Sobre la quinta rakia o lo hermosa que es la vida
Traducción del búlgaro por Dorotea Zúñiga Popova
Texto original de Gueorgui Bardarov
Edición por Radina Dimitrova
Imagen: Tomada del Tríptico de las Rodopes del artista Zlatyu Boyadzhiev
Nunca me voy a hartar de contar esta historia. Tal vez porque en un mismo día llegué al fin del mundo, me tomé cinco rakias[1], encontré a Dios y sentí lo hermosa que es la vida.
La historia es sencilla, y, por supuesto, comienza con una idea alocada que surgió después de unas copas en un bar repleto de humo en Sofía. Sucedió en el verano de 2005, cuando, después de una buena borrachera, decidimos hacer un recorrido por las montañas Ródopes. Cinco adultos en un pequeño Mazda deportivo, en pleno verano, en el calor más intenso, nos aventuramos por las mágicas Ródopes, donde tuvimos peripecias extraordinarias.
Recorrimos caminos que probablemente lo fueron hace décadas. Bebimos rakia con viejos extraños en cabañas, que –estoy seguro– no existen y que alguien los había inventado para la ocasión. Hablamos sobre la vida con viejos que habían reunido siglos de sabiduría, en medio de las plazas de pueblos que parecían salidos de las historias de Radichkov y Pelin[2]. Experimentamos todo tipo de contrastes, dormimos en lugares extraños.
La primera noche nos alcanzó cerca de la casa de huéspedes ‘’Gotse Delchev’’. Resultó que no había nada disponible y ya estábamos exhaustos. Al final nos instalaron en unas antiguas cabañas de pioneros[3] a un lado de la casa de huéspedes. Mejor ni hablo del moho y la madera, se volvían tolerables con un poco más del líquido ardiente, ¡pero la lista de precios era otra historia!
La recreo de memoria:
LISTA DE PRECIOS
Cama: 1.50 levas
EXTRAS
Sábana limpia: 0.50 levas
Tellak[4]: 0.50 levas (¡lo sentimos, está de vacaciones!)
La noche siguiente llegamos al hotel ‘’Castillo’’ cerca de Nedelino, cuyo alcalde Beshirov era dueño del complejo. Ahí nos tumbamos junto a la alberca al atardecer y contemplamos cómo la ciudad se acallaba entre ladridos de perros y gritos de niños. ¡Pero finalmente llegamos al fin del mundo!
¿Cómo se llega al fin del mundo? ¡Es muy fácil! Desde Smolyan toman directo hacia el sur. Una parada obligatoria para recuperar fuerzas con sus famosos frijoles es Smilyan. Bueno, nosotros exageramos un poco, porque cuando apareció la sonriente mesera pedimos: cinco porciones de ensalada de frijoles, cinco caldos de frijol, cinco tazones de guisado de frijoles con chorizo y ¡cinco postres de frijol! Pero después de tantos frijoles estás lleno de energía, ¡y puedes llegar hasta el fin del mundo!
Así que: desde Smilyan giran hacia el suroeste, pasan por Bukata y Mogilitsa, y llegan al centro del pueblo de Arda. Aquí, en la intersección de «Patriarca Evtimii» y «Sinchets», toman, por supuesto, «Sinchets», de ahí giran ligeramente sobre «Trudolyubie», salen de Arda y llegan a…
Gudyovitsa.
Preguntarán: ¿Por qué Gudyovitsa es el fin del mundo? Bueno, porque está al final del mapa topográfico, después de este pueblo no hay nada más; porque está en el fin de Bulgaria, después de él está sólo la malla fronteriza metálica y porque la carretera termina de manera extraña justo en el centro del pueblo, frente a la entrada de la única tienda de abarrotes.
Si se dirigen hacia allá y deciden abastecerse con provisiones ahí, olvidenlo. Solo hay cerveza y huevos. Y si preguntan por qué no hay nada más, la sonriente vendedora se encogerá de hombros y les dirá: “Pues porque se acabó la limonada!”
Mientras tomamos fotos y respiramos el aire puro de las Ródopes, empezamos a platicar con los lugareños. Entre una cosa y otra llegamos a la explicación de cómo terminamos aquí. Pero cuando mencionamos nuestra tesis geográfica de querer ver el fin del mundo, nos contestaron: “Mmm no, esto no es el final, después de nosotros hay más…“ Nosotros, los cinco, somos geógrafos, dos damos clases en la Universidad e intentamos explicar de manera científica que no hay nada más allá de esto. También llevábamos uno de los mapas topográficos militares más completos de Bulgaria. Pero ellos insistían: “Pero claro que hay, ¡después de nosotros está Gozdyovitsa!’’. Y se reían con una risa cálida y melodiosa, típica de las Ródopes.
Al final nos ganó la curiosidad y decidimos comprobar si nos estaban tomando el pelo o si teníamos que tirar todo nuestro conocimiento universitario en uno de los botes de basura de reciclaje…
Nos pusimos en marcha por algo que alguna vez pudo haber sido un camino, pero ahora eran solo piedras cubiertas de maleza quemada por el sol. Nuestro auto urbano japones subía temerosamente por la colina. El sol ya quemaba, aunque apenas eran las 10 de la mañana. Los insectos zumbaban y olía a tomillo. ¡Y qué aroma! Daban ganas de dejarlo todo y acostarte desnudo entre el tomillo, mirando fijamente el azul insoportable del cielo de las Ródopes.
Después de trepar unos 40 minutos por la colina y de la última curva posible de nuestra natal Bulgaria, apareció frente a nosotros un letrero viejo pero blanco como la nieve:
Gozdyovitsa
Más o menos en ese momento ya estábamos listos para creer en los milagros o para romper nuestros títulos. Dejamos a nuestra señorita japonesa bajo la sombra y entramos lentamente a Gozdyovitsa.
A juzgar por las casas, el pueblo de Gozdyovitsa fue alguna vez un grande y hermoso pueblo de las Ródopes. Mejor dicho, lo que quedaba de ellas. En total había más de un centenar de estructuras de piedra, altas, orgullosas, erguidas como gigantes.
La vida debió haber sido incontenible, como las carcajadas de jóvenes risueñas, el silencio roto sólo por los niños jugando. Las personas se peleaban, amaban y ayudaban; se velaban, nacían, se casaban, se separaban y se entregaban. La ardiente rakia fluía durante la primavera y el fulgoroso vino durante el invierno. Fertilizaban la tierra con sus cenizas y de esas cenizas brotaba la vida a través de decenas de árboles frutales que ahora crecen entre los patios abandonados y las ruinas de piedra restos de piedra encorvadas.
Hoy en día las casas son ancianos decrépitos, medio vivos, apoyados en bastones improvisados, ya muy gastados; con el revoque desgranado, las tejas rotas, sin dientes y con los lentes rotos. Las casas son como las personas, si nadie las calienta con su presencia, se marchitan en silenciosa soledad.
Es aún más triste cuando abres una de las puertas que ya pendían de un hilo y chirriaban lastimosamente y entras en esos hogares de antaño. Era como si de la noche a la mañana un terrible desastre lo hubiera azotado todo y la gente hubiera huido en pánico. Había utensilios de cocina tirados sobre los polvorientos pisos de madera, ollas y sartenes en los que pareciera que hasta el día de ayer alguien preparaba el delicioso İmam bayıldı[5]. Maletas sin desempacar de las que se asomaban prendas sin usar, zapatitos, hojas de cuadernos, cartas que tal vez nunca llegaron a sus destinatarios. Pensamientos sin pronunciar, dolor sin compartir, sueños sin realizar…
No estoy seguro si tenemos derecho a romper el silencio y el dolor de estas casas, pero en una de ellas encontramos una hoja amarillenta llena de letras diminutas, escritas con una caligrafía aparentemente escolar. Intentaré recrearla de memoria, aunque incluso el recuerdo de esa carta ya se ha desvanecido…
‘’Queridos mamá y papá, les escribo, pero no sé si alguna vez leerán estas líneas… Estoy bien, llevo dos años en Estados Unidos. No había manera de decir adiós, ya saben cómo eran las cosas… tenía que huir rápido sin mirar atrás, o…
Pasamos por Grecia, con Metin íbamos juntos, y juntos abordamos el barco a Estados Unidos. No pueden imaginarse lo inmenso y azul que es el océano… Pensé que estábamos muriendo, que jamás volvería a ver tierra, que nunca podría pedirles perdón. Viajamos durante semanas antes de llegar. Estados Unidos es tan extraño, todo es tan diferente y grande, pero la gente es la misma y sonríe de la misma manera.
Al principio fue muy difícil, dormíamos en donde pudiéramos, luego Metin y yo nos separamos, finalmente encontré un trabajo. Ahora estoy bien, trabajo en una panadería, me levanto temprano, pero como saben, estoy acostumbrado. El trabajo no me asusta. Estoy rentando un departamento, y ahorrando para un coche. No me hace falta nada… no me hace falta nada… Nada…
Sólo cuando llueve y la tristeza brota con la lluvia… recuerdo cuánto me duele y cuánto los amo…
Perdónenme, perdónenme…
Su amado hijo: Said Metkov
05/05/1967, Sacramento, EUA’’
Salimos. Algo nos apretaba la garganta. Algo se nos metió en los ojos. Y el cielo es de un azul tan profundo, tan hermoso. Nos mareamos un poco. Miramos a nuestro alrededor. Solo se escuchaba el zumbido de los insectos, a lo lejos resoplaba un burro. Sentimos que en cualquier momento iba a aparecer un fantasma.
El fantasma no apareció, pero desde un pórtico cubierto de hiedra de la nada apareció un enérgico anciano de unos 75 años. Nos vio, dio un paso hacia atrás, se agachó, se golpeó las rodillas con las palmas y gritó:
—¡Por Dios, gente!
Nosotros también damos un paso hacia atrás por su extraña reacción, pero sin prestarnos atención, el viejo continúa:
—¡Por Dios, gente! ¡Vaya, gente en Gozdyovitsa!
Vayaaa… — y se agarró de la cabeza incrédulo.
—¿Cómo acabaron aquí? ¡Si aquí no viene nadie! ¡En tres años no ha venido nadie! Si ni los hijos vienen ya. Dios no viene. ¡Por Dios, gente! Pero esperen, espérenme ¡ahorita mismo saco la mesa y lo que Dios me haya dado!
Como ya había confianza, protestamos en voz alta:
—Pero don Stoil, si solo vinimos por un rato, tomamos unas fotos y nos vamos, tenemos camino por delante, deja la mesa…
Esto último quedó suspendido en el aire, porque don Stoil se escabulló con agilidad por el pórtico cubierto de hiedra y regresó dentro de un minuto con la misma agilidad cargando una mesa rectangular de madera que acomodó en medio de la calle. Claro, esto alguna vez fue una calle, ahora eran solo piedras cubiertas de maleza quemada por el sol. Y puso sobre la mesa lo que Dios le dio.
Y esa mañana Dios sí que le dio: leche recién ordeñada, miel de abeja… y una botellita sudada, con gotas rodando por su superficie lisa, llena de un líquido de un dorado ígneo. Una rakia casera, por supuesto.
—Ay, don Stoil, ¡no sea así, por favor! ¡No podemos tomar rakia! Si apenas son las 10, si empezamos desde la mañana cómo iremos a acabar…
Pero él ni se inmutó:
—Ya, basta de tonterías. ¿Sabes hace cuánto que salió el sol? Ya lleva cinco horas arriba y ha dado cinco vueltas. ¡Beban y no lo piensen tanto!
Y como en un cuento de no sé cuántas noches, alrededor de la mesa aparecieron seis sillas de madera que parecían estar cojeando por las piedras y seis copitas de vidrio, que don Stoil llenó de inmediato hasta el borde. Luego volteó hacia un lado, escupió sobre las piedras y exclamó:
—¡Salud! — y se tomó su rakia de un solo trago. Después resopló contento —¡Aaaaaaah! — y se limpió los labios humedecidos con el revés de la manga.
Habiendo adquirido un poco de valentía, nosotros también refrescamos nuestras gargantas sedientas por el calor insoportable, y… ¡aquí, amigos míos, es donde comienza la verdadera historia!
La primera rakia, ah, la primera rakia… la primera rakia es algo especial, difícil de explicar. ¡Se pueden escribir ensayos filosóficos sobre la primera rakia!
Es como el primer amor, como la primera vez que entras al mar. La primera rakia tiene el poder de aflojar el nudo que aprieta nuestras almas y mentes citadinas que nunca descansan. Siempre están calculando cuánto ganaste, cuánto perdiste, cuánto más tienes que ganar.
La primera rakia quita las cadenas, libera el espíritu. Exorciza todos tus demonios, todas esas personas que se han instalado cómodamente en tu cabeza y con quienes discutes y te peleas todo el día, a las que constantemente les demuestras que tienes razón, y que, maldita sea, nunca te dan la razón.
La primera rakia se vierte como aceite de oliva por la garganta, derramando calor por todo tu cuerpo, hasta las puntas de los pies. Y como si un instante antes no hubieras estado renegando, de manera imperceptible, pero totalmente natural, le pasas la copita vacía a don Stoil y él la vuelve a llenar.
Y la segunda rakia, ah, la segunda rakia… La segunda rakia es como una revelación, ¡sobre la segunda rakia se pueden escribir tratados enteros!
Después de la segunda rakia te relajas en la silla, primero con cierto recato, después con todo tu peso. Hasta ese momento estabas sentado encorvado hacia delante, tenso como un resorte, listo para saltar en cualquier momento y pegarle un puñetazo en la cara a algún canalla, para demostrarle a otro cuánta razón tienes, para ganarle a un tercero en la recta final. Y después de la segunda rakia, ah, después de la segunda rakia el nudo en tu garganta se deshace, comienzas a sentir tu cuerpo ligero como una pluma. Enderezas los hombros, alineas el esqueleto, inhalas hasta llenar todo el pecho. Te llenas los pulmones de aire puro de las Ródopes y sientes cómo la vida vuelve lentamente a ti.
Mientras tanto don Stoil cuenta sus historias, ¡y vaya que sabe contar!
Don Stoil es como un barril de doscientos litros lleno a rebosar, que solo espera que lo abra la llave y las historias fluyan por sí solas. Cuenta sobre el pueblo, sus inicios, su fin, sobre las personas que dejaron huella en estas mismas piedras en las que estamos sentados ahora junto con él. Sobre cómo pasaban las novias con los baldes de cobre, como los hombres hacían vino y como el joro serpenteaba desde la plaza del pueblo hasta el horizonte. Sobre como hace tiempo el pueblo bullía con vida y como paulatinamente las personas se convirtieron en pájaros que olvidaron el camino de regreso a sus nidos. Y como al final sólo quedaron seis personas, cuatro musulmanes y dos cristianos.
Estás escuchando y al mismo tiempo no. ¡No, maldita sea, no estás escuchando, lo estás viviendo junto con don Stoil!
(Fin de la parte uno. La segunda parte se publicará en nuestro quinto número)
[1] El rakia es un aguardiente de frutas, muy popular en los Balcanes, que se obtiene por la destilación de frutas fermentadas como uvas, ciruelas o albaricoques. N.T.
[2] N.T. Yordán Radichkov (1929-2004) y Elin Pelin (1877-1949) son escritores búlgaros en cuyas obras narrativas se encuentran vivas imágenes de la realidad rural de la época.
[3] N.T. En el contexto del socialismo y los países de ideología marxista-leninista, el término pioneros (o Movimiento de Pioneros) se refiere a una organización infantil y juvenil dirigida por el Partido Comunista, diseñada para educar a los niños en los valores socialistas, el patriotismo y el amor al trabajo
[4] El tellak es la persona encargada de realizar los rituales tradicionales de limpieza, exfoliación y masaje en un hammam o baño turco
[5] Es uno de los platillos típicos de la cocina turca y mediterránea, consta de berenjena rellena con otros vegetales como tomate, ajo, cebolla, pimiento, etc., y horneada.
За петата ракия или колко е хубав животът
Ей, тази история никога няма да ми омръзне да я разказвам. Може би защото в един ден стигнах края на света, изпих пет ракии, усетих Бог и почувствах колко е хубав животът.
Тя историята е простичка и, разбира се, започва с една налудничава идея, дошла след няколко питиета в одимена софийска кръчма. Случи се през лятото на 2005 година, когато, след порядъчен запой, решихме да направим обиколка на Родопите. Петима възрастни в малка спортна маздичка, посред лятото в най-големите жеги, се понесохме из магичните Родопи. И изживяхме магични приключения.
Минахме по пътища, които са били пътища преди десетки години. Пихме ракия с чудати старци в кошари, които съм сигурен, че не съществуват и някой ги бе измислил за случая. Говорихме си за живота със събрали мъдростта на вековете старици посред мегданите на села, излезли сякаш от разказите на Радичков и Пелин. Изживяхме какви ли не контрасти, спахме на странни места.
Първата вечер замръкнахме край хижа „Гоце Делчев”. Оказа се, че няма нищо свободно, а бяхме преуморени. В крайна сметка ни настаниха встрани от хижата в бивши пионерски бунгала. За мухъла и дървесината няма да отварям дума, те се преглъщат с малко повечко огнена течност, но, виж, ценоразписът е друго нещо!
Възстановявам го по памет:
Ц Е Н О Р А З П И С:
Легло – 1.50 лв.
Е К С Т Р И:
Чист чаршаф – 0.50 ст. Теляк – 0.50 ст. (извинаваме се, в отпуск е!)
На другата вечер бяхме в Замъка на Беширов край Неделино, където по залез се излежавахме в басейна и гледахме как градът притихва посред лай на псета и детски викове. Но в крайна сметка стигнахме до края на света!
Как се стига до края на света ли? Ами много е лесно! От Смолян хващате право на юг. Задължително се зареждате със смилянски боб в Смилян. Е, ние малко прекалихме, защото, когато се появи усмихнатата сервитьорка, поръчахме пет порции бобена салата, пет бобени чорби, пет паници боб с наденица и пет бобени десерта! След толкова боб обаче си пълен с енергия и можеш да стигнеш до края на света!
Та: от Смилян свивате на югозапад, подминавате Буката и Могилица, и се озовавате в центъра на село Арда. Тук, на разклона на „Патриарх Евтимий” и „Синчец”, хващате, разбира се, по „Синчец”, оттам леко завивате по „Трудолюбие”, излизате от Арда и стигате до … Гудьовица.
Защо Гудьовица е краят на света ли? Ами защото е в края на топографската карта, след него няма нищо друго, защото е в края на България, след него е само телената гранична мрежа и защото пътят странно свършва точно в центъра на селото пред входа на единствения смесен магазин.
Ако се запътите натам и решите да се подкрепите с провизии в него, забравете. Има само бира и яйца. А на въпроса защо няма нищо друго, усмихнатата продавачка ще повдигне рамене и ще ви отвърне: „Ами защото свърши лимонадата!”
Докато щракаме с апаратите и вдишваме чистия родопски въздух, подхващаме приказка с местните хора. От дума на дума стигаме и до обяснението защо сме дошли тук. Ала на нашата географска теза, че искаме да видим края на света, получаваме в отговор: „Ааааа, не, не сме накрая, след нас има още…” Ние и петимата сме географи, двама преподаваме в Университета и се опитваме научно да поясним, че няма нищо след тях. Взели сме и една от най-пълните военни топографски карти на България. Но и те упорстват: „Ааааа, има, има, след нас е Гоздьовица!” И се смеят – топло, напевно, по родопски.
В крайна сметка любопитството надделява и решаваме да проверим занасят ли ни или всичките си университетски познания трябва да пратим в някое кошче за разделно събиране на отпадъци…
Тръгваме по нещо, което някога може и да е било път, но сега е само камънаци, прорасли с избуяла, пожълтяла от жегите трева. Японската ни градска госпожица пълзи уплашено нагоре по хълма. Слънцето вече прежуря, макар да е само 10 сутринта. Жужат насекоми и ухае на мащерка. Ах, как само ухае на мащерка, иде ти зарежеш всичко и да се излегнеш гол в нея, забил поглед в томителната синева на родопското небе.
След около 40 минути пълзене по баира и след последния възможен завой на родната ни България пред нас изниква стара, но бяла като сняг табела:
Гоздьовица
Някъде тук вече сме готови да повярваме в чудеса или да си скъсаме дипломите. Оставаме японската госпожица на сянка и бавно влизаме в Гоздьовица.
Село Гоздьовица някога е било голямо, хубаво родопско село, ако се съди по къщите. По-скоро по остатъците от тях. Наброявало е повече от стотина високи, горди, изправени като исполини каменни постройки.
Животът е кипял, пръскал се е като вълна момински смях, разпилявали са тишината с игрите си деца. Хората са се карали, обичали, помагали, погребвали, раждали, женели, разделяли, раздавали. Ляла се е люта ракия пролет и руйно вино зиме. Наторявали са земята с прахта си, а от тази прах е пониквал животът чрез десетките плодни дръвчета, които сега са прорасли насред изоставените дворове и изкорубените каменни останки.
Днес къщите са грохнали, полуживи старци, подпрени на ощърбени самоделни бастуни. С олющена мазилка, с натрошени тикли, с изпопадали ченета и счупени очила. Къщите са като хората – няма ли кой да ги сгрее с присъствието си, изсъхват в тиха самота.
Още по-тъжно е като бутнеш една от висящите на косъм върху пантите, жаловито скърцащи врати и пристъпиш в тези някогашни домове. Сякаш страшно бедствие е прекършило всичко отведнъж и людете панически са побегнали. По прашасалите дървени дюшемета се търкаля домакинска посуда – тенджери и тигани, в които сякаш довчера някой е приготвял любимото имам баялдъ. Неразопаковани куфари, от които стърчат необличани дрехи, детски обувчици, листа от ученически тетрадки, писма, които може би никога не са достигнали адресатите си. Неизказани мисли, несподелена болка, неизживени мечти…
Не знам имаме ли право да нарушаваме тишината и мъката на тези къщи, но в една от тях намираме пожълтял лист, ситно изписан с почти ученически почерк. Възстановявам го по памет, защото дори и той изчезна…
„Мили мамо и тате, пиша ви, но не знам дали някога ще прочетете тези редове… Аз съм добре, вече две години съм в Америка. Нямаше как да се сбогуваме…, знаете как беше… или трябваше да побегна бързо, без да се обръщам назад, или…
Минахме през Гърция, с Метин бяхме заедно, заедно се качихме на кораба за Америка. Не можете да си представите колко безкраен е океанът и колко е син… Мислех, че умираме, че никога повече няма да видя земя, че никога няма да мога да ви поискам прошка. Пътувахме седмици наред, преди да стигнем Америка. Америка е толкова странна, всичко е толкова различно и голямо, а хората са същите и се усмихват по същия начин.
В началото бе много трудно, спяхме където сварим, после с Метин се разделихме, накрая си намерих работа. Сега съм добре, работя в една пекарна, ставам рано, ама знаете, аз съм свикнал. Работа мен не ме плаши. Имам си квартира, събирам за кола. Всичко си имам… Всичко си имам… Всичко…
Само когато завали и мъката с дъжда изтича си спомням колко ме боли и колко много ви обичам…
Прощавайте, прощавайте…
Ваш обичан син: Саид Метков
5 IV 1967 г., Сакраменто – САЩ”
Излизаме навън. Нещо ни е задушило за гърлата. Нещо ни е влязло в очите. А небето е толкова дълбоко синьо, толкова хубаво. Главите ни леко се въртят. Оглеждаме се. Чува се само жуженето на насекомите, в далечината пръхти магаре. Очакваме всеки момент да изскочи отнейде призрак.
Призрак не изскача, но от обвит в бръшляни портик изневиделица се появява жизнен, 75-годишен старец. Съзира ни, отстъпва крачка назад, прикляка, удря се с длани по коленете и звучно извиква:
– А, хора!
Тук ние също отстъпваме крачка назад от странната му реакция, но, без да ни обръща внимание, старецът продължава:
– А, хора, лелеееееееее, хора в Гоздьовица! Лелеееее… – и се хваща за главата.
– Как сте се излъгали бре, хора? Та тук никой не идва! Тук от три години никой не е дошел! Те децата вече не идват. Бог не идва. Лелееее, хора! Ама чакайте, чакайте, ей сегинка ще изкарам масата и каквото Бог дал!
Ние вече сме се запознали с него и шумно възроптаваме: – Аааа, бай Стоиле, ние сме съвсем за малко, щракваме с апаратите и бягаме, път ни чака, остави масата…
Това последното увисва във въздуха, защото бай Стоил чевръсто се шмугва през обраслия с бръшлян портик. След минутка все така чевръсто се връща с продълговата дървена маса, която слага насред улицата. Разбира се, това някога е било улица, сега са камънаци, прорасли с избуяла, пожълтяла от жегата трева. И поставя каквото Бог дал.
А Бог дал тая сутрин – прясно издоено млекце, пчелен медец … и една изпотена, с търклящи се по гладката й повърхност капки бутилчица, пълна с огненозлатиста течност. Разбира се, домашна ракийка.
– Аааа, бай Стоиле, недей така, молим те! Не можем да пием ракия! Та само 10 часа е, ако започнем от сутринта, къде ще му излезе края…
Но той е невъзмутим: – Оооо, я стига глупости. Слънцето знаеш ли кога е изгряло…Вече пет часа е горе и пет оборота е завъртяло. Я си пийнете и не му мислете!
И като в приказка от незнайно колко нощи около масата се появяват шест дървени стола, които почти закуцукват между камъните, и шест стъклени филджана. Които бай Стоил мигом пълни догоре. После обръща глава, изплюва се върху камъните, извиква звучно:
– Наздраве! – и гавътрва своята ракийка на екс. След това изпръхтява доволен – Аааааааааах! – и забърсва с опакото на ръкава навлажнените си устни.
Придобили малко смелост, и ние наквасваме прежаднелите си от жегата гърла, и … тук, знаете ли, започва същността на историята!
Първата ракия, ех, първата ракия… Първата ракия е нещо специално, трудно обяснимо. За първата ракия могат да се напишат трактати!
Тя е като първата любов, като първото потапяне в морето. Първата ракия има свойството да разхлаби възела, стегнал градските ни душички и умове, които никога не си почиват. Те непрекъснато смятат колко си спечелил, колко си загубил, колко още трябва да спечелиш.
Първата ракия сваля оковите, освобождава духа. Прогонва всички демони от теб, всички онези хора, които са се настанили удобно в главата ти и с които по цял ден спориш и се караш наум, на които по цял ден доказваш, че си прав и те, мамка му, никога не са съгласни с теб.
Първата ракия се разлива като зехтинец по трахеите, облива с топлина цялото ти тяло, чак до пръстчетата на краката. И някак си неусетно, но напълно естествено, както допреди миг си се дърпал, поднасяш празното филджандже на бай Стоил и той го пълни отново.
А втората ракия, ех, втората ракия… Втората ракия е като откровение, за втората ракия могат да се напишат трактати!
След втората ракия се отпускаш на стола – отначало с притеснение, а после с цялата си тежест. Дотогава си седял прегърбен напред, целият стегнат като пружина, готов всеки момент да скочиш и да забиеш юмрук в лицето на някой гад, да докажеш на друг колко си прав, да задминеш трети на финалната права. А след втората ракия, ех, след втората ракия буцата в гърлото ти се стапя, почваш да чувстваш тялото си леко като перушинка. Разтягаш рамене, наместваш кокалите, вдишваш с пълни гърди. Пълниш дробовете с чист родопски въздух и усещаш как животът бавно се завръща в теб.
А бай Стоил разказва – а той умее да разказва, ах, как само умее да разказва!
Бай Стоил е като препълнена двесталитрова бъчва, която само чака да се отпуши канелката и историите сами да потекат. Разказва за селото – за неговото начало, за неговия край, за хората, които са оставили следи по същите тези камънаци, дето седим сега с него. За това, как са минавали булките с менците и как мъжете са правили вино, как се е вило хорото от мегдана чак до хоризонта. За това, как някога е кипял животът и как постепенно хората са се превърнали в птици, които са забравили обратния път към гнездата си. И как накрая са останали само 6 души – четирима мюсюлмани и двама християни.
Ти слушаш и не слушаш. Неее, по дяволите, не слушаш, ти го преживяваш заедно с бай Стоил!
Tomado de: Бърдаров, Георги (2019). „За петата ракия или колко е хубав животът“.
В: Бърдаров, Г. За петата ракия или колко е хубав животът. Дядо. Sofia, Musagena, LLC. Pp. 5-43.
За петата ракия или колко е хубав животът
Ей, тази история никога няма да ми омръзне да я разказвам. Може би защото в един ден стигнах края на света, изпих пет ракии, усетих Бог и почувствах колко е хубав животът.
Тя историята е простичка и, разбира се, започва с една налудничава идея, дошла след няколко питиета в одимена софийска кръчма. Случи се през лятото на 2005 година, когато, след порядъчен запой, решихме да направим обиколка на Родопите. Петима възрастни в малка спортна маздичка, посред лятото в най-големите жеги, се понесохме из магичните Родопи. И изживяхме магични приключения.
Минахме по пътища, които са били пътища преди десетки години. Пихме ракия с чудати старци в кошари, които съм сигурен, че не съществуват и някой ги бе измислил за случая. Говорихме си за живота със събрали мъдростта на вековете старици посред мегданите на села, излезли сякаш от разказите на Радичков и Пелин. Изживяхме какви ли не контрасти, спахме на странни места.
Първата вечер замръкнахме край хижа „Гоце Делчев”. Оказа се, че няма нищо свободно, а бяхме преуморени. В крайна сметка ни настаниха встрани от хижата в бивши пионерски бунгала. За мухъла и дървесината няма да отварям дума, те се преглъщат с малко повечко огнена течност, но, виж, ценоразписът е друго нещо!
Възстановявам го по памет:
Ц Е Н О Р А З П И С:
Легло – 1.50 лв.
Е К С Т Р И:
Чист чаршаф – 0.50 ст. Теляк – 0.50 ст. (извинаваме се, в отпуск е!)
На другата вечер бяхме в Замъка на Беширов край Неделино, където по залез се излежавахме в басейна и гледахме как градът притихва посред лай на псета и детски викове. Но в крайна сметка стигнахме до края на света!
Как се стига до края на света ли? Ами много е лесно! От Смолян хващате право на юг. Задължително се зареждате със смилянски боб в Смилян. Е, ние малко прекалихме, защото, когато се появи усмихнатата сервитьорка, поръчахме пет порции бобена салата, пет бобени чорби, пет паници боб с наденица и пет бобени десерта! След толкова боб обаче си пълен с енергия и можеш да стигнеш до края на света!
Та: от Смилян свивате на югозапад, подминавате Буката и Могилица, и се озовавате в центъра на село Арда. Тук, на разклона на „Патриарх Евтимий” и „Синчец”, хващате, разбира се, по „Синчец”, оттам леко завивате по „Трудолюбие”, излизате от Арда и стигате до … Гудьовица.
Защо Гудьовица е краят на света ли? Ами защото е в края на топографската карта, след него няма нищо друго, защото е в края на България, след него е само телената гранична мрежа и защото пътят странно свършва точно в центъра на селото пред входа на единствения смесен магазин.
Ако се запътите натам и решите да се подкрепите с провизии в него, забравете. Има само бира и яйца. А на въпроса защо няма нищо друго, усмихнатата продавачка ще повдигне рамене и ще ви отвърне: „Ами защото свърши лимонадата!”
Докато щракаме с апаратите и вдишваме чистия родопски въздух, подхващаме приказка с местните хора. От дума на дума стигаме и до обяснението защо сме дошли тук. Ала на нашата географска теза, че искаме да видим края на света, получаваме в отговор: „Ааааа, не, не сме накрая, след нас има още…” Ние и петимата сме географи, двама преподаваме в Университета и се опитваме научно да поясним, че няма нищо след тях. Взели сме и една от най-пълните военни топографски карти на България. Но и те упорстват: „Ааааа, има, има, след нас е Гоздьовица!” И се смеят – топло, напевно, по родопски.
В крайна сметка любопитството надделява и решаваме да проверим занасят ли ни или всичките си университетски познания трябва да пратим в някое кошче за разделно събиране на отпадъци…
Тръгваме по нещо, което някога може и да е било път, но сега е само камънаци, прорасли с избуяла, пожълтяла от жегите трева. Японската ни градска госпожица пълзи уплашено нагоре по хълма. Слънцето вече прежуря, макар да е само 10 сутринта. Жужат насекоми и ухае на мащерка. Ах, как само ухае на мащерка, иде ти зарежеш всичко и да се излегнеш гол в нея, забил поглед в томителната синева на родопското небе.
След около 40 минути пълзене по баира и след последния възможен завой на родната ни България пред нас изниква стара, но бяла като сняг табела:
Гоздьовица
Някъде тук вече сме готови да повярваме в чудеса или да си скъсаме дипломите. Оставаме японската госпожица на сянка и бавно влизаме в Гоздьовица.
Село Гоздьовица някога е било голямо, хубаво родопско село, ако се съди по къщите. По-скоро по остатъците от тях. Наброявало е повече от стотина високи, горди, изправени като исполини каменни постройки.
Животът е кипял, пръскал се е като вълна момински смях, разпилявали са тишината с игрите си деца. Хората са се карали, обичали, помагали, погребвали, раждали, женели, разделяли, раздавали. Ляла се е люта ракия пролет и руйно вино зиме. Наторявали са земята с прахта си, а от тази прах е пониквал животът чрез десетките плодни дръвчета, които сега са прорасли насред изоставените дворове и изкорубените каменни останки.
Днес къщите са грохнали, полуживи старци, подпрени на ощърбени самоделни бастуни. С олющена мазилка, с натрошени тикли, с изпопадали ченета и счупени очила. Къщите са като хората – няма ли кой да ги сгрее с присъствието си, изсъхват в тиха самота.
Още по-тъжно е като бутнеш една от висящите на косъм върху пантите, жаловито скърцащи врати и пристъпиш в тези някогашни домове. Сякаш страшно бедствие е прекършило всичко отведнъж и людете панически са побегнали. По прашасалите дървени дюшемета се търкаля домакинска посуда – тенджери и тигани, в които сякаш довчера някой е приготвял любимото имам баялдъ. Неразопаковани куфари, от които стърчат необличани дрехи, детски обувчици, листа от ученически тетрадки, писма, които може би никога не са достигнали адресатите си. Неизказани мисли, несподелена болка, неизживени мечти…
Не знам имаме ли право да нарушаваме тишината и мъката на тези къщи, но в една от тях намираме пожълтял лист, ситно изписан с почти ученически почерк. Възстановявам го по памет, защото дори и той изчезна…
„Мили мамо и тате, пиша ви, но не знам дали някога ще прочетете тези редове… Аз съм добре, вече две години съм в Америка. Нямаше как да се сбогуваме…, знаете как беше… или трябваше да побегна бързо, без да се обръщам назад, или…
Минахме през Гърция, с Метин бяхме заедно, заедно се качихме на кораба за Америка. Не можете да си представите колко безкраен е океанът и колко е син… Мислех, че умираме, че никога повече няма да видя земя, че никога няма да мога да ви поискам прошка. Пътувахме седмици наред, преди да стигнем Америка. Америка е толкова странна, всичко е толкова различно и голямо, а хората са същите и се усмихват по същия начин.
В началото бе много трудно, спяхме където сварим, после с Метин се разделихме, накрая си намерих работа. Сега съм добре, работя в една пекарна, ставам рано, ама знаете, аз съм свикнал. Работа мен не ме плаши. Имам си квартира, събирам за кола. Всичко си имам… Всичко си имам… Всичко…
Само когато завали и мъката с дъжда изтича си спомням колко ме боли и колко много ви обичам…
Прощавайте, прощавайте…
Ваш обичан син: Саид Метков
5 IV 1967 г., Сакраменто – САЩ”
Излизаме навън. Нещо ни е задушило за гърлата. Нещо ни е влязло в очите. А небето е толкова дълбоко синьо, толкова хубаво. Главите ни леко се въртят. Оглеждаме се. Чува се само жуженето на насекомите, в далечината пръхти магаре. Очакваме всеки момент да изскочи отнейде призрак.
Призрак не изскача, но от обвит в бръшляни портик изневиделица се появява жизнен, 75-годишен старец. Съзира ни, отстъпва крачка назад, прикляка, удря се с длани по коленете и звучно извиква:
– А, хора!
Тук ние също отстъпваме крачка назад от странната му реакция, но, без да ни обръща внимание, старецът продължава:
– А, хора, лелеееееееее, хора в Гоздьовица! Лелеееее… – и се хваща за главата.
– Как сте се излъгали бре, хора? Та тук никой не идва! Тук от три години никой не е дошел! Те децата вече не идват. Бог не идва. Лелееее, хора! Ама чакайте, чакайте, ей сегинка ще изкарам масата и каквото Бог дал!
Ние вече сме се запознали с него и шумно възроптаваме: – Аааа, бай Стоиле, ние сме съвсем за малко, щракваме с апаратите и бягаме, път ни чака, остави масата…
Това последното увисва във въздуха, защото бай Стоил чевръсто се шмугва през обраслия с бръшлян портик. След минутка все така чевръсто се връща с продълговата дървена маса, която слага насред улицата. Разбира се, това някога е било улица, сега са камънаци, прорасли с избуяла, пожълтяла от жегата трева. И поставя каквото Бог дал.
А Бог дал тая сутрин – прясно издоено млекце, пчелен медец … и една изпотена, с търклящи се по гладката й повърхност капки бутилчица, пълна с огненозлатиста течност. Разбира се, домашна ракийка.
– Аааа, бай Стоиле, недей така, молим те! Не можем да пием ракия! Та само 10 часа е, ако започнем от сутринта, къде ще му излезе края…
Но той е невъзмутим: – Оооо, я стига глупости. Слънцето знаеш ли кога е изгряло…Вече пет часа е горе и пет оборота е завъртяло. Я си пийнете и не му мислете!
И като в приказка от незнайно колко нощи около масата се появяват шест дървени стола, които почти закуцукват между камъните, и шест стъклени филджана. Които бай Стоил мигом пълни догоре. После обръща глава, изплюва се върху камъните, извиква звучно:
– Наздраве! – и гавътрва своята ракийка на екс. След това изпръхтява доволен – Аааааааааах! – и забърсва с опакото на ръкава навлажнените си устни.
Придобили малко смелост, и ние наквасваме прежаднелите си от жегата гърла, и … тук, знаете ли, започва същността на историята!
Първата ракия, ех, първата ракия… Първата ракия е нещо специално, трудно обяснимо. За първата ракия могат да се напишат трактати!
Тя е като първата любов, като първото потапяне в морето. Първата ракия има свойството да разхлаби възела, стегнал градските ни душички и умове, които никога не си почиват. Те непрекъснато смятат колко си спечелил, колко си загубил, колко още трябва да спечелиш.
Първата ракия сваля оковите, освобождава духа. Прогонва всички демони от теб, всички онези хора, които са се настанили удобно в главата ти и с които по цял ден спориш и се караш наум, на които по цял ден доказваш, че си прав и те, мамка му, никога не са съгласни с теб.
Първата ракия се разлива като зехтинец по трахеите, облива с топлина цялото ти тяло, чак до пръстчетата на краката. И някак си неусетно, но напълно естествено, както допреди миг си се дърпал, поднасяш празното филджандже на бай Стоил и той го пълни отново.
А втората ракия, ех, втората ракия… Втората ракия е като откровение, за втората ракия могат да се напишат трактати!
След втората ракия се отпускаш на стола – отначало с притеснение, а после с цялата си тежест. Дотогава си седял прегърбен напред, целият стегнат като пружина, готов всеки момент да скочиш и да забиеш юмрук в лицето на някой гад, да докажеш на друг колко си прав, да задминеш трети на финалната права. А след втората ракия, ех, след втората ракия буцата в гърлото ти се стапя, почваш да чувстваш тялото си леко като перушинка. Разтягаш рамене, наместваш кокалите, вдишваш с пълни гърди. Пълниш дробовете с чист родопски въздух и усещаш как животът бавно се завръща в теб.
А бай Стоил разказва – а той умее да разказва, ах, как само умее да разказва!
Бай Стоил е като препълнена двесталитрова бъчва, която само чака да се отпуши канелката и историите сами да потекат. Разказва за селото – за неговото начало, за неговия край, за хората, които са оставили следи по същите тези камънаци, дето седим сега с него. За това, как са минавали булките с менците и как мъжете са правили вино, как се е вило хорото от мегдана чак до хоризонта. За това, как някога е кипял животът и как постепенно хората са се превърнали в птици, които са забравили обратния път към гнездата си. И как накрая са останали само 6 души – четирима мюсюлмани и двама християни.
Ти слушаш и не слушаш. Неее, по дяволите, не слушаш, ти го преживяваш заедно с бай Стоил!
Sobre la quinta rakia o lo hermosa que es la vida
Nunca me voy a hartar de contar esta historia. Tal vez porque en un mismo día llegué al fin del mundo, me tomé cinco rakias[1], encontré a Dios y sentí lo hermosa que es la vida.
La historia es sencilla, y, por supuesto, comienza con una idea alocada que surgió después de unas copas en un bar repleto de humo en Sofía. Sucedió en el verano de 2005, cuando, después de una buena borrachera, decidimos hacer un recorrido por las montañas Ródopes. Cinco adultos en un pequeño Mazda deportivo, en pleno verano, en el calor más intenso, nos aventuramos por las mágicas Ródopes, donde tuvimos peripecias extraordinarias.
Recorrimos caminos que probablemente lo fueron hace décadas. Bebimos rakia con viejos extraños en cabañas, que –estoy seguro– no existen y que alguien los había inventado para la ocasión. Hablamos sobre la vida con viejos que habían reunido siglos de sabiduría, en medio de las plazas de pueblos que parecían salidos de las historias de Radichkov y Pelin[2]. Experimentamos todo tipo de contrastes, dormimos en lugares extraños.
La primera noche nos alcanzó cerca de la casa de huéspedes ‘’Gotse Delchev’’. Resultó que no había nada disponible y ya estábamos exhaustos. Al final nos instalaron en unas antiguas cabañas de pioneros[3] a un lado de la casa de huéspedes. Mejor ni hablo del moho y la madera, se volvían tolerables con un poco más del líquido ardiente, ¡pero la lista de precios era otra historia!
La recreo de memoria:
LISTA DE PRECIOS
Cama: 1.50 levas
EXTRAS
Sábana limpia: 0.50 levas
Tellak[4]: 0.50 levas (¡lo sentimos, está de vacaciones!)
La noche siguiente llegamos al hotel ‘’Castillo’’ cerca de Nedelino, cuyo alcalde Beshirov era dueño del complejo. Ahí nos tumbamos junto a la alberca al atardecer y contemplamos cómo la ciudad se acallaba entre ladridos de perros y gritos de niños. ¡Pero finalmente llegamos al fin del mundo!
¿Cómo se llega al fin del mundo? ¡Es muy fácil! Desde Smolyan toman directo hacia el sur. Una parada obligatoria para recuperar fuerzas con sus famosos frijoles es Smilyan. Bueno, nosotros exageramos un poco, porque cuando apareció la sonriente mesera pedimos: cinco porciones de ensalada de frijoles, cinco caldos de frijol, cinco tazones de guisado de frijoles con chorizo y ¡cinco postres de frijol! Pero después de tantos frijoles estás lleno de energía, ¡y puedes llegar hasta el fin del mundo!
Así que: desde Smilyan giran hacia el suroeste, pasan por Bukata y Mogilitsa, y llegan al centro del pueblo de Arda. Aquí, en la intersección de «Patriarca Evtimii» y «Sinchets», toman, por supuesto, «Sinchets», de ahí giran ligeramente sobre «Trudolyubie», salen de Arda y llegan a… Gudyovitsa.
Preguntarán: ¿Por qué Gudyovitsa es el fin del mundo? Bueno, porque está al final del mapa topográfico, después de este pueblo no hay nada más; porque está en el fin de Bulgaria, después de él está sólo la malla fronteriza metálica y porque la carretera termina de manera extraña justo en el centro del pueblo, frente a la entrada de la única tienda de abarrotes.
Si se dirigen hacia allá y deciden abastecerse con provisiones ahí, olvidenlo. Solo hay cerveza y huevos. Y si preguntan por qué no hay nada más, la sonriente vendedora se encogerá de hombros y les dirá: “Pues porque se acabó la limonada!”
Mientras tomamos fotos y respiramos el aire puro de las Ródopes, empezamos a platicar con los lugareños. Entre una cosa y otra llegamos a la explicación de cómo terminamos aquí. Pero cuando mencionamos nuestra tesis geográfica de querer ver el fin del mundo, nos contestaron: “Mmm no, esto no es el final, después de nosotros hay más…“ Nosotros, los cinco, somos geógrafos, dos damos clases en la Universidad e intentamos explicar de manera científica que no hay nada más allá de esto. También llevábamos uno de los mapas topográficos militares más completos de Bulgaria. Pero ellos insistían: “Pero claro que hay, ¡después de nosotros está Gozdyovitsa!’’. Y se reían con una risa cálida y melodiosa, típica de las Ródopes.
Al final nos ganó la curiosidad y decidimos comprobar si nos estaban tomando el pelo o si teníamos que tirar todo nuestro conocimiento universitario en uno de los botes de basura de reciclaje…
Nos pusimos en marcha por algo que alguna vez pudo haber sido un camino, pero ahora eran solo piedras cubiertas de maleza quemada por el sol. Nuestro auto urbano japones subía temerosamente por la colina. El sol ya quemaba, aunque apenas eran las 10 de la mañana. Los insectos zumbaban y olía a tomillo. ¡Y qué aroma! Daban ganas de dejarlo todo y acostarte desnudo entre el tomillo, mirando fijamente el azul insoportable del cielo de las Ródopes.
Después de trepar unos 40 minutos por la colina y de la última curva posible de nuestra natal Bulgaria, apareció frente a nosotros un letrero viejo pero blanco como la nieve:
Gozdyovitsa
Más o menos en ese momento ya estábamos listos para creer en los milagros o para romper nuestros títulos. Dejamos a nuestra señorita japonesa bajo la sombra y entramos lentamente a Gozdyovitsa.
A juzgar por las casas, el pueblo de Gozdyovitsa fue alguna vez un grande y hermoso pueblo de las Ródopes. Mejor dicho, lo que quedaba de ellas. En total había más de un centenar de estructuras de piedra, altas, orgullosas, erguidas como gigantes.
La vida debió haber sido incontenible, como las carcajadas de jóvenes risueñas, el silencio roto sólo por los niños jugando. Las personas se peleaban, amaban y ayudaban; se velaban, nacían, se casaban, se separaban y se entregaban. La ardiente rakia fluía durante la primavera y el fulgoroso vino durante el invierno. Fertilizaban la tierra con sus cenizas y de esas cenizas brotaba la vida a través de decenas de árboles frutales que ahora crecen entre los patios abandonados y las ruinas de piedra restos de piedra encorvadas.
Hoy en día las casas son ancianos decrépitos, medio vivos, apoyados en bastones improvisados, ya muy gastados; con el revoque desgranado, las tejas rotas, sin dientes y con los lentes rotos. Las casas son como las personas, si nadie las calienta con su presencia, se marchitan en silenciosa soledad.
Es aún más triste cuando abres una de las puertas que ya pendían de un hilo y chirriaban lastimosamente y entras en esos hogares de antaño. Era como si de la noche a la mañana un terrible desastre lo hubiera azotado todo y la gente hubiera huido en pánico. Había utensilios de cocina tirados sobre los polvorientos pisos de madera, ollas y sartenes en los que pareciera que hasta el día de ayer alguien preparaba el delicioso İmam bayıldı[5]. Maletas sin desempacar de las que se asomaban prendas sin usar, zapatitos, hojas de cuadernos, cartas que tal vez nunca llegaron a sus destinatarios. Pensamientos sin pronunciar, dolor sin compartir, sueños sin realizar…
No estoy seguro si tenemos derecho a romper el silencio y el dolor de estas casas, pero en una de ellas encontramos una hoja amarillenta llena de letras diminutas, escritas con una caligrafía aparentemente escolar. Intentaré recrearla de memoria, aunque incluso el recuerdo de esa carta ya se ha desvanecido…
‘’Queridos mamá y papá, les escribo, pero no sé si alguna vez leerán estas líneas… Estoy bien, llevo dos años en Estados Unidos. No había manera de decir adiós, ya saben cómo eran las cosas… tenía que huir rápido sin mirar atrás, o…
Pasamos por Grecia, con Metin íbamos juntos, y juntos abordamos el barco a Estados Unidos. No pueden imaginarse lo inmenso y azul que es el océano… Pensé que estábamos muriendo, que jamás volvería a ver tierra, que nunca podría pedirles perdón. Viajamos durante semanas antes de llegar. Estados Unidos es tan extraño, todo es tan diferente y grande, pero la gente es la misma y sonríe de la misma manera.
Al principio fue muy difícil, dormíamos en donde pudiéramos, luego Metin y yo nos separamos, finalmente encontré un trabajo. Ahora estoy bien, trabajo en una panadería, me levanto temprano, pero como saben, estoy acostumbrado. El trabajo no me asusta. Estoy rentando un departamento, y ahorrando para un coche. No me hace falta nada… no me hace falta nada… Nada…
Sólo cuando llueve y la tristeza brota con la lluvia… recuerdo cuánto me duele y cuánto los amo…
Perdónenme, perdónenme…
Su amado hijo: Said Metkov
05/05/1967, Sacramento, EUA’’
Salimos. Algo nos apretaba la garganta. Algo se nos metió en los ojos. Y el cielo es de un azul tan profundo, tan hermoso. Nos mareamos un poco. Miramos a nuestro alrededor. Solo se escuchaba el zumbido de los insectos, a lo lejos resoplaba un burro. Sentimos que en cualquier momento iba a aparecer un fantasma.
El fantasma no apareció, pero desde un pórtico cubierto de hiedra de la nada apareció un enérgico anciano de unos 75 años. Nos vio, dio un paso hacia atrás, se agachó, se golpeó las rodillas con las palmas y gritó:
—¡Por Dios, gente!
Nosotros también damos un paso hacia atrás por su extraña reacción, pero sin prestarnos atención, el viejo continúa:
—¡Por Dios, gente! ¡Vaya, gente en Gozdyovitsa!
Vayaaa… — y se agarró de la cabeza incrédulo.
—¿Cómo acabaron aquí? ¡Si aquí no viene nadie! ¡En tres años no ha venido nadie! Si ni los hijos vienen ya. Dios no viene. ¡Por Dios, gente! Pero esperen, espérenme ¡ahorita mismo saco la mesa y lo que Dios me haya dado!
Como ya había confianza, protestamos en voz alta:
—Pero don Stoil, si solo vinimos por un rato, tomamos unas fotos y nos vamos, tenemos camino por delante, deja la mesa…
Esto último quedó suspendido en el aire, porque don Stoil se escabulló con agilidad por el pórtico cubierto de hiedra y regresó dentro de un minuto con la misma agilidad cargando una mesa rectangular de madera que acomodó en medio de la calle. Claro, esto alguna vez fue una calle, ahora eran solo piedras cubiertas de maleza quemada por el sol. Y puso sobre la mesa lo que Dios le dio.
Y esa mañana Dios sí que le dio: leche recién ordeñada, miel de abeja… y una botellita sudada, con gotas rodando por su superficie lisa, llena de un líquido de un dorado ígneo. Una rakia casera, por supuesto.
—Ay, don Stoil, ¡no sea así, por favor! ¡No podemos tomar rakia! Si apenas son las 10, si empezamos desde la mañana cómo iremos a acabar…
Pero él ni se inmutó:
—Ya, basta de tonterías. ¿Sabes hace cuánto que salió el sol? Ya lleva cinco horas arriba y ha dado cinco vueltas. ¡Beban y no lo piensen tanto!
Y como en un cuento de no sé cuántas noches, alrededor de la mesa aparecieron seis sillas de madera que parecían estar cojeando por las piedras y seis copitas de vidrio, que don Stoil llenó de inmediato hasta el borde. Luego volteó hacia un lado, escupió sobre las piedras y exclamó:
—¡Salud! — y se tomó su rakia de un solo trago. Después resopló contento —¡Aaaaaaah! — y se limpió los labios humedecidos con el revés de la manga.
Habiendo adquirido un poco de valentía, nosotros también refrescamos nuestras gargantas sedientas por el calor insoportable, y… ¡aquí, amigos míos, es donde comienza la verdadera historia!
La primera rakia, ah, la primera rakia… la primera rakia es algo especial, difícil de explicar. ¡Se pueden escribir ensayos filosóficos sobre la primera rakia!
Es como el primer amor, como la primera vez que entras al mar. La primera rakia tiene el poder de aflojar el nudo que aprieta nuestras almas y mentes citadinas que nunca descansan. Siempre están calculando cuánto ganaste, cuánto perdiste, cuánto más tienes que ganar.
La primera rakia quita las cadenas, libera el espíritu. Exorciza todos tus demonios, todas esas personas que se han instalado cómodamente en tu cabeza y con quienes discutes y te peleas todo el día, a las que constantemente les demuestras que tienes razón, y que, maldita sea, nunca te dan la razón.
La primera rakia se vierte como aceite de oliva por la garganta, derramando calor por todo tu cuerpo, hasta las puntas de los pies. Y como si un instante antes no hubieras estado renegando, de manera imperceptible, pero totalmente natural, le pasas la copita vacía a don Stoil y él la vuelve a llenar.
Y la segunda rakia, ah, la segunda rakia… La segunda rakia es como una revelación, ¡sobre la segunda rakia se pueden escribir tratados enteros!
Después de la segunda rakia te relajas en la silla, primero con cierto recato, después con todo tu peso. Hasta ese momento estabas sentado encorvado hacia delante, tenso como un resorte, listo para saltar en cualquier momento y pegarle un puñetazo en la cara a algún canalla, para demostrarle a otro cuánta razón tienes, para ganarle a un tercero en la recta final. Y después de la segunda rakia, ah, después de la segunda rakia el nudo en tu garganta se deshace, comienzas a sentir tu cuerpo ligero como una pluma. Enderezas los hombros, alineas el esqueleto, inhalas hasta llenar todo el pecho. Te llenas los pulmones de aire puro de las Ródopes y sientes cómo la vida vuelve lentamente a ti.
Mientras tanto don Stoil cuenta sus historias, ¡y vaya que sabe contar!
Don Stoil es como un barril de doscientos litros lleno a rebosar, que solo espera que lo abra la llave y las historias fluyan por sí solas. Cuenta sobre el pueblo, sus inicios, su fin, sobre las personas que dejaron huella en estas mismas piedras en las que estamos sentados ahora junto con él. Sobre cómo pasaban las novias con los baldes de cobre, como los hombres hacían vino y como el joro serpenteaba desde la plaza del pueblo hasta el horizonte. Sobre como hace tiempo el pueblo bullía con vida y como paulatinamente las personas se convirtieron en pájaros que olvidaron el camino de regreso a sus nidos. Y como al final sólo quedaron seis personas, cuatro musulmanes y dos cristianos.
Estás escuchando y al mismo tiempo no. ¡No, maldita sea, no estás escuchando, lo estás viviendo junto con don Stoil!
(Fin de la parte 1)
Lo intraducible va más allá de una palabra o frase, es una construcción que está impregnada del contexto y la realidad social, histórica y cultural del lugar y las personas que hablan un idioma. Este cuento ejemplifica de manera perfecta esto, con palabras que son tan ricas y especificas en su significado en búlgaro que transportarlas al mundo hispanohablante se convierte en algo complejo y divertido. Por eso, más que traducir solo una palabra, se trata de traducir toda una idiosincrasia.
Dorotea Zúñiga Popova nació en 1995, en Sofia, Bulgaria. Es traductora profesional de español, búlgaro e inglés, graduada de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey, México. Se especializó en traducción literaria (AMETLI & UNAM). Actualmente se desempeña como traductora independiente y como asesora lingüística del grupo teatral ConTexto Teatro. Entre sus traducciones más recientes figuran las memorias del diplomático búlgaro Bogomil Guerásimov Diplomacia en la zona del cactus, por encargo de la Embajada de Bulgaria en México; y la novela Absolvo te del autor Gueorgui Bardarov.

