A Bettine, la niña amiga de Goethe
Traducción del inglés por Santiago E. Méndez
Texto original de Elizabeth Barrett Browning
Edición por Daniela Arias
Imagen: Boy Sleeping on a Grave por Caspar David Friedrich, 1803
«¡Soy clarividente, Goethe!», Las cartas de una niña.
I.
Bettine, amiga de Goethe,
si eres clarividente,
¿vuelcas la alabanza y el placer
con amantísimo deber ante su
rostro majestuoso, como hacen las mujeres,
la infancia aún bajo tus párpados?
II.
¿Te sacrificas ante su altar
luciendo la sonrisa de niña
que el cielo y la tierra contemplaron
por primera vez, que te sacaron antes de
que astros y flores se opacaran y murieran,
excepto a sus pies y sobre su cabeza?
III.
¿Cavas en tu corazón y lanzas
lejos el oro de la infancia,
para que su hondura femenina reciba
la riada de su espíritu?
(Las almas desbordantes, que el mundo no retiene,
encuentran su canal en el corazón).
VI.
Oh niña destinada al cambio,
¡no eres clarividente!
¿Qué ojos ven el futuro claramente
sino los ungidos por las lágrimas?
Sí, sólo las mismas lágrimas muestran
los ojos ardientes que tienen que llorar.
V.
Oh mujer que amas hondamente,
¡no eres clarividente!
La estrella está muy alta, muy brillante,
y nadie la ve moverse.
El amor mira alrededor, abajo, arriba,
mas su única profecía es: el amor.
VI.
El pájaro que tu juego de infancia
lanzó sobre los mares,
tu paloma de la esperanza volvió
sin ninguna hoja: ¿sus alas
frías y mojadas, que el sol no seca,
aún yacen en secreto en tu pecho?
VII.
Nuestra amiga de Goethe, Bettine,
¡yo soy clarividente!
La piedra sobre su tumba es blanca,
la lápida que se alza entre ustedes dos;
y en el espejo has visto
un cambio que tampoco entiendes.
VIII.
¿Dónde está la infancia? ¿Dónde, Goethe?
En tus ojos, las lágrimas.
No: aún has de disponer
tu bella doncellez según
la gloria de él, que es tersa,
sin arrugas y sublime de juventud.
XI.
Los brazos del poeta te han rodeado,
su aliento sopla en tu frente,
él te levanta en el resplandor
de su genio grandioso que te envuelve:
el infantil poeta inmaculada
conserva para siempre a LA NIÑA.
To Bettine, The Child-Friend of Goethe
«I have the second sight, Goethe!»—Letters of a Child.
I.
Bettine, friend of Goethe,
Hadst thou the second sight—
Upturning worship and delight
With such a loving duty
To his grand face, as women will,
The childhood ‘neath thine eyelids still?
II.
—Before his shrine to doom thee,
Using the same child’s smile
That heaven and earth, beheld erewhile
For the first time, won from thee
Ere star and flower grew dim and dead
Save at his feet and o’er his head?
III.
—Digging thine heart and throwing
Away its childhood’s gold,
That so its woman-depth might hold
His spirit’s overflowing?
(For surging souls, no worlds can bound,
Their channel in the heart have found.)
VI.
O child, to change appointed,
Thou hadst not second sight!
What eyes the future view aright
Unless by tears anointed?
Yea, only tears themselves can show
The burning ones that have to flow.
V.
O woman, deeply loving,
Thou hadst not second sight!
The star is very high and bright,
And none can see it moving.
Love looks around, below, above,
Yet all his prophecy is—love.
VI.
The bird thy childhood’s playing
Sent onward o’er the sea,
Thy dove of hope came back to thee
Without a leaf: art laying
Its wet cold wing no sun can dry,
Still in thy bosom secretly?
VII.
Our Goethe’s friend, Bettine,
I have the second sight!
The stone upon his grave is white,
The funeral stone between ye;
And in thy mirror thou hast viewed
Some change as hardly understood.
VIII.
Where’s childhood? where is Goethe?
The tears are in thine eyes.
Nay, thou shalt yet reorganize
Thy maidenhood of beauty
In his own glory, which is smooth
Of wrinkles and sublime in youth.
XI.
The poet’s arms have wound thee,
He breathes upon thy brow,
He lifts thee upward in the glow
Of his great genius round thee,—
The childlike poet undefiled
Preserving evermore THE CHILD.
To Bettine, The Child-Friend of Goethe
«I have the second sight, Goethe!»—Letters of a Child.
I.
Bettine, friend of Goethe,
Hadst thou the second sight—
Upturning worship and delight
With such a loving duty
To his grand face, as women will,
The childhood ‘neath thine eyelids still?
II.
—Before his shrine to doom thee,
Using the same child’s smile
That heaven and earth, beheld erewhile
For the first time, won from thee
Ere star and flower grew dim and dead
Save at his feet and o’er his head?
III.
—Digging thine heart and throwing
Away its childhood’s gold,
That so its woman-depth might hold
His spirit’s overflowing?
(For surging souls, no worlds can bound,
Their channel in the heart have found.)
VI.
O child, to change appointed,
Thou hadst not second sight!
What eyes the future view aright
Unless by tears anointed?
Yea, only tears themselves can show
The burning ones that have to flow.
V.
O woman, deeply loving,
Thou hadst not second sight!
The star is very high and bright,
And none can see it moving.
Love looks around, below, above,
Yet all his prophecy is—love.
VI.
The bird thy childhood’s playing
Sent onward o’er the sea,
Thy dove of hope came back to thee
Without a leaf: art laying
Its wet cold wing no sun can dry,
Still in thy bosom secretly?
VII.
Our Goethe’s friend, Bettine,
I have the second sight!
The stone upon his grave is white,
The funeral stone between ye;
And in thy mirror thou hast viewed
Some change as hardly understood.
VIII.
Where’s childhood? where is Goethe?
The tears are in thine eyes.
Nay, thou shalt yet reorganize
Thy maidenhood of beauty
In his own glory, which is smooth
Of wrinkles and sublime in youth.
XI.
The poet’s arms have wound thee,
He breathes upon thy brow,
He lifts thee upward in the glow
Of his great genius round thee,—
The childlike poet undefiled
Preserving evermore THE CHILD.
A Bettine, la niña amiga de Goethe
«¡Soy clarividente, Goethe!», Las cartas de una niña.
I.
Bettine, amiga de Goethe,
si eres clarividente,
¿vuelcas la alabanza y el placer
con amantísimo deber ante su
rostro majestuoso, como hacen las mujeres,
la infancia aún bajo tus párpados?
II.
¿Te sacrificas ante su altar
luciendo la sonrisa de niña
que el cielo y la tierra contemplaron
por primera vez, que te sacaron antes de
que astros y flores se opacaran y murieran,
excepto a sus pies y sobre su cabeza?
III.
¿Cavas en tu corazón y lanzas
lejos el oro de la infancia,
para que su hondura femenina reciba
la riada de su espíritu?
(Las almas desbordantes, que el mundo no retiene,
encuentran su canal en el corazón).
VI.
Oh niña destinada al cambio,
¡no eres clarividente!
¿Qué ojos ven el futuro claramente
sino los ungidos por las lágrimas?
Sí, sólo las mismas lágrimas muestran
los ojos ardientes que tienen que llorar.
V.
Oh mujer que amas hondamente,
¡no eres clarividente!
La estrella está muy alta, muy brillante,
y nadie la ve moverse.
El amor mira alrededor, abajo, arriba,
mas su única profecía es: el amor.
VI.
El pájaro que tu juego de infancia
lanzó sobre los mares,
tu paloma de la esperanza volvió
sin ninguna hoja: ¿sus alas
frías y mojadas, que el sol no seca,
aún yacen en secreto en tu pecho?
VII.
Nuestra amiga de Goethe, Bettine,
¡yo soy clarividente!
La piedra sobre su tumba es blanca,
la lápida que se alza entre ustedes dos;
y en el espejo has visto
un cambio que tampoco entiendes.
VIII.
¿Dónde está la infancia? ¿Dónde, Goethe?
En tus ojos, las lágrimas.
No: aún has de disponer
tu bella doncellez según
la gloria de él, que es tersa,
sin arrugas y sublime de juventud.
XI.
Los brazos del poeta te han rodeado,
su aliento sopla en tu frente,
él te levanta en el resplandor
de su genio grandioso que te envuelve:
el infantil poeta inmaculada
conserva para siempre a LA NIÑA.
Infancia y ausencia: correspondencia y desencuentros entre Elizabeth Barrett Browning, Bettina von Arnim y Wolfgang von Goethe
A pesar de su título, este poema no se refiere realmente a ninguna niña. Cuando la poeta victoriana Elizabeth Barrett Browning lo escribió, Bettina (o Bettine: la autora usó ambas grafías durante su vida) von Arnim, la destinataria del poema, era ya una mujer de mediana edad (a diferencia de muchos escritores románticos, Bettina tuvo una vida relativamente larga). Que Barrett Browning haga énfasis en la figura de Bettina como «niña» se justifica en la propia obra de esta última: en 1835, cuando Bettina tenía cincuenta años, publicó el libro Correspondencia de Goethe con una niña. Publicada tres años después de la muerte de Goethe, se trata de una obra extraordinaria. Por un lado, no es un intercambio epistolar auténtico, sino uno altamente intervenido, aumentado y elaborado: aunque Goethe y Bettina sí se cartearon por años, la «correspondencia» del libro no es un registro fidedigno de esas cartas; más que una correspondencia, una novela. Por otro lado, la «niña» del título —la propia Bettina, claro— tenía veintidós años cuando le escribió por primera vez a Goethe: ya el título alemán del libro es enigmático, pues en lugar de llamarse Goethes Briefwechsel mit einem Mädchen (Correspondencia de Goethe con una niña), se llama Goethes Briefwechsel mit einem Kinde, es decir, Bettina usa la palabra alemana de género neutro para «niño», „Kind‟, que, al igual que la palabra inglesa ‘child’, significa también «hijo» o «hija». Aunque la primera parte de la obra está dedicada a la correspondencia entre la autora y la madre de Goethe, la mayoría del texto da cuenta de la pasión exaltada y devota de Bettina por el poeta, quien no corresponde a este amor.
Pero ¿por qué Barrett Browning le escribe a Bettina en tanto «niña amiga» de Goethe? Al leer el poema, es difícil entender si se trata de un homenaje, una reconvención o una advertencia. La poeta pone como epígrafe una cita de la propia Bettina, tomada de la Correspondencia (que Barrett Browning llama errónea pero elocuentemente Cartas de una niña [a Goethe]), en la que esta le declara a Goethe que tiene ‘the second sight’ —es decir, el don de la clarividencia—, pero el poema mismo se encarga de refutar reiteradamente a Bettina. En algunas estrofas, Barrett Browning parece estar amonestando a la destinataria de su poema por actuar ‘as women will’, «como hacen las mujeres», y dedicarse por completo al amado: con su creencia equivocada en su propio don profético, Bettina no se da cuenta de que ella sólo es una «niña destinada al cambio», es decir, una «mujer que [ama] hondamente». Pero las dos estrofas del final hacen pensar que todo el poema es un encomio de Goethe (hasta cierto punto, en detrimento de Bettina) y de su poder vivificante e imperecedero, y desmienten el afán «feminista» de la poeta. En los versos finales del poema, Barrett Browning crea un quiasmo entre ‘The childlike poet’ («El poeta infantil»), las primeras palabras del penúltimo verso, y ‘THE CHILD’ («LA NIÑA»; nótense las mayúsculas enfáticas), las palabras finales del último verso: a pesar de que arriba la poeta le ha recordado a Bettina que Goethe está muerto y que su propio declive es inevitable, pues ella, como todos los hombres, es una criatura «destinada al cambio», este quiasmo ratifica la primacía de la infancia y lo infantil —lo mismo que había animado a Bettina a llamarse a sí misma «niña» en la Correspondencia— y contribuye a su glorificación.
Tanto el poema de Barrett Browning como el libro de Bettina von Arnim son representantes de una tendencia cultural, iniciada durante el Romanticismo y consolidada en la época victoriana, que creó un vínculo irrompible entre infancia y visión profética. Es notable que en la otra obra famosa de Bettina, Günderrode —una especie de biografía y correspondencia de su amiga Karoline von Günderrode, una poeta que se suicidó a los veintiséis años por una pena de amor—, la autora muestra a su amiga como una sibila y profetisa, y a sí misma, como su médium; así, las dos obras capitales de Bettina tratan sobre una niña visionaria (la propia Bettina) y sobre una visionaria infantil (Günderrode). En la poesía de Wordsworth, los fragmentos de Novalis y los cuentos del Romanticismo fantástico alemán los niños aparecen como videntes y profetas, como seres que son capaces de traspasar con su mirada las apariencias del mundo y ver el futuro y lo sobrenatural. Pero el antecesor de todos estos autores (aparte de Rousseau) es el propio Goethe, que en su novela Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister anticipó la concepción romántica de la infancia con el personaje de Mignon, la misteriosa niña que Wilhelm acoge y adopta. Como Goethe no sólo anticipa el Romanticismo, sino que parece querer aniquilarlo antes de que emerja realmente, Mignon, la protoromantisches Kind —como Bettina y quizá como todos los niños, también ella es andrógina—, tiene que morir: dado que la niña tiene una relación anómala con el tiempo y no puede desarrollarse de acuerdo al proceso de la Bildung, de la formación, su destino natural es la muerte. Muy temprano Goethe vio que el peligro de esta nueva idea de la infancia es que encierra al niño o a la niña en ese estado: la infancia es siempre infancia eterna; todos los niños son Peter Pan. En algunos pasajes de su poema, Barrett Browning parece ser consciente de este peligro, y por ello le recuerda a Bettina que ella no es (o no era) una niña clarividente, sino sólo una mujer enamorada.
La poeta enseña que lo que Bettina y otros —sobre todo otras— han creído que es el don de la clarividencia es en verdad el amor, que sólo se ve a sí mismo en todas partes. Pero si el amor, siempre narcisista, es una especie de ceguera, la autora también muestra que es una especie de visión privilegiada, una mirada bajo la cual el amado parece excepcional e irremplazable. Algo del amor alocado y entusiasta que siente Bettina por Goethe parece habérsele contagiado a Barrett Browning. Como en Correspondencia de Goethe con una niña, el poema intenta entablar un diálogo amoroso y difícil con Bettina y con el amado de Bettina, Goethe. Por eso cuando Barrett Browning declara sarcástica que ahora ella «es clarividente» y que lo que ve con su don es el monumento funerario de Goethe —o sea que ve lo pasado, no el futuro—, ya no nos parece que se está burlando de Bettina solamente, o que sólo la reprende. De hecho, en la estrofa la poeta no sólo echa la vista atrás y constata lo ya pasado (la muerte de Goethe, cuya prueba es la lápida), sino que también señala un proceso que se despliega en el presente (el marchitarse de Bettina) y prevé su consecuencia lógica en el futuro (la muerte). Así, podemos reformular la idea de Barrett Browning de que la única profecía del amor es el amor mismo: el único futuro que ve el clarividente es el más seguro de todos, es decir, la muerte. Entonces el poema habla de los primeros y de los últimos días, de la infancia —la real, la perdida, la fingida— y de la muerte.
En el poema, la infancia es ausencia, en varios sentidos. Para empezar y como dije arriba, el poema no se refiere a ningún niño real, del mismo modo en que en Correspondencia de Goethe con una niña la niña del título no está. Cuando Barrett Browning interroga a Bettina en la tercera estrofa, le pregunta por el «oro de la infancia», el tesoro del corazón que tiene que desenterrar y tirar para hacerle espacio al espíritu desbordante de Goethe, que requiere de un receptáculo que lo acoja. A propósito, nótese el carácter sexual de estas imágenes: si el corazón de Bettina es una mina que oculta los tesoros de la infancia (por cierto, el motivo del alma como una mina es típico de la literatura del Romanticismo alemán), al vaciarse de estos, se convierte en una cavidad de «hondura feminina», ‘woman-depth’, que puede ser colmada con el alma rebosante de su amado. En todo caso, el oro desperdiciado de la infancia y la oquedad del corazón femenino representan la infancia que se pierde o que está ausente, respectivamente. En la sexta estrofa se elabora una imagen opuesta del corazón infantil de Bettina, aunque todavía se muestra la infancia como una ausencia. El corazón ya no es una mina llena de oro, sino el lugar en el que quizás anida una pena vieja y secreta. En la que tal vez sea la imagen más hermosa del poema, Barrett Browning se refiere al mito del arca de Noé, que cito en extenso:
Y envió a la paloma de sí para ver si las aguas se habían aliviado de sobre la faz de la tierra. Y no halló la paloma donde reposase la planta de su pie y volvióse al arca porque las aguas estaban aún sobre la faz de toda la tierra. Y él extendió su mano y tomóla y metióla consigo en el arca.
Y esperó aún otros siete días y volvió a enviar la paloma del arca. Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde y he aquí que traía una hoja de oliva tomada en su boca. Y entendió Noé que las aguas se habían aliviado de sobre la tierra (Gn 8: 8-11).
Al hablar del «juego de infancia» (‘childhood’s playing’) de Bettina que envió a la paloma a buscar tierra firme, Barrett Browning se está refiriendo tanto a la infancia de Bettina propiamente dicha como a su juego de hacerse la niña, su fingir ser una niña en la Correspondencia de Goethe con una niña: la expresión ‘childhood’s playing’ nos recuerda que Bettina interpretó el papel (played the role) de una niña en su obra. Al mismo tiempo, el diluvio universal de la leyenda bíblica, nunca nombrado en la estrofa pero necesario para entender la metáfora que en esta se construye, recuerda el desbordamiento del espíritu de Goethe que se refiere en la tercera estrofa. A diferencia de la paloma de Noé, que trajo consigo la promesa de una vida posible en una tierra purificada por las aguas, la paloma de la esperanza que envió Bettina vuelve sin la rama de olivo. Barrett Browning se pregunta si esa secreta aflicción, esa decepción infantil, aún reposa en el corazón de Bettina. La infancia es, entonces, esa paloma que vuelve sin la rama para posarse, eternamente fría y mojada, en el cuenco del corazón. En el centro del sujeto anida un vacío o una pena.
Pero Barrett Browning no está segura. «¿[Sus] alas […] aún yacen en secreto en tu pecho?», le pregunta a Bettina. Y la palabra central aquí es ‘secretly’, «en secreto», la última de la estrofa. Hay algo secreto, radicalmente oculto e incognoscible, en Bettina, y Barrett Browning no lo puede descifrar. Ese secreto, ese núcleo escondido en el centro del corazón, es la infancia misma, que es incomprensible para los adultos. Para el adulto, su propia infancia es un secreto. Al llamarse a sí misma «niña» en la Correspondencia, Bettina se desdobla en una otra a la que no puede captar, pues, para la adulta, la niña que ella misma fue —y que insiste en seguir siendo— es una desconocida; al indagar sobre la niña que Bettina fue y no fue, Barrett Browning se enfrenta a la perplejidad inescapable que suscita en los adultos la niñez propia y ajena. Pero así como el amor de Bettina por Goethe se le contagió a Barrett Browning (y también a la lectora), el secreto de la infancia, inescrutable e imposible de compartir con nadie, puede pasar de una instancia a otra, de Bettina a la poeta que la apostrofa y, finalmente, a la lectora. Por ello el problema de la infancia siempre tiene que ver, metafóricamente, con la traducción: con la posibilidad imposible de transmitir algo intransmisible. Como nos enseñó también Goethe a través del personaje de Mignon, hay una lengua de la infancia que nos es completamente ajena a los adultos, pero que tenemos la necesidad —y quizá la obligación— de traducir.
En un pasaje de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, Wilhelm, el protagonista, oye por casualidad a Mignon cantar una canción en una lengua extranjera. La canción, con su «originalidad» y su «infantil inocencia», lo cautiva de tal modo, que no puede hacer otra cosa que traducirla al alemán, pero Wilhelm no queda satisfecho: la canción (que en alemán lleva el título de su primer verso: „Kennst du das Land, wo die Zitronen blüh“, “¿Conoces el país donde florece el limonero?”), que Mignon había cantado en una „gebrochene Sprache“, una «lengua rota» o una «lengua entrecortada», se transforma profundamente al cantarse en alemán, se convierte en una obra ordenada y continua. La «lengua rota» de la canción de Mignon es la lengua de la infancia, el lenguaje secreto y perdido que los adultos hemos olvidado y que los niños tampoco pueden explicar(nos). Pero que sea imposible de entender no significa que no debamos traducirlo. Así como Wilhelm traduce la canción de Mignon, Barrett Browning se esfuerza por restituirle a Bettina (no olvidemos que la poeta apostrofa todo el tiempo a la destinataria de su poema) y por entregarle a la lectora aquello que está ausente: el oro desperdiciado del corazón, la aflicción secreta de la paloma que nunca encontró tierra firma. Barrett Browning quiere entregar el don de la infancia. La traducción es la operación por la cual le entregamos al otro lo irreparablemente perdido, lo que no puede ser traspasado. Y eso he querido entregarte a ti, lectora.
Santiago E. Méndez es magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Fue miembro del grupo de investigación en literatura comparada Contrapuntos y del comité editorial de la revista estudiantil Yasnaia Poliana. Su tesis de maestría sobre la infancia en los Romanticismos inglés y alemán fue laureada. Ha publicado artículos, en inglés y en español, sobre la recepción de la literatura rusa en Colombia y sobre literatura comparada, y traducciones, del inglés al español, de artículos académicos. Ha dictado clases en la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad Central (Bogotá). Entre sus intereses están la literatura rusa del siglo XIX, el Romanticismo europeo, la literatura victoriana y la cultura visual.

