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Los años mozos

por Maria Karpińska, traducción de Teresa Benítez Rodríguez

Traducción del polaco por Teresa Benítez Rodríguez
Texto original de Maria Karpińska
Edición por Katarzyna Mołoniewicz
Imagen: Fotografía de Jozef Fehér

De niño me gustaba el ritmo acompasado del tren. Ejercía sobre mí un efecto adormecedor. Podía dormirme quince minutos después de que toda la familia nos hubiéramos subido al vagón, cargando una cantidad exagerada de equipaje y comida. Me recostaba sobre una pila de maletas o sobre el muslo blandito de mi madre, y me quedaba dormido arrullado por el traqueteo de las ruedas.

            Era pleno verano. Tras la ventana, los árboles estaban verdes, de un verdor tan suculento que si les hundiera los dientes comenzaría a chorrearme líquido por la barbilla. El calor aún no había tenido tiempo de esquilmar la postal veraniega. Aquí y allá, una cabañita, escenas bucólicas, de tranquilidad. Y todo ello desdibujado, confuso, sucio, como el vidrio de la ventana, pringado de la grasa de cientos de manos humanas, que el personal ferroviario no había limpiado.

            Y ante este panorama, ella, casi nadie, la muchachita. Así la llamaban todos; aún puedo oír a mi madre pronunciando la siguiente frase: «Va a estar allí una muchachita, os caeréis bien». En aquella ocasión, también viajábamos en tren, a visitar a un tío o un cuñado, no lo recuerdo. A las personas que me recibieron no las había visto antes ni las volví a ver después. ¡A quién se le ocurrirían aquellas vacaciones! No lo sé, aunque también es cierto que la infancia está llena de acontecimientos que no es necesario explicar a un niño, pues no tienen razón ni propósito, no les antecede ningún preámbulo. Un mundo feliz de ignorancia privado de capacidad de decisión.

Me gustó la palabra «muchachita», contenía la sonoridad y la alegría de una «chispitita», la despreocupación, la ligereza de un trampolín o de un columpio. En cambio, no me gustó la perspectiva de pasar las vacaciones con una muchacha. Yo estaba en esa edad en la que se puede fingir durante horas que un palo es una escopeta o una espada, pero no se puede fingir que una muchacha es una persona como cualquier otra.

Dicen que las personas se juzgan entre sí por la impresión de los primeros quince segundos. Si eso es cierto, aquellas vacaciones serían un horror, porque Angelita —sí, se llamaba Angelita— causó en mí una primera impresión horrorosa. Llevaba dos trenzas de cola de ratón, un vestido atado con lazos en los hombros, y sus extremidades eran largas y flacas. Su cuerpo era tan delgado que las rodillas y los codos parecían tubérculos artificiales en sus miembros. No era, sin embargo, un estado enfermizo, sino más bien transitorio, después del cual el físico de Angelita debería coger forma y también, como efecto secundario, masa. Ojos grandes, nariz un poco respingona y todo el rostro exageradamente maduro y serio, y eso que acababa de cumplir ocho años.

—Vamos a jugar con la pelotita —dijo. Me irritaba ese empleo del diminutivo, entonces todavía no sabía que Angelita ponía todos los sustantivos en diminutivo, y los adultos, al dirigirse a ella, comenzaban a usar ese mismo idioma extraño, como si Angelita perteneciera a otra especie, la de los ositos de peluche y los globos rosa con la que se puede emplear solo esa empalagosa neolengua.

Pronto me di cuenta de que, a pesar de las frases redondas y amables pronunciadas por Angelita en sus conversaciones con los adultos, era una persona cruel que, además, se regodeaba de lleno en su crueldad. Resultó que el juego de la pelotita no era otro que el balón prisionero de toda la vida, en el que yo, un chico tres años mayor que ella, era el matado, pero lo que viene siendo matado a mala leche, como suele decirse. Recuerdo que fue a la sexta vez que aquella rígida pelota me daba en la cara con una fuerza que nunca hubiera sospechado de una niña tan endeble como Angelita, cuando dejé de mirarla con la mezcla de desdén e indulgencia con que la había tratado al saludarla, y empecé a sentir por ella una admiración que, a lo largo de aquellos dos extraños y tórridos meses, fue en aumento hasta alcanzar su apogeo cuando llegó el momento de nuestra partida.

Todos los días a Angelita se le ocurrían juegos nuevos, y todos y cada uno de ellos consistían en mutilar criaturas inocentes halladas en nuestro camino o, en su defecto, en mutilarme a mí. Aquella niña ingenua y pura en su ingenuidad, que podría parecer mi nueva amiga, con felicidad y regocijo salvajes observaba atenta el sufrimiento de unos gatitos aterrados, que me había hecho colocar en el nido de cigüeña más alto del lugar. Mirando a los ojos fuera de órbita de las ranas colgadas de una rama por la pata trasera, soltaba una risotada de satisfacción que me daba escalofríos. «Haz un carrusel de ranas», ordenaba, y yo, tragándome las lágrimas, la escuchaba obediente y, en silencio, hacía con una cuerda lacitos en las delgadas ancas de las ranas, que recordaban asombrosamente a las de Angelita. Ejecutaba todas sus órdenes, y de esa forma, contribuía al sufrimiento inaudito de muchas criaturas inocentes y, de paso, ponía en peligro mi salud, cuando no mi propia vida. En mi descargo he de decir que, a veces, cuando Angelita se iba a merendar o a ayudar a sus padres, me dirigía en secreto al lugar del crimen y liberaba a los animales, por lo general, ya agonizantes. Intentaba convencerme de que eso era lo único que podía hacer por ellos.

Estaba en esa edad en la que la visión del castigo por los pecados despierta un miedo real, que te devora desde lo más hondo. En mi pueblo natal hacía de monaguillo en una parroquia cercana y me tomaba la cuestión de la ira de Dios muy en serio. Todas las noches, en lugar de rezar, me sumía en el llanto, tumbado boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Pensar en la inevitable confesión al final del verano era una verdadera agonía. Añadía sin cesar nuevas líneas a mi examen de conciencia. Guardaba la lista entre el colchón y el marco de madera. No había día en que no la cogiera dos o tres veces para apuntar, garabateando con un lápiz mordido, el siguiente punto. Anotar los pecados me producía un alivio transitorio, como si el mero hecho de la existencia de la lista despertara en mí la esperanza del perdón. Sin embargo, después de un tiempo, la longitud de la lista empezó a asustarme. Cada vez que me veía obligado a apuntar algo en ella, aparecía ante mis ojos el confesionario, y frente a él, yo, murmurando entre dientes la letanía interminable de mis pecados. Hasta que, por fin, una de las noches de insomnio, en un arrebato de impotencia, me comí la lista, después de cortar el papel en trocitos pequeños. Tal vez guardaba la esperanza de que la indigestión producida por el papel que llenaba mi estómago pudiera ser tratada como una forma de penitencia y contribuir al perdón de, al menos, algunos de mis pecados. No obstante, en el fondo de mi alma sabía, y sigo estando seguro de ello, que no existe ningún Dios que perdone todo lo que hice aquel verano.

Además de infligir dolor, o quizá como complemento de ello, a Angelita le encantaba establecer récords. Cuando ahora pienso en aquellas vacaciones, me parece que fueron una gran carrera desde la verja de entrada hasta la puerta de la casa, desde la tienda hasta el lago, desde el embarcadero hasta la toalla colgada de una rama. Angelita me cronometraba, alargando sin piedad los valiosos segundos y midiendo la extensión de los saltos de longitud con el rigor de los árbitros internacionales más precisos. Las controversias siempre las resolvía en mi contra. Yo rara vez conseguía satisfacerla y batir el «récord» que la propia Angelita establecía, o más bien inventaba, aunque entonces yo no lo habría llamado así. «Batirás el récord si haces el pino y te quedas en esa posición durante quince minutos», decía, por ejemplo, y si yo, por algún milagro, lo conseguía, ella de inmediato perdía interés en mi hazaña y me planteaba un nuevo reto.

            El apodo de «muchachita» no le disgustaba, pero únicamente cuando se usaba según sus propias y rígidas reglas. Estaba dispuesta a abandonar esa identidad en el momento en que empezara a desvirtuarse según la lógica de la realidad adulta, donde la muchachita, sus ojos azules y sus trenzas de cola de ratón empezarían a asociarse con la debilidad. No había en ella debilidad. Ella solo cultivaba esa clase de muchachita, y exigía al mundo que la cultivara también.

            Recuerdo la satisfacción con la que volvíamos a casa al caer la noche, tras un día de lucha en todos los frentes, tanto metafísicos como muy reales. Volvía empapado en sudor, o incluso en sangre, magullado y, en alguna ocasión, con un ojo morado, cuando, jugando al balón prisionero o al «del medio», la pelota que Angelita lanzaba con todas sus fuerzas me daba de lleno en el ojo. Ella caminaba con paso ligero, dando algún saltito de vez en cuando, y, si por el camino encontraba una piedrecita que se prestara a ello, le daba una patada. Su vestido siempre estaba limpio, al igual que sus manos, su cara y su cuello. Esa era una de las razones por las que no me atrevía a tocarla; de todos modos, nunca se me pasó por la cabeza. Pero me gustaba verla caminar despreocupadamente, mientras el sol empezaba a ponerse a su alrededor, cantaban los grillos y se elevaban nubes de mosquitos.

            Más de una vez, durante aquellos paseos de vuelta a casa, vi en sus ojos de adulta algo parecido al orgullo. Eran, de hecho, las miradas más cálidas que jamás había recibido de ella. Entonces, Angelita soltaba con indiferencia alguna frase como:

            —¡Vaya pedrada! Tenías que haberte apartado, pringado. —Pero su tono expresaba algo muy distinto, y yo creía saber muy bien qué era lo que en realidad quería decir. Aquellas pocas palabras bastaban para que, mientras me frotaba las rodillas magulladas y los codos amoratados, no me quedara la menor duda: también aquella vez había merecido la pena.

            En cuanto entrábamos en la casa, Angelita se transformaba en una niña encantadora con un vestidito (palabra de su madre) de florecitas blancas, que respondía a cada orden de sus padres con una vocecita dulce: «Sí, mami», «Claro, papi». Yo, sin embargo, cada día me veía obligado a inventar una historia distinta que explicara cómo demonios había vuelto a torcerme el tobillo o a arañarme la cara. Angelita siempre pedía repetir muy  educadamente, y nunca olvidaba dar las gracias cuando le servían más. A veces contaba a sus padres historias totalmente inventadas sobre lo que había hecho aquel día, y de ellas siempre se desprendía que era más santa que la mismísima Virgen María y más misericordiosa que el más bondadoso de los samaritanos. Mientras hablaba, de vez en cuando me lanzaba una mirada, como para comprobar si yo admiraba su arte. Y yo, por supuesto, lo admiraba.

            No sé qué me fascinaba más de ella: su extraña, alocada y alegre crueldad, la radicalidad con que me despreciaba, o la doble vida que llevaba, con la gracia y la astucia de una agente de las fuerzas especiales. Y todo ello con tan solo ocho años, una docena de pecas y dos trencillas raquíticas. De lo que sí estoy seguro es de que la amaba con locura, con tanta intensidad y de un modo tan absoluto como solo un ser humano puede amar a otro. Podría repetirse lo que cualquiera de nosotros le diría, con tono condescendiente, a un niño de once años enamorado: que no sabe nada de la vida, que lo mejor aún está por llegar y que las nimiedades que experimenta en la infancia no son más que un anticipo de las maravillas que le esperan en la edad adulta. Pero qué tontería. Yo viví el amor de mi vida aquel verano, cuando dejaba que las manitas de una niña me tiraran de las orejas, cuando aguantaba la respiración bajo el agua tanto tiempo que se me nublaba la vista, cuando era bombardeado con huevos que, apenas un momento antes y a instancias de aquella niñita, había robado del gallinero del vecino.

            Y había otro juego más aquel verano que pasé con Angelita. Lo elegíamos cuando hacía demasiado calor para echar carreras o cuando, simplemente, nos habíamos cansado ya de todas las formas de violencia que se nos podían ocurrir. Nos tumbábamos en el prado, aunque más a menudo en el rastrojo; mejor dicho, yo me tumbaba sin camiseta sobre el rastrojo, como un faquir que pone a prueba su resistencia a las afiladas puntas de las espigas que se me clavaban en la piel, y Angelita se recostaba sobre una manta gruesa justo a mi lado, o a la sombra de un árbol cercano. Y así, en un escenario tan de cuento de hadas que resultaba irreal, nos entreteníamos imaginando el fin del mundo.

            A veces era un apocalipsis común y corriente: todo lleno de fuego y lava ardiente, con los gritos de los condenados, perseguidos de un rincón a otro por un tridente.

            —Se nos han olvidado los volcanes —decía entonces Angelita. Así que añadíamos a nuestra visión el ingrediente que faltaba, como quien añade una sillita de madera a una casa de muñecas, y volvíamos a empezar desde el principio.

            A veces era yo quien comenzaba. Me gustaba empezar de forma inocente. Por ejemplo, con un desierto. Y no uno aterrador, abrasado por el sol, sino uno bastante amable, con alguna que otra palmera, abrevaderos bajo las palmeras y camellos junto a los abrevaderos. En un desierto así pasas mucho calor, pero te sientes orgulloso de estar allí. Sientes que son precisamente esos los desiertos que atraviesan los verdaderos viajeros. Llevas cantimploras de agua y tu camello está descansado, y es capaz de caminar durante horas. Puedes seguir adelante. Estás preparado. Así que te pones en marcha y, al principio, disfrutas de la expedición. Miras a tu alrededor, sacas los prismáticos y, de cuando en cuando, el mapa, para asegurarte de que avanzas en la dirección correcta. Al principio no te preocupan las fatigas del viaje, pero, al cabo de unas horas, empiezas a preguntarte si la expedición tiene algún sentido y vuelves la vista atrás. Cuando comprendes que las palmeras que has dejado atrás no son ya más que unos puntitos en el horizonte y que no tiene sentido dar media vuelta, el calor te envuelve como agua hirviendo. No creías que el aire pudiera calentarse tanto, y a cada segundo la situación empeora. Te quitas la ropa, aunque sabes que te protege del sol. Ya te da igual todo. Te bebes el agua que te queda, no puedes evitarlo. Tu camello se detiene y sacude la cabeza de un lado a otro, agotado. A tu alrededor solo ves arena. No imaginabas que pudiera haber tanta. Te bajas y decides continuar a pie, seguir adelante a pesar de todo, pero en cuanto posas el pie en la arena, te hundes en ella, como si debajo no hubiera nada en lo que pudieras apoyarte. Los granitos blancos resultan estar tan calientes como el aire y empiezan a quemarte. Y cuando esa masa ardiente te alcanza la cara, lo último que ves es el mundo: los puntitos de las palmeras en el horizonte, tu camello y, más allá, tu casa, tu ciudad. Y todo se hunde en la arena abrasadora que se va derramando en el interior de un enorme reloj de arena candente.

        —Se te ha olvidado el huracán —decía entonces Angelita.

            Cuando le tocaba hablar a ella, empezaba en pleno corazón del apocalipsis, sin necesidad de preámbulos. En sus visiones, todos los objetos que conocíamos se arremolinaban en el aire en un caos incesante. Libros, mochilas, teléfonos, zapatos, relojes y tenedores: todo daba vueltas a una velocidad vertiginosa y te golpeaba la cara. Si querías decir algo y abrías la boca imprudentemente, se te colaban dentro pequeños objetos, como chinchetas y clips, que te hacían heridas. Así que te quedabas callado, apretabas los labios y los párpados, pegabas los brazos y las piernas al cuerpo, porque sabías que, si extendías una mano, una fuerza a la que no querías enfrentarte te la despedazaría. Te tumbabas en el suelo y te hacías un ovillo. Concentrabas toda tu voluntad en seguir siendo un cuerpo íntegro, sin roturas, en mantenerte pegado al suelo, para que tu peso se opusiera a la fuerza impetuosa que tiraba de ti hacia arriba. No podías verlo, pero intuías que el mundo estaba ahora plagado de cuerpos como el tuyo, encogidos y apretados contra el suelo. Al cabo de un rato, el remolino empezaba a arrastrar también a esos ovillos humanos. Primero se llevaba a los más ligeros: los niños y las personas delgadas. Las personas con sobrepeso seguían pegadas al suelo. Pero, al cabo de un rato, el remolino se las llevaba también, y ahora todos giraban en el caos aéreo. Los objetos —libros, mochilas, teléfonos, zapatos, relojes y tenedores— empezaban a chocar entre sí y contra las personas que giraban. Estas, a su vez, se estrellaban y rebotaban unas contra otras. El estruendo se volvía insoportable, el ruido de los impactos ahogaba los gritos. Si alguna vez ocurriera algo así, sabrías que había llegado el fin del mundo.

            —Se te ha olvidado la música —le decía yo, y luego nos íbamos a merendar.

            El tema de la música volvió a surgir en otras ocasiones. Al cabo de un tiempo, comprendimos que el fin del mundo se produciría en silencio. Los objetos —esto es, los libros, las mochilas, los teléfonos, los zapatos, los relojes y los tenedores, pero también los pianos, las ollas, los trineos y los salvavidas hinchables—, todas esas cosas acabarían por sepultar a las personas. No emitirían sonido alguno, no se oiría el chasquido del cristal al romperse, ni el roce de las telas. No haría calor; la temperatura sería más bien agradable, ni demasiado baja ni demasiado alta. La gente no sabría qué decir, así que se quedaría en silencio, limitándose a mirar a su alrededor con ojos atónitos. Luego se desnudarían, doblarían la ropa, se tumbarían en el suelo, unos junto a otros, y empezarían a colocarse encima todos esos objetos, manteniendo el orden necesario para una operación tan grande, en la que participaría la humanidad entera. Llevaría mucho tiempo, pero no tendrías prisa. El apocalipsis no duraría ni un día ni una noche, sino largos meses, quizá años. Si fueses lo bastante inteligente, buscarías una postura cómoda: te pondrías las manos bajo la cabeza y cruzarías una pierna sobre la otra. Al principio, quizá durante las primeras semanas o, si tuvieras suerte, incluso más tiempo, el peso de los objetos te parecería perfectamente soportable. «Podría haber sido peor —pensarías de vez en cuando—, podría haber sido peor». Tumbado bajo los objetos, no te plantearías qué habría salido mal. Habría demasiado silencio como para que pudieras planteártelo.

Lata naste

Jako dziecko lubiłem miarowy rytm pociągu. Działał na mnie usypiająco; potrafiłem zasnąć już po piętnastu minutach, odkąd całą rodziną wsiedliśmy do wagonu, tachając ze sobą przesadną ilość bagażu i jedzenia. Układałem się na stertach walizek albo na pulchnym udzie matki i zasypiałem kołysany przez tętent kół.

Była pełnia lata. Drzewa za oknem zielone zielenią tak soczystą, że gdyby zatopić w niej zęby, zaczęłaby ściekać po podbródku. Upały nie zdążyły jeszcze wyjałowić letniej widokówki. Gdzieniegdzie jakieś chatynki, wrażenie sielskości, spokoju. A wszystko to rozmazane, niewyraźne, przybrudzone, jak szyba oblepiona tłuszczem setek ludzkich rąk i niedoczyszczona przez obsługę PKP.

Na tym tle nie kto inny, a dziewczyneczka. W ten sposób wyrażali się o niej wszyscy; jeszcze słyszę moją matkę wymawiającą to zdanie: „będzie tam jedna dziewczyneczka, polubicie się”. Wtedy również jechaliśmy pociągiem, do rodziny wujostwa czy szwagrostwa, nie pamiętam. Nikogo z osób, które mnie wtedy ugościły, nie widziałem więcej, ani przedtem, ani potem. Co to był za pomysł z tymi wakacjami – nie wiem, zresztą dzieciństwo wypełnione jest zdarzeniami, których nie trzeba dziecku tłumaczyć, nie mają żadnego powodu ani celu, nie poprzedza ich żaden wstęp. Błogi świat niewiedzy pozbawiony decyzyjności.

Spodobało mi się słowo „dziewczyneczka”, miało w sobie dźwięczność i wesołość „dzwoneczka”, niefrasobliwość, lekkość trampoliny czy huśtawki. Nie spodobał mi się za to pomysł spędzenia wakacji z dziewczyną. Byłem w tym wieku, w którym można godzinami udawać, że patyk to karabin lub miecz, ale nie można udawać, że dziewczyna to człowiek jak każdy inny.

Podobno ludzi ocenia się na podstawie wrażenia z pierwszych piętnastu sekund. Jeśli to prawda, tamte wakacje powinny być koszmarem, gdyż Anielka, bo nazywała się Anielka, zrobiła na mnie koszmarne pierwsze wrażenie. Miała dwa mysie warkoczyki, sukienkę wiązaną na kokardki u ramion oraz długie i cienkie kończyny. Ciało tak chude, że kolana i łokcie wydawały się nienaturalnymi bulwami na jej członkach. Nie był to jednak stan chorobliwy, a raczej przejściowy, po którym postura Anielki powinna nabrać kształtu i w efekcie ubocznym również masy. Oczy wielkie, nos trochę zadarty, a cała twarz przesadnie dorosła i poważna, choć przecież skończyła dopiero osiem lat.

– Pobawimy się piłeczką – oznajmiła. Zirytowało mnie to zdrabnianie, nie wiedziałem jeszcze wtedy, że Anielka zdrabnia każdy rzeczownik, a i dorośli, mówiąc do niej, zaczynają stosować ten sam dziwny język, jakby Anielka należała do innego gatunku, gatunku słodkich misiów i różowych baloników, w którym można stosować tylko tę przymilną nowomowę.

Szybko przekonałem się, że na przekór okrągłym i uprzejmym zdaniom wypowiadanym przez Anielkę w dialogach z dorosłymi, była to osoba okrutna, a wręcz pławiąca się w swoim okrucieństwie. Zabawa piłeczką okazała się niczym innym niż zwykłym zbijakiem, w którym ja, chłopiec starszy od niej o trzy lata, byłem tym zbijanym i to zbijanym, jak to się mówi, na kwaśne jabłko. Pamiętam, że właśnie wtedy, gdy po raz szósty w moją twarz uderzyła twarda piłka z siłą, o jaką nigdy nie podejrzewałbym dziecka tak cherlawego jak Anielka, przestałem patrzeć na nią z mieszaniną pogardy i pobłażliwości, jaką uraczyłem ją na powitanie, i zacząłem przyglądać się jej z podziwem, który w trakcie tych dwóch dziwnych upalnych miesięcy wzrastał, by w chwili wyjazdu osiągnąć apogeum.

Anielka wymyślała dla nas codziennie coraz to nowe zabawy, a każda z nich polegała na okaleczaniu niewinnych stworzeń napotkanych na naszej drodze, lub w razie ich braku, na okaleczaniu mnie. Naiwne i czyste w swej naiwności dziecko, jakim mogła wydawać się moja nowa koleżanka, z dziką radością i satysfakcją przyglądało się cierpieniu przerażonych maleńkich kotków, które kazała mi umieścić na najwyższym w okolicy bocianim gnieździe. Patrząc na oczy wychodzące z orbit żabom powieszonym na gałęzi za tylną nogę, wydawała z siebie rechot zadowolenia, który przyprawiał mnie o dreszcze. „Zrób karuzelę z żabek”, zażądała, a ja, łykając łzy, posłusznie słuchałem i w milczeniu wiązałem sznurkiem pętelki na cienkich żabich odnóżach, do złudzenia przypominających te anielkowe. Wykonywałem wszystkie jej polecenia, przyczyniając się do niewiarygodnych cierpień wielu Bogu ducha winnych stworzeń, i samemu przy okazji ryzykując zdrowie, jeśli nie życie. Na swoje usprawiedliwienie mogę tylko powiedzieć, że nieraz, gdy Anielka poszła na podwieczorek lub pomagała rodzicom, ukradkiem udawałem się na miejsce zbrodni i uwalniałem konające już zazwyczaj zwierzęta. Wmawiałem sobie, że tylko tyle mogłem dla nich zrobić.

Byłem w tym wieku, w którym wizja kary za grzechy budzi prawdziwy, zżerający od środka lęk. W mojej rodzinnej miejscowości pełniłem funkcję ministranta w pobliskiej parafii i kwestię boskiego gniewu traktowałem bardzo poważnie. Co wieczór zamiast zmawiać paciorek, zalewałem się łzami, leżąc na brzuchu, twarzą do poduszki. Przeżywałem katusze na myśl o nieuchronnej spowiedzi pod koniec lata. Do rachunku sumienia wciąż dopisywałem nowe pozycje. Listę trzymałem w szparze między materacem a drewnianą ramą łóżka. Nie było dnia, żebym nie sięgał po nią dwa lub trzy razy, by obgryzionym ołówkiem doskrobać następny punkt. Zapisywanie grzechów przynosiło mi krótkotrwałą ulgę, jakby sam fakt istnienia listy dawał nadzieję na odpuszczenie win. Po pewnym czasie jednak długość listy zaczęła mnie przerażać. Za każdym razem, gdy byłem zmuszony coś do niej dopisać, przed oczami stawał mi konfesjonał, a przed nim ja, mamroczący pod nosem nieskończoną litanię moich grzechów. Aż w końcu, w trakcie jednej z bezsennych nocy, w przypływie bezsilności zjadłem listę, krojąc uprzednio papier na malutkie kawałeczki. Być może miałem nadzieję, że niestrawność wywołana papierem zalegającym w żołądku mogłaby zostać potraktowana jako forma pokuty i przyczynić się do odpuszczenia chociaż paru moich grzechów. W głębi duszy wiedziałem jednak, i nadal jestem tego pewny, że nie ma takiego Boga, który wybaczyłby to, co ja robiłem tamtego lata.

            Oprócz zadawania bólu, a może w dopełnieniu do niego, Anielka uwielbiała ustanawianie rekordów. Gdy myślę o tamtych wakacjach teraz, wydaje mi się, że całe były jednym wielkim wyścigiem od bramy do drzwi domu, od sklepu nad jezioro, od pomostu do ręcznika zawieszonego na gałęzi. Liczyła mi czas, niemiłosiernie przedłużając cenne sekundy i z sumiennością najdokładniejszych światowych arbitrów odmierzała długość skoków w dal. Kwestie sporne zawsze rozsądzała na moją niekorzyść. Rzadko udawało mi się ją zadowolić i pobić „rekord”, który Anielka sama ustalała, a raczej wymyślała, choć wtedy takie sformułowanie na pewno nie przyszłoby mi do głowy. „Pobijesz rekord, jak ustoisz na rękach piętnaście minut”, mówiła na przykład, a jeśli jakimś cudem udało mi się tego dokonać, natychmiast traciła zainteresowanie moim osiągnięciem i stawiała przede mną kolejne wyzwanie.

            Tytuł dziewczyneczki jej odpowiadał, ale wyłącznie na jej własnych, sztywnych zasadach. Była gotowa porzucić tę tożsamość, z chwilą gdy zacznie się wypaczać w sposób właściwy dorosłej rzeczywistości, w której dziewczyneczka, jej niebieskie oczy i mysie warkoczyki zaczną się wiązać ze słabością. Nie było w niej słabości. I tylko taką dziewczyneczkę kultywowała i domagała się jej kultywowania od świata.

            Pamiętam tę satysfakcję, gdy wracaliśmy wieczorem do domu, po dniu wypełnionym walką na każdym z metafizycznych i tych całkiem realnych frontów. Byłem lepki od potu, a bywało, że i krwi, posiniaczony, czasem z podbitym okiem, jeśli piłka, którą Anielka lubiła się bawić w zbijaka lub głupiego Jasia, z impetem trafiła prosto w moje oko. Szła lekkim krokiem, od czasu do czasu podskakując, kopiąc kamyk, jeśli trafił się odpowiedni do kopnięcia na ścieżce. Jej sukienka zawsze była czysta, podobnie jak jej dłonie, twarz, szyja. Chociażby dlatego nie śmiałbym jej dotknąć, zresztą nigdy nie przyszło mi to do głowy. Ale lubiłem przyglądać się jej, jak tak sobie szła, a wokół niej zaczynało zachodzić słońce, grały świerszcze, wzbijały się chmary komarów.

            Nieraz w czasie tych powrotnych przechadzek w jej dorosłych oczach dostrzegałem coś, co mogło przypominać dumę, i były to najcieplejsze spojrzenia, jakie udało mi się od niej otrzymać. Rzucała wtedy niedbale na przykład:

            – Mocno dostałeś tym kamieniem. Trzeba było się uchylić, frajerze. – Ale jej ton wyrażał zupełnie coś innego i wydawało mi się, że doskonale wiem, co tak naprawdę chciała powiedzieć. Tych parę słów sprawiało, że rozcierając obite kolana i posiniaczone łokcie, nie miałem cienia wątpliwości: i tym razem było warto.

            Gdy wchodziliśmy do domu, Anielka zamieniała się w uroczą dziewczynkę w sukienczynce (tak mawiała jej mama) w białe kwiatki, która na każde polecenie rodziców odpowiadała słodkim głosikiem: „tak, mamusiu”, „oczywiście, tatusiu”. A ja musiałem codziennie wymyślać nową historię, która tłumaczyła jak, na Boga, udało mi się kolejny raz skręcić kostkę czy podrapać twarz. Anielka uprzejmie prosiła o dokładkę i nigdy nie zapominała podziękować, gdy ją dostała. Czasem opowiadała rodzicom całkowicie zmyślone historie o tym, co tego dnia robiła, i zawsze wynikało z nich, że jest świętsza od samej Marii Panny, bardziej miłosierna niż najdobrotliwszy z samarytan. Mówiąc, od czasu do czasu zerkała na mnie, jakby sprawdzała, czy podziwiam jej kunszt. A ja oczywiście podziwiałem.

            Nie wiem, co budziło we mnie większy zachwyt – jej dziwne, szalone, radosne okrucieństwo, bezkompromisowość, z jaką miała mnie za nic, czy podwójne życie, które prowadziła z gracją i sprytem agentki sił specjalnych, a wszystko to, mając zaledwie osiem lat, kilkanaście piegów i dwa liche, cienkie warkoczyki. Pewne jest w każdym razie, że kochałem ją szaleńczo, tak mocno i bezwzględnie, jak tylko człowiek potrafi kochać drugiego człowieka. Można powtarzać to, co każdy z nas pobłażliwym tonem powiedziałby zakochanemu jedenastolatkowi – że nic nie wie o życiu, najlepsze jeszcze przed nim, a błahostki doświadczane w dzieciństwie są tylko namiastką wspaniałości, jaka czeka go w życiu dorosłym. Ale to bzdura. Ja miłość swojego życia przeżyłem tamtego lata, gdy pozwalałem, by małe dziewczęce rączki ciągnęły mnie za uszy, gdy wstrzymywałem oddech pod wodą tak długo, że ciemniało mi przed oczami, gdy byłem bombardowany jajkami, które chwilę wcześniej na polecenie małej dziewczynki wykradłem z kurnika sąsiada.

            I była jeszcze jedna zabawa tego lata, które spędziłem z Anielką. Wybieraliśmy ją, gdy było zbyt upalnie na wyścigi lub gdy najzwyczajniej w świecie znudziły nam się wszystkie formy przemocy, jakie mogą przyjść do głowy. Leżeliśmy na łące, a częściej na rżysku – to znaczy, ja leżałem bez koszulki na rżysku, niczym fakir ćwiczący swoją wytrzymałość na wbijające mi się w skórę ostre końcówki zboża, a Anielka leżała na grubym kocu zaraz przy mnie lub w cieniu pobliskiego drzewa. I właśnie tam, w scenerii tak bajkowej, że aż nierealnej, bawiliśmy się w obmyślanie końca świata.

            Czasem to była zwykła apokalipsa. Pełna ognia, gorącej lawy, krzyków potępionych ciał przepędzanych z kąta w kąt za pomocą trójzęba.

            – Zapomnieliśmy o wulkanach – mówiła wtedy Anielka, więc dostawialiśmy brakujący składnik naszej wizji, jak małe drewniane krzesełko dostawia się do domku dla lalek, i zaczynaliśmy od początku.

            Bywało, że to ja zaczynałem. Lubiłem zaczynać niewinnie. Na przykład od pustyni, i to wcale nie strasznej pustyni, na której żar leje się z nieba. Od całkiem przyjaznej pustyni z palmami gdzieniegdzie, ze zbiornikami wody pod tymi palmami, wielbłądami przy tych zbiornikach. Na takiej pustyni doskwiera ci upał, ale jesteś dumny, że się na niej znalazłeś. Czujesz, że prawdziwi podróżnicy przebywają właśnie na takich pustyniach. Masz ze sobą bukłaki z wodą, a twój wielbłąd odpoczął i zdoła iść godzinami. Możesz ruszyć w dalszą drogę, jesteś gotowy. Ruszasz więc i początkowo czerpiesz radość z wyprawy. Rozglądasz się dookoła, wyciągasz lunetę, a co pewien czas i mapę, by mieć pewność, że zmierzasz we właściwym kierunku. Początkowo drwisz sobie z trudów podróży, jednak po paru godzinach ogarniają cię wątpliwości, czy wyprawa ma sens, i zaczynasz zerkać za siebie. Gdy uświadamiasz sobie, że palmy za tobą są już tylko punkcikami na horyzoncie i nie ma sensu zawracać, upał oblewa cię niczym wrzątek. Nie sądziłeś, że powietrze jest w stanie rozgrzać się tak bardzo jak w tej chwili, a z każdą sekundą robi się tylko gorzej. Rozbierasz się, choć wiesz, że ubranie chroni twoją skórę przed słońcem. Zaczyna ci być wszystko jedno. Dopijasz resztę wody, nie możesz się powstrzymać. Twój wielbłąd staje, kiwa na boki łbem z wyczerpania, a wokół widzisz tylko piasek. Nie przypuszczałeś, że istnieje go tak dużo. Zsiadasz i postanawiasz iść, iść dalej mimo wszystko, ale gdy tylko twoja stopa dotyka piasku, zanurzasz się w nim, jakby pod spodem nie było nic, na czym mógłbyś się zatrzymać. Białe drobinki okazują się równie gorące jak powietrze, zaczynają cię parzyć. A gdy ta gorąca masa sięga ci twarzy, ostatnim, co widzisz, jest świat – punkciki palm na horyzoncie, twój wielbłąd, a dalej twój dom, twoje miasto – i wszystko to grzęźnie w gorącym piasku przesypującym się w ogromnej rozżarzonej klepsydrze.

            – Zapomniałeś o huraganie – mówiła wtedy Anielka.

            Jeśli przypadła jej kolej, zaczynała od samego środka apokalipsy, nie potrzebowała przecież rozbiegu. W jej wizjach wszystkie przedmioty, jakie znaliśmy, wirowały w powietrzu w nieprzerwanym chaosie. Książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce – wszystko to krążyło w powietrzu z dziką prędkością, uderzając cię w twarz. Jeśli chciałeś coś powiedzieć i nieopatrznie otworzyłeś usta, wlatywały w nie drobiazgi, takie jak pineski i spinacze, raniąc ci buzię. Więc milczysz, zaciskasz usta i powieki, przyciskasz ręce i nogi do ciała, bo wiesz, że jeśli sięgniesz przed siebie, twoją dłoń rozszarpie siła, z którą nie chcesz się mierzyć. Kładziesz się na ziemi i zwijasz się w kłębek. Skupiasz całą swoją wolę, by pozostać jednym, nierozerwanym ciałem, by utrzymać się przy ziemi, by twój ciężar stawił opór pędowi ciągnącemu cię do góry. Nie możesz tego widzieć, domyślasz się jednak, że świat usłany jest teraz takimi jak ty, pozwijanymi, przykurczonymi do ziemi ciałami. Po pewnym czasie wir porywa również te ludzkie kłębki. Najpierw tych najlżejszych, dzieci i osoby szczupłe, podczas gdy ludzie z nadwagą wciąż tkwią przeklejeni do ziemi. Jednak po chwili wir porywa także ich i teraz już wszyscy krążą w powietrznym chaosie. Przedmioty – książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce – zaczynają uderzać o siebie i o wirujących ludzi. Oni zaś zderzają się ze sobą, obijając się jedni o drugich. Hałas staje się nie do zniesienia, odgłosy uderzeń zagłuszają krzyki. Jeśli coś takiego się stanie, będziesz wiedział, że nastąpił koniec świata.

            – Zapomniałaś o muzyce – mówiłem, a potem szliśmy na podwieczorek.

            Problem muzyki powracał parokrotnie. Po pewnym czasie zrozumieliśmy, że koniec świata odbędzie się w ciszy. Przedmioty, czyli książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce, ale również fortepiany, garnki, sanki i dmuchane koła ratunkowe, wszystkie te rzeczy przykryją ludzi. Nie będą wydawały dźwięków, nie rozlegnie się żaden brzęk tłuczonego szkła ani szelest tkanin. Wcale nie będzie gorąco, zapanuje przyjemna, ani za niska, ani za wysoka temperatura. Ludzie nie będą wiedzieli, co powiedzieć, więc zamilkną, będą tylko rozglądać się zdziwionym wzrokiem. A potem rozbiorą się, złożą ubrania, położą się na ziemi, jeden przy drugim, i zaczną układać na sobie te przedmioty, zachowując porządek niezbędny przy tak dużej operacji angażującej całą ludzkość. To zajmie dużo czasu, ale nie będziesz się spieszył. Apokalipsa nie będzie trwała dnia ani nocy, ale długie miesiące, być może lata. Jeśli okażesz się wystarczająco inteligentny, ułożysz się wygodnie, na przykład podłożysz dłonie pod głowę, założysz nogę na nogę. Ciężar przedmiotów początkowo, może nawet przez pierwsze tygodnie lub, jeśli ci się poszczęści, dłużej, wyda się całkiem do zniesienia. „Mogło być gorzej”, pomyślisz od czasu do czasu, „mogło być gorzej”. Leżąc pod przedmiotami, nie będziesz się zastanawiał, co poszło nie tak. Będzie zbyt cicho, byś mógł się zastanawiać.

Texto extraído del libro Żywopłoty (Los setos) de Maria Karpińska. Editorial WAB. Varsovia, 2020

Lata naste

Jako dziecko lubiłem miarowy rytm pociągu. Działał na mnie usypiająco; potrafiłem zasnąć już po piętnastu minutach, odkąd całą rodziną wsiedliśmy do wagonu, tachając ze sobą przesadną ilość bagażu i jedzenia. Układałem się na stertach walizek albo na pulchnym udzie matki i zasypiałem kołysany przez tętent kół.

Była pełnia lata. Drzewa za oknem zielone zielenią tak soczystą, że gdyby zatopić w niej zęby, zaczęłaby ściekać po podbródku. Upały nie zdążyły jeszcze wyjałowić letniej widokówki. Gdzieniegdzie jakieś chatynki, wrażenie sielskości, spokoju. A wszystko to rozmazane, niewyraźne, przybrudzone, jak szyba oblepiona tłuszczem setek ludzkich rąk i niedoczyszczona przez obsługę PKP.

Na tym tle nie kto inny, a dziewczyneczka. W ten sposób wyrażali się o niej wszyscy; jeszcze słyszę moją matkę wymawiającą to zdanie: „będzie tam jedna dziewczyneczka, polubicie się”. Wtedy również jechaliśmy pociągiem, do rodziny wujostwa czy szwagrostwa, nie pamiętam. Nikogo z osób, które mnie wtedy ugościły, nie widziałem więcej, ani przedtem, ani potem. Co to był za pomysł z tymi wakacjami – nie wiem, zresztą dzieciństwo wypełnione jest zdarzeniami, których nie trzeba dziecku tłumaczyć, nie mają żadnego powodu ani celu, nie poprzedza ich żaden wstęp. Błogi świat niewiedzy pozbawiony decyzyjności.

Spodobało mi się słowo „dziewczyneczka”, miało w sobie dźwięczność i wesołość „dzwoneczka”, niefrasobliwość, lekkość trampoliny czy huśtawki. Nie spodobał mi się za to pomysł spędzenia wakacji z dziewczyną. Byłem w tym wieku, w którym można godzinami udawać, że patyk to karabin lub miecz, ale nie można udawać, że dziewczyna to człowiek jak każdy inny.

Podobno ludzi ocenia się na podstawie wrażenia z pierwszych piętnastu sekund. Jeśli to prawda, tamte wakacje powinny być koszmarem, gdyż Anielka, bo nazywała się Anielka, zrobiła na mnie koszmarne pierwsze wrażenie. Miała dwa mysie warkoczyki, sukienkę wiązaną na kokardki u ramion oraz długie i cienkie kończyny. Ciało tak chude, że kolana i łokcie wydawały się nienaturalnymi bulwami na jej członkach. Nie był to jednak stan chorobliwy, a raczej przejściowy, po którym postura Anielki powinna nabrać kształtu i w efekcie ubocznym również masy. Oczy wielkie, nos trochę zadarty, a cała twarz przesadnie dorosła i poważna, choć przecież skończyła dopiero osiem lat.

– Pobawimy się piłeczką – oznajmiła. Zirytowało mnie to zdrabnianie, nie wiedziałem jeszcze wtedy, że Anielka zdrabnia każdy rzeczownik, a i dorośli, mówiąc do niej, zaczynają stosować ten sam dziwny język, jakby Anielka należała do innego gatunku, gatunku słodkich misiów i różowych baloników, w którym można stosować tylko tę przymilną nowomowę.

Szybko przekonałem się, że na przekór okrągłym i uprzejmym zdaniom wypowiadanym przez Anielkę w dialogach z dorosłymi, była to osoba okrutna, a wręcz pławiąca się w swoim okrucieństwie. Zabawa piłeczką okazała się niczym innym niż zwykłym zbijakiem, w którym ja, chłopiec starszy od niej o trzy lata, byłem tym zbijanym i to zbijanym, jak to się mówi, na kwaśne jabłko. Pamiętam, że właśnie wtedy, gdy po raz szósty w moją twarz uderzyła twarda piłka z siłą, o jaką nigdy nie podejrzewałbym dziecka tak cherlawego jak Anielka, przestałem patrzeć na nią z mieszaniną pogardy i pobłażliwości, jaką uraczyłem ją na powitanie, i zacząłem przyglądać się jej z podziwem, który w trakcie tych dwóch dziwnych upalnych miesięcy wzrastał, by w chwili wyjazdu osiągnąć apogeum.

Anielka wymyślała dla nas codziennie coraz to nowe zabawy, a każda z nich polegała na okaleczaniu niewinnych stworzeń napotkanych na naszej drodze, lub w razie ich braku, na okaleczaniu mnie. Naiwne i czyste w swej naiwności dziecko, jakim mogła wydawać się moja nowa koleżanka, z dziką radością i satysfakcją przyglądało się cierpieniu przerażonych maleńkich kotków, które kazała mi umieścić na najwyższym w okolicy bocianim gnieździe. Patrząc na oczy wychodzące z orbit żabom powieszonym na gałęzi za tylną nogę, wydawała z siebie rechot zadowolenia, który przyprawiał mnie o dreszcze. „Zrób karuzelę z żabek”, zażądała, a ja, łykając łzy, posłusznie słuchałem i w milczeniu wiązałem sznurkiem pętelki na cienkich żabich odnóżach, do złudzenia przypominających te anielkowe. Wykonywałem wszystkie jej polecenia, przyczyniając się do niewiarygodnych cierpień wielu Bogu ducha winnych stworzeń, i samemu przy okazji ryzykując zdrowie, jeśli nie życie. Na swoje usprawiedliwienie mogę tylko powiedzieć, że nieraz, gdy Anielka poszła na podwieczorek lub pomagała rodzicom, ukradkiem udawałem się na miejsce zbrodni i uwalniałem konające już zazwyczaj zwierzęta. Wmawiałem sobie, że tylko tyle mogłem dla nich zrobić.

Byłem w tym wieku, w którym wizja kary za grzechy budzi prawdziwy, zżerający od środka lęk. W mojej rodzinnej miejscowości pełniłem funkcję ministranta w pobliskiej parafii i kwestię boskiego gniewu traktowałem bardzo poważnie. Co wieczór zamiast zmawiać paciorek, zalewałem się łzami, leżąc na brzuchu, twarzą do poduszki. Przeżywałem katusze na myśl o nieuchronnej spowiedzi pod koniec lata. Do rachunku sumienia wciąż dopisywałem nowe pozycje. Listę trzymałem w szparze między materacem a drewnianą ramą łóżka. Nie było dnia, żebym nie sięgał po nią dwa lub trzy razy, by obgryzionym ołówkiem doskrobać następny punkt. Zapisywanie grzechów przynosiło mi krótkotrwałą ulgę, jakby sam fakt istnienia listy dawał nadzieję na odpuszczenie win. Po pewnym czasie jednak długość listy zaczęła mnie przerażać. Za każdym razem, gdy byłem zmuszony coś do niej dopisać, przed oczami stawał mi konfesjonał, a przed nim ja, mamroczący pod nosem nieskończoną litanię moich grzechów. Aż w końcu, w trakcie jednej z bezsennych nocy, w przypływie bezsilności zjadłem listę, krojąc uprzednio papier na malutkie kawałeczki. Być może miałem nadzieję, że niestrawność wywołana papierem zalegającym w żołądku mogłaby zostać potraktowana jako forma pokuty i przyczynić się do odpuszczenia chociaż paru moich grzechów. W głębi duszy wiedziałem jednak, i nadal jestem tego pewny, że nie ma takiego Boga, który wybaczyłby to, co ja robiłem tamtego lata.

            Oprócz zadawania bólu, a może w dopełnieniu do niego, Anielka uwielbiała ustanawianie rekordów. Gdy myślę o tamtych wakacjach teraz, wydaje mi się, że całe były jednym wielkim wyścigiem od bramy do drzwi domu, od sklepu nad jezioro, od pomostu do ręcznika zawieszonego na gałęzi. Liczyła mi czas, niemiłosiernie przedłużając cenne sekundy i z sumiennością najdokładniejszych światowych arbitrów odmierzała długość skoków w dal. Kwestie sporne zawsze rozsądzała na moją niekorzyść. Rzadko udawało mi się ją zadowolić i pobić „rekord”, który Anielka sama ustalała, a raczej wymyślała, choć wtedy takie sformułowanie na pewno nie przyszłoby mi do głowy. „Pobijesz rekord, jak ustoisz na rękach piętnaście minut”, mówiła na przykład, a jeśli jakimś cudem udało mi się tego dokonać, natychmiast traciła zainteresowanie moim osiągnięciem i stawiała przede mną kolejne wyzwanie.

            Tytuł dziewczyneczki jej odpowiadał, ale wyłącznie na jej własnych, sztywnych zasadach. Była gotowa porzucić tę tożsamość, z chwilą gdy zacznie się wypaczać w sposób właściwy dorosłej rzeczywistości, w której dziewczyneczka, jej niebieskie oczy i mysie warkoczyki zaczną się wiązać ze słabością. Nie było w niej słabości. I tylko taką dziewczyneczkę kultywowała i domagała się jej kultywowania od świata.

            Pamiętam tę satysfakcję, gdy wracaliśmy wieczorem do domu, po dniu wypełnionym walką na każdym z metafizycznych i tych całkiem realnych frontów. Byłem lepki od potu, a bywało, że i krwi, posiniaczony, czasem z podbitym okiem, jeśli piłka, którą Anielka lubiła się bawić w zbijaka lub głupiego Jasia, z impetem trafiła prosto w moje oko. Szła lekkim krokiem, od czasu do czasu podskakując, kopiąc kamyk, jeśli trafił się odpowiedni do kopnięcia na ścieżce. Jej sukienka zawsze była czysta, podobnie jak jej dłonie, twarz, szyja. Chociażby dlatego nie śmiałbym jej dotknąć, zresztą nigdy nie przyszło mi to do głowy. Ale lubiłem przyglądać się jej, jak tak sobie szła, a wokół niej zaczynało zachodzić słońce, grały świerszcze, wzbijały się chmary komarów.

            Nieraz w czasie tych powrotnych przechadzek w jej dorosłych oczach dostrzegałem coś, co mogło przypominać dumę, i były to najcieplejsze spojrzenia, jakie udało mi się od niej otrzymać. Rzucała wtedy niedbale na przykład:

            – Mocno dostałeś tym kamieniem. Trzeba było się uchylić, frajerze. – Ale jej ton wyrażał zupełnie coś innego i wydawało mi się, że doskonale wiem, co tak naprawdę chciała powiedzieć. Tych parę słów sprawiało, że rozcierając obite kolana i posiniaczone łokcie, nie miałem cienia wątpliwości: i tym razem było warto.

            Gdy wchodziliśmy do domu, Anielka zamieniała się w uroczą dziewczynkę w sukienczynce (tak mawiała jej mama) w białe kwiatki, która na każde polecenie rodziców odpowiadała słodkim głosikiem: „tak, mamusiu”, „oczywiście, tatusiu”. A ja musiałem codziennie wymyślać nową historię, która tłumaczyła jak, na Boga, udało mi się kolejny raz skręcić kostkę czy podrapać twarz. Anielka uprzejmie prosiła o dokładkę i nigdy nie zapominała podziękować, gdy ją dostała. Czasem opowiadała rodzicom całkowicie zmyślone historie o tym, co tego dnia robiła, i zawsze wynikało z nich, że jest świętsza od samej Marii Panny, bardziej miłosierna niż najdobrotliwszy z samarytan. Mówiąc, od czasu do czasu zerkała na mnie, jakby sprawdzała, czy podziwiam jej kunszt. A ja oczywiście podziwiałem.

            Nie wiem, co budziło we mnie większy zachwyt – jej dziwne, szalone, radosne okrucieństwo, bezkompromisowość, z jaką miała mnie za nic, czy podwójne życie, które prowadziła z gracją i sprytem agentki sił specjalnych, a wszystko to, mając zaledwie osiem lat, kilkanaście piegów i dwa liche, cienkie warkoczyki. Pewne jest w każdym razie, że kochałem ją szaleńczo, tak mocno i bezwzględnie, jak tylko człowiek potrafi kochać drugiego człowieka. Można powtarzać to, co każdy z nas pobłażliwym tonem powiedziałby zakochanemu jedenastolatkowi – że nic nie wie o życiu, najlepsze jeszcze przed nim, a błahostki doświadczane w dzieciństwie są tylko namiastką wspaniałości, jaka czeka go w życiu dorosłym. Ale to bzdura. Ja miłość swojego życia przeżyłem tamtego lata, gdy pozwalałem, by małe dziewczęce rączki ciągnęły mnie za uszy, gdy wstrzymywałem oddech pod wodą tak długo, że ciemniało mi przed oczami, gdy byłem bombardowany jajkami, które chwilę wcześniej na polecenie małej dziewczynki wykradłem z kurnika sąsiada.

            I była jeszcze jedna zabawa tego lata, które spędziłem z Anielką. Wybieraliśmy ją, gdy było zbyt upalnie na wyścigi lub gdy najzwyczajniej w świecie znudziły nam się wszystkie formy przemocy, jakie mogą przyjść do głowy. Leżeliśmy na łące, a częściej na rżysku – to znaczy, ja leżałem bez koszulki na rżysku, niczym fakir ćwiczący swoją wytrzymałość na wbijające mi się w skórę ostre końcówki zboża, a Anielka leżała na grubym kocu zaraz przy mnie lub w cieniu pobliskiego drzewa. I właśnie tam, w scenerii tak bajkowej, że aż nierealnej, bawiliśmy się w obmyślanie końca świata.

            Czasem to była zwykła apokalipsa. Pełna ognia, gorącej lawy, krzyków potępionych ciał przepędzanych z kąta w kąt za pomocą trójzęba.

            – Zapomnieliśmy o wulkanach – mówiła wtedy Anielka, więc dostawialiśmy brakujący składnik naszej wizji, jak małe drewniane krzesełko dostawia się do domku dla lalek, i zaczynaliśmy od początku.

            Bywało, że to ja zaczynałem. Lubiłem zaczynać niewinnie. Na przykład od pustyni, i to wcale nie strasznej pustyni, na której żar leje się z nieba. Od całkiem przyjaznej pustyni z palmami gdzieniegdzie, ze zbiornikami wody pod tymi palmami, wielbłądami przy tych zbiornikach. Na takiej pustyni doskwiera ci upał, ale jesteś dumny, że się na niej znalazłeś. Czujesz, że prawdziwi podróżnicy przebywają właśnie na takich pustyniach. Masz ze sobą bukłaki z wodą, a twój wielbłąd odpoczął i zdoła iść godzinami. Możesz ruszyć w dalszą drogę, jesteś gotowy. Ruszasz więc i początkowo czerpiesz radość z wyprawy. Rozglądasz się dookoła, wyciągasz lunetę, a co pewien czas i mapę, by mieć pewność, że zmierzasz we właściwym kierunku. Początkowo drwisz sobie z trudów podróży, jednak po paru godzinach ogarniają cię wątpliwości, czy wyprawa ma sens, i zaczynasz zerkać za siebie. Gdy uświadamiasz sobie, że palmy za tobą są już tylko punkcikami na horyzoncie i nie ma sensu zawracać, upał oblewa cię niczym wrzątek. Nie sądziłeś, że powietrze jest w stanie rozgrzać się tak bardzo jak w tej chwili, a z każdą sekundą robi się tylko gorzej. Rozbierasz się, choć wiesz, że ubranie chroni twoją skórę przed słońcem. Zaczyna ci być wszystko jedno. Dopijasz resztę wody, nie możesz się powstrzymać. Twój wielbłąd staje, kiwa na boki łbem z wyczerpania, a wokół widzisz tylko piasek. Nie przypuszczałeś, że istnieje go tak dużo. Zsiadasz i postanawiasz iść, iść dalej mimo wszystko, ale gdy tylko twoja stopa dotyka piasku, zanurzasz się w nim, jakby pod spodem nie było nic, na czym mógłbyś się zatrzymać. Białe drobinki okazują się równie gorące jak powietrze, zaczynają cię parzyć. A gdy ta gorąca masa sięga ci twarzy, ostatnim, co widzisz, jest świat – punkciki palm na horyzoncie, twój wielbłąd, a dalej twój dom, twoje miasto – i wszystko to grzęźnie w gorącym piasku przesypującym się w ogromnej rozżarzonej klepsydrze.

            – Zapomniałeś o huraganie – mówiła wtedy Anielka.

            Jeśli przypadła jej kolej, zaczynała od samego środka apokalipsy, nie potrzebowała przecież rozbiegu. W jej wizjach wszystkie przedmioty, jakie znaliśmy, wirowały w powietrzu w nieprzerwanym chaosie. Książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce – wszystko to krążyło w powietrzu z dziką prędkością, uderzając cię w twarz. Jeśli chciałeś coś powiedzieć i nieopatrznie otworzyłeś usta, wlatywały w nie drobiazgi, takie jak pineski i spinacze, raniąc ci buzię. Więc milczysz, zaciskasz usta i powieki, przyciskasz ręce i nogi do ciała, bo wiesz, że jeśli sięgniesz przed siebie, twoją dłoń rozszarpie siła, z którą nie chcesz się mierzyć. Kładziesz się na ziemi i zwijasz się w kłębek. Skupiasz całą swoją wolę, by pozostać jednym, nierozerwanym ciałem, by utrzymać się przy ziemi, by twój ciężar stawił opór pędowi ciągnącemu cię do góry. Nie możesz tego widzieć, domyślasz się jednak, że świat usłany jest teraz takimi jak ty, pozwijanymi, przykurczonymi do ziemi ciałami. Po pewnym czasie wir porywa również te ludzkie kłębki. Najpierw tych najlżejszych, dzieci i osoby szczupłe, podczas gdy ludzie z nadwagą wciąż tkwią przeklejeni do ziemi. Jednak po chwili wir porywa także ich i teraz już wszyscy krążą w powietrznym chaosie. Przedmioty – książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce – zaczynają uderzać o siebie i o wirujących ludzi. Oni zaś zderzają się ze sobą, obijając się jedni o drugich. Hałas staje się nie do zniesienia, odgłosy uderzeń zagłuszają krzyki. Jeśli coś takiego się stanie, będziesz wiedział, że nastąpił koniec świata.

            – Zapomniałaś o muzyce – mówiłem, a potem szliśmy na podwieczorek.

            Problem muzyki powracał parokrotnie. Po pewnym czasie zrozumieliśmy, że koniec świata odbędzie się w ciszy. Przedmioty, czyli książki, tornistry, telefony, buty, zegarki i widelce, ale również fortepiany, garnki, sanki i dmuchane koła ratunkowe, wszystkie te rzeczy przykryją ludzi. Nie będą wydawały dźwięków, nie rozlegnie się żaden brzęk tłuczonego szkła ani szelest tkanin. Wcale nie będzie gorąco, zapanuje przyjemna, ani za niska, ani za wysoka temperatura. Ludzie nie będą wiedzieli, co powiedzieć, więc zamilkną, będą tylko rozglądać się zdziwionym wzrokiem. A potem rozbiorą się, złożą ubrania, położą się na ziemi, jeden przy drugim, i zaczną układać na sobie te przedmioty, zachowując porządek niezbędny przy tak dużej operacji angażującej całą ludzkość. To zajmie dużo czasu, ale nie będziesz się spieszył. Apokalipsa nie będzie trwała dnia ani nocy, ale długie miesiące, być może lata. Jeśli okażesz się wystarczająco inteligentny, ułożysz się wygodnie, na przykład podłożysz dłonie pod głowę, założysz nogę na nogę. Ciężar przedmiotów początkowo, może nawet przez pierwsze tygodnie lub, jeśli ci się poszczęści, dłużej, wyda się całkiem do zniesienia. „Mogło być gorzej”, pomyślisz od czasu do czasu, „mogło być gorzej”. Leżąc pod przedmiotami, nie będziesz się zastanawiał, co poszło nie tak. Będzie zbyt cicho, byś mógł się zastanawiać.

Los años mozos

De niño me gustaba el ritmo acompasado del tren. Ejercía sobre mí un efecto adormecedor. Podía dormirme quince minutos después de que toda la familia nos hubiéramos subido al vagón, cargando una cantidad exagerada de equipaje y comida. Me recostaba sobre una pila de maletas o sobre el muslo blandito de mi madre, y me quedaba dormido arrullado por el traqueteo de las ruedas.

            Era pleno verano. Tras la ventana, los árboles estaban verdes, de un verdor tan suculento que si les hundiera los dientes comenzaría a chorrearme líquido por la barbilla. El calor aún no había tenido tiempo de esquilmar la postal veraniega. Aquí y allá, una cabañita, escenas bucólicas, de tranquilidad. Y todo ello desdibujado, confuso, sucio, como el vidrio de la ventana, pringado de la grasa de cientos de manos humanas, que el personal ferroviario no había limpiado.

            Y ante este panorama, ella, casi nadie, la muchachita. Así la llamaban todos; aún puedo oír a mi madre pronunciando la siguiente frase: «Va a estar allí una muchachita, os caeréis bien». En aquella ocasión, también viajábamos en tren, a visitar a un tío o un cuñado, no lo recuerdo. A las personas que me recibieron no las había visto antes ni las volví a ver después. ¡A quién se le ocurrirían aquellas vacaciones! No lo sé, aunque también es cierto que la infancia está llena de acontecimientos que no es necesario explicar a un niño, pues no tienen razón ni propósito, no les antecede ningún preámbulo. Un mundo feliz de ignorancia privado de capacidad de decisión.

Me gustó la palabra «muchachita», contenía la sonoridad y la alegría de una «chispitita», la despreocupación, la ligereza de un trampolín o de un columpio. En cambio, no me gustó la perspectiva de pasar las vacaciones con una muchacha. Yo estaba en esa edad en la que se puede fingir durante horas que un palo es una escopeta o una espada, pero no se puede fingir que una muchacha es una persona como cualquier otra.

Dicen que las personas se juzgan entre sí por la impresión de los primeros quince segundos. Si eso es cierto, aquellas vacaciones serían un horror, porque Angelita —sí, se llamaba Angelita— causó en mí una primera impresión horrorosa. Llevaba dos trenzas de cola de ratón, un vestido atado con lazos en los hombros, y sus extremidades eran largas y flacas. Su cuerpo era tan delgado que las rodillas y los codos parecían tubérculos artificiales en sus miembros. No era, sin embargo, un estado enfermizo, sino más bien transitorio, después del cual el físico de Angelita debería coger forma y también, como efecto secundario, masa. Ojos grandes, nariz un poco respingona y todo el rostro exageradamente maduro y serio, y eso que acababa de cumplir ocho años.

—Vamos a jugar con la pelotita —dijo. Me irritaba ese empleo del diminutivo, entonces todavía no sabía que Angelita ponía todos los sustantivos en diminutivo, y los adultos, al dirigirse a ella, comenzaban a usar ese mismo idioma extraño, como si Angelita perteneciera a otra especie, la de los ositos de peluche y los globos rosa con la que se puede emplear solo esa empalagosa neolengua.

Pronto me di cuenta de que, a pesar de las frases redondas y amables pronunciadas por Angelita en sus conversaciones con los adultos, era una persona cruel que, además, se regodeaba de lleno en su crueldad. Resultó que el juego de la pelotita no era otro que el balón prisionero de toda la vida, en el que yo, un chico tres años mayor que ella, era el matado, pero lo que viene siendo matado a mala leche, como suele decirse. Recuerdo que fue a la sexta vez que aquella rígida pelota me daba en la cara con una fuerza que nunca hubiera sospechado de una niña tan endeble como Angelita, cuando dejé de mirarla con la mezcla de desdén e indulgencia con que la había tratado al saludarla, y empecé a sentir por ella una admiración que, a lo largo de aquellos dos extraños y tórridos meses, fue en aumento hasta alcanzar su apogeo cuando llegó el momento de nuestra partida.

Todos los días a Angelita se le ocurrían juegos nuevos, y todos y cada uno de ellos consistían en mutilar criaturas inocentes halladas en nuestro camino o, en su defecto, en mutilarme a mí. Aquella niña ingenua y pura en su ingenuidad, que podría parecer mi nueva amiga, con felicidad y regocijo salvajes observaba atenta el sufrimiento de unos gatitos aterrados, que me había hecho colocar en el nido de cigüeña más alto del lugar. Mirando a los ojos fuera de órbita de las ranas colgadas de una rama por la pata trasera, soltaba una risotada de satisfacción que me daba escalofríos. «Haz un carrusel de ranas», ordenaba, y yo, tragándome las lágrimas, la escuchaba obediente y, en silencio, hacía con una cuerda lacitos en las delgadas ancas de las ranas, que recordaban asombrosamente a las de Angelita. Ejecutaba todas sus órdenes, y de esa forma, contribuía al sufrimiento inaudito de muchas criaturas inocentes y, de paso, ponía en peligro mi salud, cuando no mi propia vida. En mi descargo he de decir que, a veces, cuando Angelita se iba a merendar o a ayudar a sus padres, me dirigía en secreto al lugar del crimen y liberaba a los animales, por lo general, ya agonizantes. Intentaba convencerme de que eso era lo único que podía hacer por ellos.

Estaba en esa edad en la que la visión del castigo por los pecados despierta un miedo real, que te devora desde lo más hondo. En mi pueblo natal hacía de monaguillo en una parroquia cercana y me tomaba la cuestión de la ira de Dios muy en serio. Todas las noches, en lugar de rezar, me sumía en el llanto, tumbado boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Pensar en la inevitable confesión al final del verano era una verdadera agonía. Añadía sin cesar nuevas líneas a mi examen de conciencia. Guardaba la lista entre el colchón y el marco de madera. No había día en que no la cogiera dos o tres veces para apuntar, garabateando con un lápiz mordido, el siguiente punto. Anotar los pecados me producía un alivio transitorio, como si el mero hecho de la existencia de la lista despertara en mí la esperanza del perdón. Sin embargo, después de un tiempo, la longitud de la lista empezó a asustarme. Cada vez que me veía obligado a apuntar algo en ella, aparecía ante mis ojos el confesionario, y frente a él, yo, murmurando entre dientes la letanía interminable de mis pecados. Hasta que, por fin, una de las noches de insomnio, en un arrebato de impotencia, me comí la lista, después de cortar el papel en trocitos pequeños. Tal vez guardaba la esperanza de que la indigestión producida por el papel que llenaba mi estómago pudiera ser tratada como una forma de penitencia y contribuir al perdón de, al menos, algunos de mis pecados. No obstante, en el fondo de mi alma sabía, y sigo estando seguro de ello, que no existe ningún Dios que perdone todo lo que hice aquel verano.

Además de infligir dolor, o quizá como complemento de ello, a Angelita le encantaba establecer récords. Cuando ahora pienso en aquellas vacaciones, me parece que fueron una gran carrera desde la verja de entrada hasta la puerta de la casa, desde la tienda hasta el lago, desde el embarcadero hasta la toalla colgada de una rama. Angelita me cronometraba, alargando sin piedad los valiosos segundos y midiendo la extensión de los saltos de longitud con el rigor de los árbitros internacionales más precisos. Las controversias siempre las resolvía en mi contra. Yo rara vez conseguía satisfacerla y batir el «récord» que la propia Angelita establecía, o más bien inventaba, aunque entonces yo no lo habría llamado así. «Batirás el récord si haces el pino y te quedas en esa posición durante quince minutos», decía, por ejemplo, y si yo, por algún milagro, lo conseguía, ella de inmediato perdía interés en mi hazaña y me planteaba un nuevo reto.

            El apodo de «muchachita» no le disgustaba, pero únicamente cuando se usaba según sus propias y rígidas reglas. Estaba dispuesta a abandonar esa identidad en el momento en que empezara a desvirtuarse según la lógica de la realidad adulta, donde la muchachita, sus ojos azules y sus trenzas de cola de ratón empezarían a asociarse con la debilidad. No había en ella debilidad. Ella solo cultivaba esa clase de muchachita, y exigía al mundo que la cultivara también.

            Recuerdo la satisfacción con la que volvíamos a casa al caer la noche, tras un día de lucha en todos los frentes, tanto metafísicos como muy reales. Volvía empapado en sudor, o incluso en sangre, magullado y, en alguna ocasión, con un ojo morado, cuando, jugando al balón prisionero o al «del medio», la pelota que Angelita lanzaba con todas sus fuerzas me daba de lleno en el ojo. Ella caminaba con paso ligero, dando algún saltito de vez en cuando, y, si por el camino encontraba una piedrecita que se prestara a ello, le daba una patada. Su vestido siempre estaba limpio, al igual que sus manos, su cara y su cuello. Esa era una de las razones por las que no me atrevía a tocarla; de todos modos, nunca se me pasó por la cabeza. Pero me gustaba verla caminar despreocupadamente, mientras el sol empezaba a ponerse a su alrededor, cantaban los grillos y se elevaban nubes de mosquitos.

            Más de una vez, durante aquellos paseos de vuelta a casa, vi en sus ojos de adulta algo parecido al orgullo. Eran, de hecho, las miradas más cálidas que jamás había recibido de ella. Entonces, Angelita soltaba con indiferencia alguna frase como:

            —¡Vaya pedrada! Tenías que haberte apartado, pringado. —Pero su tono expresaba algo muy distinto, y yo creía saber muy bien qué era lo que en realidad quería decir. Aquellas pocas palabras bastaban para que, mientras me frotaba las rodillas magulladas y los codos amoratados, no me quedara la menor duda: también aquella vez había merecido la pena.

            En cuanto entrábamos en la casa, Angelita se transformaba en una niña encantadora con un vestidito (palabra de su madre) de florecitas blancas, que respondía a cada orden de sus padres con una vocecita dulce: «Sí, mami», «Claro, papi». Yo, sin embargo, cada día me veía obligado a inventar una historia distinta que explicara cómo demonios había vuelto a torcerme el tobillo o a arañarme la cara. Angelita siempre pedía repetir muy  educadamente, y nunca olvidaba dar las gracias cuando le servían más. A veces contaba a sus padres historias totalmente inventadas sobre lo que había hecho aquel día, y de ellas siempre se desprendía que era más santa que la mismísima Virgen María y más misericordiosa que el más bondadoso de los samaritanos. Mientras hablaba, de vez en cuando me lanzaba una mirada, como para comprobar si yo admiraba su arte. Y yo, por supuesto, lo admiraba.

            No sé qué me fascinaba más de ella: su extraña, alocada y alegre crueldad, la radicalidad con que me despreciaba, o la doble vida que llevaba, con la gracia y la astucia de una agente de las fuerzas especiales. Y todo ello con tan solo ocho años, una docena de pecas y dos trencillas raquíticas. De lo que sí estoy seguro es de que la amaba con locura, con tanta intensidad y de un modo tan absoluto como solo un ser humano puede amar a otro. Podría repetirse lo que cualquiera de nosotros le diría, con tono condescendiente, a un niño de once años enamorado: que no sabe nada de la vida, que lo mejor aún está por llegar y que las nimiedades que experimenta en la infancia no son más que un anticipo de las maravillas que le esperan en la edad adulta. Pero qué tontería. Yo viví el amor de mi vida aquel verano, cuando dejaba que las manitas de una niña me tiraran de las orejas, cuando aguantaba la respiración bajo el agua tanto tiempo que se me nublaba la vista, cuando era bombardeado con huevos que, apenas un momento antes y a instancias de aquella niñita, había robado del gallinero del vecino.

            Y había otro juego más aquel verano que pasé con Angelita. Lo elegíamos cuando hacía demasiado calor para echar carreras o cuando, simplemente, nos habíamos cansado ya de todas las formas de violencia que se nos podían ocurrir. Nos tumbábamos en el prado, aunque más a menudo en el rastrojo; mejor dicho, yo me tumbaba sin camiseta sobre el rastrojo, como un faquir que pone a prueba su resistencia a las afiladas puntas de las espigas que se me clavaban en la piel, y Angelita se recostaba sobre una manta gruesa justo a mi lado, o a la sombra de un árbol cercano. Y así, en un escenario tan de cuento de hadas que resultaba irreal, nos entreteníamos imaginando el fin del mundo.

            A veces era un apocalipsis común y corriente: todo lleno de fuego y lava ardiente, con los gritos de los condenados, perseguidos de un rincón a otro por un tridente.

            —Se nos han olvidado los volcanes —decía entonces Angelita. Así que añadíamos a nuestra visión el ingrediente que faltaba, como quien añade una sillita de madera a una casa de muñecas, y volvíamos a empezar desde el principio.

            A veces era yo quien comenzaba. Me gustaba empezar de forma inocente. Por ejemplo, con un desierto. Y no uno aterrador, abrasado por el sol, sino uno bastante amable, con alguna que otra palmera, abrevaderos bajo las palmeras y camellos junto a los abrevaderos. En un desierto así pasas mucho calor, pero te sientes orgulloso de estar allí. Sientes que son precisamente esos los desiertos que atraviesan los verdaderos viajeros. Llevas cantimploras de agua y tu camello está descansado, y es capaz de caminar durante horas. Puedes seguir adelante. Estás preparado. Así que te pones en marcha y, al principio, disfrutas de la expedición. Miras a tu alrededor, sacas los prismáticos y, de cuando en cuando, el mapa, para asegurarte de que avanzas en la dirección correcta. Al principio no te preocupan las fatigas del viaje, pero, al cabo de unas horas, empiezas a preguntarte si la expedición tiene algún sentido y vuelves la vista atrás. Cuando comprendes que las palmeras que has dejado atrás no son ya más que unos puntitos en el horizonte y que no tiene sentido dar media vuelta, el calor te envuelve como agua hirviendo. No creías que el aire pudiera calentarse tanto, y a cada segundo la situación empeora. Te quitas la ropa, aunque sabes que te protege del sol. Ya te da igual todo. Te bebes el agua que te queda, no puedes evitarlo. Tu camello se detiene y sacude la cabeza de un lado a otro, agotado. A tu alrededor solo ves arena. No imaginabas que pudiera haber tanta. Te bajas y decides continuar a pie, seguir adelante a pesar de todo, pero en cuanto posas el pie en la arena, te hundes en ella, como si debajo no hubiera nada en lo que pudieras apoyarte. Los granitos blancos resultan estar tan calientes como el aire y empiezan a quemarte. Y cuando esa masa ardiente te alcanza la cara, lo último que ves es el mundo: los puntitos de las palmeras en el horizonte, tu camello y, más allá, tu casa, tu ciudad. Y todo se hunde en la arena abrasadora que se va derramando en el interior de un enorme reloj de arena candente.

        —Se te ha olvidado el huracán —decía entonces Angelita.

            Cuando le tocaba hablar a ella, empezaba en pleno corazón del apocalipsis, sin necesidad de preámbulos. En sus visiones, todos los objetos que conocíamos se arremolinaban en el aire en un caos incesante. Libros, mochilas, teléfonos, zapatos, relojes y tenedores: todo daba vueltas a una velocidad vertiginosa y te golpeaba la cara. Si querías decir algo y abrías la boca imprudentemente, se te colaban dentro pequeños objetos, como chinchetas y clips, que te hacían heridas. Así que te quedabas callado, apretabas los labios y los párpados, pegabas los brazos y las piernas al cuerpo, porque sabías que, si extendías una mano, una fuerza a la que no querías enfrentarte te la despedazaría. Te tumbabas en el suelo y te hacías un ovillo. Concentrabas toda tu voluntad en seguir siendo un cuerpo íntegro, sin roturas, en mantenerte pegado al suelo, para que tu peso se opusiera a la fuerza impetuosa que tiraba de ti hacia arriba. No podías verlo, pero intuías que el mundo estaba ahora plagado de cuerpos como el tuyo, encogidos y apretados contra el suelo. Al cabo de un rato, el remolino empezaba a arrastrar también a esos ovillos humanos. Primero se llevaba a los más ligeros: los niños y las personas delgadas. Las personas con sobrepeso seguían pegadas al suelo. Pero, al cabo de un rato, el remolino se las llevaba también, y ahora todos giraban en el caos aéreo. Los objetos —libros, mochilas, teléfonos, zapatos, relojes y tenedores— empezaban a chocar entre sí y contra las personas que giraban. Estas, a su vez, se estrellaban y rebotaban unas contra otras. El estruendo se volvía insoportable, el ruido de los impactos ahogaba los gritos. Si alguna vez ocurriera algo así, sabrías que había llegado el fin del mundo.

            —Se te ha olvidado la música —le decía yo, y luego nos íbamos a merendar.

            El tema de la música volvió a surgir en otras ocasiones. Al cabo de un tiempo, comprendimos que el fin del mundo se produciría en silencio. Los objetos —esto es, los libros, las mochilas, los teléfonos, los zapatos, los relojes y los tenedores, pero también los pianos, las ollas, los trineos y los salvavidas hinchables—, todas esas cosas acabarían por sepultar a las personas. No emitirían sonido alguno, no se oiría el chasquido del cristal al romperse, ni el roce de las telas. No haría calor; la temperatura sería más bien agradable, ni demasiado baja ni demasiado alta. La gente no sabría qué decir, así que se quedaría en silencio, limitándose a mirar a su alrededor con ojos atónitos. Luego se desnudarían, doblarían la ropa, se tumbarían en el suelo, unos junto a otros, y empezarían a colocarse encima todos esos objetos, manteniendo el orden necesario para una operación tan grande, en la que participaría la humanidad entera. Llevaría mucho tiempo, pero no tendrías prisa. El apocalipsis no duraría ni un día ni una noche, sino largos meses, quizá años. Si fueses lo bastante inteligente, buscarías una postura cómoda: te pondrías las manos bajo la cabeza y cruzarías una pierna sobre la otra. Al principio, quizá durante las primeras semanas o, si tuvieras suerte, incluso más tiempo, el peso de los objetos te parecería perfectamente soportable. «Podría haber sido peor —pensarías de vez en cuando—, podría haber sido peor». Tumbado bajo los objetos, no te plantearías qué habría salido mal. Habría demasiado silencio como para que pudieras planteártelo.

El relato Los años mozos pertenece al libro Żywopłoty (Los setos), de Maria Karpińska. La obra está compuesta por un prólogo y siete relatos, cada uno de los cuales corresponde a una década de la vida de una persona. Más que centrarse en un protagonista concreto, el libro explora las distintas etapas de la existencia humana, de modo que el personaje adquiere un valor universal y representa la experiencia de cualquier persona.

Esta concepción se refleja también en el título de la obra. Los setos, organizados en compartimentos o secciones dentro de un jardín, funcionan como una metáfora de la estructura del libro, cuyos relatos delimitan y ordenan las diferentes fases de la vida.

Teresa Benítez Rodríguez es traductora, intérprete y correctora. Graduada en Periodismo y Traducción e Interpretación por las universidades de Sevilla y Granada (España), en Polonia realizó un posgrado en Lengua y Cultura Polacas y fue profesora de español en la Universidad Jagellónica de Cracovia. Traduce textos divulgativos y literarios principalmente del polaco, inglés y portugués. Entre sus traducciones del polaco destacan el popular ensayo Campesinas. La historia de nuestras abuelas, de Joanna Kuciel-Frydryszak, y Escribe si vendrás, la correspondencia entre Kornel Filipowicz y Wisława Szymborska. También ha participado en Animales de razas pequeñas un libro de relatos de autores polacos actuales, entre los que se incluye un cuento de Maria Karpińska.