La pena de Soléna
Traducción del francés por Mercedes Bustamante Svilicic
Texto original de Évelyne Trouillot
Edición por Laura Rodríguez-Mejía
Imagen: Rain on Ocean, fotografía por @katherinejustine, tomada el 26 de septirembre de 2009, subida el 2 de septiembre de 2011.
Hacía cuarenta días que la hija del sol y la luna lloraba, cuarenta días que sus lágrimas caían sobre la tierra. Los animales no sabían qué hacer y no osaban salir de sus madrigueras. Incluso los sapos comenzaron a quejarse. El nivel del mar subía a un ritmo inquietante y los peces a su vez, de cuando en cuando, sacaban la cabeza para ver si la señorita pararía de llorar en algún momento.
******
Todo había comenzado el día en que cumplió dieciséis años. El padre y la madre, que desde el nacimiento de su hija, habían dejado de verse —era lo que se decía— decidieron organizar cada uno, por separado, una fiesta para celebrar ese aniversario. Nunca se supo a quién se le ocurrió primero la idea pues el desarrollo de los acontecimientos no dio lugar a que nadie se hiciera semejante pregunta. Sin embargo, la noticia se difundió tanto de día como de noche.
El sol declaró que por su sola presencia, la fiesta organizada por él sería un suceso deslumbrante. Invitó a todos los animales, los árboles, los lagos, los mares, los océanos. Los volcanes debían interpretar una secuencia armónica minuciosamente planificada a partir del amanecer. El padre de la festejada planeaba hacer entonces una aparición magistral desplegando toda su fuerza como si ya fuera mediodía. El viento, por su parte, le había prometido soplar muy suavemente una brisa fresca para que la temperatura fuera perfecta. Los pájaros habían ofrecido amablemente poner guirnaldas de flores en las cimas de las montañas uniéndolas entre sí con las lianas más hermosas.
De este modo, durante el día, el sol monopolizaba a sus amigos con los preparativos de la fiesta, ignorando sin duda que al atardecer, por su parte, la luna trabajaba arduamente. Esta ya se había puesto de acuerdo con las estrellas para que dibujaran un gran dieciséis sobre toda la inmensidad del cielo. Una estrella ingeniosa había encontrado el modo de hacer pestañear la cifra: las estrellas que formaban el 6 debían cerrar los ojos alternativamente. Miles de luciérnagas habían sido reclutadas para garantizar una iluminación suplementaria. Además, las estrellas habían generosamente propuesto a su gran amiga esparcir polvo de plata sobre las miles de mariposas nocturnas que debían abrir el cortejo. Pues la luna, como madre orgullosa y satisfecha, había previsto un cortejo espléndido y real para su única hija. Un cortejo que daría la vuelta al mundo e incluiría toda suerte de criaturas.
A medida que la fecha del cumpleaños se acercaba, la agitación aumentaba. Nerviosos, los animales se miraban desviando rápidamente la mirada o sacudiendo la cabeza. La inquietud aumentaba cada vez que uno de los padres mencionaba la hora o la duración de la fiesta. El sol recordaba a todos y cada uno que estaría bien alto en el cielo desde el amanecer y que pensaba quedarse ahí hasta las últimas horas del crepúsculo. Por su parte, la luna planificaba disfrutar al máximo de la ausencia del sol desde las primeras horas del crepúsculo y quedar muy en lo alto hasta más allá del alba. El picaflor, que volaba tanto de día como de noche de lo excitado que estaba, fue el primero en sentir que algo no andaba bien. Los peces, con los ojos desmesuradamente grandes, confirmaron su sospecha. Los pájaros que recibían ya instrucciones de los dos padres murmuraban que no tendrían el tiempo necesario para retirar las guirnaldas dispuestas por el sol para cubrir las montañas con las lentejuelas de oro encargadas por la luna. Los océanos que habían aceptado reflejar en las grandes espumas la luz del sol, se quejaban porque no sabían cuándo comenzar el movimiento de las olas, ritmado y arrastrado, que la luna había exigido como música de fondo.
Los árboles, los volcanes, los lagos, los mares y los océanos, los pájaros, los peces, las mariposas y las gacelas, todo ese mundo empezó a sentir que el pánico aumentaba a medida que la fecha se acercaba. Los animales llegaron a desear que esa fecha no llegara nunca. Al comienzo sin embargo, todos habían estado muy impacientes por conocer a la hija del sol y de la luna porque no la habían visto nunca todavía. En efecto, al momento de nacer, su madre la había llevado muy lejos y nadie había podido verla a excepción de su padre que la cuidaba de noche. Durante quince años, Soléna, había pasado sus noches con el sol y sus días con la luna. En su décimo sexto cumpleaños, iba a ser presentada a todos por primera vez. Por primera vez también, Soléna iba a ver a su padre el sol brillar de día con toda su belleza y contemplar a su madre la luna desplegar y extender su luz sobre el mundo nocturno; por lo menos, eso era lo que estaba previsto.
La víspera del cumpleaños, las estrellas inquietas por el cariz que tomaban los hechos, decidieron comentarlo con la luna. Abordaron el tema con delicadeza, pues la luna a pesar de su encanto y su dulzura podía estallar en cóleras terribles. Serena, la luna decidió ignorar las aprensiones de sus amigas. Declaró que todo saldría bien y recomendó a las estrellas que pulieran muy bien sus puntas para brillar más.
Por su parte, el viento que había entablado una sólida amistad con el sol, subió hasta donde él para manifestarle sus temores, pero el sol se limitó a sonreír y envió una bocanada de viento cálido sobre la tierra. Nadie supo si la damisela en cuestión sospechaba el drama que se vivía, pero parece que en esa víspera de su cumpleaños, le preguntó a su madre cuándo empezaría y terminaría la fiesta. Ella ya le había hecho la misma pregunta a su padre, y por la respuesta que le dio su madre comenzó a inquietarse. Les suplicó que se encontraran por lo menos una vez para discutir algunos puntos y ponerse de acuerdo sobre la hora, el decorado…
- «Ni hablar!» respondió la luna, «a tu padre no le queda más que ser razonable y acostarse temprano!».
El sol por su parte, dijo malhumorado:
- «Qué idea tan descabellada! Tu madre no dejará nunca de imponer sus exigencias».
Por más que la niña engatusó, suplicó, pataleó, se taimó, no logró nada. Al cabo de las horas, trató mil estratagemas pero sus padres no cambiaron de opinión. Entonces, como Soléna estaba tan ilusionada con la idea de ser presentada a todo el mundo y no estaba acostumbrada a ser contrariada, hizo lo que hacen todos los niños cuando no obtienen lo que quieren, se puso a llorar a lágrima viva.
****
Hacía cuarenta días que aquello había comenzado. Las estrellas, espantadas, hablaron con la luna. El viento, muy apesadumbrado fue a ver al sol. Los padres que se sentían responsables de este diluvio no sabían qué hacer para ponerle término. Nada lograba retener el torrente de lágrimas, pues la hija de la luna y del sol había heredado la tenacidad de su madre y la impetuosidad de su padre. Sus lágrimas caían tupidas y abundantes. No quedaba sino una solución, alejarla antes de que causara un mal irreparable. El sol se encargó de ello y tiernamente tomó a su hija en los brazos y la llevó muy, muy lejos. Tan lejos que de vez en cuando, cuando sus lágrimas llegan a pesar de todo a la tierra, las estrellas no se atreven a mirar a la luna para no ver sus ojos empañarse, el viento se esconde detrás de los árboles para evitar al sol, y los animales se preguntan si es la misma pena la que hace llorar a Soléna.
Los hombres, en cambio, ¡vaya uno a saber por qué!, dicen tontamente:
— Está lloviendo.
Le chagrin de Soléna
Il y avait quarante jours que la fille du soleil et de la lune pleurait, quarante jours que ses larmes tombaient sur la terre. Les animaux ne savaient que faire et n’osaient plus sortir de leurs abris. Même les crapauds commençaient à se plaindre. Le niveau de la mer montait à un rythme inquiétant et les poissons eux-mêmes, de temps à autre mettaient la tête dehors pour voir si la demoiselle allait enfin s’arrêter.
**************
Tout avait commencé le jour de ses seize ans. Le père et la mère, qui depuis la naissance de leur fille, ne se voyaient plus, du moins c’est ce qu’ils laissaient entendre ! décidèrent d’organiser chacun une fête pour célébrer cet anniversaire. On ne sut jamais qui en eut d’abord l’idée car la suite des événements ne permit à quiconque de poser pareille question. Cependant, la nouvelle se répandit de nuit comme de jour.
Le soleil déclara que sa fête, de par sa présence elle-même, serait une brillante affaire. Il y convia tous les animaux, les arbres, les lacs, les mers, les océans, les plaines et les rivières. Les volcans devaient jouer une séquence minutieusement planifiée dès le lever du jour. Le père de la fêtée comptait faire alors une apparition magistrale en déployant toute sa force comme s’il était déjà midi. Le vent avait promis de son coté de souffler tout doucement un petit air frais pour que la température soit parfaite. Les oiseaux avaient aimablement offert de poser des guirlandes de fleurs sur les plus hautes montagnes et de les relier les unes aux autres avec les lianes les plus belles.
Ainsi, durant le jour, le soleil monopolisait ses amis avec les préparatifs de la fête, ignorant encore sans doute que le soir, de son coté, la lune travaillait activement. Elle s’était déjà entendue avec les étoiles pour qu’elles écrivent un grand seize sur toute l’immensité du ciel. Une étoile ingénieuse avait même trouvé un moyen pour faire clignoter le chiffre : les étoiles formant le 6 devant fermer les yeux alternativement. Des milliers de lucioles avaient été recrutées pour assurer un éclairage supplémentaire. En outre, les étoiles avaient généreusement proposé à leur grande amie de semer de la poussière d’argent, sur les milliers de papillons de nuit qui devaient ouvrir le cortège. Car la lune, en mère fière et comblée, avait prévu un cortège splendide et royal pour son unique fille. Un cortège qui ferait le tour du monde et inclurait toutes sortes de créatures.
Au fur et à mesure que la date anniversaire approchait, l’agitation augmentait. Nerveux, les animaux se regardaient en détournant rapidement les yeux ou en hochant la tête. Le malaise grandissait à chaque fois que l’un des parents mentionnait l’heure ou la durée de la fête. Le soleil rappelait à tout un chacun qu’il serait bien haut dans le ciel dès l’aube et qu’il entendait y rester jusqu’aux dernières heures du crépuscule. De son coté, la lune planifiait de jouir au maximum de l’absence du soleil dès les premières heures du crépuscule et de rester bien au-delà de l’aube. Le colibri qui volait la nuit et le jour tant il était excité fut le premier à sentir que quelque chose n’allait pas. Les poissons, les yeux démesurément grands, confirmèrent son soupçon. Les oiseaux qui recevaient déjà des instructions des deux parents murmurèrent qu’ils n’auraient jamais le temps d’enlever les guirlandes commandées par le soleil pour couvrir les montagnes des paillettes d’or commandées par la lune. Les océans qui avaient accepté de refléter par de grandes écumes la lumière du soleil, se plaignaient qu’ils ne savaient pas quand commencer le mouvement des vagues, rythmé et entraînant, que la lune avait réclamé comme musique de fond.
Les arbres, les volcans, les lacs, les mers et les océans, les oiseaux, les poissons, les papillons et les gazelles, tout ce monde paniquait davantage au fur et à mesure que la date avançait. Les animaux en venaient même à souhaiter que cet anniversaire n’arrivât jamais. Au début, pourtant ils avaient tous été très impatients de rencontrer la fille du soleil et de la lune parce qu’ils ne l’avaient encore jamais vue. En effet, à sa naissance, sa mère l’avait emportée très loin et nul n’avait pu la voir à l’exception de son père qui s’en occupait la nuit. Pendant quinze ans, Soléna avait ainsi passé ses nuits avec le soleil et ses journées avec la lune. Pour son seizième anniversaire, elle allait être présentée à tous pour la première fois. Pour la première fois également, Soléna allait voir son père le soleil briller le jour dans toute sa beauté et contempler sa mère la lune étaler sa lumière sur le monde nocturne. Du moins, c’est ce qui était prévu.
La veille de l’anniversaire, les étoiles inquiètes de la tournure que prenaient les événements, décidèrent d’en parler à la lune. Elles abordèrent le sujet avec finesse, car la lune malgré son charme et sa douceur pouvait entrer dans des colères terribles. Sereine, la lune décida d’ignorer les appréhensions de ses amies. Elle déclara que tout se passerait bien et recommanda aux étoiles de bien polir leurs branches pour pouvoir briller davantage.
De son coté, le vent qui avait développé une solide amitié avec le soleil monta jusqu’à lui pour lui souffler mot de ses craintes, mais le soleil ne fit que sourire, ce qui envoya une bouffée de vent chaud sur la terre.
Nul ne sut si la demoiselle en question soupçonna le drame qui se jouait, mais il parait qu’en cette veille de son anniversaire, elle demanda à sa mère quand commencerait et se terminerait la fête. Elle avait déjà posé la même question à son père, et à la réponse que lui fit sa mère, elle commença à se faire du souci. Elle les supplia de se rencontrer rien qu’une fois pour discuter de certains points, de l’heure, du décor…
– « Pas question ! » répondit la lune « ton père n’a qu’à se montrer raisonnable et se coucher tôt ! »
Le soleil de son coté prit sa voix bourrue.
– « Quelle drôle d’idée ! Ta mère ne cessera donc jamais ses exigences. »
La fille eut beau les cajoler, supplier, trépigner, bouder, rien n’y fit. Au fil des heures, elle essaya mille stratagèmes, mais ses parents ne changèrent pas d’avis. Alors, comme Soléna se réjouissait à l’idée d’être présentée à tout le monde, et qu’elle n’avait pas l’habitude d’être contrariée, elle fit ce que font les enfants quand ils n’obtiennent pas ce qu’ils veulent, elle pleura à chaudes larmes.
Les animaux, surpris, levèrent la tête vers le ciel pour voir d’où venait cette avalanche d’eau. Les feuilles des arbres plièrent sous le poids des gouttes qui, si elles perdaient parfois de leur force, ne s’arrêtaient pas pour autant.
**************
Il y avait quarante jours que cela avait commencé. Les étoiles, effrayées, en parlèrent à la lune. Le vent, malheureux, alla trouver le soleil. Les parents qui se sentaient responsables de ce déluge ne savaient comment le faire cesser. Rien n’arrivait à retenir ce torrent de larmes car la fille de la lune et du soleil avait hérité de la ténacité de sa mère et de l’impétuosité de son père. Ses pleurs tombaient drus et sans relâche. Il n’y avait hélas ! qu’une seule solution : l’éloigner avant qu’elle ne causât un mal irréparable. Le soleil s’en chargea et tendrement il prit sa fille dans ses bras et la porta très, très loin, si loin que de temps en temps, lorsque ses larmes arrivent malgré tout jusqu’à la terre, les étoiles n’osent regarder la lune pour ne pas voir ses yeux s’embuer, le vent se cache derrière les arbres pour éviter le soleil, et les animaux se demandent si c’est le même chagrin qui fait pleurer Soléna.
Les hommes, eux, – allez savoir pourquoi ! disent tout bêtement
– Il pleut.
Évelyne Trouillot. L’oiseau-mirage recueil de contes. Editions HSI. Port-au-Prince, HAÏTI. 1997.
La chagrin de Solena
Il y avait quarante jours que la fille du soleil et de la lune pleurait, quarante jours que ses larmes tombaient sur la terre. Les animaux ne savaient que faire et n’osaient plus sortir de leurs abris. Même les crapauds commençaient à se plaindre. Le niveau de la mer montait à un rythme inquiétant et les poissons eux-mêmes, de temps à autre mettaient la tête dehors pour voir si la demoiselle allait enfin s’arrêter.
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Tout avait commencé le jour de ses seize ans. Le père et la mère, qui depuis la naissance de leur fille, ne se voyaient plus, du moins c’est ce qu’ils laissaient entendre ! décidèrent d’organiser chacun une fête pour célébrer cet anniversaire. On ne sut jamais qui en eut d’abord l’idée car la suite des événements ne permit à quiconque de poser pareille question. Cependant, la nouvelle se répandit de nuit comme de jour.
Le soleil déclara que sa fête, de par sa présence elle-même, serait une brillante affaire. Il y convia tous les animaux, les arbres, les lacs, les mers, les océans, les plaines et les rivières. Les volcans devaient jouer une séquence minutieusement planifiée dès le lever du jour. Le père de la fêtée comptait faire alors une apparition magistrale en déployant toute sa force comme s’il était déjà midi. Le vent avait promis de son coté de souffler tout doucement un petit air frais pour que la température soit parfaite. Les oiseaux avaient aimablement offert de poser des guirlandes de fleurs sur les plus hautes montagnes et de les relier les unes aux autres avec les lianes les plus belles.
Ainsi, durant le jour, le soleil monopolisait ses amis avec les préparatifs de la fête, ignorant encore sans doute que le soir, de son coté, la lune travaillait activement. Elle s’était déjà entendue avec les étoiles pour qu’elles écrivent un grand seize sur toute l’immensité du ciel. Une étoile ingénieuse avait même trouvé un moyen pour faire clignoter le chiffre : les étoiles formant le 6 devant fermer les yeux alternativement. Des milliers de lucioles avaient été recrutées pour assurer un éclairage supplémentaire. En outre, les étoiles avaient généreusement proposé à leur grande amie de semer de la poussière d’argent, sur les milliers de papillons de nuit qui devaient ouvrir le cortège. Car la lune, en mère fière et comblée, avait prévu un cortège splendide et royal pour son unique fille. Un cortège qui ferait le tour du monde et inclurait toutes sortes de créatures.
Au fur et à mesure que la date anniversaire approchait, l’agitation augmentait. Nerveux, les animaux se regardaient en détournant rapidement les yeux ou en hochant la tête. Le malaise grandissait à chaque fois que l’un des parents mentionnait l’heure ou la durée de la fête. Le soleil rappelait à tout un chacun qu’il serait bien haut dans le ciel dès l’aube et qu’il entendait y rester jusqu’aux dernières heures du crépuscule. De son coté, la lune planifiait de jouir au maximum de l’absence du soleil dès les premières heures du crépuscule et de rester bien au-delà de l’aube. Le colibri qui volait la nuit et le jour tant il était excité fut le premier à sentir que quelque chose n’allait pas. Les poissons, les yeux démesurément grands, confirmèrent son soupçon. Les oiseaux qui recevaient déjà des instructions des deux parents murmurèrent qu’ils n’auraient jamais le temps d’enlever les guirlandes commandées par le soleil pour couvrir les montagnes des paillettes d’or commandées par la lune. Les océans qui avaient accepté de refléter par de grandes écumes la lumière du soleil, se plaignaient qu’ils ne savaient pas quand commencer le mouvement des vagues, rythmé et entraînant, que la lune avait réclamé comme musique de fond.
Les arbres, les volcans, les lacs, les mers et les océans, les oiseaux, les poissons, les papillons et les gazelles, tout ce monde paniquait davantage au fur et à mesure que la date avançait. Les animaux en venaient même à souhaiter que cet anniversaire n’arrivât jamais. Au début, pourtant ils avaient tous été très impatients de rencontrer la fille du soleil et de la lune parce qu’ils ne l’avaient encore jamais vue. En effet, à sa naissance, sa mère l’avait emportée très loin et nul n’avait pu la voir à l’exception de son père qui s’en occupait la nuit. Pendant quinze ans, Soléna avait ainsi passé ses nuits avec le soleil et ses journées avec la lune. Pour son seizième anniversaire, elle allait être présentée à tous pour la première fois. Pour la première fois également, Soléna allait voir son père le soleil briller le jour dans toute sa beauté et contempler sa mère la lune étaler sa lumière sur le monde nocturne. Du moins, c’est ce qui était prévu.
La veille de l’anniversaire, les étoiles inquiètes de la tournure que prenaient les événements, décidèrent d’en parler à la lune. Elles abordèrent le sujet avec finesse, car la lune malgré son charme et sa douceur pouvait entrer dans des colères terribles. Sereine, la lune décida d’ignorer les appréhensions de ses amies. Elle déclara que tout se passerait bien et recommanda aux étoiles de bien polir leurs branches pour pouvoir briller davantage.
De son coté, le vent qui avait développé une solide amitié avec le soleil monta jusqu’à lui pour lui souffler mot de ses craintes, mais le soleil ne fit que sourire, ce qui envoya une bouffée de vent chaud sur la terre.
Nul ne sut si la demoiselle en question soupçonna le drame qui se jouait, mais il parait qu’en cette veille de son anniversaire, elle demanda à sa mère quand commencerait et se terminerait la fête. Elle avait déjà posé la même question à son père, et à la réponse que lui fit sa mère, elle commença à se faire du souci. Elle les supplia de se rencontrer rien qu’une fois pour discuter de certains points, de l’heure, du décor…
— « Pas question ! » répondit la lune « ton père n’a qu’à se montrer raisonnable et se coucher tôt ! »
Le soleil de son coté prit sa voix bourrue.
— « Quelle drôle d’idée ! Ta mère ne cessera donc jamais ses exigences. »
La fille eut beau les cajoler, supplier, trépigner, bouder, rien n’y fit. Au fil des heures, elle essaya mille stratagèmes, mais ses parents ne changèrent pas d’avis. Alors, comme Soléna se réjouissait à l’idée d’être présentée à tout le monde, et qu’elle n’avait pas l’habitude d’être contrariée, elle fit ce que font les enfants quand ils n’obtiennent pas ce qu’ils veulent, elle pleura à chaudes larmes.
Les animaux, surpris, levèrent la tête vers le ciel pour voir d’où venait cette avalanche d’eau. Les feuilles des arbres plièrent sous le poids des gouttes qui, si elles perdaient parfois de leur force, ne s’arrêtaient pas pour autant.
**************
Il y avait quarante jours que cela avait commencé. Les étoiles, effrayées, en parlèrent à la lune. Le vent, malheureux, alla trouver le soleil. Les parents qui se sentaient responsables de ce déluge ne savaient comment le faire cesser. Rien n’arrivait à retenir ce torrent de larmes car la fille de la lune et du soleil avait hérité de la ténacité de sa mère et de l’impétuosité de son père. Ses pleurs tombaient drus et sans relâche. Il n’y avait hélas ! qu’une seule solution : l’éloigner avant qu’elle ne causât un mal irréparable. Le soleil s’en chargea et tendrement il prit sa fille dans ses bras et la porta très, très loin, si loin que de temps en temps, lorsque ses larmes arrivent malgré tout jusqu’à la terre, les étoiles n’osent regarder la lune pour ne pas voir ses yeux s’embuer, le vent se cache derrière les arbres pour éviter le soleil, et les animaux se demandent si c’est le même chagrin qui fait pleurer Soléna.
Les hommes, eux, – allez savoir pourquoi ! disent tout bêtement
– Il pleut.
La pena de Solena
Hacía cuarenta días que la hija del sol y la luna lloraba, cuarenta días que sus lágrimas caían sobre la tierra. Los animales no sabían qué hacer y no osaban salir de sus madrigueras. Incluso los sapos comenzaron a quejarse. El nivel del mar subía a un ritmo inquietante y los peces a su vez, de cuando en cuando, sacaban la cabeza para ver si la señorita pararía de llorar en algún momento.
******
Todo había comenzado el día en que cumplió dieciséis años. El padre y la madre, que desde el nacimiento de su hija, habían dejado de verse —era lo que se decía— decidieron organizar cada uno, por separado, una fiesta para celebrar ese aniversario. Nunca se supo a quién se le ocurrió primero la idea pues el desarrollo de los acontecimientos no dio lugar a que nadie se hiciera semejante pregunta. Sin embargo, la noticia se difundió tanto de día como de noche.
El sol declaró que por su sola presencia, la fiesta organizada por él sería un suceso deslumbrante. Invitó a todos los animales, los árboles, los lagos, los mares, los océanos. Los volcanes debían interpretar una secuencia armónica minuciosamente planificada a partir del amanecer. El padre de la festejada planeaba hacer entonces una aparición magistral desplegando toda su fuerza como si ya fuera mediodía. El viento, por su parte, le había prometido soplar muy suavemente una brisa fresca para que la temperatura fuera perfecta. Los pájaros habían ofrecido amablemente poner guirnaldas de flores en las cimas de las montañas uniéndolas entre sí con las lianas más hermosas.
De este modo, durante el día, el sol monopolizaba a sus amigos con los preparativos de la fiesta, ignorando sin duda que al atardecer, por su parte, la luna trabajaba arduamente. Esta ya se había puesto de acuerdo con las estrellas para que dibujaran un gran dieciséis sobre toda la inmensidad del cielo. Una estrella ingeniosa había encontrado el modo de hacer pestañear la cifra: las estrellas que formaban el 6 debían cerrar los ojos alternativamente. Miles de luciérnagas habían sido reclutadas para garantizar una iluminación suplementaria. Además, las estrellas habían generosamente propuesto a su gran amiga esparcir polvo de plata sobre las miles de mariposas nocturnas que debían abrir el cortejo. Pues la luna, como madre orgullosa y satisfecha, había previsto un cortejo espléndido y real para su única hija. Un cortejo que daría la vuelta al mundo e incluiría toda suerte de criaturas.
A medida que la fecha del cumpleaños se acercaba, la agitación aumentaba. Nerviosos, los animales se miraban desviando rápidamente la mirada o sacudiendo la cabeza. La inquietud aumentaba cada vez que uno de los padres mencionaba la hora o la duración de la fiesta. El sol recordaba a todos y cada uno que estaría bien alto en el cielo desde el amanecer y que pensaba quedarse ahí hasta las últimas horas del crepúsculo. Por su parte, la luna planificaba disfrutar al máximo de la ausencia del sol desde las primeras horas del crepúsculo y quedar muy en lo alto hasta más allá del alba. El picaflor, que volaba tanto de día como de noche de lo excitado que estaba, fue el primero en sentir que algo no andaba bien. Los peces, con los ojos desmesuradamente grandes, confirmaron su sospecha. Los pájaros que recibían ya instrucciones de los dos padres murmuraban que no tendrían el tiempo necesario para retirar las guirnaldas dispuestas por el sol para cubrir las montañas con las lentejuelas de oro encargadas por la luna. Los océanos que habían aceptado reflejar en las grandes espumas la luz del sol, se quejaban porque no sabían cuándo comenzar el movimiento de las olas, ritmado y arrastrado, que la luna había exigido como música de fondo.
Los árboles, los volcanes, los lagos, los mares y los océanos, los pájaros, los peces, las mariposas y las gacelas, todo ese mundo empezó a sentir que el pánico aumentaba a medida que la fecha se acercaba. Los animales llegaron a desear que esa fecha no llegara nunca. Al comienzo sin embargo, todos habían estado muy impacientes por conocer a la hija del sol y de la luna porque no la habían visto nunca todavía. En efecto, al momento de nacer, su madre la había llevado muy lejos y nadie había podido verla a excepción de su padre que la cuidaba de noche. Durante quince años, Soléna, había pasado sus noches con el sol y sus días con la luna. En su décimo sexto cumpleaños, iba a ser presentada a todos por primera vez. Por primera vez también, Soléna iba a ver a su padre el sol brillar de día con toda su belleza y contemplar a su madre la luna desplegar y extender su luz sobre el mundo nocturno; por lo menos, eso era lo que estaba previsto.
La víspera del cumpleaños, las estrellas inquietas por el cariz que tomaban los hechos, decidieron comentarlo con la luna. Abordaron el tema con delicadeza, pues la luna a pesar de su encanto y su dulzura podía estallar en cóleras terribles. Serena, la luna decidió ignorar las aprensiones de sus amigas. Declaró que todo saldría bien y recomendó a las estrellas que pulieran muy bien sus puntas para brillar más.
Por su parte, el viento que había entablado una sólida amistad con el sol, subió hasta donde él para manifestarle sus temores, pero el sol se limitó a sonreír y envió una bocanada de viento cálido sobre la tierra.
Nadie supo si la damisela en cuestión sospechaba el drama que se vivía, pero parece que en esa víspera de su cumpleaños, le preguntó a su madre cuándo empezaría y terminaría la fiesta. Ella ya le había hecho la misma pregunta a su padre, y por la respuesta que le dio su madre comenzó a inquietarse. Les suplicó que se encontraran por lo menos una vez para discutir algunos puntos y ponerse de acuerdo sobre la hora, el decorado…
— «Ni hablar!» respondió la luna, «a tu padre no le queda más que ser razonable y acostarse temprano!».
El sol por su parte, dijo malhumorado:
— «Qué idea tan descabellada! Tu madre no dejará nunca de imponer sus exigencias».
Por más que la niña engatusó, suplicó, pataleó, se taimó, no logró nada. Al cabo de las horas, trató mil estratagemas pero sus padres no cambiaron de opinión. Entonces, como Soléna estaba tan ilusionada con la idea de ser presentada a todo el mundo y no estaba acostumbrada a ser contrariada, hizo lo que hacen todos los niños cuando no obtienen lo que quieren, se puso a llorar a lágrima viva.
Los animales, sorprendidos, elevaron los ojos al cielo para ver de dónde venía esta avalancha de agua. Las hojas de los árboles se doblaban por el peso de las gotas, aunque a veces perdían su fuerza, no se detenían.
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Hacía cuarenta días que aquello había comenzado. Las estrellas, espantadas, hablaron con la luna. El viento, muy apesadumbrado fue a ver al sol. Los padres que se sentían responsables de este diluvio no sabían qué hacer para ponerle término. Nada lograba retener el torrente de lágrimas, pues la hija de la luna y del sol había heredado la tenacidad de su madre y la impetuosidad de su padre. Sus lágrimas caían tupidas y abundantes. No quedaba sino una solución, alejarla antes de que causara un mal irreparable. El sol se encargó de ello y tiernamente tomó a su hija en los brazos y la llevó muy, muy lejos. Tan lejos que de vez en cuando, cuando sus lágrimas llegan a pesar de todo a la tierra, las estrellas no se atreven a mirar a la luna para no ver sus ojos empañarse, el viento se esconde detrás de los árboles para evitar al sol, y los animales se preguntan si es la misma pena la que hace llorar a Soléna.
Los hombres, en cambio, ¡vaya uno a saber por qué!, dicen tontamente:
— Está lloviendo.
Traductora chilena su interés por las lenguas extranjeras nació muy tempranamente. Mientras cursaba la secundaria, asistía a los cursos regulares de francés y de alemán que impartían los respectivos institutos binacionales en Santiago de Chile con la ilusión de llegar a ser traductora. Posteriormente, ingresó a la universidad para estudiar Pedagogía en francés y en alemán.
Su dominio del francés le permitió participar en una misión internacional de Observación de Derechos Humanos en Haití. El contacto con los haitianos y el descubrimiento de su rica y mágica cultura, especialmente literaria, fueron decisivos en vida. Desde 2008 se dedicó a la traducción de autores haitianos tanto del francés como del creol haitiano.

