Los astrónomos
Traducción del portugués por Sergio Nishimura Vallarta
Texto original de Graciliano Ramos
Edición por Ángela Cuartas
Imagen: Un niño leyendo de sebaie-1992
A los nueve años, yo era casi analfabeto. Y me sentía inferior a los Mota Lima, nuestros vecinos, muy inferior, construido de una forma diferente. Esos niños felices para mí eran perfectos: andaban limpios, se reían fuerte, iban a una escuela decente y tenían máquinas que rodaban en la acera como trenes. Yo vestía ropas ordinarias, usaba zuecos, me enlodaba en el patio ingeniando muñecos de barro, hablaba poco.
En mi escuelita de barrio, algunos chiquillos cabeceaban en bancos estrechos y sin respaldos, que a veces lijaban y lavaban. En esos días nosotros nos sentábamos sobre la madera mojada. La profesora tenía madre e hija. La madre, caduca, hacía encaje de bolillos, golpeando los palitos, con la almohada entre las piernas. La hija, mulata sarará1 antipática y entrometida, nos enseñaba las lecciones, pero enseñaba de tal forma que percibíamos en ella tanta ignorancia como en nosotros. Cerca de la mesa había una estera donde las mujeres se agachaban, cortaban telas y cosían.
Doña Agnelina reñía con su hija por cuestiones amorosas y, en caso de ser necesario, le administraba correctivos. Una vez discutieron al respecto de la palabra halo, que apareció en mi antología. La muchacha acertó, pero doña Agnelina, mientras cosía un vestido, juzgó halo equivalente a hebra, frunció los labios y, después de titubear, confundiendo hilo con halo, me recomendó que para evitar dudas dijera aló.
Así era el lugar de estudio. Los alumnos se inmovilizaban en los pupitres: cinco horas de suplicio, una crucifixión. Cierto día vi moscas en la cara de uno, que le roían el rabillo del ojo, entraban en el ojo. Y el ojo sin moverse, como si el niño estuviera muerto. No hay peor prisión que una escuela primaria de provincia. La inmovilidad y la insensibilidad me aterran. Abandoné los cuadernos y los halos, no dejé que las moscas me comieran. De esa manera, a los nueve años todavía no sabía leer.
Así, una noche, después del café, mi padre me mandó a buscar un libro que había dejado en la cabecera de la cama. Novedad: mi viejo nunca se dirigía a mí. Y yo, una vez terminado el café, le besaba la mano, porque así era costumbre, me hundía en la hamaca y dormía. Espantado, entré al cuarto, tomé con asco el antipático objeto y volví al comedor. Ahí recibí la orden de sentarme y abrir el tomo. Obedecí de mala gana, con la vaga esperanza de que una visita me interrumpiera. Nadie nos visitó aquella noche extraordinaria.
Mi padre ordenó que comenzara con la lectura. Comencé. Masticando las palabras, balbuceando, gimiendo una cantilena horrible, indiferente a la puntuación, saltándome líneas y repitiendo líneas, llegué al final de la página sin oír gritos. Paré sorprendido, di vuelta a la página, continué arrastrándome en la gemidera, como un carro en una calle llena de baches.
Con certeza el negociante había recobrado alguna deuda perdida: a la mitad del capítulo se puso a conversar conmigo, me preguntó si comprendía lo que leía. Me explicóque se trataba de una historia, una novela, me pidió prestar atención y resumió la parte que ya había leído. Un matrimonio con hijos andaba en un bosque, durante una noche de invierno, perseguido por lobos, perros salvajes. Después de mucho correr, esas criaturas llegaban a la cabaña de un leñador. Era así, ¿no? Me tradujo a cristiano varias expresiones literarias. Me animé a platicar. Sí, realmente había algo en el libro, pero era difícil saberlo todo.
Me las arreglé con el resto del capítulo, esforzándome en penetrar el sentido de la prosa confusa y aventurándome a veces a preguntar. Y una lucecita casi imperceptible surgía a lo lejos, se apagaba, resurgía vacilante en la oscuridad de mi espíritu.
Me recogí preocupado: los fugitivos, los lobos y el leñador me sacudieron el sueño. Dormí con ellos, desperté con ellos. Las horas volaron. Ajeno a la escuela, a los juguetes de mis hermanas, al parloteo de los chiquillos, viví con esas criaturas de ensueño, incompletas y misteriosas.
En la noche mi padre me pidió nuevamente el tomo, y la escena de la noche anterior se repitió: lectura trabada, malentendidos, explicaciones.
La tercera noche fui a buscar el libro espontáneamente, pero el viejo estaba sombrío y silencioso. Y al día siguiente, cuando me preparé para moler la narrativa, me alejó con un gesto, frunciendo el ceño.
Nunca experimenté una decepción tan grande. Era como si hubiera descubierto una cosa muy valiosa y de repente la maravilla se quebrara. Y el hombre que la hizo trozos, después de haberme ayudado a encontrarla, ni se imaginó mi desgracia. Al comienzo fue desesperación, sensación de pérdida y ruina, en seguida una larga cobardía, la certeza de que las horas de encanto eran demasiado buenas para mí y no podían durar.
Sin embargo, una vez terminadas las manifestaciones secretas de dolor, reflexioné, pensé que el mal tenía remedio y le expliqué el asunto a Emília, mi excelente prima. El rostro sereno, grandes ojos negros, un aire de seriedad: una muchacha linda. Su hermana, juguetona y gruñona, siempre del tingo al tango, se reía como loca y luego estallaba en ataques de cólera. Pero Emília no era de este mundo. Solo se molestó conmigo una vez, el día que, tuberculosa, me vio tomar agua de su vaso. Un ángel.
Confesé, pues, a Emília mi desgracia y le propuse que me dirigiera la lectura. Me esforcé por interesarla contándole de la oscuridad en el bosque, de los lobos, de los niños apavorados, de la conversación en la casa del leñador, de la aparición de una persona de nombre Águeda.
Después de un tiempo, esa tal Águeda me sirvió mucho. Eusebio loco agarró el tomo en la tienda, entró a declamarlo y al encontrar el nombre del personaje pronunció Áqueda. Esto me llenó de satisfacción: a pesar de ser mayor, Eusebio loco era más atrasado que yo.
Cuando le conté a Emília, sin embargo, ignoraba la existencia de personas tan groseras como Eusebio y admitía fácilmente los alós de la profesora. En consonancia con la opinión de mi madre, me consideraba una bestia. Por eso era necesario que mi primita leyera conmigo la novela y me ayudara a descifrarla.
Emília respondió con una pregunta que me espantó. ¿Por qué no me arriesgaba a intentar leer solo?
Me explayé al exponerle mi debilidad mental, mi imposibilidad de comprender las palabras difíciles, sobre todo por el orden terrible en el que se juntaban. Si yo fuera como los otros, estaría bien; pero era demasiado bruto, todos creían que era demasiado bruto.
Emília combatió mi convicción, me habló de los astrónomos, individuos que leían en el cielo, que percibían todo lo que hay en el cielo. No en el cielo donde viven Dios Nuestro Señor y la Virgen María. Ese nadie lo ha visto. El otro, el que queda más abajo, el del Sol, la Luna y las estrellas, los astrónomos lo conocían perfectamente. Ahora, si ellos veían cosas tan distantes, ¿por qué yo no podría adivinar la página abierta frente a mis ojos? ¿No distinguía las letras? ¿No sabía reunirlas y formar palabras?
Me quedé recordando a Emília. Yo, los astrónomos, ¡qué locura! Leer las cosas del cielo, ¿a quién se le hubiera ocurrido?
Y me armé de coraje, fui a esconderme en el patio, con los lobos, el hombre, la mujer, los pequeños, la tempestad en el bosque, la cabaña del leñador. Releí las hojas ya recorridas. Y las partes que se esclarecían derramaban una tenue luz sobre los puntos oscuros. Personajes diminutos crecían, lentamente me penetraban la inteligencia densa. Lentamente. Los astrónomos eran formidables. Yo, pobre de mí, no desvelaría los secretos del cielo. Preso a la tierra, me conmovería con historias tristes, en las que hay hombres perseguidos, mujeres y niños abandonados, oscuridad y animales feroces.
1. Voz brasileña de origen tupí para la persona mestiza de piel clara y cabello crespo rubio o rojizo.↩
Os astrônomos
Aos nove anos, eu era quase analfabeto. E achava-me inferior aos Mota Lima, nossos vizinhos, muito inferior, construído de maneira diversa. Êsses garotos, felizes, para mim eram perfeitos: andavam limpos, riam alto, freqüentavam escola decente e possuíam máquinas que rodavam na calçada como trens. Eu vestia roupas ordinárias, usava tamancos, enlameava-me no quintal, engenhando bonecos de barro, falava pouco.
Na minha escola de ponta de rua, alguns desgraçadinhos cochilavam em bancos estreitos e sem encosto, que às vezes se raspavam e lavavam. Nesses dias nós nos sentávamos na madeira molhada. A professora tinha mãe e filha. A mãe, caduca, fazia renda, batendo os bilros, com a almofada entre as pernas. A filha, mulata sarará enjoada e enxerida, nos ensinava as lições, mas ensinava de tal forma que percebemos nela tanta ignorância como em nós. Perto da mesa havia uma esteira, onde as mulheres se agachavam, cortavam panos e cosiam.
D. Agnelina rezingava com a filha por questões de namôro e, em caso de necessidade, administrava-lhe corretivos. Uma vez discutiram a respeito da palavra auréola, que surgiu na minha seleta. A moça acertou, mas d. Agnelina, debruando um vestido, julgou auréola equivalente a debrum, estirou o beiço e, depois de hesitar, misturando baixinho auréola com ourela, recomendou-me que, para evitar dúvidas, dissesse aureóla.
O lugar de estudo era isso. Os alunos se imobilizavam nos bancos: cinco horas de suplício, uma crucificação. Certo dia vi môscas na cara de um, roendo o canto do ôlho, entrando no ôlho. E o ôlho sem se mexer, como se o menino estivesse morto. Não há prisão pior que uma escola primária do interior. A imobilidade e a insensibilidade me aterraram. Abandonei os cadernos e as auréolas, não deixei que as môscas me comessem. Assim, aos nove anos ainda não sabia ler.
Ora, uma noite, depois do café, meu pai me mandou buscar um livro que deixara na cabeceira da cama. Novidade: meu velho nunca se dirigia a mim. E eu, engolido o café, beijava-lhe a mão, porque isto era praxe, mergulhava na rede e adormecia. Espantado, entrei no quarto, peguei com repugnância o antipático objeto e voltei à sala de jantar. Aí recebi ordem para me sentar e abrir o volume. Obedeci engulhando, com a vaga esperança de que uma visita me interrompesse. Ninguém nos visitou naquela noite extraordinária.
Meu pai determinou que eu principiasse a leitura. Principiei. Mastigando as palavras, gaguejando, gemendo uma cantilena medonha, indiferente à pontuação, saltando linhas e repisando linhas, alcancei o fim da página, sem ouvir gritos. Parei surpreendido, virei a fôlha, continuei a arrastar-me na gemedeira, como um carro em estrada cheia de buracos.
Com certeza o negociante recebera alguma dívida perdida: no meio do capítulo pôs-se a conversar comigo, perguntou-me se eu estava compreendendo o que lia. Explicou-me que se tratava de uma história, um romance, exigiu atenção e resumiu a parte já lida. Um casal com filhos andava numa floresta, em noite de inverno, perseguido por lôbos, cachorros selvagens. Depois de muito correr, essas criaturas chegavam à cabana de um lenhador. Era ou não era? Traduziu-me em linguagem de cozinha diversas expressões literárias. Animei-me-a parolar. Sim, realmente havia alguma coisa no livro, mas era difícil conhecer tudo.
Alinhavei o resto do capítulo, diligenciando penetrar o sentido da prosa confusa, aventurando-me às vezes a inquirir. E uma luzinha quási imperceptível surgia longe, apagava-se, ressurgia, vacilante, nas trevas do meu espírito.
Recolhi-me preocupado: os fugitivos, os lôbos e o lenhador agitaram-me o sono. Dormi com êles, acordei com êles. As horas voaram. Alheio à escola, aos brinquedos de minhas irmãs, à tagarelice dos moleques, vivi com essas criaturas de sonho, incompletas e misteriosas.
À noite meu pai me pediu novamente o volume, e a cena da véspera se reproduziu: leitura emperrada, mal-entendidos, explicações.
Na terceira noite fui buscar o livro espontâneamente, mas o velho estava sombrio e silencioso. E no dia seguinte, quando me preparei para moer a narrativa, afastou-me com um gesto, carrancudo.
Nunca experimentei decepção tão grande. Era como se tivesse descoberto uma coisa muito preciosa e de repente a maravilha se quebrasse. E o homem que a reduziu a cacos, depois de me haver ajudado a encontrá-la, não imaginou a minha desgraça. A princípio foi desespêro, sensação de perda e ruína, em seguida uma longa covardia, a certeza de que as horas de encanto eram boas demais para mim e não podiam durar.
Findas, porém, as manifestações secretas de mágoa, refleti, achei que o mal tinha remédio e expliquei o negócio a Emília, minha excelente prima. O rosto sereno, largos olhos pretos, um ar de seriedade — linda moça. A irmã, brincalhona e rabugenta, ora pelos pés, ora pela cabeça, ria como doida e logo explodia em acessos de cólera. Mas Emília não era dêste mundo. Só se zangou comigo uma vez, no dia em que, tuberculosa, me viu beber água no copo dela. Um anjo.
Confessei, pois, a Emília o meu desgôsto e propus-lhe que me dirigisse a leitura. Esforcei-me por interessá-la contando-lhe a escuridão na mata, os lôbos, os meninos apavorados, a conversa em casa do lenhador, o aparecimento de uma sujeita que se chamava Águeda.
Passado algum tempo, essa Águeda me serviu muito. Eusébio doido pegou o volume na loja, entrou a declamá-lo e, topando o nome da personagem, pronunciou Aquéda. Isto me deu satisfação: apesar de maduro, Eusébio doido era mais atrasado que eu.
Quando falei a Emília, porém, ignorava que houvesse pessoas tão rudes quanto Eusébio e admitia facilmente as aureólas da professora. Em conformidade com a opinião de minha mãe, considerava-me uma bêsta. Assim, era necessário que a priminha lesse comigo o romance e me auxiliasse na decifração dêle.
Emília respondeu com uma pergunta que me espantou. Por que não me arriscava a tentar a leitura sòzinho?
Longamente lhe expus a minha fraqueza mental, a impossibilidade de compreender as palavras difíceis, sobretudo na ordem terrível em que se juntavam. Se eu fôsse como os outros, bem; mas era bruto em demasia, todos me achavam bruto em demasia.
Emília combateu a minha convicção, falou-me dos astrônomos, indivíduos que liam no céu, percebiam tudo quanto há no céu. Não no céu onde moram Deus Nosso Senhor e a Virgem Maria. Êsse ninguém tinha visto. Mas o outro, o que fica por baixo, o do sol, da lua e das estrêlas, os astrônomos conheciam perfeitamente. Ora, se êles enxergavam coisas tão distantes, por que não conseguiria eu adivinhar a página aberta diante dos meus olhos? Não distinguia as letras? Não sabia reüní-las e formar palavras?
Matutei na lembrança de Emília. Eu, os astrônomos, que doidice! Ler as coisas do céu, quem havia de supor?
E tomei coragem, fui esconder-me no quintal, com os lôbos, o homem, a mulher, os pequenos, a tempestade na floresta, a cabana do lenhador. Reli as fôlhas já percorridas. E as partes que se esclareciam derramavam escassa luz sôbre os pontos obscuros. Personagens diminutas cresciam, vagarosamente me penetravam a inteligência espêssa. Vagarosamente. Os astrônomos eram formidáveis. Eu, pobre de mim, não desvendaria os segredos do céu. Prêso à terra, sensibilizar-me-ia com histórias tristes, em que há homens perseguidos, mulheres e crianças abandonadas, escuridão e animais ferozes.
Tomado de la segunda edición de Infância (pp. 213 – 218), digitalizado por la Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin.
Os astrônomos
Aos nove anos, eu era quase analfabeto. E achava-me inferior aos Mota Lima, nossos vizinhos, muito inferior, construído de maneira diversa. Êsses garotos, felizes, para mim eram perfeitos: andavam limpos, riam alto, freqüentavam escola decente e possuíam máquinas que rodavam na calçada como trens. Eu vestia roupas ordinárias, usava tamancos, enlameava-me no quintal, engenhando bonecos de barro, falava pouco.
Na minha escola de ponta de rua, alguns desgraçadinhos cochilavam em bancos estreitos e sem encosto, que às vezes se raspavam e lavavam. Nesses dias nós nos sentávamos na madeira molhada. A professora tinha mãe e filha. A mãe, caduca, fazia renda, batendo os bilros, com a almofada entre as pernas. A filha, mulata sarará enjoada e enxerida, nos ensinava as lições, mas ensinava de tal forma que percebemos nela tanta ignorância como em nós. Perto da mesa havia uma esteira, onde as mulheres se agachavam, cortavam panos e cosiam.
D. Agnelina rezingava com a filha por questões de namôro e, em caso de necessidade, administrava-lhe corretivos. Uma vez discutiram a respeito da palavra auréola, que surgiu na minha seleta. A moça acertou, mas d. Agnelina, debruando um vestido, julgou auréola equivalente a debrum, estirou o beiço e, depois de hesitar, misturando baixinho auréola com ourela, recomendou-me que, para evitar dúvidas, dissesse aureóla.
O lugar de estudo era isso. Os alunos se imobilizavam nos bancos: cinco horas de suplício, uma crucificação. Certo dia vi môscas na cara de um, roendo o canto do ôlho, entrando no ôlho. E o ôlho sem se mexer, como se o menino estivesse morto. Não há prisão pior que uma escola primária do interior. A imobilidade e a insensibilidade me aterraram. Abandonei os cadernos e as auréolas, não deixei que as môscas me comessem. Assim, aos nove anos ainda não sabia ler.
Ora, uma noite, depois do café, meu pai me mandou buscar um livro que deixara na cabeceira da cama. Novidade: meu velho nunca se dirigia a mim. E eu, engolido o café, beijava-lhe a mão, porque isto era praxe, mergulhava na rede e adormecia. Espantado, entrei no quarto, peguei com repugnância o antipático objeto e voltei à sala de jantar. Aí recebi ordem para me sentar e abrir o volume. Obedeci engulhando, com a vaga esperança de que uma visita me interrompesse. Ninguém nos visitou naquela noite extraordinária.
Meu pai determinou que eu principiasse a leitura. Principiei. Mastigando as palavras, gaguejando, gemendo uma cantilena medonha, indiferente à pontuação, saltando linhas e repisando linhas, alcancei o fim da página, sem ouvir gritos. Parei surpreendido, virei a fôlha, continuei a arrastar-me na gemedeira, como um carro em estrada cheia de buracos.
Com certeza o negociante recebera alguma dívida perdida: no meio do capítulo pôs-se a conversar comigo, perguntou-me se eu estava compreendendo o que lia. Explicou-me que se tratava de uma história, um romance, exigiu atenção e resumiu a parte já lida. Um casal com filhos andava numa floresta, em noite de inverno, perseguido por lôbos, cachorros selvagens. Depois de muito correr, essas criaturas chegavam à cabana de um lenhador. Era ou não era? Traduziu-me em linguagem de cozinha diversas expressões literárias. Animei-me-a parolar. Sim, realmente havia alguma coisa no livro, mas era difícil conhecer tudo.
Alinhavei o resto do capítulo, diligenciando penetrar o sentido da prosa confusa, aventurando-me às vezes a inquirir. E uma luzinha quási imperceptível surgia longe, apagava-se, ressurgia, vacilante, nas trevas do meu espírito.
Recolhi-me preocupado: os fugitivos, os lôbos e o lenhador agitaram-me o sono. Dormi com êles, acordei com êles. As horas voaram. Alheio à escola, aos brinquedos de minhas irmãs, à tagarelice dos moleques, vivi com essas criaturas de sonho, incompletas e misteriosas.
À noite meu pai me pediu novamente o volume, e a cena da véspera se reproduziu: leitura emperrada, mal-entendidos, explicações.
Na terceira noite fui buscar o livro espontâneamente, mas o velho estava sombrio e silencioso. E no dia seguinte, quando me preparei para moer a narrativa, afastou-me com um gesto, carrancudo.
Nunca experimentei decepção tão grande. Era como se tivesse descoberto uma coisa muito preciosa e de repente a maravilha se quebrasse. E o homem que a reduziu a cacos, depois de me haver ajudado a encontrá-la, não imaginou a minha desgraça. A princípio foi desespêro, sensação de perda e ruína, em seguida uma longa covardia, a certeza de que as horas de encanto eram boas demais para mim e não podiam durar.
Findas, porém, as manifestações secretas de mágoa, refleti, achei que o mal tinha remédio e expliquei o negócio a Emília, minha excelente prima. O rosto sereno, largos olhos pretos, um ar de seriedade — linda moça. A irmã, brincalhona e rabugenta, ora pelos pés, ora pela cabeça, ria como doida e logo explodia em acessos de cólera. Mas Emília não era dêste mundo. Só se zangou comigo uma vez, no dia em que, tuberculosa, me viu beber água no copo dela. Um anjo.
Confessei, pois, a Emília o meu desgôsto e propus-lhe que me dirigisse a leitura. Esforcei-me por interessá-la contando-lhe a escuridão na mata, os lôbos, os meninos apavorados, a conversa em casa do lenhador, o aparecimento de uma sujeita que se chamava Águeda.
Passado algum tempo, essa Águeda me serviu muito. Eusébio doido pegou o volume na loja, entrou a declamá-lo e, topando o nome da personagem, pronunciou Aquéda. Isto me deu satisfação: apesar de maduro, Eusébio doido era mais atrasado que eu.
Quando falei a Emília, porém, ignorava que houvesse pessoas tão rudes quanto Eusébio e admitia facilmente as aureólas da professora. Em conformidade com a opinião de minha mãe, considerava-me uma bêsta. Assim, era necessário que a priminha lesse comigo o romance e me auxiliasse na decifração dêle.
Emília respondeu com uma pergunta que me espantou. Por que não me arriscava a tentar a leitura sòzinho?
Longamente lhe expus a minha fraqueza mental, a impossibilidade de compreender as palavras difíceis, sobretudo na ordem terrível em que se juntavam. Se eu fôsse como os outros, bem; mas era bruto em demasia, todos me achavam bruto em demasia.
Emília combateu a minha convicção, falou-me dos astrônomos, indivíduos que liam no céu, percebiam tudo quanto há no céu. Não no céu onde moram Deus Nosso Senhor e a Virgem Maria. Êsse ninguém tinha visto. Mas o outro, o que fica por baixo, o do sol, da lua e das estrêlas, os astrônomos conheciam perfeitamente. Ora, se êles enxergavam coisas tão distantes, por que não conseguiria eu adivinhar a página aberta diante dos meus olhos? Não distinguia as letras? Não sabia reüní-las e formar palavras?
Matutei na lembrança de Emília. Eu, os astrônomos, que doidice! Ler as coisas do céu, quem havia de supor?
E tomei coragem, fui esconder-me no quintal, com os lôbos, o homem, a mulher, os pequenos, a tempestade na floresta, a cabana do lenhador. Reli as fôlhas já percorridas. E as partes que se esclareciam derramavam escassa luz sôbre os pontos obscuros. Personagens diminutas cresciam, vagarosamente me penetravam a inteligência espêssa. Vagarosamente. Os astrônomos eram formidáveis. Eu, pobre de mim, não desvendaria os segredos do céu. Prêso à terra, sensibilizar-me-ia com histórias tristes, em que há homens perseguidos, mulheres e crianças abandonadas, escuridão e animais ferozes.
Los astrónomos
A los nueve años, yo era casi analfabeto. Y me sentía inferior a los Mota Lima, nuestros vecinos, muy inferior, construido de una forma diferente. Esos niños felices para mí eran perfectos: andaban limpios, se reían fuerte, iban a una escuela decente y tenían máquinas que rodaban en la acera como trenes. Yo vestía ropas ordinarias, usaba zuecos, me enlodaba en el patio ingeniando muñecos de barro, hablaba poco.
En mi escuelita de barrio, algunos chiquillos cabeceaban en bancos estrechos y sin respaldos, que a veces lijaban y lavaban. En esos días nosotros nos sentábamos sobre la madera mojada. La profesora tenía madre e hija. La madre, caduca, hacía encaje de bolillos, golpeando los palitos, con la almohada entre las piernas. La hija, mulata sarará1 antipática y entrometida, nos enseñaba las lecciones, pero enseñaba de tal forma que percibíamos en ella tanta ignorancia como en nosotros. Cerca de la mesa había una estera donde las mujeres se agachaban, cortaban telas y cosían.
Doña Agnelina reñía con su hija por cuestiones amorosas y, en caso de ser necesario, le administraba correctivos. Una vez discutieron al respecto de la palabra halo, que apareció en mi antología. La muchacha acertó, pero doña Agnelina, mientras cosía un vestido, juzgó halo equivalente a hebra, frunció los labios y, después de titubear, confundiendo hilo con halo, me recomendó que para evitar dudas dijera aló.
Así era el lugar de estudio. Los alumnos se inmovilizaban en los pupitres: cinco horas de suplicio, una crucifixión. Cierto día vi moscas en la cara de uno, que le roían el rabillo del ojo, entraban en el ojo. Y el ojo sin moverse, como si el niño estuviera muerto. No hay peor prisión que una escuela primaria de provincia. La inmovilidad y la insensibilidad me aterran. Abandoné los cuadernos y los halos, no dejé que las moscas me comieran. De esa manera, a los nueve años todavía no sabía leer.
Así, una noche, después del café, mi padre me mandó a buscar un libro que había dejado en la cabecera de la cama. Novedad: mi viejo nunca se dirigía a mí. Y yo, una vez terminado el café, le besaba la mano, porque así era costumbre, me hundía en la hamaca y dormía. Espantado, entré al cuarto, tomé con asco el antipático objeto y volví al comedor. Ahí recibí la orden de sentarme y abrir el tomo. Obedecí de mala gana, con la vaga esperanza de que una visita me interrumpiera. Nadie nos visitó aquella noche extraordinaria.
Mi padre ordenó que comenzara con la lectura. Comencé. Masticando las palabras, balbuceando, gimiendo una cantilena horrible, indiferente a la puntuación, saltándome líneas y repitiendo líneas, llegué al final de la página sin oír gritos. Paré sorprendido, di vuelta a la página, continué arrastrándome en la gemidera, como un carro en una calle llena de baches.
Con certeza el negociante había recobrado alguna deuda perdida: a la mitad del capítulo se puso a conversar conmigo, me preguntó si comprendía lo que leía. Me explicóque se trataba de una historia, una novela, me pidió prestar atención y resumió la parte que ya había leído. Un matrimonio con hijos andaba en un bosque, durante una noche de invierno, perseguido por lobos, perros salvajes. Después de mucho correr, esas criaturas llegaban a la cabaña de un leñador. Era así, ¿no? Me tradujo a cristiano varias expresiones literarias. Me animé a platicar. Sí, realmente había algo en el libro, pero era difícil saberlo todo.
Me las arreglé con el resto del capítulo, esforzándome en penetrar el sentido de la prosa confusa y aventurándome a veces a preguntar. Y una lucecita casi imperceptible surgía a lo lejos, se apagaba, resurgía vacilante en la oscuridad de mi espíritu.
Me recogí preocupado: los fugitivos, los lobos y el leñador me sacudieron el sueño. Dormí con ellos, desperté con ellos. Las horas volaron. Ajeno a la escuela, a los juguetes de mis hermanas, al parloteo de los chiquillos, viví con esas criaturas de ensueño, incompletas y misteriosas.
En la noche mi padre me pidió nuevamente el tomo, y la escena de la noche anterior se repitió: lectura trabada, malentendidos, explicaciones.
La tercera noche fui a buscar el libro espontáneamente, pero el viejo estaba sombrío y silencioso. Y al día siguiente, cuando me preparé para moler la narrativa, me alejó con un gesto, frunciendo el ceño.
Nunca experimenté una decepción tan grande. Era como si hubiera descubierto una cosa muy valiosa y de repente la maravilla se quebrara. Y el hombre que la hizo trozos, después de haberme ayudado a encontrarla, ni se imaginó mi desgracia. Al comienzo fue desesperación, sensación de pérdida y ruina, en seguida una larga cobardía, la certeza de que las horas de encanto eran demasiado buenas para mí y no podían durar.
Sin embargo, una vez terminadas las manifestaciones secretas de dolor, reflexioné, pensé que el mal tenía remedio y le expliqué el asunto a Emília, mi excelente prima. El rostro sereno, grandes ojos negros, un aire de seriedad: una muchacha linda. Su hermana, juguetona y gruñona, siempre del tingo al tango, se reía como loca y luego estallaba en ataques de cólera. Pero Emília no era de este mundo. Solo se molestó conmigo una vez, el día que, tuberculosa, me vio tomar agua de su vaso. Un ángel.
Confesé, pues, a Emília mi desgracia y le propuse que me dirigiera la lectura. Me esforcé por interesarla contándole de la oscuridad en el bosque, de los lobos, de los niños apavorados, de la conversación en la casa del leñador, de la aparición de una persona de nombre Águeda.
Después de un tiempo, esa tal Águeda me sirvió mucho. Eusebio loco agarró el tomo en la tienda, entró a declamarlo y al encontrar el nombre del personaje pronunció Áqueda. Esto me llenó de satisfacción: a pesar de ser mayor, Eusebio loco era más atrasado que yo.
Cuando le conté a Emília, sin embargo, ignoraba la existencia de personas tan groseras como Eusebio y admitía fácilmente los alós de la profesora. En consonancia con la opinión de mi madre, me consideraba una bestia. Por eso era necesario que mi primita leyera conmigo la novela y me ayudara a descifrarla.
Emília respondió con una pregunta que me espantó. ¿Por qué no me arriesgaba a intentar leer solo?
Me explayé al exponerle mi debilidad mental, mi imposibilidad de comprender las palabras difíciles, sobre todo por el orden terrible en el que se juntaban. Si yo fuera como los otros, estaría bien; pero era demasiado bruto, todos creían que era demasiado bruto.
Emília combatió mi convicción, me habló de los astrónomos, individuos que leían en el cielo, que percibían todo lo que hay en el cielo. No en el cielo donde viven Dios Nuestro Señor y la Virgen María. Ese nadie lo ha visto. El otro, el que queda más abajo, el del Sol, la Luna y las estrellas, los astrónomos lo conocían perfectamente. Ahora, si ellos veían cosas tan distantes, ¿por qué yo no podría adivinar la página abierta frente a mis ojos? ¿No distinguía las letras? ¿No sabía reunirlas y formar palabras?
Me quedé recordando a Emília. Yo, los astrónomos, ¡qué locura! Leer las cosas del cielo, ¿a quién se le hubiera ocurrido?
Y me armé de coraje, fui a esconderme en el patio, con los lobos, el hombre, la mujer, los pequeños, la tempestad en el bosque, la cabaña del leñador. Releí las hojas ya recorridas. Y las partes que se esclarecían derramaban una tenue luz sobre los puntos oscuros. Personajes diminutos crecían, lentamente me penetraban la inteligencia densa. Lentamente. Los astrónomos eran formidables. Yo, pobre de mí, no desvelaría los secretos del cielo. Preso a la tierra, me conmovería con historias tristes, en las que hay hombres perseguidos, mujeres y niños abandonados, oscuridad y animales feroces.
1. Voz brasileña de origen tupí para la persona mestiza de piel clara y cabello crespo rubio o rojizo. ↩
Sergio Nishimura Vallarta (Tepic, 1999) estudia el octavo semestre de la Licenciatura en Traducción en la UNAM con especialización en traducción literaria. Traduce del inglés y el portugués al español. Actualmente está escribiendo una tesis sobre la traducción de la obra Worstward Ho de Samuel Beckett, en la que explora los límites del lenguaje y la intraducibilidad. Sus intereses de investigación abarcan los Estudios de Traducción, la ecdótica, el psicoanálisis y la hermenéutica.

