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Himno a Dios, Dios mío, en mi enfermedad

por John Donne, traducción de Sergio Silva

Traducción del inglés por Sergio Silva
Texto original de John Donne
Edición por Daniela Arias
Imagen: Death mark of the poet John Donne, grabado de Martin Droeshout, Londres 1632

Ya que voy llegando a esa sagrada habitación
donde seré tu música, para la eternidad       
con el coro de tus santos; mientras llego, el son
de mi instrumento afino aquí en el umbral   
y lo que haré entonces me pongo antes a pensar.                   

Mientras que mis doctores por amor se han transformado                   
en cosmógrafos, y yo en su mapa, liso y yacente
en esta cama, para poder dejar demostrado  
que este es mi gran descubrimiento sudoeste
per fretum febris, por estos estrechos ver la muerte,

me alegro, porque en estos estrechos veo mi oeste
pues, aunque sus corrientes nos prohíben el regreso,                          
¿por qué me dolería mi oeste? Así como este
y oeste en cada mapa (y yo soy uno) son uno
así se tocan la muerte con el resurgimiento.

¿Es el Mar Pacífico mi hogar? ¿Es Jerusalén?
¿Habré de buscarlo en las riquezas orientales?
Hacia la morada de Jafet, o Cam o Sem,     
cada estrecho es un camino, Anián y Magallanes
y Gibraltar, ellos y nada más que sus caudales.                                                                     

Creemos que el Monte del Calvario y el Paraíso
el árbol del padre Adán y la cruz de Cristo, estaban
en el mismo sitio; mira, Señor, en mí reunidos
dos Adanes. Y si el primer sudor ciñe mi cara
que la sangre del último Adán abrace mi alma.                     

Recíbeme, pues, Señor, en su púrpura arropado;
por estas sus espinas dame su otra corona;
y, así como a otras almas tu palabra he predicado,
sea este mi texto, un sermón a mi persona:
“Para que pueda levantar, nuestro Señor arroja”.

Hymn to God, My God, in My Sickness

Since I am coming to that holy room,
         Where, with thy choir of saints for evermore,
I shall be made thy music; as I come
         I tune the instrument here at the door,
         And what I must do then, think here before.

Whilst my physicians by their love are grown
         Cosmographers, and I their map, who lie
Flat on this bed, that by them may be shown
         That this is my south-west discovery,
         Per fretum febris, by these straits to die,

I joy, that in these straits I see my west;
         For, though their currents yield return to none,
What shall my west hurt me? As west and east
         In all flat maps (and I am one) are one,
         So death doth touch the resurrection.

Is the Pacific Sea my home? Or are
         The eastern riches? Is Jerusalem?
Anyan, and Magellan, and Gibraltar,
          All straits, and none but straits, are ways to them,
         Whether where Japhet dwelt, or Cham, or Shem.

We think that Paradise and Calvary,
         Christ’s cross, and Adam’s tree, stood in one place;
Look, Lord, and find both Adams met in me;
         As the first Adam’s sweat surrounds my face,
         May the last Adam’s blood my soul embrace.

So, in his purple wrapp’d, receive me, Lord;
         By these his thorns, give me his other crown;
And as to others’ souls I preach’d thy word,
         Be this my text, my sermon to mine own:
«Therefore that he may raise, the Lord throws down.»

(Tomado de poetryfoundation.org.)

Hymn to God, My God, in My Sickness

Since I am coming to that holy room,
         Where, with thy choir of saints for evermore,
I shall be made thy music; as I come
         I tune the instrument here at the door,
         And what I must do then, think here before.

Whilst my physicians by their love are grown
         Cosmographers, and I their map, who lie
Flat on this bed, that by them may be shown
         That this is my south-west discovery,
         Per fretum febris, by these straits to die,

I joy, that in these straits I see my west;
         For, though their currents yield return to none,
What shall my west hurt me? As west and east
         In all flat maps (and I am one) are one,
         So death doth touch the resurrection.

Is the Pacific Sea my home? Or are
         The eastern riches? Is Jerusalem?
Anyan, and Magellan, and Gibraltar,
          All straits, and none but straits, are ways to them,
         Whether where Japhet dwelt, or Cham, or Shem.

We think that Paradise and Calvary,
         Christ’s cross, and Adam’s tree, stood in one place;
Look, Lord, and find both Adams met in me;
         As the first Adam’s sweat surrounds my face,
         May the last Adam’s blood my soul embrace.

So, in his purple wrapp’d, receive me, Lord;
         By these his thorns, give me his other crown;
And as to others’ souls I preach’d thy word,
         Be this my text, my sermon to mine own:
«Therefore that he may raise, the Lord throws down.»

Himno a Dios, Dios mío, en mi enfermedad

Ya que voy llegando a esa sagrada habitación
donde seré tu música, para la eternidad       
con el coro de tus santos; mientras llego, el son
de mi instrumento afino aquí en el umbral   
y lo que haré entonces me pongo antes a pensar.                   

Mientras que mis doctores por amor se han transformado                   
en cosmógrafos, y yo en su mapa, liso y yacente
en esta cama, para poder dejar demostrado  
que este es mi gran descubrimiento sudoeste
per fretum febris, por estos estrechos ver la muerte,

me alegro, porque en estos estrechos veo mi oeste
pues, aunque sus corrientes nos prohíben el regreso,                          
¿por qué me dolería mi oeste? Así como este
y oeste en cada mapa (y yo soy uno) son uno
así se tocan la muerte con el resurgimiento.

¿Es el Mar Pacífico mi hogar? ¿Es Jerusalén?
¿Habré de buscarlo en las riquezas orientales?
Hacia la morada de Jafet, o Cam o Sem,     
cada estrecho es un camino, Anián y Magallanes
y Gibraltar, ellos y nada más que sus caudales.                                                                     

Creemos que el Monte del Calvario y el Paraíso
el árbol del padre Adán y la cruz de Cristo, estaban
en el mismo sitio; mira, Señor, en mí reunidos
dos Adanes. Y si el primer sudor ciñe mi cara
que la sangre del último Adán abrace mi alma.                     

Recíbeme, pues, Señor, en su púrpura arropado;
por estas sus espinas dame su otra corona;
y, así como a otras almas tu palabra he predicado,
sea este mi texto, un sermón a mi persona:
“Para que pueda levantar, nuestro Señor arroja”.

Un ensayo de la muerte: sobre un himno de John Donne

Hice un primer intento de traducir el “Himno a Dios, Dios mío, en mi enfermedad” [Hymn to God, my God, in my Sickness] del poeta inglés John Donne (1572-1631) en septiembre de 2021. En ese momento, mi abuela acababa de ingresar a la primera de tres temporadas que pasó hospitalizada, antes de morir—a causa de una enfermedad que nunca recibió un nombre definitivo—el 31 de enero de 2022. Yo asistía durante esos meses a un curso sobre la poesía inglesa posterior a la Reforma en el que uno de los requisitos era memorizar uno de los poemas incluidos en el programa del curso para recitarlo en clase, algunas sesiones después. Escogí el “Himno” por los días en que mi abuela cayó definitivamente enferma; un poema sobre la enfermedad, la cercanía física de la muerte, la incertidumbre, la calma y el miedo. Y quise compartirlo con ella.

Este poema me obsesiona porque es como una miniatura del mundo de Donne; una especie de antología de todo lo que es idiosincrático en este poeta en apenas seis estrofas. El interés de Donne por los cuerpos está ahí: los cuerpos que se desnudan para encontrarse, los cuerpos que dejan un rastro sobre las cosas al irse, los cuerpos que se desconocen a sí mismos en la enfermedad. También está ahí la insistencia del poeta en plagar sus versos de indicaciones de orientación: lo fascinado que estaba Donne con el hecho de que el oriente y el occidente de los mapas son un mismo punto indistinguible (una idea a la que vuelve constantemente en sus sermones e incluso en su propio epitafio) y las divisiones tripartitas de la geografía de la tierra, por ejemplo. Por supuesto, muy presente está la forma en la que Donne—sacerdote de la iglesia anglicana, aparte de escritor y poeta—se dirigió a su dios. Un dios hecho de lenguaje; en sus propias palabras, “un dios metafórico”. Un dios al que el poeta espera hallar dulce ante sus ruegos pero al que no duda en recriminar o controvertir.

El “Himno” resume también lo que hace característico al trabajo de Donne con el lenguaje. Su uso frecuente de los deícticos, todas esas palabras como “este”, “ese”, “aquí” que nos ubican en el espacio del poema; que facilitan la participación del cuerpo del lector en la cartografía del texto. Así mismo, la preocupación por el valor gráfico de los signos sobre la página. Por ejemplo, el quiasmo entre “Christ’s cross” y “Adam’s tree”, en la quinta estrofa, que reafirma la equivalencia entre Adán y Cristo, el inicio y el fin de la historia sagrada del cristianismo, y contribuye a encerrar el poema en el tiempo circular de la resurrección al tiempo que arropa el cuerpo del poeta en las imágenes tangibles del sudor y la sangre (y en la imagen implícita del sudario). O también los juegos de sentido al usar formas ortográficas ambiguas de palabras como “straightes”: una forma ambivalente de significar, mediante la homofonía, que los estrechos, “straits”, son vías (di)rectas “straight” hacia un lugar.        

¿Por qué falló ese primer intento de traducción? Porque traduje el poema en verso libre, siguiendo de la manera más literal que podía los versos de Donne. Me pareció que, vertido de esta manera, el poema no hacía lo que debía hacer en español. Por el contexto en que leí y memoricé el “Himno”, era claro para mí que la serenidad que podía traer el texto ante la muerte cercana no estaba solamente en sus ideas, sino en su cadencia. Que el “Himno”, como cualquier otra oración, debe ejecutarse de manera correcta para ser efectivo. Los primeros rasgos del poema de Donne que debía tener en mente al intentar traducirlo eran formales, entonces: el ritmo del pentámetro yámbico y la rima ABABB de cada una de las estrofas. La rima me parecía particularmente importante ya que es el elemento sonoro que ata la sintaxis laberíntica del poema, dando además un pie constante a la memoria. Aunque el vocabulario del “Himno” no es complejo, lo enredado de la sintaxis hace oscuro el sentido y, al contrario, la rima permite subdividir y recordar más fácilmente las secciones. Hay un complejo diálogo entre la cuidadosa medida de los versos y las largas oraciones con frases subordinadas que constituyen el poema. Ese balance entre una forma muy atada y un flujo convulso produce un poema, en mi impresión, tan honesto como artificioso. La forma rara del “Himno” es, sin duda, como un estrecho y el agua que se precipita a través de él.  

            Pero, sobre todo, la forma del poema da cuenta de lo paradójico de la experiencia que describe el “Himno”. No hay un consenso definitivo entre los académicos y editores de Donne con respecto a la fecha en que escribió su “Himno”. Su biógrafo más temprano, Isaak Walton, quien estuvo cerca de Donne durante sus últimos años, recoge lo que parece ser el testimonio textual más temprano de la existencia de ese poema. Son dos estrofas, alteradas con respecto a lo que encontramos en el poema definitivo. Según el testimonio de Walton, Donne escribió este poema en su lecho de muerte. Aunque sorprendente, esta hipótesis parecía ser la única probable hasta el hallazgo de una versión manuscrita del poema, copiada por un tal Sir Julius Cesar en un cuaderno personal y fechada en 1623. Parece ser, entonces, que Donne escribió el “Himno” a finales de ese último año, cuando casi muere a causa de una fiebre tifoidea. Durante ese mismo periodo escribió sus Devociones para las ocasiones inesperadas [Devotions Upon Emergent Occasions], una serie de 23 meditaciones espirituales en prosa que siguen la aparición, síntomas, miedos y cura de la enfermedad del poeta.

            En cualquier caso, poco importa si el “Himno” es un poema escrito en el umbral de la muerte o un poema que ensaya estar en el umbral de la muerte. En ambos casos da lo mismo, porque el “Himno” es un poema para cuando estemos en ese umbral; no por nada empieza situando a la voz poética “aquí, en la puerta”. El inicio del poema es titubeante: la primera estrofa ensaya una metáfora espacial, la del cielo como un coro al que se acerca el poeta, pero, a partir de la segunda estrofa, esta imagen se abandona en favor del concepto del cuerpo del poeta como mapa. Así mismo, las conjunciones que marcan giros cruciales en el poema, como “since”, “whilst”, “as”, subrayan el carácter preparatorio de todo el texto. El “Himno” es como un cuerpo agonizante que todavía no muere pero quiere precipitarse hacia donde no sabe; inerte bajo el escrutinio médico, pero con una voluntad de movimiento incontenible.

Todo el arte del “Himno” consiste, me parece, en ese movimiento imposible: en pasar de un lado a otro cuando no se puede, y en confiar en que será otro (Dios, específicamente) quien ejecute el gesto de traducir y transportar, con la doble valencia que tiene el verbo to translate en inglés (que quizás sólo conserva en español el verbo “transportar” cuando se usa con el sentido de convertir una pieza musical a un tono distinto). Desde la primera estrofa, con la inversión del lugar común del coro de los bienaventurados que ofrece el verso “I shall be made thy music”, la voz pasiva ocupa un lugar crucial en el “Himno”. El verso final, incluso, abandona al poeta enfermo (tanto como sujeto como objeto gramatical) para enfocarse en dos gestos de Dios: arrojar y levantar.

            En muchos otros de sus textos, Donne explora la metáfora de la muerte como un tipo de traducción efectuada por Dios. En el poema con que prologa el salterio de los hermanos Sidney, una traducción asombrosa de los salmos a las formas estróficas populares del Renacimiento inglés, Donne juega con la idea de Dios como traductor. Refiriéndose a la muerte reciente de Mary Sidney, la última de los dos hermanos, el poeta propone que Dios es aquel que ha traducido a esos traductores y, de este modo, ha completado la obra de ambos. Pero es en la meditación 17 de sus Devociones donde Donne habla de la muerte como traducción por extenso:

toda la humanidad tiene un autor, y es un solo volumen; cuando un hombre muere, un capítulo no es arrancado del libro, sino traducido a un mejor lenguaje; y cada capítulo debe ser así traducido; Dios emplea varios traductores; algunas partes son traducidas por la edad, otras por la enfermedad, algunas por la guerra, otras por la justicia; pero la mano de Dios está en cada traducción, y su mano encuadernará todas nuestras hojas dispersas para esa biblioteca en la que cada libro yacerá abierto para los otros

            A los ojos de Donne traducir es, entonces, un ensayo de la muerte. O, más bien, traducir es hacerse consciente de que morir es una transformación semejante a la que pedimos a las palabras al trasladarlas a otra lengua. Familiar pero imposible. Algo inminentemente próximo, pero tan vasto y distante como el Pacífico para un londinense del siglo XVII. Un hacer que es un abandonarse. Estar lejos queriendo estar cerca. El poema está aquí y allá al mismo tiempo: en la “sagrada habitación” y en la cama de enfermo, en el calvario y el paraíso, así como en el umbral, en los estrechos de su enfermedad y en esa región incógnita que la ciudad sagrada, el oriente y, finalmente, el mar buscan representar.

            Entonces, ¿qué hace que el “Himno” funcione en español? No se trata, creo, de que al llegar al final del poema creamos en la resurrección de la carne. Ni siquiera, sospecho, de si esa idea fue un consuelo para John Donne, mientras yacía, cada vez más limitado, en su última cama de enfermo. La fe de ese poeta, según la expresa en el “Himno”, reside en que, al abandonarse a su dios, será traducido por él. Este intento de hacer que el poema funcione en español está guiado por la convicción de que debe ser un artefacto con un sentido constante del ritmo, de ahí que esté en versos de quince sílabas, y memorizable, por eso la rima asonante. El reto fue no convertir el poema en algo más pesado de lo que es en realidad, ni enredar más la sintaxis de lo debido, conservando la rareza de algunas de las frases. Si hay más error que virtud en ese intento, se debe a los límites de mi habilidad, los cuales son quizás otra dimensión que tiene lo intraducible.

Sergio Silva es profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia, con un máster y un doctorado en Literaturas y Culturas Hispánicas de la Universidad de Virginia. Ha escrito cuentos, reseñas, ensayos breves y, más recientemente, poemas. Entre sus intereses están la poesía meditativa del siglo XVII, el cuerpo, el deseo y las formas de orientarse ante lo desconocido.