La rosa blanca
Traducción del portugués por Ingrid G. Cruz
Texto original de Júlia Lopes de Almeida
Edición por Ángela Cuartas
Imagen: Fotografía de Cz. Jen
La viuda del comandante Henriques decía a todo el mundo que, de sus dos nietecitas, daba la preferencia a la mayor; por la menor no mostraba sino una simpatía tibia.
Cada cual comentaba a su manera aquella excentricidad de vieja romántica. El verdadero motivo, sin embargo, era que la nieta mayor se parecía extraordinariamente a los Henriques, mientras que la menor había salido enteramente a la familia del padre, un provinciano feo. Ângela, que era la primera, recibía continuamente presentes de la abuela; la otra, Ignez, miraba con melancolía aquellas dulces manifestaciones de amor, preguntándose en silencio en qué desmerecería ella de la ternura de la madre de su madre.
Todos se habían acostumbrado a aquella injusticia, menos la pobre niña, que muchas veces lloraba a escondidas, llamándose desgraciada…
Con el tiempo vino la necesidad de que Ângela entrara en un colegio.
La abuela se lamentó, volviéndose todavía más indiferente con la pobre Ignez y echándole encima todas las culpas: era ella quien rompía la loza que desaparecía de la alacena; era ella quien le daba jaquecas a la madre con el barullo de sus insoportables zapatos; era ella quien arrancaba las plantas del jardín y robaba los dulces del aparador; era ella quien les pegaba a los animales, quien rayaba los muebles, quien llenaba el suelo de trapos y papeles, quien impacientaba a las criadas y pedía dinero a las visitas.
¡Ella era el demonio! Y, a su juicio, habría sido mucho más sensato mandarla, de preferencia, a ella al colegio, como interna, y dejar en casa a Ângela, para quien se ofrecía a pagar maestros.
La propuesta no fue bien recibida. Ângela hubo de partir hacia Itú, lugar escogido para su educación.
La víspera, por la noche, al recaer la conversación en asuntos de presentimientos y supersticiones, Ângela tuvo la fantasía de decirle a la abuela:
—Mire, abuelita, todas las mañanas ha de ver en su oratorio una rosa blanca. Será mi pensamiento el que ha de venir a visitarla. El día en que la rosa aparezca medio marchita, será señal de que estoy enferma; y si no aparece, ¡será porque me he muerto!
—¡Déjate de tonterías! ¡No quiero que mi hija se lleve de casa ideas semejantes! ¿Vas a creer en eso?
—No, mamá… estaba bromeando… Descuide, que la rosa blanca no ha de venir.
Desde su rincón, la pobre Ignez observó que la mirada de la abuela se había vuelto angustiosa, turbia como agua en la que se reflejara una nube negra. La pobre señora creía en sueños y en fantasmas; sabía historias complicadas y extravagantes, cosas extraordinarias que quería imponer a la fe o a la incredulidad ajenas. Ya desde entonces, si la rosa blanca no aparecía todas las madrugadas a los pies de la Virgen de los Dolores, sería capaz de suponer que su Angelita se había ido a hacerles compañía a los querubines.
Y mientras su preferida decía, descuidada y risueña: “Estaba bromeando…”, la otra leía en sus ojos toda la inquietud y toda la tristeza.
La despedida de Ângela fue dolorosa para el corazón de la abuela; la pobre señora pasó el día entero llorando, encerrada en su cuarto y, cuando accedió a bajar a tomar el té, todos notaron la extraordinaria alteración de su semblante. Estaba impaciente, frenética, mirando de soslayo a la pobre Ignez, a quien varias veces reprendió bajo cualquier pretexto:
—Niña, ¿qué modales son esos? ¡Quita la mano de la mesa!
Y luego seguía, volviéndose hacia una visita:
—Lo que tiene Angelita de juiciosa y buena, lo tiene esta de insensata y de mal genio. ¡No es de extrañar! ¡Le consienten todos los caprichos! ¡Yo nunca vi cosa igual!
La madre acudió en defensa de su hija y la cuestión se prolongó, hasta que la abuela, desesperada, exclamó:
—La otra se fue interna al colegio a los once años; pues bien, esta tiene nueve, y apuesto a que ni de aquí a tres años irá a reunirse con su hermana. ¡Lo que me indigna son las injusticias!
Ignez oía, humillada y triste, aquel intercambio de palabras, consolándose con la dulzura de la mirada de su madre, que caía sobre ella como una bendición.
En su cuartito, frente a la cama vacía de la hermana, procuraba en vano dormirse. Se revolvía entre las sábanas, miraba al techo, donde la luz de la lamparilla proyectaba sombras y se acordaba de la mirada de la abuela cuando Ângela había hablado de la rosa blanca. ¡Ah! ¿Por qué la querría tan mal su abuela? Y, sin embargo, procuraba complacerla y hasta la quería mucho. ¡Realmente, Ângela era tan buena! ¡Y tan bonita!
Sí, ella también encontraba natural que la viejecita prefiriera a la otra… Pero ¿era razonable que la humillara siempre y así…, delante de extraños? Intentaba dormir: cerraba los ojos y se ponía a rezar: ¡Ave María, llena eres de gracia!… ¿Y la rosa blanca? ¡Ah! Si la abuelita no la encuentra en el oratorio… ¡es capaz de llorar! ¡Haced, Virgen María, que nazca una rosa blanca a vuestros pies!
Si fuera yo la que estuviera en el colegio, ¡la abuelita estaría contenta! ¿Por qué será que no me quiere? Es verdad que le he hecho daño, pero sin querer… le derramé el té caliente en la mano… le rompí su espejo nuevo; pero lo que de seguro no me perdona es haberle pegado a Ângela. ¡Pobrecita Ângela! Ella no se quejó… ¿quién lo habría visto? Pero si yo no le hubiese pegado, ella mataba al gato de la vecina, ¿y después? ¡Sí! La abuelita me tiene rabia desde ese día… pero yo le he dado tantos besos a Ângela… ¡Pobre de mi hermana, cuánto echará hoy de menos su camita!
A pesar de mis besos, el cariño de la abuelita no volvió. Mamá siempre me dice que no piense yo tal cosa, que la abuelita me adora. ¿Cómo saberlo? Pero mamá no miente; luego, si lo dice, es porque así es.
Con las manitas cruzadas sobre el pecho, toda envuelta en su largo camisón, Ignez luchaba con el insomnio y, para apartar los pensamientos, volvía a decir: Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…
Sin embargo, ya veía las manos trémulas de la abuela, buscando en vano la rosa blanca entre los pliegues del terciopelo azul del manto de Nuestra Señora. Después, las lágrimas cayéndole de a dos por la cara arrugada… Y sentía pena, y volvía, llena de fe, a suplicar:
—¡Virgen María! ¡Haced que nazca una rosa blanca a vuestros pies!
La luz de la lamparilla se iba haciendo pálida, a medida que los vidrios de la ventana se iluminaban con la claridad exterior. Ignez se levantó. Nunca había visto amanecer, pero su designio era otro; fue cautelosamente a la ventana, la abrió y miró. Nubes color de rosa se ovillaban bajo el cielo azul; en lo alto se mostraba la luna, estrecha como un hilo de luz arqueado, y un poco más abajo brillaba tenuemente una gran estrella blanquecina y fría. Los pájaros cantaban; había una frescura leve, toda embalsamada de aromas.
Ignez miró hacia el oratorio.
—¡Nada! La lámpara encendida, titilante, difundía su tenue llama sobre un ramo de flores artificiales. Volvió a la ventana de su cuarto, que daba casi al ras del suelo; vaciló un instante, pero, armándose de valor, la saltó y corrió hacia un rincón del jardín, donde varios rosales ostentaban sus bellísimas flores.
A la hora del almuerzo, la abuela apareció risueña y tranquila, con la mirada enternecida por una misteriosa dulzura del alma. Pasaron días, durante los cuales la pobre señora encontró siempre en su oratorio la prometida rosa blanca, que era, a sus ojos, la visita del pensamiento de la adorada nietecita. Cada vez más tierna para con la ausente, se volvía más áspera con Ignez. La pequeña andaba ya más abatida y más delgada, hasta inquietar a la familia.
La historia de la rosa era ignorada por todos; la abuela guardaba egoístamente el secreto de la visita de Ângela y conservaba las rosas, aun después de marchitas, en un cofrecito dorado.
Un día estaban todos a la mesa, cuando el jardinero vino a quejarse de que todas las noches alguien robaba una rosa blanca de uno de los rosales más estimados del jardín.
De la calle no entraba nadie; aquello era cosa de la gente de la casa; era menester tomar providencias.
Ignez se puso colorada; la abuela se estremeció y el dueño de la casa, un coleccionista fanático, prometió pegarle un tiro a quien, sin su consentimiento, arrancase las rosas del jardín. Aquella noche comprobó la existencia de un hermoso capullo. ¡Al día siguiente el capullo había desaparecido!
Aquella persistencia lo exasperó. Comenzaron las indagaciones. La abuela consideró que era su deber intervenir, contando lo que le ocurría y aconsejando paciencia. Era la mano invisible de un ser sobrenatural y piadoso que venía, mensajero de su Angelita, a traerle la flor prometida.
Semejante revelación los desconcertó. La persona era, pues, evidentemente, de la casa, y tan íntima, que entraba en los aposentos de la familia. Hubo amenazas… Entretanto, la dulce rosa blanca, que calmaba los sobresaltos de la abuela, aparecía todas las mañanas, fresca y cubierta de rocío, ¡bajo el manto estrellado de la madre de Dios!
Las criadas empezaron a hablar de fantasmas, a asegurar que los veían, hasta tal punto que la propia Ignez llegó a tener miedo.
Una noche se acostó resuelta a omitir aquella piadosa ofrenda; que la abuela tuviese paciencia y angustias y lágrimas: ella no volvería a arriesgarse para ahorrarle esos disgustos. Y quedóse, como en la primera noche, nerviosa, imaginando la decepción de la vieja. Al fin el sueño la rozó ligeramente; al despertar, vio tanta claridad en la ventana, que supuso que ya era de día. Saltó del lecho y, sin pensarlo, llevada por la costumbre, todavía casi dormida, brincó al jardín, arrastrando por la arena su camisón blanco y lastimándose los piececitos descalzos.
La luna, en todo su esplendor, derramaba su luz aterciopelada; todo estaba silencioso, silencioso.
Ignez, a mitad del camino, al aire fresco, comprendió su engaño: ¡se había levantado en plena noche! El ruido de sus pasos en aquella soledad la horrorizó. ¡Ah! Era la hora de los fantasmas, no se atrevía a mirar hacia atrás. Seguía andando, con los labios secos y los ojos muy abiertos. Con un movimiento nervioso arrancó del tallo la triste flor piadosa, sin atreverse a mirarla, porque, al sacudir el tirón violento el rosal y estremecer sus capullos nevados, le pareció ver una danza macabra improvisada en el aire por extraños y pequeñísimos espectros. Corrió entonces alucinada hacia la casa, entró de un salto y, sin tomar las precauciones de costumbre, se precipitó en el oratorio y arrojó a los pies de la Virgen la dulce rosa blanca, murmurando al mismo tiempo, con la voz alterada por el miedo:
¡Salve, Reina… Madre de misericordia… vida y dulzura… esperanza nuestra!
No acabó. Transida de miedo y de frío, habría caído al suelo… si dos brazos no la hubiesen amparado con ternura.
Eran los brazos de la abuela, que la cubría de besos, repitiéndole:
—¡Qué buena eres, mi adorada Ignez! ¡Qué buena eres!
A rosa branca
A viúva do comandante Henriques dizia a toda a gente que, das suas duas netinhas, dava preferência à primeira; demonstrando pela segunda uma simpatia medíocre.
Comentava cada um a seu modo aquela excentricidade de velha romântica. O verdadeiro motivo, porém, consistia em ser a neta mais velha extraordinariamente parecida com a família Henriques, enquanto que a mais moça pertencia toda à família do pai, um provinciano feio. Ângela, que era a primeira, recebia continuamente presentes da avó; a outra, a Ignez, olhava com melancolia para aquelas doces manifestações de amor, perguntando mentalmente em que desmereceria ela da ternura da mãe de sua mãe?
Acostumaram-se todos com aquela injustiça, menos a pobre Ignezinha, que chorava muitas vezes às ocultas, chamando-se desgraçada!…
Com o tempo veio a necessidade de Ângela entrar para um colégio.
A avó lamentou-se, tornando-se ainda mais indiferente para a pobre Ignez e atirando-lhe para cima todas as culpas; era ela quem quebrava a louça que se sumia do armário; era ela que fazia enxaquecas à mãe com a bulha dos seus sapatos insuportáveis; era ela quem arrancava as plantas do jardim e quem roubava os doces do guarda-prata; era ela quem batia nos animais, quem riscava os móveis, quem enchia de trapos e de papéis o chão, quem impacientava as criadas e pedia dinheiro às visitas.
Ela era o demônio! E, na sua opinião, seria muito mais sensato mandá-la de preferência para o colégio, como pensionista, e deixar em casa a Ângela, a quem se oferecia para pagar os mestres.
O alvitre não foi bem recebido. E Ângela teve de partir para Itú, lugar escolhido para a sua educação.
Na véspera, à noite, recaindo a conversa sobre assuntos de pressentimentos e de superstições, Ângela teve a fantasia de dizer à avó:
– Olhe, vovó, todas as manhãs há de ver no seu oratório uma rosa branca. Será o meu pensamento que há de vir visitá-la. No dia em que a rosa estiver meio murcha, será um sinal de que eu estou doente; e se ela não aparecer, será porque eu morri!
– Deixa-te de tolices! Não quero que minha filha leve de casa semelhantes ideias! Acreditarás por acaso nisso?
– Não, mamãe… eu estava brincando… Descanse que a rosa branca não há de vir!
Do seu canto, a pobre Ignez observou que o olhar da avó se tornara angustioso, turvo como a água onde se refletisse uma nuvem negra. A pobre senhora acreditava em sonhos e em fantasmas; sabia histórias complicadas e extravagantes; coisas extraordinárias que ela queria impor à fé ou à incredulidade dos outros! Já agora, se a rosa branca não surgisse todas as madrugadas aos pés da Virgem das Dores, ela havia de supor que a sua Angelita tinha ido fazer companhia aos querubins.
E enquanto a sua preferida dizia descuidada e risonha: “Eu estava brincando…” a outra lia-lhe no olhar toda a inquietação e tristeza!
A despedida de Ângela foi dolorosa para o coração da avó; a pobre senhora levou o dia inteiro a chorar, encerrada no quarto, e, quando consentiu em ir ao chá, notaram todos a extraordinária alteração da sua fisionomia. Estava impaciente, frenética, olhando de soslaio para a pobre Ignez, com quem várias vezes ralhou sob qualquer pretexto:
– Menina, isso são modos? Tire a mão da mesa!
E continuava depois, voltando-se para uma visita:
– Tanto tem a Angelita de ajuizada e de boa, quanto esta tem de insensatez e mau gênio! Pudera! Fazem-lhe todas as vontades! Eu nunca vi!
A mãe acudiu em defesa da filha, e a questão prolongou-se, até que a avó, desesperada, exclamou:
– A outra foi aos onze anos de pensionista para o colégio; pois bem, esta tem nove, e aposto em como nem daqui a três anos irá acompanhar a irmã! Injustiças é que me revoltam.
Ignez ouvia humilhada e triste aquela troca de palavras, consolando-se com a doçura do olhar da mãe, que caía sobre ela como uma bênção.
No seu pequeno quarto, em frente à cama vazia da irmã, Ignezinha procurava em vão adormecer. Revolvia-se entre os lençóis, olhava para o teto, onde a luz da lamparina punha sombras, e lembrava-se do olhar da avó, quando a Ângela falara na rosa branca! Ah! por que lhe quereria tanto mal a sua avó? No entanto, procurava fazer-lhe as vontades, e tinha-lhe até muita amizade! Realmente, a Ângela era tão boa! E tão bonita!
Sim, ela também achava natural que a velhinha preferisse a outra… Mas seria razoável que a deprimisse sempre, e assim… diante de gente de fora? Tentava dormir: fechava os olhos e punha-se a rezar:
– Ave, Maria, cheia de graça!… E a rosa branca? Ah! se a vovó não a encontra no oratório… é capaz de chorar! Fazei, virgem Maria, com que nasça uma rosa branca a vossos pés!
Se fosse eu que estivesse no colégio, a vovó estaria contente! Por que será que não gosta de mim? É verdade que eu lhe tenho feito mal, mas sem ser por vontade… entornei-lhe chá quente na mão… quebrei o seu espelho novo; mas o que com certeza ela não me perdoa, é eu ter batido na Ângela! Coitadinha da Ângela! Ela não se queixou… quem teria visto? Mas se eu não lhe batesse, ela matava o gato da vizinha, e depois? Sim! A vovó tem-me raiva desde esse dia… mas eu tenho dado tantos beijos na Ângela! Pobre da minha irmã, que saudade ela hoje terá da sua caminha!
Apesar dos meus beijos, a amizade da vovó não voltou. Mamãe sempre me diz que não julgue eu isso, que a vovó adora-me! Como o saberá? Mas a mamãe não mente; logo que diz, é porque é.
Com as mãozinhas cruzadas sobre o peito, toda envolvida na sua longa camisa de dormir, Ignez lutava com a insônia, e, para afastar os pensamentos, recomeçava a dizer: Ave, Maria, cheia de graça, o Senhor é convosco…
No entanto, antevia as mãos trêmulas da avó, procurando em vão a rosa branca entre as dobras do veludo azul do manto de Nossa Senhora. Depois as lágrimas caindo-lhe às duas pela face engelhada… E tinha pena, e tornava, cheia de fé, a suplicar:
– Virgem Maria! Fazei com que nasça uma rosa branca a vossos pés!
A luz da lamparina foi-se tornando pálida à proporção que os vidros da janela se iam iluminando pela claridade exterior. Ignez ergueu-se. Nunca tinha visto amanhecer, mas o seu fito era outro; foi cautelosamente a janela, abriu-a e olhou. Nuvens cor de rosa enovelavam-se sob o céu azul; no alto, mostrava-se a lua, estreita como um fio de luz arqueado, e um pouco abaixo entrebrilhava uma grande estrela esbranquiçada e fria. Os pássaros cantavam; havia uma frescura leve toda embalsamada de aromas.
Ignez espreitou o oratório.
– Nada! A lâmpada acesa, bruxuleante, difundia a sua tênue chama sobre um ramo de flores artificiais! Voltou à janela do seu quarto, ao rés do chão; vacilou um momento, mas, armando-se de coragem, saltou-a, e correu para um recanto do jardim, onde várias roseiras ostentavam as suas belíssimas flores.
À hora do almoço, a avó apareceu risonha e tranquila, com o olhar abrandado por uma misteriosa doçura d’alma. Passaram-se dias, durante os quais a pobre senhora achou sempre no seu oratório a prometida rosa branca, que era, a seu ver, a visita do pensamento da adorada netinha! Cada vez mais terna para a ausente, tornava-se mais ríspida para a Ignez. A pequenita andava agora mais abatida e magra, chegando a inspirar cuidados à família.
A história da rosa era ignorada por todos; a avó guardava o segredo da visita de Ângela, egoisticamente, conservando as rosas, mesmo depois de murchas, num cofrezinho dourado!
Um dia, estavam todos à mesa, quando o jardineiro se foi queixar de que todas as noites ia alguém roubar uma rosa branca a uma das roseiras de mais estimação do jardim!
Da rua não entrava ninguém; aquilo era coisa de gente da casa; pedia providências.
Ignez tornou-se rubra; a avó estremeceu, e o dono da casa, um colecionador fanático, prometeu um tiro a quem, sem seu consentimento, lhe arrancasse as rosas do jardim. À noite verificou a existência de um formoso botão. No dia seguinte o botão havia desaparecido!
Aquela persistência exasperou-o. Começaram as indagações. A avó julgou de seu dever intervir, contando o facto que se passava consigo, e aconselhando paciência. Era a mão invisível de um ente sobrenatural e piedoso, que vinha, mensageiro da sua Angelita, trazer-lhe a flor prometida!
Essa revelação desorientou-os. A pessoa era então, evidentemente, de casa, e tão íntima que entrava nos quartos da família! Houve ameaças…. Entretanto, a doce rosa branca, aquietadora dos sustos da avó, aparecia todas as manhãs, fresca e orvalhada, sob o manto estrelado da mãe de Deus!
As criadas começaram a supor fantasmas, a asseverar que os viam, e de tal forma que a própria Ignez entrou de ter medo!
Uma noite deitou-se resolvida a faltar a sua caridosa lembrança; a avó que tivesse paciência e apreensões e lágrimas, – ela não se arriscaria nunca mais para poupar-lhe esses desgostos! E ficou, como na primeira noite, nervosa, imaginando a decepção da velha! Passou por fim ligeiramente pelo sono; acordando, viu tamanha claridade na janela, que supôs ser já dia. Saltou do leito, e, sem meditar, levada pelo hábito, ainda quase a dormir, pulou para o jardim, arrastando na areia a sua camisola branca e magoando no chão os pezinhos descalços.
A lua, em todo o esplendor, espalhava a sua luz aveludada; estava tudo silencioso, silencioso!
Ignez, no meio do caminho, ao ar fresco, compreendeu o seu engano: levantara-se alta noite! A bulha dos seus passos naquela solidão horrorizou-a. Ah! Era a hora dos fantasmas, e ela não ousava olhar para trás! Caminhava sempre, com os lábios secos e os olhos muito abertos! Foi com um movimento nervoso que arrancou da haste a triste flor piedosa, não ousando observá-la, porque, quando a violência do puxão a roseira balançou os seus botões nevados, afigurou-se lhe ver uma dança macabra improvisada no ar por estranhos e pequeninos espectros! Correu então alucinada para casa, saltou para dentro, e, sem tomar as precauções do costume, entrou no oratório precipitadamente atirou aos pés da Virgem a doce rosa branca, murmurando ao mesmo tempo, com a voz alterada pelo medo:
“Salve, Rainha… Mãe de misericórdia… vida e doçura… esperança nossa!”
Não acabou. Transida de medo e de frio, cairia no chão… se dois braços não a amparassem meigamente.
Eram os braços da avó, que a cobria de beijos, repetindo-lhe: – Como tu és boa, minha adorada Ignez! Como tu és boa!
Almeida, J. L. de. (2019). A rosa branca. En C. Lemos (presentación), Ânsia eterna (pp. 33-38). Senado Federal. (Obra original publicada en 1903). Edición digital disponible en la Biblioteca Digital do Senado Federal.
A rosa branca
A Magalhães de Azeredo
A viúva do comandante Henriques dizia a toda a gente que, das suas duas netinhas, dava preferência à primeira; demonstrando pela segunda uma simpatia medíocre.
Comentava cada um a seu modo aquela excentricidade de velha romântica. O verdadeiro motivo, porém, consistia em ser a neta mais velha extraordinariamente parecida com a família Henriques, enquanto que a mais moça pertencia toda à família do pai, um provinciano feio. Ângela, que era a primeira, recebia continuamente presentes da avó; a outra, a Ignez, olhava com melancolia para aquelas doces manifestações de amor, perguntando mentalmente em que desmereceria ela da ternura da mãe de sua mãe?
Acostumaram-se todos com aquela injustiça, menos a pobre Ignezinha, que chorava muitas vezes às ocultas, chamando-se desgraçada!…
Com o tempo veio a necessidade de Ângela entrar para um colégio.
A avó lamentou-se, tornando-se ainda mais indiferente para a pobre Ignez e atirando-lhe para cima todas as culpas; era ela quem quebrava a louça que se sumia do armário; era ela que fazia enxaquecas à mãe com a bulha dos seus sapatos insuportáveis; era ela quem arrancava as plantas do jardim e quem roubava os doces do guarda-prata; era ela quem batia nos animais, quem riscava os móveis, quem enchia de trapos e de papéis o chão, quem impacientava as criadas e pedia dinheiro às visitas.
Ela era o demônio! E, na sua opinião, seria muito mais sensato mandá-la de preferência para o colégio, como pensionista, e deixar em casa a Ângela, a quem se oferecia para pagar os mestres.
O alvitre não foi bem recebido. E Ângela teve de partir para Itú, lugar escolhido para a sua educação.
Na véspera, à noite, recaindo a conversa sobre assuntos de pressentimentos e de superstições, Ângela teve a fantasia de dizer à avó:
– Olhe, vovó, todas as manhãs há de ver no seu oratório uma rosa branca. Será o meu pensamento que há de vir visitá-la. No dia em que a rosa estiver meio murcha, será um sinal de que eu estou doente; e se ela não aparecer, será porque eu morri!
– Deixa-te de tolices! Não quero que minha filha leve de casa semelhantes ideias! Acreditarás por acaso nisso?
– Não, mamãe… eu estava brincando… Descanse que a rosa branca não há de vir!
Do seu canto, a pobre Ignez observou que o olhar da avó se tornara angustioso, turvo como a água onde se refletisse uma nuvem negra. A pobre senhora acreditava em sonhos e em fantasmas; sabia histórias complicadas e extravagantes; coisas extraordinárias que ela queria impor à fé ou à incredulidade dos outros! Já agora, se a rosa branca não surgisse todas as madrugadas aos pés da Virgem das Dores, ela havia de supor que a sua Angelita tinha ido fazer companhia aos querubins.
E enquanto a sua preferida dizia descuidada e risonha: “Eu estava brincando…” a outra lia-lhe no olhar toda a inquietação e tristeza!
A despedida de Ângela foi dolorosa para o coração da avó; a pobre senhora levou o dia inteiro a chorar, encerrada no quarto, e, quando consentiu em ir ao chá, notaram todos a extraordinária alteração da sua fisionomia. Estava impaciente, frenética, olhando de soslaio para a pobre Ignez, com quem várias vezes ralhou sob qualquer pretexto:
– Menina, isso são modos? Tire a mão da mesa!
E continuava depois, voltando-se para uma visita:
– Tanto tem a Angelita de ajuizada e de boa, quanto esta tem de insensatez e mau gênio! Pudera! Fazem-lhe todas as vontades! Eu nunca vi!
A mãe acudiu em defesa da filha, e a questão prolongou-se, até que a avó, desesperada, exclamou:
– A outra foi aos onze anos de pensionista para o colégio; pois bem, esta tem nove, e aposto em como nem daqui a três anos irá acompanhar a irmã! Injustiças é que me revoltam.
Ignez ouvia humilhada e triste aquela troca de palavras, consolando-se com a doçura do olhar da mãe, que caía sobre ela como uma bênção.
No seu pequeno quarto, em frente à cama vazia da irmã, Ignezinha procurava em vão adormecer. Revolvia-se entre os lençóis, olhava para o teto, onde a luz da lamparina punha sombras, e lembrava-se do olhar da avó, quando a Ângela falara na rosa branca! Ah! por que lhe quereria tanto mal a sua avó? No entanto, procurava fazer-lhe as vontades, e tinha-lhe até muita amizade! Realmente, a Ângela era tão boa! E tão bonita!
Sim, ela também achava natural que a velhinha preferisse a outra… Mas seria razoável que a deprimisse sempre, e assim… diante de gente de fora? Tentava dormir: fechava os olhos e punha-se a rezar:
– Ave, Maria, cheia de graça!… E a rosa branca? Ah! se a vovó não a encontra no oratório… é capaz de chorar! Fazei, virgem Maria, com que nasça uma rosa branca a vossos pés!
Se fosse eu que estivesse no colégio, a vovó estaria contente! Por que será que não gosta de mim? É verdade que eu lhe tenho feito mal, mas sem ser por vontade… entornei-lhe chá quente na mão… quebrei o seu espelho novo; mas o que com certeza ela não me perdoa, é eu ter batido na Ângela! Coitadinha da Ângela! Ela não se queixou… quem teria visto? Mas se eu não lhe batesse, ela matava o gato da vizinha, e depois? Sim! A vovó tem-me raiva desde esse dia… mas eu tenho dado tantos beijos na Ângela! Pobre da minha irmã, que saudade ela hoje terá da sua caminha!
Apesar dos meus beijos, a amizade da vovó não voltou. Mamãe sempre me diz que não julgue eu isso, que a vovó adora-me! Como o saberá? Mas a mamãe não mente; logo que diz, é porque é.
Com as mãozinhas cruzadas sobre o peito, toda envolvida na sua longa camisa de dormir, Ignez lutava com a insônia, e, para afastar os pensamentos, recomeçava a dizer: Ave, Maria, cheia de graça, o Senhor é convosco…
No entanto, antevia as mãos trêmulas da avó, procurando em vão a rosa branca entre as dobras do veludo azul do manto de Nossa Senhora. Depois as lágrimas caindo-lhe às duas pela face engelhada… E tinha pena, e tornava, cheia de fé, a suplicar:
– Virgem Maria! Fazei com que nasça uma rosa branca a vossos pés!
A luz da lamparina foi-se tornando pálida à proporção que os vidros da janela se iam iluminando pela claridade exterior. Ignez ergueu-se. Nunca tinha visto amanhecer, mas o seu fito era outro; foi cautelosamente a janela, abriu-a e olhou. Nuvens cor de rosa enovelavam-se sob o céu azul; no alto, mostrava-se a lua, estreita como um fio de luz arqueado, e um pouco abaixo entrebrilhava uma grande estrela esbranquiçada e fria. Os pássaros cantavam; havia uma frescura leve toda embalsamada de aromas.
Ignez espreitou o oratório.
– Nada! A lâmpada acesa, bruxuleante, difundia a sua tênue chama sobre um ramo de flores artificiais! Voltou à janela do seu quarto, ao rés do chão; vacilou um momento, mas, armando-se de coragem, saltou-a, e correu para um recanto do jardim, onde várias roseiras ostentavam as suas belíssimas flores.
À hora do almoço, a avó apareceu risonha e tranquila, com o olhar abrandado por uma misteriosa doçura d’alma. Passaram-se dias, durante os quais a pobre senhora achou sempre no seu oratório a prometida rosa branca, que era, a seu ver, a visita do pensamento da adorada netinha! Cada vez mais terna para a ausente, tornava-se mais ríspida para a Ignez. A pequenita andava agora mais abatida e magra, chegando a inspirar cuidados à família.
A história da rosa era ignorada por todos; a avó guardava o segredo da visita de Ângela, egoisticamente, conservando as rosas, mesmo depois de murchas, num cofrezinho dourado!
Um dia, estavam todos à mesa, quando o jardineiro se foi queixar de que todas as noites ia alguém roubar uma rosa branca a uma das roseiras de mais estimação do jardim!
Da rua não entrava ninguém; aquilo era coisa de gente da casa; pedia providências.
Ignez tornou-se rubra; a avó estremeceu, e o dono da casa, um colecionador fanático, prometeu um tiro a quem, sem seu consentimento, lhe arrancasse as rosas do jardim. À noite verificou a existência de um formoso botão. No dia seguinte o botão havia desaparecido!
Aquela persistência exasperou-o. Começaram as indagações. A avó julgou de seu dever intervir, contando o facto que se passava consigo, e aconselhando paciência. Era a mão invisível de um ente sobrenatural e piedoso, que vinha, mensageiro da sua Angelita, trazer-lhe a flor prometida!
Essa revelação desorientou-os. A pessoa era então, evidentemente, de casa, e tão íntima que entrava nos quartos da família! Houve ameaças…. Entretanto, a doce rosa branca, aquietadora dos sustos da avó, aparecia todas as manhãs, fresca e orvalhada, sob o manto estrelado da mãe de Deus!
As criadas começaram a supor fantasmas, a asseverar que os viam, e de tal forma que a própria Ignez entrou de ter medo!
Uma noite deitou-se resolvida a faltar a sua caridosa lembrança; a avó que tivesse paciência e apreensões e lágrimas, – ela não se arriscaria nunca mais para poupar-lhe esses desgostos! E ficou, como na primeira noite, nervosa, imaginando a decepção da velha! Passou por fim ligeiramente pelo sono; acordando, viu tamanha claridade na janela, que supôs ser já dia. Saltou do leito, e, sem meditar, levada pelo hábito, ainda quase a dormir, pulou para o jardim, arrastando na areia a sua camisola branca e magoando no chão os pezinhos descalços.
A lua, em todo o esplendor, espalhava a sua luz aveludada; estava tudo silencioso, silencioso!
Ignez, no meio do caminho, ao ar fresco, compreendeu o seu engano: levantara-se alta noite! A bulha dos seus passos naquela solidão horrorizou-a. Ah! Era a hora dos fantasmas, e ela não ousava olhar para trás! Caminhava sempre, com os lábios secos e os olhos muito abertos! Foi com um movimento nervoso que arrancou da haste a triste flor piedosa, não ousando observá-la, porque, quando a violência do puxão a roseira balançou os seus botões nevados, afigurou-se lhe ver uma dança macabra improvisada no ar por estranhos e pequeninos espectros! Correu então alucinada para casa, saltou para dentro, e, sem tomar as precauções do costume, entrou no oratório precipitadamente atirou aos pés da Virgem a doce rosa branca, murmurando ao mesmo tempo, com a voz alterada pelo medo:
“Salve, Rainha… Mãe de misericórdia… vida e doçura… esperança nossa!”
Não acabou. Transida de medo e de frio, cairia no chão… se dois braços não a amparassem meigamente.
Eram os braços da avó, que a cobria de beijos, repetindo-lhe: – Como tu és boa, minha adorada Ignez! Como tu és boa!
La rosa blanca
A Magalhães de Azeredo
La viuda del comandante Henriques decía a todo el mundo que, de sus dos nietecitas, daba la preferencia a la mayor; por la menor no mostraba sino una simpatía tibia.
Cada cual comentaba a su manera aquella excentricidad de vieja romántica. El verdadero motivo, sin embargo, era que la nieta mayor se parecía extraordinariamente a los Henriques, mientras que la menor había salido enteramente a la familia del padre, un provinciano feo. Ângela, que era la primera, recibía continuamente presentes de la abuela; la otra, Ignez, miraba con melancolía aquellas dulces manifestaciones de amor, preguntándose en silencio en qué desmerecería ella de la ternura de la madre de su madre.
Todos se habían acostumbrado a aquella injusticia, menos la pobre niña, que muchas veces lloraba a escondidas, llamándose desgraciada…
Con el tiempo vino la necesidad de que Ângela entrara en un colegio.
La abuela se lamentó, volviéndose todavía más indiferente con la pobre Ignez y echándole encima todas las culpas: era ella quien rompía la loza que desaparecía de la alacena; era ella quien le daba jaquecas a la madre con el barullo de sus insoportables zapatos; era ella quien arrancaba las plantas del jardín y robaba los dulces del aparador; era ella quien les pegaba a los animales, quien rayaba los muebles, quien llenaba el suelo de trapos y papeles, quien impacientaba a las criadas y pedía dinero a las visitas.
¡Ella era el demonio! Y, a su juicio, habría sido mucho más sensato mandarla, de preferencia, a ella al colegio, como interna, y dejar en casa a Ângela, para quien se ofrecía a pagar maestros.
La propuesta no fue bien recibida. Ângela hubo de partir hacia Itú, lugar escogido para su educación.
La víspera, por la noche, al recaer la conversación en asuntos de presentimientos y supersticiones, Ângela tuvo la fantasía de decirle a la abuela:
—Mire, abuelita, todas las mañanas ha de ver en su oratorio una rosa blanca. Será mi pensamiento el que ha de venir a visitarla. El día en que la rosa aparezca medio marchita, será señal de que estoy enferma; y si no aparece, ¡será porque me he muerto!
—¡Déjate de tonterías! ¡No quiero que mi hija se lleve de casa ideas semejantes! ¿Vas a creer en eso?
—No, mamá… estaba bromeando… Descuide, que la rosa blanca no ha de venir.
Desde su rincón, la pobre Ignez observó que la mirada de la abuela se había vuelto angustiosa, turbia como agua en la que se reflejara una nube negra. La pobre señora creía en sueños y en fantasmas; sabía historias complicadas y extravagantes, cosas extraordinarias que quería imponer a la fe o a la incredulidad ajenas. Ya desde entonces, si la rosa blanca no aparecía todas las madrugadas a los pies de la Virgen de los Dolores, sería capaz de suponer que su Angelita se había ido a hacerles compañía a los querubines.
Y mientras su preferida decía, descuidada y risueña: “Estaba bromeando…”, la otra leía en sus ojos toda la inquietud y toda la tristeza.
La despedida de Ângela fue dolorosa para el corazón de la abuela; la pobre señora pasó el día entero llorando, encerrada en su cuarto y, cuando accedió a bajar a tomar el té, todos notaron la extraordinaria alteración de su semblante. Estaba impaciente, frenética, mirando de soslayo a la pobre Ignez, a quien varias veces reprendió bajo cualquier pretexto:
—Niña, ¿qué modales son esos? ¡Quita la mano de la mesa!
Y luego seguía, volviéndose hacia una visita:
—Lo que tiene Angelita de juiciosa y buena, lo tiene esta de insensata y de mal genio. ¡No es de extrañar! ¡Le consienten todos los caprichos! ¡Yo nunca vi cosa igual!
La madre acudió en defensa de su hija y la cuestión se prolongó, hasta que la abuela, desesperada, exclamó:
—La otra se fue interna al colegio a los once años; pues bien, esta tiene nueve, y apuesto a que ni de aquí a tres años irá a reunirse con su hermana. ¡Lo que me indigna son las injusticias!
Ignez oía, humillada y triste, aquel intercambio de palabras, consolándose con la dulzura de la mirada de su madre, que caía sobre ella como una bendición.
En su cuartito, frente a la cama vacía de la hermana, procuraba en vano dormirse. Se revolvía entre las sábanas, miraba al techo, donde la luz de la lamparilla proyectaba sombras y se acordaba de la mirada de la abuela cuando Ângela había hablado de la rosa blanca. ¡Ah! ¿Por qué la querría tan mal su abuela? Y, sin embargo, procuraba complacerla y hasta la quería mucho. ¡Realmente, Ângela era tan buena! ¡Y tan bonita!
Sí, ella también encontraba natural que la viejecita prefiriera a la otra… Pero ¿era razonable que la humillara siempre y así…, delante de extraños? Intentaba dormir: cerraba los ojos y se ponía a rezar: ¡Ave María, llena eres de gracia!… ¿Y la rosa blanca? ¡Ah! Si la abuelita no la encuentra en el oratorio… ¡es capaz de llorar! ¡Haced, Virgen María, que nazca una rosa blanca a vuestros pies!
Si fuera yo la que estuviera en el colegio, ¡la abuelita estaría contenta! ¿Por qué será que no me quiere? Es verdad que le he hecho daño, pero sin querer… le derramé el té caliente en la mano… le rompí su espejo nuevo; pero lo que de seguro no me perdona es haberle pegado a Ângela. ¡Pobrecita Ângela! Ella no se quejó… ¿quién lo habría visto? Pero si yo no le hubiese pegado, ella mataba al gato de la vecina, ¿y después? ¡Sí! La abuelita me tiene rabia desde ese día… pero yo le he dado tantos besos a Ângela… ¡Pobre de mi hermana, cuánto echará hoy de menos su camita!
A pesar de mis besos, el cariño de la abuelita no volvió. Mamá siempre me dice que no piense yo tal cosa, que la abuelita me adora. ¿Cómo saberlo? Pero mamá no miente; luego, si lo dice, es porque así es.
Con las manitas cruzadas sobre el pecho, toda envuelta en su largo camisón, Ignez luchaba con el insomnio y, para apartar los pensamientos, volvía a decir: Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…
Sin embargo, ya veía las manos trémulas de la abuela, buscando en vano la rosa blanca entre los pliegues del terciopelo azul del manto de Nuestra Señora. Después, las lágrimas cayéndole de a dos por la cara arrugada… Y sentía pena, y volvía, llena de fe, a suplicar:
—¡Virgen María! ¡Haced que nazca una rosa blanca a vuestros pies!
La luz de la lamparilla se iba haciendo pálida, a medida que los vidrios de la ventana se iluminaban con la claridad exterior. Ignez se levantó. Nunca había visto amanecer, pero su designio era otro; fue cautelosamente a la ventana, la abrió y miró. Nubes color de rosa se ovillaban bajo el cielo azul; en lo alto se mostraba la luna, estrecha como un hilo de luz arqueado, y un poco más abajo brillaba tenuemente una gran estrella blanquecina y fría. Los pájaros cantaban; había una frescura leve, toda embalsamada de aromas.
Ignez miró hacia el oratorio.
—¡Nada! La lámpara encendida, titilante, difundía su tenue llama sobre un ramo de flores artificiales. Volvió a la ventana de su cuarto, que daba casi al ras del suelo; vaciló un instante, pero, armándose de valor, la saltó y corrió hacia un rincón del jardín, donde varios rosales ostentaban sus bellísimas flores.
A la hora del almuerzo, la abuela apareció risueña y tranquila, con la mirada enternecida por una misteriosa dulzura del alma. Pasaron días, durante los cuales la pobre señora encontró siempre en su oratorio la prometida rosa blanca, que era, a sus ojos, la visita del pensamiento de la adorada nietecita. Cada vez más tierna para con la ausente, se volvía más áspera con Ignez. La pequeña andaba ya más abatida y más delgada, hasta inquietar a la familia.
La historia de la rosa era ignorada por todos; la abuela guardaba egoístamente el secreto de la visita de Ângela y conservaba las rosas, aun después de marchitas, en un cofrecito dorado.
Un día estaban todos a la mesa, cuando el jardinero vino a quejarse de que todas las noches alguien robaba una rosa blanca de uno de los rosales más estimados del jardín.
De la calle no entraba nadie; aquello era cosa de la gente de la casa; era menester tomar providencias.
Ignez se puso colorada; la abuela se estremeció y el dueño de la casa, un coleccionista fanático, prometió pegarle un tiro a quien, sin su consentimiento, arrancase las rosas del jardín. Aquella noche comprobó la existencia de un hermoso capullo. ¡Al día siguiente el capullo había desaparecido!
Aquella persistencia lo exasperó. Comenzaron las indagaciones. La abuela consideró que era su deber intervenir, contando lo que le ocurría y aconsejando paciencia. Era la mano invisible de un ser sobrenatural y piadoso que venía, mensajero de su Angelita, a traerle la flor prometida.
Semejante revelación los desconcertó. La persona era, pues, evidentemente, de la casa, y tan íntima, que entraba en los aposentos de la familia. Hubo amenazas… Entretanto, la dulce rosa blanca, que calmaba los sobresaltos de la abuela, aparecía todas las mañanas, fresca y cubierta de rocío, ¡bajo el manto estrellado de la madre de Dios!
Las criadas empezaron a hablar de fantasmas, a asegurar que los veían, hasta tal punto que la propia Ignez llegó a tener miedo.
Una noche se acostó resuelta a omitir aquella piadosa ofrenda; que la abuela tuviese paciencia y angustias y lágrimas: ella no volvería a arriesgarse para ahorrarle esos disgustos. Y quedóse, como en la primera noche, nerviosa, imaginando la decepción de la vieja. Al fin el sueño la rozó ligeramente; al despertar, vio tanta claridad en la ventana, que supuso que ya era de día. Saltó del lecho y, sin pensarlo, llevada por la costumbre, todavía casi dormida, brincó al jardín, arrastrando por la arena su camisón blanco y lastimándose los piececitos descalzos.
La luna, en todo su esplendor, derramaba su luz aterciopelada; todo estaba silencioso, silencioso.
Ignez, a mitad del camino, al aire fresco, comprendió su engaño: ¡se había levantado en plena noche! El ruido de sus pasos en aquella soledad la horrorizó. ¡Ah! Era la hora de los fantasmas, no se atrevía a mirar hacia atrás. Seguía andando, con los labios secos y los ojos muy abiertos. Con un movimiento nervioso arrancó del tallo la triste flor piadosa, sin atreverse a mirarla, porque, al sacudir el tirón violento el rosal y estremecer sus capullos nevados, le pareció ver una danza macabra improvisada en el aire por extraños y pequeñísimos espectros. Corrió entonces alucinada hacia la casa, entró de un salto y, sin tomar las precauciones de costumbre, se precipitó en el oratorio y arrojó a los pies de la Virgen la dulce rosa blanca, murmurando al mismo tiempo, con la voz alterada por el miedo:
¡Salve, Reina… Madre de misericordia… vida y dulzura… esperanza nuestra!
No acabó. Transida de miedo y de frío, habría caído al suelo… si dos brazos no la hubiesen amparado con ternura.
Eran los brazos de la abuela, que la cubría de besos, repitiéndole:
—¡Qué buena eres, mi adorada Ignez! ¡Qué buena eres!
«A rosa branca» pone a una niña en el centro de su economía afectiva. Ignez, la nieta postergada, no recibe el amor de la abuela —que prefiere abiertamente a la hermana, más parecida a la familia «de bien»— y, sin embargo, es ella quien cada madrugada arriesga el castigo para sostener una ficción consoladora: la rosa blanca que la hermana ausente prometió como señal de vida. El cuento mira la infancia sin idealizarla. La muestra como un territorio de jerarquías afectivas que la niña no eligió, de culpas desproporcionadas y de una lucidez que los adultos no sospechan. El monólogo interior de Ignez —su manera de razonar el desamor, de negociar con Dios, de medir su propia maldad— es uno de los grandes logros del relato y fue lo que más cuidé al traducir: conservar esa voz infantil que piensa en voz baja, sin endulzarla con una ternura que el original no concede.
Hay algo inquietante, además, en cómo se resuelve esa economía afectiva. Ignez termina por ganarse el amor que se le negaba, pero lo gana sacrificándose en secreto, lastimándose los pies en el jardín a oscuras; y la abuela celebra al final su «bondad». Cuesta no leer ahí, bajo la forma del cuento tierno, el aprendizaje temprano de un guión que muchas niñas reconocerán: el del afecto que se merece a fuerza de abnegación callada. No sé si Almeida quiso denunciarlo o solo retratarlo, prefiero no cerrar esa pregunta; pero traducir hoy ese final, para una niña lectora o para quien lo fue, es también dejar la pregunta abierta en español.
Traducir a Júlia Lopes de Almeida (1862-1934) tiene, por lo demás, una urgencia que excede este cuento. Fue una de las escritoras más leídas del Brasil de su tiempo y estuvo entre quienes idearon la Academia Brasileira de Letras, de la que fue excluida por ser mujer: su silla la ocupó su marido. Esa exclusión de origen anticipó un olvido más largo y la cadena se prolonga en otra lengua, porque su obra apenas ha empezado a traducirse al español en años recientes. El cuento que aquí ofrezco proviene, de hecho, de una colección brasileña nacida para reparar ese mismo silencio. Una autora postergada que escribió sobre una infancia postergada: traerla al español es, para mí, sumarme a ese gesto desde esta orilla y contribuir a devolver a la circulación hispanoamericana una literatura de infancia hoy casi imposible de hallar en nuestra lengua.
Ingrid G. Cruz es literata y traductora portugués–español. Docente universitaria en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), donde también adelanta estudios doctorales en Ciencias Sociales y Humanidades. Con más de diez años de ejercicio profesional, trabaja en la frontera entre la práctica de la traducción, la docencia y la investigación. Su labor reciente se orienta por un interés feminista: contribuir a la circulación en español de autoras de la literatura lusófona relegadas del canon, entre ellas Júlia Lopes de Almeida, cuya obra apenas comienza a traducirse a nuestra lengua. Le interesan especialmente la circulación asimétrica de la literatura entre Brasil e Hispanoamérica y las políticas de la traducción como gesto de reparación y de memoria.

