастья, что я могу к ней прийти. Но я отвечаю небрежно, чтобы «она» не подумала… Чего? Что я задыхаюсь от счастья? Ну, конечно. Ведь опять «тайна», это главное… Кроме того, я знаю, что «она» меня «не любит»: я уже знаю и муки ревности.

Когда это все случилось? Думая — не услежу начала. А длится… очень долго. Нет, не смейтесь; действительно долго: ведь когда мы познакомились, мне едва минуло одиннадцать лет; потом было двенадцать; и вот уже тринадцать…

Мне-то кажутся эти годы долгими лишь потому, что в тринадцать лет время бесконечно длинно: месяц — год, год — век. А вообще я ни минуты не сомневаюсь, что любовь моя на всю жизнь.

Над этим тоже могут смеяться только безнадежно «взрослые», т. е. люди, уже все забывшие и еще ничего не понявшие (большинство так и умирает; забыв и ничего не поняв). Однако и я, в тринадцать лет, уже не имею младенческой несложности. Я умею смотреть на себя со стороны и даже умею прикрывать свою «тайну» перед собою иронией и насмешкой. Это плохо, но что делать! Я — боюсь «сантиментальности». В какие-нибудь десять лет со дня любви той, предпервой; жизнь меня необыкновенно усложнила и, пожалуй, подпортила.

Мы живем в Москве (куда переехали после смерти отца) в Зачатиевском переулке на Остоженке, у Воскресенья. Из моей узенькой комнаты, из окна, видны зимой сугробы снега в палисаднике, а над забором невысокая желтая колокольня церкви Воскресенья, крест в сером небе. «Она», моя любовь, — моя кузина Наташа, живет тоже в двух шагах от церкви, по другую ее сторону, на самой Остоженке, в старом деревянном доме с мезонином, «собственном». В этом сереньком доме она и родилась.

Наши семейные отношения не просты. Есть что-то от Монтекки и Капулетти. У нас одна и та же бабушка (вернее — «Grand’maman»). Живет в особой квартире, и, как нарочно между нами, прямо против церкви Воскресенья. Это — мать моего отца и «ее» матери, давно умершей. Обе девочки — погодки (моя — младшая) отошли, со смертью матери к семье отца, которую наша Grand’maman почему-то ненавидела. Когда, вскоре, оне совсем осиротели (умер и отец), с ними поселились их бабушка, отцовская мать и брат, тот «дядя», что их воспитал, не женился ради них, а о Grand’maman слышать не мог. Он и к моей матери, которая была ни при чем, даже ко мне, относился недружелюбно и подозрительно, хотя нас и не знал вовсе: но мы были Монтекки…

Не всегда «барышни» и говорили ему, что идут к нам в гости. Против меня дядя, конечно, протестовать открыто не мог, только был неприветлив. Но мать моя очень редко заходила к новым своим «племянницам».

А оне полюбили ее, особенно младшая; оне никогда не знали, что такое мать. Приходили часто… ну вот тут и началась моя любовь.

Такие оне были непохожие на меня, чуждые, хотя и родные; чуждые по всему, по жизни, по тому, что оне москвички (а мне уже довелось порядком попутешествовать), потому, что оне выросли без матери и без отца, потому, что оне живут во «враждебном лагере». И, наконец, по возрасту… ведь оне уже давно были взрослые барышни…

Младшую в семье звали как-то непривычно: Таша. Нам это не нравилось, у нас ее звали Наташа. Она некрасива. Гладкие, светло-русые волосы; светло-голубые близорукие глаза, бледное лицо с узким подбородком… Да что я ее описываю! Точно дело в красоте! И точно можно сказать что-нибудь словами! Она была — она; ее улыбка, ее голос, ее манера говорить, ее кругленькие золотые сережки в ушах, ее платьице табачного цвета, даже безобразный серый платок, повязанный сверх шапочки зимою, — все это была она, о чем же еще говорить?

Впрочем, не я только чувствую ее очарование, ее тихое сияние: к ней влекутся все, начиная с моей матери и кончая моими маленькими сестрами. Я подозреваю, что оне влюблены в нее, как я когда-то, в мою гостью с бархаткой на шее.

Отлично вижу, что Юля (старшая сестра) прехорошенькая: розовая, стройная, с красивыми пушистыми бровями. А наружности Наташи я не вижу: я ее люблю.

Вот она сидит у нас, в уголку, разговаривает с мамой и тихо-тихо смеется. У меня ноет сердце от блаженства, тайны — и безысходности. Господи! Ведь я буду ее любить так всю жизнь! Но что же делать? Ведь это же ничем, ничем не может кончиться!

В дневнике (я его веду со страстью и со злобой) — я грубо записываю: «влюбиться без взаимности и смешно, и глупо; постараюсь скорее кончить начатую глупость…» И тут же, маленькими-маленькими буквами, тайком от себя, прибавляю: «Неправда! Вечно буду любить, и вечно хочу любить ее!».

III

Моя бурность, резкость, порывистость неудержимо влеклась к ее тишине, но от нее же и страдала.

До одиннадцати лет отец позволял мне читать, кроме Жюля Верна, только Гоголя; это хорошо, может быть, потому что Гоголь так мне врезался в душу, что ни одна его строчка не забудется. Но через три года после смерти отца — голова моя была наполнена всей русской литературой, и, признаться, этот поток меня ошеломил. Разобраться сил не было, действительность и книги для меня смешались, и в душе шла какая-то постоянная борьба: для выраженья ее слов не имелось, да и кому о ней говорить? Не ей же. Наташе? Тут у меня — никакого смешенья, Наташа действительность, и ни одна любовь в книгах не похожа на мою: моя — единственная.

Меня терзала совершенно безумная ревность: и сейчасная, и будущая. Сейчасная — это ее двоюродная сестра Анюта (не моя, только ее, по отцу). Анюта спокойно приходит к ней, когда хочет, даже ночевать у них остается. И Наташа говорит о ней с лаской и нежностью. Да, да, Анюта… Ну хорошо, пускай Анюта. А вдруг… ведь это же бывает? Вдруг Наташе кто-нибудь сделает предложение, и она согласится? Тогда что?

Меня обливает таким холодом это чудовищное предположение, что я зажмуриваюсь и не хочу дальше думать.

Тоска, гордость и тайна заставляли меня иногда делать глупости: ходить взад и вперед по тротуару мимо серого домика и заглядывать в окна: а вдруг Наташа меня увидит в окно и… позовет? Прохожу случайно, захожу случайно… тут ничего такого нет…

Раз это удалось: меня и вправду позвали. Вечер исключительного счастья, незабвенный вечер: дяди не было дома, и почему-то мы с Наташей, вдвоем, сидели в его комнате. Дядина комната без печки, на дворе мороз, у меня зуб на зуб не попадал, Наташа куталась в пуховый платок… не знаю, о чем мы говорили, говорили тихо, близко, и… ну, словом, я не помню вечера блаженнее.

Мы виделись в церкви. У Воскресенья, на всенощной. Становились рядом. К кресту потом шли прикладываться, или к образу, — я сейчас за ней. А под большие праздники, когда миром мажут, — я норовлю так, чтобы, кисточка священника коснулась меня тотчас после нее. Смутно что-то: уж не грех ли? Господи, какой грех, так хорошо: «Слава Тебе, показавшему свет!».

В пасхальную ночь на тумбах у церкви горят и чадят плошки, а сама церковь полным-полна, не протолкаться. Но мы стоим впереди, рано забрались, Юля и Наташа — коренные прихожанки. Вот этот старенький священник и крестил ее, мою милую…. Меня тогда здесь, на свете, не было… Улетаю куда-то мыслями, воображаю, как она меня утешала, уходя «оттуда», обещала, что встретимся… Значит, она меня «там» любила? А что, если и здесь она меня любит, и только здесь — «об этом» не говорят?

Взглядываю украдкой на ее серьезное бледное личико, снизу освещенное свечкой. Уже был крестный ход, уже поют «Христос Воскресе»; кажется — поют каждую минуту, прерывают священника этим криком — пением радостным… У меня бьется сердце; даже не от любви только, а от общего какого-то блаженства. Решаю, что похристосуюсь с ней первой; а чтобы никто с ней раньше меня не поцеловался — надо сейчас же, едва начнут гасить свечи…

Так резко оборачиваюсь, что она вздрагивает, но потом понимает, улыбается, и мы целуемся. «Как там, как там», — повторяю я в бессмысленном упоении, однако. Едва мы выходим из церкви, и прощаемся (барышни идут разговляться домой, дядя ждет!) — я опоминаюсь и уже иронизирую над собой: вот глупости, вот сантименты! Что это за выдумки, что она меня любит? И не любит, и не надо, и так ладно — проживем…

Но на улице трепещут веселые огни иллюминации, пахнет весной, темно-прозрачный воздух ночной Москвы весь дрожит от колокольного звона — и мне опять хорошо, опять просто радость. Завтра днем Наташа придет к нам. Не хочу ни о чем думать, только о том, как она придет и как мы еще раз поцелуемся…

IV

Есть русская икона Божьей Матери, которая называется «Нечаянная Радость». Не знаю почему — таилось для меня в этих двух словах особое очарованье. Было оно, для полудетской души, словно широкий, и все расширяющийся, радужный круг. Нечаянная радость — это вовсе не то, чтобы внезапно, нежданно-негаданно свалилось тебе на голову какое-нибудь удовольствие. Нет, нет; это если твое желание, такое тайное и несказанное, что и себе самому оно ни разу не выговорено, и даже в мысль не допущено, а лежит лишь около мысли, — вдруг исполнится; вдруг победно войдет в жизнь и ослепит сиянием, от которого только зажмуришься. Вот что такое «нечаянная радость».

В имении под Москвой в селе Воскресенском, мы проводили каждое лето. Три лета подряд. Какой рай было это Воскресенское! Какая еловая аллея вела вниз, к желтой каменной беседке, к пруду, где качалась, у плотика, белая лодка! А сиреневые кусты какие стояли лиловые, как пахло! Ничего на свете нет, конечно, лучше Воскресенского (самое обыкновенное подмосковное имение, скажу в скобках). Жизнь моя там проходила в постоянном, хотя и беспокойном, блаженстве, которому очень помогла любовь.

Мы были с «нею» в разлуке, долгой (три месяца!) и совершенно безнадежной: Наташа с сестрой уезжала каждое лето гостить в семью Анюты, — предмету моей ревности. О том, чтобы дядя отпустил Наташу к нам, хоть на один день, не могло быть и речи. Мы, и она, и я, это знали. Между тем увидеть ее здесь, в парке, в сиренях — и было моим невыговоренным себе, около мысли лежащим желанием.

Мама часто уезжала в город, вечером возвращалась. От станции — семь верст; к вечернему поезду высылали экипаж. У меня привычка, — сбежать к пруду, чтобы на лодке подъехать к мосту; экипаж не мог его миновать; с моста дорога подымалась, огибая церковь и парк, — к дому.

Июньский вечер. Еду на белой моей лодочке, острой и шаткой. Тих тинистый пруд. Тих зеленый и розовый, еще совсем светлый, закат. Тихо опускаю и поднимаю длинные, белые весла. Некуда торопиться, успею, под мостом подожду. Где-то далеко бабы песни кричат… вот замолкли. Я уже у самого моста. С поднятых весел тихо каплет вода, чуть покачивается лодка… Но отчего, так странно сердце бьется? Или беспокоюсь, что мама не приедет? Нет, она сказала, что приедет. И рано еще, совсем рано. — Не рано; вот чуть слышный, мягкий стук колес. Я узнаю, это не телега, это наверное наш экипаж. Это мама. Отчего так бьется сердце?

Встаю в лодке, бросив весла, смотрю наверх на дорогу, на мост… Сейчас из-за ветел покажется коляска и проедет мимо меня по мосту.

Она показалась. В ней, рядом с мамой, ближе ко мне, сидела Наташа.

Увидев меня, что-то крикнули — и проехали.

Никакого удивления. Только ослепление — вот этим исполнившимся, сразу открывшимся, желанием. Ослепление радостью: она, — теперь кажется — и не могла не быть, и все-таки пришла — нечаянная.

Духу почти не хватало. Весла глубоко врезались в воду, острая лодка так и подлетела к пристани, гремит цепь, и духу совсем, совсем не хватает, пока я бегу, спотыкаясь, в гору, к дому. Какая бесконечная аллея! Я не добегу, я почти не двигаюсь, в груди больно и сухо… Ничего. Сейчас.

Господи! И за что нам такое счастье — жить на свете?

____________

Здесь я обрываю правдивую историю моей первой любви. Во первых — потому, что могу еще говорить о ней без конца, а во-вторых — я не знаю ее конца. Она кончилась… вероятно, но когда? Неуловим конец. До такой степени неуловим, что, говоря об этой «первой» любви, я не могу вспомнить какую-нибудь «вторую», назвать какую-нибудь «второй».

Мы с Наташей вскоре расстались, чтобы никогда уже больше не жить в одном городе. Но куда бы ни заносила меня судьба — наша разлука непременно кончалась встречей, все равно длинной, короткой, или мгновенной… И так было все долгие годы жизни. Годы текли, а около нее в Москве, как будто не менялось ничто, ни она сама. Умерла (в молодости) ее сестра Юля; умер дядя; сломали серенький домик… А сижу я с Наташей в новой квартирке ее, тоже в деревянном домике против Зачатиевского монастыря, у самого Воскресенья, — и кажется мне, что ничто не двинулось, что выйдет сейчас и прошаркает туфлями дядя… И что не в Петербург или за границу уеду я завтра, а пойду в свой переулок и буду вечером учить уроки.

Мы уже говорим «обо всем». Впрочем, что можно сказать о любви? Ничего о ней никогда сказать нельзя. Я знаю, что Наташа «и тогда» любила меня, — но как? О моей любви — она знает; но что она знает? Что и я-то, в конце концов, знаю?

У нас такая разная жизнь. Так мы сами разны. Так давно все это было. А смотрит она на меня, худенькая, сухонькая, по-прежнему сияет ее улыбка, и не могу я понять, хочется мне плакать или смеяться.

— Ты — поэзия моей жизни, — говорит она ужасно просто без всякой «сантиментальности». — Уедешь — приедешь, и всегда я знаю, что ты где-то со мной.

Опять пролетели годы. Последние, страшные сначала — глухие потом. Где же ты, Наташа?

«Из равнодушных уст я слышу смерти весть…» и странно ей внимаю, тихо, без удивления. Как всем вестям таким теперь.

Умерла давно, уже два года тому назад. Умерла в нищете, даже не в родной Москве — а в Муроме, у дальней племянницы, которая приняла ее из милости «в старухи».

Ну, что ж. Пришла сюда раньше меня, ушла раньше меня. Она терпеливая, она подождет… следующей встречи. Ведь и здесь она знала, когда мы расставались, что мы непременно еще увидимся; и что пока не видимся — я все равно «где-то с ней». А первая любовь — она, говорят, на небе у ангелов записана. Есть такие у них для этого книги.

Mi primer amor

N.M.D.1

I

… ¿Para qué fabricar fantasías? Es solo a primera vista —e incluso así, no siempre— que lo real, lo verdadero, palidece ante lo imaginado. Además, si lo analizamos a profundidad, a todos nos queda claro que nuestros intentos de engalanar la vida son bastante inútiles.

Mi primer amor… Debo admitir que lo llamo primero, solo porque es el primero consciente. Si nos guiamos por una cuenta más formal, es el segundo, mientras que el primero ocurrió en Sarátov: era una joven pelinegra con una cinta de terciopelo en el cuello, huésped de nuestro hogar. La recuerdo como si hubiera sucedido ayer, aunque en ese momento yo tenía cuatro años. Pero a los cuatro o a los cuarenta y cuatro, el amor es el mismo, no se confunde con nada, y nos da dos enormes e inseparables sentimientos: la dicha y el secreto. Eso es, por supuesto, solo la base, pero en mi pre-primer amor, a los cuatro años, no podía haber nada que lo complicara. Y «la dicha y el secreto» se apoderaron de mí completamente. En lo que concierne al secreto, no dudé ni por un segundo de que precisamente eso fue lo que predijo que mi amor tuviera un final fatídico.

Sorprendentemente, los adultos no saben nada sobre los niños. ¿Acaso pierden la memoria? La madre más amorosa no comprende ni siquiera —entre muchas otras cosas— que el niño hasta cierta edad (cinco, seis, a veces siete años, esto es individual) sigue siendo inseparable de ella. En otras palabras, el niño no diferencia entre sí mismo y su madre, y no entiende si está pensando para sí mismo o hablando con ella. Para el niño, él y ella son, de todo corazón, lo mismo. Mientras que algo completamente diferente es lo que lo rodea y quiénes lo rodean, eso lo tengo claro. No puedo recordar, por ejemplo, cuándo y de qué manera el secreto de mi amor fue descubierto por mi madre, aunque ella, obviamente, se enteró por mí. Se enteró y no entendió nada, o sea que no entendió lo más importante: el secreto. ¿Acaso se me hubiera ocurrido decirle: «Ma, esto es un gran secreto»? Si se me hubiera ocurrido, entonces habría entendido que mamá es el otro, no yo, y el secreto no hubiera sido revelado, porque su esencia es que no se puede revelar al otro. No se puede, categóricamente, a nadie, sin excepciones.

Mamá entendió que yo amaba a nuestra huésped y nada más.

Un día, yo estaba en una silla con la niñera, en la sala, de espalda a los ventanales. Frente a mí estaba mamá, sentada a la mesa con su mantel de terciopelo y, a su lado, en un sillón, estaba «ella». Y de repente oigo que mamá está hablando con ella… sobre mí. Me señala y sonríe: «La ama a usted terriblemente…»

Y «ella» sonríe, se voltea hacia mí, me pregunta:

—¿Sí? ¿Me amas?

Ni siquiera hoy puedo explicar toda la complejidad del horror, la indignación y el desconsuelo que se apoderaron de mí. Algo corrió por mi espalda y se enredó en mi nuca. No quedó ni huella de mi dicha anterior. Todo se vino abajo. Sin embargo, tenía claro cuál era mi deber. Debía salvar el «secreto», protegerlo hasta el final.

Y a esa pregunta grosera y abismal:

—¿Me amas? (con una sonrisa)

Yo, frunciendo el ceño, respondo seriamente:

—No. No la amo. —Y añado, para que no quede duda—: No. Qué asco… Guácala…

Después de eso, recuerdo claramente cómo mamá, en la buhardilla donde vivía la abuela, me regañó y me dijo que no podía responder de esa manera, que debía disculparme…

—¿Me oyes? ¿Me oyes?

Mi silencio la enojaba aún más. Mi abuela me acariciaba la cabeza y repetía en tono conciliador que yo «no lo volvería a hacer…». No le revelé si iba o no iba a hacerlo, creo recordar que no prestaba atención y creo recordar que no entendía por qué mamá estaba enojada. Probablemente (eso pienso hoy), esa fue la primera vez que se despertó en mí la turbia sensación de mi separación total, de estar por mi cuenta por primera vez, e incluso también un poco de desprecio por la incomprensión «de los demás»… de todos, incluyendo al objeto de mi amor.

Este fue mi pre-primer amor… Porque fue inconsciente. Mientras que mi verdadero primer amor llegaría mucho después.

II

—Vendrás.
—No sé. Tal vez.

Por supuesto que iré. La felicidad de poder visitarla me dejó sin aliento. Pero le respondo con indiferencia, para que «ella» no piense… ¿Qué? ¿Qué me ahogo de la felicidad? Obvio. Porque otra vez el «secreto» es lo más importante… Además, sé que «ella no me ama»: ya conozco también el martirio de los celos.

¿Cuándo empezó todo esto? No podría encontrar el principio aunque me esforzara. Y ha durado… mucho tiempo. No se rían. En verdad, es mucho tiempo: cuando nos conocimos, yo tenía apenas once años, luego doce y, ahora, trece…

Estos años me parecen eternos tan solo porque a los trece años el tiempo es infinitamente largo: un mes es como un año, un año es como un siglo. Pero además no dudo ni por un segundo que mi amor es para toda la vida.

De esto también pueden reírse los «adultos» irremediables, es decir, las personas que ya lo han olvidado todo y aún no han entendido nada (la mayoría mueren así: tras olvidarlo todo y sin entender nada). Sin embargo, a mis trece años, ya he dejado atrás la sencillez de mi infancia. Sé cómo observarme desde afuera e incluso ocultar de mí ese «secreto» con ironía y burla. ¡Está mal, pero qué se puede hacer! Le tengo miedo a la «sensiblería». Pasados unos diez años desde aquel pre-primer amor, la vida me había complicado en exceso y acaso me había arruinado un poco.

Vivimos en Moscú (a donde nos mudamos tras la muerte de mi padre), en el callejón Zachátievsky, junto a la calle Ostózhenka, frente a la Iglesia de la Resurrección. En invierno, desde la ventana de mi pequeña habitación se pueden ver los montones de nieve en el jardín y, más allá de la cerca, el pequeño campanario amarillo de la Iglesia de la Resurrección, y la cruz, con el cielo gris de fondo. «Ella», mi amor, mi prima Natasha, vive también a dos pasos de la iglesia, hacia el otro lado, sobre la calle Ostózhenka, en la vieja casa de madera con buhardilla de su familia. En esa casa grisecita fue donde nació.

Nuestra relación familiar no es sencilla. No estamos muy lejos de los Montesco y los Capuleto. Tenemos la misma abuela (o, más bien, la misma «Grand’maman»). Ella tiene su propio apartamento, ubicado, como a propósito, entre nuestras casas, frente a la Iglesia de la Resurrección. Ella es la mamá de mi padre y de «su» madre, quien falleció hace mucho tiempo. Las dos niñas se llevan un año (la mía es la menor) y, tras la muerte de su madre, empezaron a vivir con la familia de su padre, a la que nuestra Grand’maman por alguna razón odiaba. Muy pronto, cuando quedaron completamente huérfanas (por la muerte de su padre), con ellas se mudaron su abuela —la madre de su padre— y su tío paterno, quien las crio, no se casó por el bien de ellas y no quería escuchar nada de ninguna Grand’maman. Además, él trataba con hostilidad y recelo a mi madre, que no tenía nada que ver en el asunto, e incluso a mí, aunque no nos conocía para nada, pero nosotros éramos los Montesco.

Las «señoritas» no siempre le decían que nos iban a visitar. Su tío no podía protestar abiertamente contra mí, simplemente me trataba con frialdad. Pero mi madre muy de vez en cuando visitaba a sus nuevas «sobrinas».

Aunque ellas la amaban, sobre todo la más pequeña. Ellas nunca supieron qué era tener una madre. Nos visitaban seguido… y ahí fue que empezó mi amor.

Eran muy diferentes a mí, ajenas, aunque al mismo tiempo familiares. Ajenas por todo, por su forma de vivir, porque eran moscovitas (mientras que yo ya había viajado bastante), porque habían crecido sin madre y sin padre, porque vivían en el «campamento enemigo». Y, finalmente, por la edad… porque ellas hace mucho eran señoritas adultas…

A la menor su familia la llamaba de una forma peculiar: Tasha. A nosotros eso no nos gustaba, así que la llamábamos Natasha. No era agraciada. Pelo liso y castaño claro, ojos miopes de color azul claro, rostro pálido de mentón angosto… ¡Pero para qué la describo! ¡¿Acaso importa la belleza?! ¡¿Acaso sirven para algo las palabras?! Ella era ella. Su sonrisa, su voz, su forma de hablar, los redondos aretes de oro en sus orejas, su vestidito color tabaco, incluso el horrible chal gris que se ponía encima de su gorro en invierno. Todo eso era ella, ¿qué más se puede añadir?

Es verdad que no solo yo siento su encanto, su silencioso brillo: todos se sienten atraídos por ella, empezando por mi madre y terminando con mis hermanitas. Sospecho que están enamoradas de ella, como yo alguna vez me enamoré de mi huésped con su cinta de terciopelo en el cuello.

Puedo ver con claridad que Yulia (su hermana mayor) es muy hermosa: de mejillas sonrosadas, esbelta, con unas hermosas cejas frondosas. Pero la apariencia de Natasha no la veo: yo a ella la amo.

Está sentada en nuestra casa, en una esquinita, hablando con mamá y riéndose muy suavemente. Me duele el corazón de la dicha, del secreto… y de la desolación. ¡Dios mío! ¡Es que la voy a amar así toda la vida! ¿Pero qué puedo hacer? ¡Porque esto no va a terminar en nada, no puede terminar en nada!

En mi diario (lo llevo con pasión y con rabia), escribo groseramente: «enamorarse cuando no es mutuo es ridículo y tonto. Intentaré lo más pronto posible acabar con esta tontería…» Y ahí mismo, en letras muy, muy pequeñitas, escondiéndome de mí, añado: «¡No es verdad! ¡La voy a amar para toda la eternidad y la quiero amar para toda la eternidad!»

III

Mi temperamento, mi brusquedad, mi impetuosidad se sentían atraídos irremediablemente por su silencio, pero al mismo tiempo sufrían por su culpa.

Hasta los once años, además de a Jules Verne, mi padre solo me permitía leer a Gógol. Tal vez hizo bien, porque Gógol penetró en mi alma de tal manera que nunca olvidaré ninguna de sus líneas. Pero tres años después de la muerte de mi padre, mi cabeza ya estaba llena de toda la literatura rusa y, sinceramente, ese torrente me aturdió. No tenía fuerzas para comprenderlo todo, confundía la realidad y los libros, y la lucha en mi alma era constante: no había palabras para explicarla y, además, ¿con quién iba a hablar de eso? No con ella. No con Natasha, ¿verdad? Ahí no confundía nada, Natasha era mi realidad y ningún amor en ningún libro era como el mío: mi amor era único.

Me ahogaban unos celos completamente delirantes, tanto del presente como del futuro. Del presente, a causa de su prima Aniuta (no es prima mía, solo de ella, paterna). Aniuta puede visitarla tranquilamente, incluso se queda a dormir en su casa. Y Natasha habla de ella con cariño y ternura. Sí, sí, Aniuta… Bueno, qué más da Aniuta. Pero qué tal si… porque eso también puede pasar, ¿no? ¿Qué tal si alguien pide la mano de Natasha y ella acepta? ¿Entonces qué?

Esa monstruosa idea me hela la sangre y me obliga a cerrar los ojos con fuerza para no seguir pensando en eso.

De vez en cuando, la tristeza, el orgullo y el secreto me llevaban a hacer tonterías: a caminar por la acera de arriba abajo, frente a la casita gris, y a mirar hacia adentro: ¿tal vez Natasha me vea por la ventana y… me invite? Estaba pasando por casualidad y ahora entro por casualidad… no tiene nada de inusual…

Una vez funcionó: en efecto, me invitaron a la casa. Fue una tarde de felicidad pura, una tarde inolvidable: por alguna razón, Natasha y yo estábamos en la habitación de su tío, ausente en ese momento. La habitación no tenía calefacción, afuera helaba, me castañeaban los dientes del frío, Natasha se envolvió en un chal de lana… no sé de qué hablamos, solo que hablábamos en voz baja, muy cerca y… en pocas palabras, no recuerdo una tarde más dichosa.

Nos veíamos en la iglesia. En la de la Resurrección, para la Vigilia de toda la noche. Nos hacíamos cerca. Cuando llegaba el momento de ir a besar la cruz o el ícono, yo salía ahí mismo detrás de ella. Y en las fiestas importantes, cuando ungían la crisma, yo me ubicaba de tal manera que el pincel del sacerdote me tocara justo después de tocarla a ella. Me avergonzaba un poco: ¿acaso es un pecado? Dios, qué pecado, si se siente tan bien: «¡Gloria a Dios que nos ha mostrado la luz!».

La noche de pascua, en los postes de piedra frente a la iglesia arden y humean las velas, mientras que la propia iglesia está llena a reventar, no hay por donde pasar. Pero ella y yo estamos de pie, adelante, hemos llegado temprano, porque Yulia y Natasha son parroquianas de esta iglesia de toda la vida. Ese sacerdote viejito fue quien la bautizó a ella, a mi adorada… En ese momento, yo todavía no había llegado al mundo… Mis pensamientos me llevan a otra parte, me imagino como ella me consolaba al abandonar «el más allá», prometiéndome que nos encontraríamos… ¿Significa eso que «allá» me amaba? ¿Y qué tal si aquí también me ama, solo que aquí no se habla «de eso»?

Miro de reojo su pálida y aplomada carita, iluminada desde abajo por una vela. Ya terminó la procesión, ya cantan «Cristo ha resucitado». Cantan cada minuto, interrumpiendo al sacerdote con ese grito que es, en realidad, un canto alegre… Me late el corazón, no solo por el amor, sino por una sensación de dicha comunal. Decido adelantarme para darle los tres besos de pascua de primeras. Y, para que nadie la bese antes que yo, debo actuar ya mismo, apenas empiezan a soplar las velas…

Me volteo tan bruscamente que ella se estremece, pero enseguida entiende, sonríe y nos besamos. «Como allá, como allá…», repito, en un éxtasis incomprensible. Apenas salimos de la iglesia y nos despedimos (las señoritas van a casa a romper el ayuno, ¡su tío está esperando!), recupero la conciencia e ironizo sobre lo sucedido: ¡qué tonterías, qué sensiblería! ¿De dónde saqué que me amaba? No me ama y no necesito que me ame, qué importa, sobreviviré…

Pero en la calle palpitan las alegres luminarias, huele a primavera, las campanadas hacen vibrar el viento oscuro y transparente de la noche moscovita, y yo de nuevo estoy bien, de nuevo siento pura felicidad. Mañana en el día Natasha irá a visitarnos. No quiero pensar en nada más, solo en eso, en cómo vendrá y en cómo nos besaremos una vez más…

IV

Existe un ícono ruso de la Virgen María llamado «Alegría Insospechada». No sé por qué, pero en esas dos palabras se escondía para mí una fascinación única. Ese nombre era, para mi alma casi de infante, como un inmerso círculo iridiscente que crecía y crecía. Alegría insospechada no significa ni mucho menos que algún deleite te caiga del cielo de manera inesperada, súbita o por sorpresa. No, no. Es como si ese deseo tuyo —secreto e inefable, que ni siquiera has revelado a ti mismo, que no has admitido ni en tus pensamientos, sino que está ahí, cerca de tu mente— de repente se hiciera realidad, de repente entrara a tu vida de manera triunfante y te cegara con un brillo que te hace cerrar los ojos. Eso es lo que significa «alegría insospechada».

Mi familia pasaba los veranos en una hacienda en el pueblo de Voskresénskoie a las afueras de Moscú. Fuimos tres veranos seguidos. ¡Voskresénskoie era un verdadero paraíso! ¡Qué hermosa era la alameda de abetos que conducía hacia abajo, hacia el amarillo pabellón de piedra, hacia la pequeña laguna, donde el botecito blanco se balanceaba junto al muelle de madera! ¡Qué color tenían los arbustos de lila, cómo olían! No había nada mejor en el mundo que Voskresénskoie (que, lo digo entre paréntesis, era la hacienda más común y corriente a las afueras de Moscú). Mi vida allí transcurría en un estado constante, aunque también intranquilo, de dicha, al que el amor solo favorecía.

Mi separación con «ella» era larga (¡tres meses!) y completamente irremediable: Natasha y su hermana pasaban cada verano con la familia de Aniuta, objeto de mis celos. Y era impensable que su tío dejara que Natasha nos visitara, así fuera por un día. Ella y yo lo sabíamos. Al mismo tiempo, verla a ella aquí, en el parque, entre las lilas, era ese deseo que estaba ahí, cerca de mi mente, del que ni yo sospechaba.

Mamá viajaba con frecuencia a la ciudad y regresaba por las tardes. Eran siete kilómetros desde la estación, así que el carruaje iba a recogerla a la llegada del tren vespertino. Yo tenía la costumbre de descender a la laguna y acercarme al puente en bote, porque el carruaje tenía que pasar por ahí. Y una vez cruzado el puente, el camino se empinaba, rodeando la iglesia y el parque, hasta alcanzar la casa.

Es una tarde de junio. Voy en mi botecito blanco, inestable y puntiagudo. Silencioso es el cenagoso estanque. Silencioso es el atardecer verde, rosado y todavía brillante. Silenciosamente subo y bajo los largos remos blancos. No tengo prisa, todavía tengo tiempo, esperaré bajo el puente. En algún lugar alejado las señoras cantan a gritos… y ahora se han callado. Ya estoy al lado del puente. El agua gotea silenciosa de los remos levantados, el bote se balancea ligeramente… ¿Pero por qué extraña razón me late el corazón de esta manera? ¿Me preocupa que mamá no llegue? No, dijo que llegaría. Y todavía es temprano, muy temprano… Pero no tanto: escucho a lo lejos el suave traqueteo de las ruedas. Sé que no es una carreta, así que seguramente sea nuestro carruaje. Es mamá. ¿Pero por qué razón me late el corazón de esta manera?

Tras soltar los remos, me levanto y alzo la mirada hacia el camino, hacia el puente… Ahora mismo, de detrás de los sauces, aparecerá el coche y pasará a mi lado, sobre el puente.

Apareció. Y en él, junto a mamá, más cerca de mí, estaba Natasha.

Al verme, gritaron algo y pasaron de largo.

Ninguna sorpresa. Solo la ceguera de ese deseo cumplido, de inmediato revelado. Me ciega la alegría: ella, ahora pienso que no podía ser de otra manera, al final llegó, insospechada.

Casi me quedo sin aliento. Hundí los remos profundamente en el agua, el bote puntiagudo voló hasta el muelle, resuena la cadena y me quedo del todo sin aliento mientras corro, tropezándome, por la montaña, hacia la casa. ¡Qué alameda infinita! No voy a llegar, casi no me muevo, siento dolor en el pecho, resequedad… No importa. Ya casi.

¡Dios mío! ¿Por qué nos has dado la felicidad de vivir en este mundo?


Aquí interrumpo la verdadera historia de mi primer amor. En primer lugar, porque podría seguir hablando de él sin fin; en segundo lugar, porque no conozco su final. Se acabó… probablemente, ¿pero cuándo? El final es inalcanzable. Es tan inalcanzable, que hablando de ese «primer amor», no puedo recordar un «segundo» o decir que haya habido un «segundo».

Muy pronto, Natasha y yo nos separamos para no vivir nunca más en la misma ciudad. Pero sin importar a donde me llevara el destino, nuestra separación siempre terminaba en reencuentro, sin importar si era prolongado, corto o fugaz… Y así fue durante todos los largos años de mi vida. Pasaban los años y, a su alrededor, en Moscú, era como si nada cambiara, ni siquiera ella misma. Murió su hermana Yulia (en su juventud), murió su tío, derribaron la casita gris… Y ahora estoy con Natasha en su nuevo apartamentico, también en una casita de madera, frente al monasterio de Zachátievsky, junto a la Iglesia de la Resurrección, y me parece que nada ha cambiado, que su tío está a punto de salir, arrastrando sus pantuflas… Y que mañana no viajaré a San Petersburgo o al extranjero, sino que iré a mi callejón y por la noche haré las tareas.

Ya estamos hablando «de todo». Aunque, ¿qué se puede decir del amor? No se puede decir nunca nada sobre el amor. Sé que Natasha me amaba «incluso en ese entonces», pero ¿cómo? Ella sabe de mi amor. Pero, ¿qué sabe? Y, a fin de cuentas, ¿qué sé yo?

Tenemos vidas muy diferentes. Y somos muy diferentes. Eso fue hace mucho tiempo. Y ella me mira, delgada, casi seca, su sonrisa brilla como siempre, y yo no puedo entender si quiero llorar o reír.

—Tú eres la poesía de mi vida —dice ella de manera terriblemente sencilla, sin sensiblería—. Si te vas o si llegas, yo igual sé que siempre estás conmigo en alguna parte.

Otra vez pasan los años, los últimos: primero los más terribles, luego los silenciosos. ¿Dónde estás, Natasha?

«Su muerte oí de un labio indiferente…»2. Acepto esa noticia de manera extraña, en silencio, sin sorpresa. Como acepto ahora todas las noticias de ese tipo.

Se murió hace mucho tiempo, ya dos años atrás. Murió en la miseria, no en su Moscú natal, sino en Múrom, donde una sobrina lejana la acogió por misericordia, en sus últimos años de vida.

Y esas tenemos. Llegó aquí antes que yo y se fue antes que yo. Ella es paciente, ella esperará… nuestro próximo encuentro. Porque ya acá ella sabía que, si nos separábamos, sin falta nos volveríamos a encontrar. Y, aunque no nos veamos, igual estoy «con ella en alguna parte».

Y el primer amor, dicen, ha sido escrito por los ángeles en el cielo. Tienen unos libros especiales para eso.


1. N.M.D. son las iniciales de Natalia Mijáilovna Dobrojótova, prima, amiga, objeto del amor de Zinaída Guippius y personaje de este relato.

2. Verso del poema «Bajo el cielo azul de su tierra nativa…» de Alexánder Serguéievich Pushkin (traducción de Eduardo Alonso Luengo).

Óscar Roberto Segura Guzmán (Bogotá, Colombia) estudió filología en la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos y traducción en la Universidad Estatal de San Petersburgo. Su primera traducción literaria —El protagonista de Poklonka Editores— fue publicada a principios de 2026. Sus lenguas de trabajo son el ruso, el inglés y el español.