© ACTTI. Todos los derechos reservados.

Nunca deberíamos reencontrarnos

por Aimee Phan, traducción de Paula Chaves y Verónica Mastrodonato

Traducción del inglés por Paula Chaves y Verónica Mastrodonato
Texto original de Aimee Phan
Edición por Daniela Arias
Imagen: «Small Street VI» de Pham Hoang Minh

ESTABA VULNERABLE. ESCONDIDA en la esquina de un viejo centro comercial a varias cuadras de Magnolia, en las afueras de Little Saigon. A esa hora casi no había policías. Bastante tonto debía haber sido el propietario de la tienda para elegir semejante ubicación. Como decía Vinh, no se puede empatizar con todo el mundo, en especial con la gente tonta.

Kim no planeaba hacer nada malo. Ella no era así. Por supuesto, sus viejos compañeros y algunos de los amigos de Vinh le habían propuesto participar en trabajos similares. Su altura era una ventaja, así como la ambigüedad de sus características raciales. Muchas personas la tomaban por hispana y a veces hasta por blanca. Aun así, Kim no estaba interesada. Había visto lo que le había pasado a Vinh. Ella no era así. Había mejores maneras de hacer dinero. Trabajaba en Tasty Burger, cerca de la vieja casa de acogida y ganaba lo suficiente como para no tomar ese tipo de riesgo.

Pero esta era una emergencia. Por accidente, había roto el bíper de Vinh la noche anterior y necesitaba reemplazarlo antes de que él lo notara. Había gastado cincuenta y cinco dólares en uno plateado y brillante, el más caro en el mercado. Vanidoso Vinh, Vanidoso Vinh. El muestrario de bíperes de la tienda se encontraba detrás de la caja registradora, pero cerca de la salida. Kim necesitaba veinte segundos de distracción.   

Olvídalo, le había dicho Mai más temprano esa mañana.
No tienes que hacer nada. Solo tienes que hablar con ella.
No te ayudaré a robar. ¿Puedo simplemente prestarte el dinero y listo?
¿Para un bíper? De ninguna manera. Kim odiaba los bíperes. La idea de ser contactada en cualquier momento y en cualquier lugar no le agradaba tanto como a su exnovio.
Si los odias tanto, ¿para qué le pediste a Vihn que te lo prestara?
Me obligó.
Te obligó, dijo Mai, entrecerrando los ojos. ¿Entonces por qué te preocupa que él sepa que lo rompiste?

Porque Kim no quería deberle nada más a Vinh. Ya paraba en su departamento, uno pequeño de dos habitaciones en Santa Ana, que él compartía con sus tres amigos –temporalmente– hasta que ella pudiera pagarse un lugar. Bastante tenía con que Vinh pensara que existía alguna posibilidad de volver a estar juntos. No necesitaba una cosa más.

Vamos, Mai, dijo Kim. Eres la única que puede ayudarme.

En efecto, las otras hermanas de acogida de Kim se veían demasiado sucias. En los centros comerciales, siempre las miraban por sus jeans mugrientos y su oscuro delineador de labios.  En cambio, Mai tenía una cara limpia y dulce. Además, su andar despistado, siempre topándose con las cosas, no podía simularse.

No resultó difícil convencer a Mai. Como siempre. Kim conocía a Mai desde la infancia. Junto con Vinh, ambas habían sido ubicadas en las mismas casas de acogida. A pesar de no compartir la sangre, Mai siempre obedecía a Kim, como una hermana menor.

Se suponía que se encontrarían afuera de la tienda a las tres. Ya habían pasado quince minutos y Kim se sentía nerviosa por el solo hecho de estar en el lugar. Lucía sospechosa. El sol de la tarde todavía estaba alto, lo que le daba un brillo enceguecedor al cartel de la tienda MEKONG GIFTS AND COLLECTIBLES, cuando se lo miraba de frente.

Este centro comercial se veía deprimente: un edificio barato de dos pisos, pintado de un color crema insípido y veteado de gris por la polución. Aquí se encontraban algunas de las típicas tiendas de Little Saigon: una peluquería, un consultorio de quiropráctico, una panadería y un mercadito. La desolada playa de estacionamiento tenía algunos árboles delgados recién plantados que parecían marchitarse ante el asfalto circundante.

Kim se recogió el cabello y lo apartó de su cuello sudoroso. Hacía demasiado calor. Bajo sus zapatillas, la vereda se sentía irregular debido a las manchas negras de goma de mascar que cubrían el concreto. El aroma a Coca Cola podrida que el aire traía del mercadito le hacía sentir náuseas. Mai no cambiaría de opinión.  Nunca dejaría plantada a Kim.

Por detrás de la esquina del centro comercial, se deslizó una pequeña figura de musculosa amarilla y jeans. Kim sonrió. Mai, tan fiel y buena. Con todo, los largos minutos de espera le habían hecho recordar a Kim que no siempre sería así. Mai estaba creciendo. Este año, se graduaría de la secundaria. Probablemente, iría al college. No sería su intención, pero se olvidaría de Kim.

Odio esto, dijo Mai, cambiándose la mochila de hombro frente a Kim. ¿Puedo decir cuánto odio esto?
Luego, dijo Kim. Sin más, empujó a su amiga hacia la tienda.

Mai la miró antes de acercarse a la puerta y entró. A través de la vidriera, Kim veía cómo se aproximaba a la caja registradora para hablar con la mujer vietnamita de mediana edad detrás del mostrador. Después de unos minutos, la mujer asintió con la cabeza y salió de atrás del mostrador para mostrarle a Mai las telas colgadas de la pared.

En cuanto Kim abrió la puerta de vidrio, las campanillas que colgaban de la bisagra repiquetearon y marcaron su ingreso. La propietaria ni siquiera se volteó para mirar. La puerta se cerró detrás de ella. Perfecto.

¿Qué talle de vestido usa tu madre?, le preguntó la mujer a Mai en vietnamita. Observaban la gama de fuertes verdes esmeralda y los tonos de amarillo canario que se usan para los vestidos tradicionales vietnamitas.
No sé, dijo Mai. No es mucho más alta que yo. Su voz parecía temblar, mostrando un poco de culpa. En silencio, Kim la instaba a calmarse.

En la tienda, no había ninguna cámara. Ningún detector en las puertas. Las pequeñas tiendas como estas nunca las tenían, lo que las convertía en blancos perfectos.

We Should Never Meet

IT WAS VULNERABLE. HIDDEN in the corner of an old strip mall several blocks from Magnolia, the edge of Little Saigon. Hardly any cops at this hour. The store’s owner must have been stupid to pick this location. Like Vinh said, you can’t have sympathy for everyone, especially stupid people.

Kim wasn’t planning on doing anything awful. She wasn’t like that. Sure, she had been asked by old classmates and some of Vinh’s friends to join in on jobs. Her height was an asset; so was the ambiguity of her racial makeup. Lots of people mistook her for Hispanic, sometimes even white. But Kim wasn’t interested. She’d seen what it did to Vinh. She wasn’t like that. There were better ways to make cash. She worked at the Tasty Burger near her old foster home and made enough not to have to take those kinds of risks.

But this was an emergency. She’d accidentally smashed Vinh’s beeper the night before and needed to replace it before he found out. Fifty-five dollars he had to go and spend on some flashy silver-tinted one, the most expensive on the market. Vain Vinh, Vain Vinh. The store’s pager display was behind the register, but close to the exit. Kim needed a twenty-second distraction.

Forget it, Mai had told her earlier that morning.
You don’t have to do anything. You only have to talk to her.
I’m not helping you steal. Can’t I just lend you the money?
For a beeper? No way. Kim hated beepers. The idea of being reached anytime, anywhere didn’t have the same appeal to her as it did to her ex-boyfriend.
If you hate them so much, why are you borrowing Vinh’s?
He made me.
He made you, Mai said, narrowing her eyes. Then why should you care if he knew you broke it?

Because Kim didn’t want to owe Vinh anything else. She was already staying at his apartment, a tiny two-bedroom in Santa Ana that he shared with three other friends—temporarily—until she could afford a place of her own. It was bad enough letting Vinh think there was a chance they would get back together. She didn’t need this too.

C’mon Mai, Kim said. You’re the only one who can help me.

It was true. Kim’s other foster sisters looked too dirty. Always getting followed in department stores for their grimy jeans and dark lip liner. Mai had a sweet, clean face. And the clueless way she shuffled around, always bumping into things. It could not be faked.

It didn’t take much more for Kim to convince Mai. It never did. Kim had known Mai since they were kids. They’d been placed in several foster homes together, along with Vinh. Though not blood-related, Mai always obeyed Kim, like a younger sister should.

They were supposed to meet outside the store at three. It was already a quarter after, and Kim felt antsy just standing around. Made her look suspicious. The afternoon sun was still high, giving the store’s sign, MEKONG GIFTS AND COLLECTIBLES, a blinding glare when looked at directly.

This was a particularly depressing strip mall. A cheaply built two-story building painted a bland cream and streaked gray from pollution. It housed some of the typical Little Saigon businesses: hair salon, chiropractor’s office, bakery, and minimart. The bare parking lot was sparsely populated with thin, newly transplanted trees, wilting in their blacktop surroundings.

Kim lifted her long hair away from her sweaty neck. It was too hot. The sidewalk felt bumpy under her sneakers from the black gum stains covering the concrete. The smell of rotten Coke wafting from the nearby minimart was making her nauseous. Mai wouldn’t change her mind. She would never stand Kim up.

A small figure in a yellow tank top and jeans slunk from around the corner of the shopping center. Kim smiled. Mai, so loyal and good. Still those long minutes waiting for her reminded Kim that it wouldn’t always be this way. Mai was growing up. She would graduate from high school this year. Probably go on to college. She wouldn’t mean to, but she’d leave Kim behind.

I hate this, Mai said once she stood in front of Kim. She shifted her backpack to her other shoulder. Can I say how much I hate this?
Later, Kim said, pushing her friend toward the store.

Mai glared at her before walking to the door and stepping in. Kim watched through the glass window as Mai made her way to the register to talk with the middle-aged Vietnamese woman behind the counter. After a few minutes, the woman nodded and stepped out from behind the counter to show Mai the fabrics hanging from the far wall.

Kim pushed open the glass door, dangling chimes from the hinge signaling her arrival. The storekeeper didn’t even turn to look. Kim let the door slip shut behind her. Perfect.

What size dress does your mother wear? the woman asked Mai in Vietnamese. They studied the rich emerald greens and brilliant canary yellows used for traditional Vietnamese gowns.
I don’t know, Mai said. She’s not much bigger than me. Her voice was shaky, tipping with guilt. Kim silently willed her to calm down.

There weren’t any cameras in the store. No detectors along the doors. Small gift shops like these never had them, making them such convenient targets.

We Should Never Meet

IT WAS VULNERABLE. HIDDEN in the corner of an old strip mall several blocks from Magnolia, the edge of Little Saigon. Hardly any cops at this hour. The store’s owner must have been stupid to pick this location. Like Vinh said, you can’t have sympathy for everyone, especially stupid people.

Kim wasn’t planning on doing anything awful. She wasn’t like that. Sure, she had been asked by old classmates and some of Vinh’s friends to join in on jobs. Her height was an asset; so was the ambiguity of her racial makeup. Lots of people mistook her for Hispanic, sometimes even white. But Kim wasn’t interested. She’d seen what it did to Vinh. She wasn’t like that. There were better ways to make cash. She worked at the Tasty Burger near her old foster home and made enough not to have to take those kinds of risks.

But this was an emergency. She’d accidentally smashed Vinh’s beeper the night before and needed to replace it before he found out. Fifty-five dollars he had to go and spend on some flashy silver-tinted one, the most expensive on the market. Vain Vinh, Vain Vinh. The store’s pager display was behind the register, but close to the exit. Kim needed a twenty-second distraction.

Forget it, Mai had told her earlier that morning.
You don’t have to do anything. You only have to talk to her.
I’m not helping you steal. Can’t I just lend you the money?
For a beeper? No way. Kim hated beepers. The idea of being reached anytime, anywhere didn’t have the same appeal to her as it did to her ex-boyfriend.
If you hate them so much, why are you borrowing Vinh’s?
He made me.
He made you, Mai said, narrowing her eyes. Then why should you care if he knew you broke it?

Because Kim didn’t want to owe Vinh anything else. She was already staying at his apartment, a tiny two-bedroom in Santa Ana that he shared with three other friends—temporarily—until she could afford a place of her own. It was bad enough letting Vinh think there was a chance they would get back together. She didn’t need this too.

C’mon Mai, Kim said. You’re the only one who can help me.

It was true. Kim’s other foster sisters looked too dirty. Always getting followed in department stores for their grimy jeans and dark lip liner. Mai had a sweet, clean face. And the clueless way she shuffled around, always bumping into things. It could not be faked.

It didn’t take much more for Kim to convince Mai. It never did. Kim had known Mai since they were kids. They’d been placed in several foster homes together, along with Vinh. Though not blood-related, Mai always obeyed Kim, like a younger sister should.

They were supposed to meet outside the store at three. It was already a quarter after, and Kim felt antsy just standing around. Made her look suspicious. The afternoon sun was still high, giving the store’s sign, MEKONG GIFTS AND COLLECTIBLES, a blinding glare when looked at directly.

This was a particularly depressing strip mall. A cheaply built two-story building painted a bland cream and streaked gray from pollution. It housed some of the typical Little Saigon businesses: hair salon, chiropractor’s office, bakery, and minimart. The bare parking lot was sparsely populated with thin, newly transplanted trees, wilting in their blacktop surroundings.

Kim lifted her long hair away from her sweaty neck. It was too hot. The sidewalk felt bumpy under her sneakers from the black gum stains covering the concrete. The smell of rotten Coke wafting from the nearby minimart was making her nauseous. Mai wouldn’t change her mind. She would never stand Kim up.

A small figure in a yellow tank top and jeans slunk from around the corner of the shopping center. Kim smiled. Mai, so loyal and good. Still those long minutes waiting for her reminded Kim that it wouldn’t always be this way. Mai was growing up. She would graduate from high school this year. Probably go on to college. She wouldn’t mean to, but she’d leave Kim behind.

I hate this, Mai said once she stood in front of Kim. She shifted her backpack to her other shoulder. Can I say how much I hate this?
Later, Kim said, pushing her friend toward the store.

Mai glared at her before walking to the door and stepping in. Kim watched through the glass window as Mai made her way to the register to talk with the middle-aged Vietnamese woman behind the counter. After a few minutes, the woman nodded and stepped out from behind the counter to show Mai the fabrics hanging from the far wall.

Kim pushed open the glass door, dangling chimes from the hinge signaling her arrival. The storekeeper didn’t even turn to look. Kim let the door slip shut behind her. Perfect.

What size dress does your mother wear? the woman asked Mai in Vietnamese. They studied the rich emerald greens and brilliant canary yellows used for traditional Vietnamese gowns.
I don’t know, Mai said. She’s not much bigger than me. Her voice was shaky, tipping with guilt. Kim silently willed her to calm down.

There weren’t any cameras in the store. No detectors along the doors. Small gift shops like these never had them, making them such convenient targets.

Nunca deberíamos reencontrarnos

ESTABA VULNERABLE. ESCONDIDA en la esquina de un viejo centro comercial a varias cuadras de Magnolia, en las afueras de Little Saigon. A esa hora casi no había policías. Bastante tonto debía haber sido el propietario de la tienda para elegir semejante ubicación. Como decía Vinh, no se puede empatizar con todo el mundo, en especial con la gente tonta.

Kim no planeaba hacer nada malo. Ella no era así. Por supuesto, sus viejos compañeros y algunos de los amigos de Vinh le habían propuesto participar en trabajos similares. Su altura era una ventaja, así como la ambigüedad de sus características raciales. Muchas personas la tomaban por hispana y a veces hasta por blanca. Aun así, Kim no estaba interesada. Había visto lo que le había pasado a Vinh. Ella no era así. Había mejores maneras de hacer dinero. Trabajaba en Tasty Burger, cerca de la vieja casa de acogida y ganaba lo suficiente como para no tomar ese tipo de riesgo.

Pero esta era una emergencia. Por accidente, había roto el bíper de Vinh la noche anterior y necesitaba reemplazarlo antes de que él lo notara. Había gastado cincuenta y cinco dólares en uno plateado y brillante, el más caro en el mercado. Vanidoso Vinh, Vanidoso Vinh. El muestrario de bíperes de la tienda se encontraba detrás de la caja registradora, pero cerca de la salida. Kim necesitaba veinte segundos de distracción.   

Olvídalo, le había dicho Mai más temprano esa mañana.
No tienes que hacer nada. Solo tienes que hablar con ella.
No te ayudaré a robar. ¿Puedo simplemente prestarte el dinero y listo?
¿Para un bíper? De ninguna manera. Kim odiaba los bíperes. La idea de ser contactada en cualquier momento y en cualquier lugar no le agradaba tanto como a su exnovio.
Si los odias tanto, ¿para qué le pediste a Vihn que te lo prestara?
Me obligó.
Te obligó, dijo Mai, entrecerrando los ojos. ¿Entonces por qué te preocupa que él sepa que lo rompiste?

Porque Kim no quería deberle nada más a Vinh. Ya paraba en su departamento, uno pequeño de dos habitaciones en Santa Ana, que él compartía con sus tres amigos –temporalmente– hasta que ella pudiera pagarse un lugar. Bastante tenía con que Vinh pensara que existía alguna posibilidad de volver a estar juntos. No necesitaba una cosa más.

Vamos, Mai, dijo Kim. Eres la única que puede ayudarme.

En efecto, las otras hermanas de acogida de Kim se veían demasiado sucias. En los centros comerciales, siempre las miraban por sus jeans mugrientos y su oscuro delineador de labios.  En cambio, Mai tenía una cara limpia y dulce. Además, su andar despistado, siempre topándose con las cosas, no podía simularse.

No resultó difícil convencer a Mai. Como siempre. Kim conocía a Mai desde la infancia. Junto con Vinh, ambas habían sido ubicadas en las mismas casas de acogida. A pesar de no compartir la sangre, Mai siempre obedecía a Kim, como una hermana menor.

Se suponía que se encontrarían afuera de la tienda a las tres. Ya habían pasado quince minutos y Kim se sentía nerviosa por el solo hecho de estar en el lugar. Lucía sospechosa. El sol de la tarde todavía estaba alto, lo que le daba un brillo enceguecedor al cartel de la tienda MEKONG GIFTS AND COLLECTIBLES, cuando se lo miraba de frente.

Este centro comercial se veía deprimente: un edificio barato de dos pisos, pintado de un color crema insípido y veteado de gris por la polución. Aquí se encontraban algunas de las típicas tiendas de Little Saigon: una peluquería, un consultorio de quiropráctico, una panadería y un mercadito. La desolada playa de estacionamiento tenía algunos árboles delgados recién plantados que parecían marchitarse ante el asfalto circundante.

Kim se recogió el cabello y lo apartó de su cuello sudoroso. Hacía demasiado calor. Bajo sus zapatillas, la vereda se sentía irregular debido a las manchas negras de goma de mascar que cubrían el concreto. El aroma a Coca Cola podrida que el aire traía del mercadito le hacía sentir náuseas. Mai no cambiaría de opinión.  Nunca dejaría plantada a Kim.

Por detrás de la esquina del centro comercial, se deslizó una pequeña figura de musculosa amarilla y jeans. Kim sonrió. Mai, tan fiel y buena. Con todo, los largos minutos de espera le habían hecho recordar a Kim que no siempre sería así. Mai estaba creciendo. Este año, se graduaría de la secundaria. Probablemente, iría al college. No sería su intención, pero se olvidaría de Kim.

Odio esto, dijo Mai, cambiándose la mochila de hombro frente a Kim. ¿Puedo decir cuánto odio esto?
Luego, dijo Kim. Sin más, empujó a su amiga hacia la tienda.

Mai la miró antes de acercarse a la puerta y entró. A través de la vidriera, Kim veía cómo se aproximaba a la caja registradora para hablar con la mujer vietnamita de mediana edad detrás del mostrador. Después de unos minutos, la mujer asintió con la cabeza y salió de atrás del mostrador para mostrarle a Mai las telas colgadas de la pared.

En cuanto Kim abrió la puerta de vidrio, las campanillas que colgaban de la bisagra repiquetearon y marcaron su ingreso. La propietaria ni siquiera se volteó para mirar. La puerta se cerró detrás de ella. Perfecto.

¿Qué talle de vestido usa tu madre?, le preguntó la mujer a Mai en vietnamita. Observaban la gama de fuertes verdes esmeralda y los tonos de amarillo canario que se usan para los vestidos tradicionales vietnamitas.
No sé, dijo Mai. No es mucho más alta que yo. Su voz parecía temblar, mostrando un poco de culpa. En silencio, Kim la instaba a calmarse.

En la tienda, no había ninguna cámara. Ningún detector en las puertas. Las pequeñas tiendas como estas nunca las tenían, lo que las convertía en blancos perfectos.

Este fragmento muestra un estilo muy propio de la autora vietnamita-estadounidense Aimee Phan, quien se caracteriza por crear personajes que, aunque ficticios, están anclados en un contexto histórico real. A través de descripciones detalladas y de diálogos que se diluyen y amalgaman con ellas por la ausencia de marcas gráficas, los personajes cobran vida y se convierten en personas cercanas al lector. Por momentos, el lector puede no saber si ese personaje habla, piensa, siente o recuerda. Esta característica propia del estilo de Aimee Phan interpela al traductor, quien toma el compromiso de transferir esa ambigüedad para que la obra en su versión al español refleje su estilo y, al mismo tiempo, su mensaje fluya con el sentir de la lengua española.

Como ingeniera, Paula Chaves llegó a la traducción y al mundo editorial a través de códigos de construcción y normas de materiales. Atraída por las lenguas, se graduó como Traductora Pública de Inglés-Español en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), Mendoza, Argentina. Por su parte, Verónica Mastrodonato, quien se desempeña como profesora del traductorado en la actualidad, también egresó de la UNCuyo. Allí, ambas colaboraron en un proyecto del Programa de Traducción Literaria Victoria Ocampo (PVO), del Instituto de Investigación en Lenguas y Culturas Extranjeras (ILyCE), de la FFyL, en el cual conocieron la obra We Should Never Meet de Aimee Phan. Desde entonces, ambas comparten la pasión por la literatura y participan en la traducción de novelas románticas y literatura infanto-juvenil.