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El viaje con mi hijo

por Katai Tayama, traducción de Maryi Hernández

Traducción del japonés por Maryi Hernández
Texto original de Katai Tayama
Edición por Yeny Mireya Echeverria Barajas
Imagen: Pájaros y flores de primavera y verano, pintura de Kano Eino, s. f.

El primer día del año 44 de la era Meiji (1911) nos recibió en las termales de Kamisuwa. El sol brillaba sobre la nieve de la montaña y el viento frío penetraba en la piel. En el lago parcialmente congelado, se encontraba atascado en el hielo un pequeño barco de vapor, que se decía, había estado navegando hace apenas un par de días.

Llegamos tarde la noche anterior. La piscina termal se encontraba bajando por unas escaleras. Tanto anoche como esta mañana no había ni un huésped bañándose. Había llevado a mi hijo de diez años y nos quedamos mucho tiempo entretenidos jugando juntos.

―¿De verdad sale toda esa agua por sí sola, sin que nadie la caliente? ― dijo mi hijo, mirando con asombro.

El agua era transparente. Podíamos vernos claramente las manos y los pies. Mi hijo se adueñó de la piscina nadando alrededor. Parecía haberse olvidado por completo del larguísimo viaje en tren de ayer y de los incontables túneles que producen dolor de cabeza.

Cuando vimos, entre Hinoharu y Kobuchisawa, el Monte Fuji teñido de rojo por el sol poniente, mi hijo, como era de esperarse, puso cara de sorpresa y no se despegó de la ventana. Sin embargo, la montaña, la nieve, el valle, el pueblo y ese tipo de cosas, no despertaron demasiado la curiosidad desde su mirada infantil. Sin duda, estaba pensando en su madre, que estaba lejos.

Colocamos los cuencos de madera y las tazas de té sobre la tabla que había encima del kotatsu[1], y cogimos los palitos para comer la sopa de año nuevo. Los padres les contamos a nuestros hijos todo tipo de historias que podrían gustarles, pero sin darnos cuenta estas terminaron adoptando un estilo más adulto.

Mientras el tren recorría el borde del lago Suwa, entre las montañas podíamos ver el Monte Fuji en un intenso color verde azulado. Cuando nos acercábamos a la estación Jōjiri, parecía como si algunos puntos de la cordillera de los Alpes japoneses estuvieran despejados, otros nublados y otros cubiertos por una tormenta de nieve. En una de las habitaciones del segundo piso del la posada frente a la estación, iluminada por la cálida luz del sol de mediodía, alrededor del kotatsu, había esparcidas cáscaras de unas mandarinas que mi hijo había pelado.

La nieve era densa en el valle de Kiso. Aquí y allá podíamos ver casas de madera en cuyos techos reposaban piedras. Le señalé los largos carámbanos que colgaban de los aleros para que los viera. Las sensaciones de un niño que se enfrentaba por primera vez a un mundo donde hay tanto que ver y tanto que pensar, para mí tenían un significado profundo.

Aunque no entendía, quería saber.

Aunque quería saber sobre cosas que no entendía o no sabía, no hay otra forma que observar en silencio.

Mi hijo era de los que solían quedarse mirando en silencio. Aunque las montañas se alzaran, los ríos corrieran, el valle se extendiera entre las montañas o una mujer maquillada con polvos blancos y sonriente nos hablara usando palabras muy amistosas…

Mi hijo se quedaba mirando en silencio.

La vida es más una vida para observar que una vida para pensar. Es más una vida para escuchar. Lugares que se observan y cosas que se escuchan son diversos fenómenos que han ido enriqueciendo su significado.

Basta con tener la vista. Si pierdo la vista, basta con tener la escucha. Si tampoco pudiera escuchar, querría saber cómo es la vida a través del tacto.


[1] N. Trad. Mesa baja tradicional japonesa con un calentador integrado y cubierta por un pesado edredón (futon) para que los usuarios puedan mantenerse calientes durante épocas frías.

子供と旅

明治四十四年の元日は上諏訪温泉で迎へた。山の雪に日が光つて、寒い風が肌に染み渡つた。半凍つた湖水には二三日前まで通つて居たといふ小蒸汽船が氷に閉ぢられて居た。
 昨夜遅く此処に着いた。温泉の湯壺は階梯を下りて行つたところにあつた。昨夜も今朝も浴して居る客は一人もなかつた。私はつれて行つた取つて十歳になる男の児と戯れながら一緒に其処に長くつかつて居た。
『誰れも沸かす人がなくつて、独りでにこんなにお湯が出るの?』
 男の児は目を

るやうにして言つた。
 綺麗な湯であつた。手も足も皆なすき透つて見えた。男の児は大きい湯壺をわが物にして泳いで廻つた。退屈した昨日の長い/\汽車、頭痛のする無数の隧道、それをも全く忘れたやうに見えた。
 日野春と小淵沢の間で夕日に映つた赤い富士を見た時には、男の児は流石に驚いたやうな顔をして、窓から首を離さなかつた。しかし山や雪や谷や町や、さうしたものは、また稚いものゝ眼には余り多くの好奇心を惹かなかつた。男の児は矢張遠い母親のことを思つて居た。
 火燵の上の板の上に、茶碗やお椀を並べて、私達はお雑煮の箸を取つた。父親は子供に気に入るやうな話を何彼として聞かせたが、いつかそれが大人に話すやうな調子になつて居た。
 諏訪湖の縁を汽車の駛る間は、山と山の間から濃い碧の富士が見えた。塩尻駅に近いた頃には、日本アルプスの連山が或処は晴れ、或処は曇り、或処は吹雪に包まれたやうに見えた。停車場の前の旅籠屋の二階の一間には、午の暖かい日影が明るくさして、男の児の剥いた蜜柑の皮が火燵の周囲に二つ三つ散らばつて居た。
 木曾の谷は雪が深かつた。石を載せた板家が其処にも此処にも見えた。長い氷柱の軒に下つて居るのを私は子供に指さして見せた。見ることの多い世の中考へることの多い世の中、それに初めて向つた男の児の心持が私には意味が深かつた。
 解らない、しかし知り度い。
 知りたい、しかし解らない知られないものは、黙つて見て居るより他に仕方がない。
 男の児はいつも黙つて見て居る方であつた。山が聳えて居ても、川が流れて居ても、谷が山と山との間に開けて居ても、旅店の女が白粉をつけて笑つて打解けた言葉をかけても……
 男の児は黙つて見て居た。
 ライフは考へるライフよりも見るライフである。聞くライフである。見る処から、聞くところから、いろ/\な現象が、その意味を豊富にして行つた。
 眼さへあれば好い。眼がつぶれたら、耳さへあれば好い。耳も聞えなくなつたら、触つてゞもライフが知りたい。

(Tomado de https://www.aozora.gr.jp/cards/000214/files/48125_30645.html)

子供と旅

明治四十四年の元日は上諏訪温泉で迎へた。山の雪に日が光つて、寒い風が肌に染み渡つた。半凍つた湖水には二三日前まで通つて居たといふ小蒸汽船が氷に閉ぢられて居た。
 昨夜遅く此処に着いた。温泉の湯壺は階梯を下りて行つたところにあつた。昨夜も今朝も浴して居る客は一人もなかつた。私はつれて行つた取つて十歳になる男の児と戯れながら一緒に其処に長くつかつて居た。
『誰れも沸かす人がなくつて、独りでにこんなにお湯が出るの?』
 男の児は目を

るやうにして言つた。
 綺麗な湯であつた。手も足も皆なすき透つて見えた。男の児は大きい湯壺をわが物にして泳いで廻つた。退屈した昨日の長い/\汽車、頭痛のする無数の隧道、それをも全く忘れたやうに見えた。
 日野春と小淵沢の間で夕日に映つた赤い富士を見た時には、男の児は流石に驚いたやうな顔をして、窓から首を離さなかつた。しかし山や雪や谷や町や、さうしたものは、また稚いものゝ眼には余り多くの好奇心を惹かなかつた。男の児は矢張遠い母親のことを思つて居た。
 火燵の上の板の上に、茶碗やお椀を並べて、私達はお雑煮の箸を取つた。父親は子供に気に入るやうな話を何彼として聞かせたが、いつかそれが大人に話すやうな調子になつて居た。
 諏訪湖の縁を汽車の駛る間は、山と山の間から濃い碧の富士が見えた。塩尻駅に近いた頃には、日本アルプスの連山が或処は晴れ、或処は曇り、或処は吹雪に包まれたやうに見えた。停車場の前の旅籠屋の二階の一間には、午の暖かい日影が明るくさして、男の児の剥いた蜜柑の皮が火燵の周囲に二つ三つ散らばつて居た。
 木曾の谷は雪が深かつた。石を載せた板家が其処にも此処にも見えた。長い氷柱の軒に下つて居るのを私は子供に指さして見せた。見ることの多い世の中考へることの多い世の中、それに初めて向つた男の児の心持が私には意味が深かつた。
 解らない、しかし知り度い。
 知りたい、しかし解らない知られないものは、黙つて見て居るより他に仕方がない。
 男の児はいつも黙つて見て居る方であつた。山が聳えて居ても、川が流れて居ても、谷が山と山との間に開けて居ても、旅店の女が白粉をつけて笑つて打解けた言葉をかけても……
 男の児は黙つて見て居た。
 ライフは考へるライフよりも見るライフである。聞くライフである。見る処から、聞くところから、いろ/\な現象が、その意味を豊富にして行つた。
 眼さへあれば好い。眼がつぶれたら、耳さへあれば好い。耳も聞えなくなつたら、触つてゞもライフが知りたい。

El viaje con mi hijo

El primer día del año 44 de la era Meiji (1911) nos recibió en las termales de Kamisuwa. El sol brillaba sobre la nieve de la montaña y el viento frío penetraba en la piel. En el lago parcialmente congelado, se encontraba atascado en el hielo un pequeño barco de vapor, que se decía, había estado navegando hace apenas un par de días.

Llegamos tarde la noche anterior. La piscina termal se encontraba bajando por unas escaleras. Tanto anoche como esta mañana no había ni un huésped bañándose. Había llevado a mi hijo de diez años y nos quedamos mucho tiempo entretenidos jugando juntos.

―¿De verdad sale toda esa agua por sí sola, sin que nadie la caliente? ― dijo mi hijo, mirando con asombro.

El agua era transparente. Podíamos vernos claramente las manos y los pies. Mi hijo se adueñó de la piscina nadando alrededor. Parecía haberse olvidado por completo del larguísimo viaje en tren de ayer y de los incontables túneles que producen dolor de cabeza.

Cuando vimos, entre Hinoharu y Kobuchisawa, el Monte Fuji teñido de rojo por el sol poniente, mi hijo, como era de esperarse, puso cara de sorpresa y no se despegó de la ventana. Sin embargo, la montaña, la nieve, el valle, el pueblo y ese tipo de cosas, no despertaron demasiado la curiosidad desde su mirada infantil. Sin duda, estaba pensando en su madre, que estaba lejos.

Colocamos los cuencos de madera y las tazas de té sobre la tabla que había encima del kotatsu[1], y cogimos los palitos para comer la sopa de año nuevo. Los padres les contamos a nuestros hijos todo tipo de historias que podrían gustarles, pero sin darnos cuenta estas terminaron adoptando un estilo más adulto.

Mientras el tren recorría el borde del lago Suwa, entre las montañas podíamos ver el Monte Fuji en un intenso color verde azulado. Cuando nos acercábamos a la estación Jōjiri, parecía como si algunos puntos de la cordillera de los Alpes japoneses estuvieran despejados, otros nublados y otros cubiertos por una tormenta de nieve. En una de las habitaciones del segundo piso del la posada frente a la estación, iluminada por la cálida luz del sol de mediodía, alrededor del kotatsu, había esparcidas cáscaras de unas mandarinas que mi hijo había pelado.

La nieve era densa en el valle de Kiso. Aquí y allá podíamos ver casas de madera en cuyos techos reposaban piedras. Le señalé los largos carámbanos que colgaban de los aleros para que los viera. Las sensaciones de un niño que se enfrentaba por primera vez a un mundo donde hay tanto que ver y tanto que pensar, para mí tenían un significado profundo.

Aunque no entendía, quería saber.

Aunque quería saber sobre cosas que no entendía o no sabía, no hay otra forma que observar en silencio.

Mi hijo era de los que solían quedarse mirando en silencio. Aunque las montañas se alzaran, los ríos corrieran, el valle se extendiera entre las montañas o una mujer maquillada con polvos blancos y sonriente nos hablara usando palabras muy amistosas…

Mi hijo se quedaba mirando en silencio.

La vida es más una vida para observar que una vida para pensar. Es más una vida para escuchar. Lugares que se observan y cosas que se escuchan son diversos fenómenos que han ido enriqueciendo su significado.

Basta con tener la vista. Si pierdo la vista, basta con tener la escucha. Si tampoco pudiera escuchar, querría saber cómo es la vida a través del tacto.


[1] N. Trad. Mesa baja tradicional japonesa con un calentador integrado y cubierta por un pesado edredón (futon) para que los usuarios puedan mantenerse calientes durante épocas frías.

El asombro por lo desconocido es inherente a nuestra existencia, pero por alguna razón esa misma hambre de conocimiento va apagando nuestra curiosidad a medida que crecemos. Al desviar nuestra mirada a esa infancia llena de preguntas uno podría preguntarse, ¿qué ven esos inocentes ojos que dejamos de percibir al crecer? Este relato autobiográfico se pregunta lo mismo mientras nuestros personajes están en constante contacto con cosas nuevas. Desde la narrativa autobiográfica del precursor del naturalismo japonés, está mirada infantil se cruza con la manera de reflexionar el mundo de la cultura nipona, en donde las preguntas se quedan cortas y el verdadero valor de la realidad se encuentra a través de la contemplación.

Maryi Hernández es una traductora colombiana graduada del programa de Licenciatura en Filología e Idiomas: Francés de la UNAL, en el marco del cual realizó un intercambio académico con la Universidad Jean Jaurès en Toulouse, Francia, egresada del Diplomado de Traducción Literaria y Humanística de AMETLI y la UNAM y cuenta con un certificado de japonés JLPT N3. Traduce principalmente del francés, del japonés y del inglés. Ha realizado algunas traducciones literarias y musicales como freelancer. También es profesora de japonés a medio tiempo. Sus intereses principales son en el campo de la traducción en el ámbito cultural, la filología y la cultura japonesa.