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Canituccia

por Matilde Serao, traducción de Pilar Carrillo Farga

Traducción del inglés por Pilar Carrillo Farga
Texto original de Matilde Serao
Edición por Daniela Arias
Imagen: Scena di borgo, Francesco De Nicola (1882–1961)

En la penumbra, sentada sobre el banco de madera, bajo la campana ennegrecida y amplia del fogón, Pasqualina, con las manos bajo el delantal, rezaba el rosario. No se escuchaba más que el bisbiseo de los labios que susurraban las oraciones. La cocina, totalmente tiznada por el hollín, con la gran mesa de madera verde parduzca, con la artesa oscura, con las sillas de respaldo pintado, sin un punto luminoso, se hundía en la noche. El fuego, casi apagado, ardía bajo la ceniza.

Un zueco de madera dio contra la puertecilla cerrada. Pasqualina se levantó y abrió. Teresa, apodada la cabeza de paño, porque había servido a las monjas de un monasterio de Sessa, entró con el balde de agua sobre la cabeza; se agachó un poco, porque era alta, flaca y huesuda. Pasqualina la ayudó a poner el balde en el piso, y Teresa permaneció un momento inmóvil, pero sin jadear, a pesar del enorme peso que había cargado en la cabeza. Luego desató el trapo que le había servido de rodete y lo extendió sobre una silla, porque estaba empapado. Mojado estaba también el pañuelo de algodón que llevaba anudado a la cabeza, y mojadas las guedejas desgreñadas de los cabellos grises.

Mientras tanto, Pasqualina había encendido una de aquellas lámparas de latón con tres picos, con su pabilo de algodón empapado en aceite; en lo alto, de cadenitas de latón colgaban el apagavelas, las tijeras de despabilar y el atizador.

Luego había abierto la artesa, cortado un largo y grueso pedazo de pan moreno endurecido, le había agregado un pedacito de queso fuerte y le había dado a Teresa la cena.

–¿Y Canituccia? – preguntó.

–No la he visto.

–Es tarde y esa bribona no regresa.

–Ya vendrá.

–Teré, acuérdate que mañana, a las trece horas, tienes que ir a Carinola a llevar el saco de maíz.

–Sí, señora.

Sin comer, Teresa puso el pan y el queso en el bolsillo profundo del delantal. Permaneció todavía un rato con la boca semiabierta, todo el rostro ausente, sin ninguna expresión, ni siquiera la del cansancio.

–Me voy. Buenas noches a su señoría.

–Buenas noches.

Y se fue lentamente hacia la calle de la Cruz, donde en un cuartucho la esperaban cuatro chiquillos con los que debía comer.

Pasqualina permaneció en el umbral y llamó.

–¡Canituccia!

Nadie respondió. Había descendido la noche de un día de febrero. Pasqualina se atormenta mirando en la oscuridad. Llamó una vez más:

–¡Canituccia, Canituccia!

Entonces, murmurando improperios, bajó por el senderillo que, desde la puerta de casa, dividiendo en dos partes la huerta, llevaba al portón. Ahí, miró hacia el camino de Carinola, hacia la travesía de la Madonna della Libera, hacia la única calle que divide en dos partes el pequeño pueblo de Ventaroli. No se distinguía a Canituccia.

–La habrán matado, a esa tiñosa– murmuró.

Un gemido ahogado le respondió.

Canituccia estaba sentada en un peldaño del portón; acuclillada, con la cabeza entre las rodillas y las manos en el cabello, lamentándose.

–Ah ¿estás aquí? ¿Y no respondes? ¡Que te lleve el diablo! ¡Dime! ¿Por qué lloras? ¿Te han apaleado? Y Ciccotto ¿dónde está?

Canituccia, una niña de siete años, no respondió y se lamentó con más fuerza.

–¿Por qué viniste tan tarde? ¿Y Ciccotto? Dime la verdad, ¿has perdido a Ciccotto? –y la voz rabiosa de aquella vieja campesina solterona se hizo tremenda.

Canituccia se lanzó de bruces, con los brazos abiertos, sollozando. Había perdido a Ciccotto.

–¡Ah, desgraciada, asesina de mi casa, hija de mala mujer, que no eres otra cosa! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Toma esto! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Toma! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Píllatelo!

La molía a puñetazos, patadas y bofetadas. Canituccia se debatía, se revolcaba, gritaba, pero sin llorar. Cuando Pasqualina se cansó, le dio un empujón y dijo con voz ronca:

–Escucha, malandrina, yo te tengo en mi casa por caridad: si en este momento no te vas a buscar a Ciccotto por los campos, si no lo traes a casa, recuerda que te dejo morir reventada en la calle, como la hija de perra que eres.

Y Canituccia, gritando todavía por los golpes recibidos, con los pies descalzos y levantando sus andrajos de paño rojo, se puso en marcha hacia el camino de la Libera. Caminaba mirando a derecha y a izquierda, en los setos, en los campos cultivados, llamando a Ciccotto en voz baja. Lo había perdido de regreso a casa; no se había dado cuenta de que Ciccotto ya no la seguía. Pero en la noche no distinguía nada. Caminaba maquinalmente; se detenía de vez en cuando para mirar, sin ver. Sus pies desnudos, vueltos color de pulmón por el frío de todo un invierno, ya no sentían el terreno que se hacía glacial, ni las piedras con las que tropezaba. No tenía miedo de la noche, de los campos solitarios: sólo quería encontrar a Ciccotto. Escuchaba sólo las palabras de Pasqualina, que le decían que no comería si no regresaba con Ciccotto. Tenía un hambre acerba e intensa que le torcía el estómago. Si regresaba a Ciccotto, comería. Es lo único en lo que pensaba; sólo en esto. Y llamaba, llamaba, caminando rápidamente entre los altos setos, punto minúsculo que se agita en aquella calma nocturna.

–Ciccotto bonito, Ciccotto mío, Ciccotto de tu Canituccia, ¿dónde estás? Ciccotto, Ciccotto, Ciccotto, ¡ven con Canituccia! Si no te llevo a casa, mamá Pasqualina no me da de comer. ¡Oh, Ciccotto, Ciccotto!

Había salido del camino principal que lleva a Cascano, a Sessa, a Sparanisi. En la oscuridad el camino blanqueaba, y la pequeña sombra de aquella niña desolada hacía extrañas contorsiones sobre la tierra. La voz se le ahogaba. Corría como loca, ahora, llamando a Ciccotto con todas sus fuerzas. Dos veces derrotada, desesperada, se sentó en el piso: dos veces reanudó la carrera. Finalmente, en el campo de Antonio Janotta, escuchó como un pequeño gruñido, luego un pequeño galope y Ciccotto vino a lamerle los pies con el hocico.

Ciccotto era un cerdito entre blanco y rosado, con una mancha gris en el lomo, gordito y redondito. Canituccia gritó de la felicidad, tomó en sus brazos a Ciccotto y emprendió el regreso, con el último esfuerzo de sus piernas de niña. Reía, hablaba, se apretaba a Ciccotto al pecho para que no escapara, y Ciccotto, con sus patitas colgando, gruñía tranquilamente. Canituccia corría otra vez, pensando que comería. Desde lejos vio la figura de Pasqualina en el portón, y a tiro de voz le gritó:

–¡Encontré a Ciccotto, encontré a mi hermoso Ciccotto!

Pronto llegó hasta donde Pasqualina y le entregó triunfalmente al puerquito. Pasqualina, en la oscuridad, sonreía. Entraron a casa y Ciccotto fue llevado a su establillo, donde comió y se durmió de inmediato. Canituccia, jadeante, había seguido todas esas operaciones. Ella también tenía hambre, como Ciccotto. Siguió a Pasqualina a la cocina, mirándola con sus grandes ojos salvajes que no sabían pedir. Luego se sentó en el escalón del fogón, sin decir nada. La campesina se había sentado en el banco y había vuelto a empezar su rosario. Rezaba monótonamente y sin fervor. La niña, encorvada para no sentir el espasmo del estómago, seguía con los ojos aquel rezo. Ya ni siquiera pensaba: simple y sencillamente tenía hambre. Sólo después de media hora, cuando hubo rezado el Salve Regina, Pasqualina se levantó, abrió la artesa, cortó un pedazo de pan, recogió en un platito unos frijoles fríos y dio de comer a Canituccia. Ella, todavía sentada en el escalón del hogar, comió con avidez. Tenía una cabeza pequeña, con una cara menuda y blanca, toda manchada de pecas, con unos cabellos hirsutos, un poco rojizos, un poco amarillentos, un poco castaño sucio: una cabeza demasiado pequeña sobre un cuerpo muy delgado. Llevaba una camisa de algodón blanco toda remiendos, un corpiño de tela café y como falda un paño rojo sujetado a la cintura por un cordoncillo. Se veían las piernas huesudas; se le veía el cuello desnudo y flaco en el que los tendones parecían cuerdas tensadas. Comía con una cuchara de madera negra. Luego fue a beber del cubo.

–Vete a dormir– dijo Pasqualina que había tomado la rueca y estaba hilando.

Canituccia abrió la puertita de la pequeña despensa donde se conservaban las manzanas, se quitó el paño rojo y se acostó sobre un mísero jergón de paja, se cubrió con un trapo de manta amarilla y se durmió. Pasqualina hilaba y pensaba con cierta desconfianza en Canituccia. Esa sirvientilla era la hija bastarda de María la roja: María, de cabellos ardientes y labios de clavel, había pecado primero con Giambattista, el zapatero; Giambattista había ido a hacer el servicio militar y María se había convertido en la amante de Gasparre Rossi, un señor. Luego también Gasparre había abandonado a María, aunque se dijera que Cándida, llamada con el diminutivo Canituccia, era hija suya. Lo cierto es que aquella María, después de haber estado un mes en Sessa, había dejado a Canituccia y se había ido, alguien decía que a Capua; otros que a Nápoles para dedicarse a la vida deshonesta. Gasparre no había querido ocuparse de la niña abandonada, que creció en casa de los Zampa, Pasqualina y Crescenzo Zampa, hermano y hermana. Pero la carita blanca manchada de pecas recordaba siempre a su mamá la roja, y Pasqualina, solterona, casta, flaca, con manos nudosas y rojas, con dientes amarillos y ojos negros de carbón, que no se había casado porque Crescenzo le había negado la dote, se estremecía de un terror histérico, pensando en las locuras amorosas de María la roja, y desconfiaba de la pequeña bastarda.

De manera que, al día siguiente, temiendo que Canituccia pudiese perder de nuevo a Ciccotto, con una cuerdecilla ató por un extremo la pata de Ciccotto y por el otro la cintura de Canituccia para que no pudieran separarse. El puerquito trotaba detrás de la niña para ir a pastar. Pasaban el día juntos, en los campos, buscando las primeras hierbas. Muchas veces Canituccia atraía a Ciccotto a un lugar donde había visto hierba que podría gustarle; otras veces Ciccotto jalaba a Canituccia hacia un campo verde. A medio día la niña comía un pedazo de pan. Erraban juntos por la tarde de primavera hasta el anochecer. Sólo se separaban en casa, cuando Ciccotto iba a dormir, y Canituccia, después de haber engullido una sopa fría de achicoria o unos pocos garbanzos, o un poco de corteza de tocino con pan, también se iba a dormir. Sin duda Pasqualina no era más avara y más feroz que las demás campesinas, pero ella misma no vivía en la abundancia y comía un pedacito de carne sólo los domingos. A veces golpeaba a Canituccia, pero no más de lo que las otras campesinas golpeaban a sus propias creaturas.

Más tarde, en el verano, Canituccia y Ciccotto pasaban todavía más tiempo juntos. Salían al amanecer a buscar maíz, higos y manzanas tempranas caídas de los árboles, porque Ciccotto se había vuelto fuerte, grande y gordo, mientras que Canituccia seguía flaca y débil. A veces Ciccotto corría demasiado para la niña y ella sentía que la arrastraban, bajo el sol abrasador, sobre la tierra seca y agrietada.

–Espera Ciccotto, espera, hermoso mío– le decía ella, extenuada.

Luego Ciccotto se echaba a dormir y la niña se tendía en el suelo, a lo largo de los surcos de grano segado, con los ojos cerrados, sintiendo bajo los párpados el resplandor ardiente del sol. Se levantaba aturdida, con las mejillas rojas y la lengua hinchada. Ahora ya no hacía falta la cuerdecilla, porque Ciccotto se había vuelto obediente; Canituccia sólo se había provisto de una larga ramita con la que regulaba el camino de Ciccotto para que no terminara bajo las ruedas de los carros que pasaban por el camino principal. Regresaban a las doce de la noche. Ciccotto lentamente, Canituccia un poco más adelante, impulsada por el hambre insaciable que le mordía el estómago. Una vez había intentado robar unas serbas verdes en el campo de Nicola Passaretti, pero las serbas eran amarguísimas y Nicola la había golpeado como a una pequeña ladrona. Es más, Nicola se lo había dicho a Pasqualina Zampa que también le había pegado. La niña se había ido por los campos con Ciccotto, llorando y diciéndole.

–Pasqualina me ha golpeado porque soy una ladrona.

Pero Ciccotto había sacudido la cabeza y se había puesto a pastar. Sin embargo, a veces, cuando en la mente cerrada de Canituccia surgía una idea, ella hablaba de eso con Ciccotto. Cuando regresaban a casa, le iba platicando:

–Ahora, vamos a casa y Ciccotto se va al establo y mamá Pasqualina le da de cenar y luego mamá Pasqualina le da la sopa a Canituccia, que se la come toda, toda.

Y por la mañana:

–Si Ciccotto no corre, y está siempre cerca de Canituccia, Canituccia lo lleva a la Montaña Partida, al arbusto de don Octaviano el párroco y le deja comer muchas manzanas, mientras Canituccia se come el pan.

Cuando llegó el otoño, Ciccotto se había puesto muy gordo y un poco pesado. Una vez, con un cabezazo, hizo caer a la niña que después se levantó, se alejó y le lanzó una pedrada. Pero fue su única pelea. Canituccia comía cada vez menos y Pasqualina era cada vez más áspera con la hija de la roja, porque la cosecha había sido mala y la casta solterona tenía una terrible sospecha de que su hermano Crescenzo había iniciado una relación amorosa con Rosella di Nocelleto. Habían desaparecido de la despensa dos quesos caciocavallo y un jamón: luego Crescenzo había comprado en el mercado de Sessa, por tres liras, un anillo de oro. En casa, Pasqualina se volvía cada vez más rabiosa y avara. Se desquitaba con Teresa la sirvienta, con Giacomo el hortelano, con Canituccia, con todos. El último domingo, don Octaviano no había querido darle la comunión por tantos pecados de pensamiento.

Luego llovía siempre y todos los días Ciccotto y Canituccia regresaban a casa empapados. Canituccia se ponía el paño rojo sobre la cabeza, pero se quedaba sólo con la camisa alrededor de las piernas; caminaba entre los charcos de agua y barro, azotada por la lluvia, diciéndole a Ciccotto:

–¡Corramos, Ciccotto hermoso de Canituccia, corramos porque llueve y tengo el corpiño mojado! ¡Corramos, porque en casa está el fuego y nos calentaremos!

Pero a menudo el fuego estaba apagado y Canituccia se iba a dormir todavía empapada por la lluvia. Ese mes de noviembre, dijeron en Ventaroli que María la roja había muerto en Capua de una tifoidea, y el párroco, después de la misa, había puesto el ejemplo en la prédica, haciendo sonrojar a Concetta de Rafael Palmese y a Nicoletta de Peppino Morra, que tenían uno que otro remordimiento de conciencia. Le dijeron a Canituccia que su madre había muerto, pero ella no entendió nada y se quedó escuchando como alelada.

Ese mes, sin embargo, Ciccotto se había puesto tan gordo y grande que ya no era posible llevarlo a pastar muy lejos: paseaba con lentitud. En vano Canituccia lo llamaba, que él ya no tenía fuerza. La primera vez que lo dejó para ir a la montaña por leña, Canituccia le recogió en el bosque una buena cantidad de bellotas y se las llevó en un trapo.

Antes de salir a correr a la fuente, para llevarle la comida a Crescenzo a los campos o para algún otro encargo, ella iba a echarle un vistazo a Ciccotto. A su regreso, antes de entrar a la cocina, iba una vez más a saludarlo. Le consternaba un poco el verlo tan grande, tanto más que ella, que era delgada como un mango de escoba.

Una tarde, en diciembre, cuando venía de la fuente, encontró a don Ottaviano el párroco, Nicola Passaretti y a Crescenzo que discutían acaloradamente: luego los tres fueron a visitar a Ciccotto y hablaron de nuevo. Ella no entendió,. pero la tarde del día siguiente vino de Carinola Sabatino el carnicero y a Teresa se le unió Rosaria, la sirvienta de Gasparre Rossi. Había una gran agitación en el patio y en la cocina: sobre el fogón había una gran caldera sobre un fuego vivísimo: todos los platos grandes, todos los barreños, todas las cubetas dispuestas: en una esquina la báscula romana: sobre la mesa cuchillos de todo tipo, embudos: Pasqualina, Teresa, Rosaria con la faldas arremangadas y delantales blancos. Sabatino iba y venía con un aire de importancia. Canituccia miraba todo y no entendía. Luego le preguntó en voz baja a Teresa.

–¿Qué hacemos esta noche?

–Ha llegado la Navidad, Canitù. Mataremos a Ciccotto.

Entones, tambaleándose un poco, Canituccia fue a agazaparse en una esquina del patio para ver matar a Ciccotto. Vio, en la luz difusa, que lo arrastraban al patio, que Nicola Passaretti y Crescenzo lo sujetaban. Escuchó los gruñidos desesperados de Ciccotto que no quería morir, vio el cuchillo de Sabatino que lo hirió en la garganta. Vio que le cortaban la cabeza, todo alrededor del cuello, y que la ponían sobre un plato con una base de laurel fresco. Luego vio como descuartizaban el cuerpo en dos partes que fueron pesadas en la romana; escuchó las exclamaciones de alegría por el resultado: un quintal y sesenta libras. Ella permaneció en la oscuridad, en el patio, en la esquina. El tiempo pasó en aquella noche de diciembre congelada. La llamaron a la cocina. Rosaria y Teresa, con pequeños embudos, llenaban las tripas con la carne de la salchicha. Sabatino y Crescenzo se ocupaban de los jamones y de los pedazos de tocino, mientras que Nicola vigilaba en el calderón los trozos blancos de sebo que se convertían en manteca de cerdo y chicharrones. Pasqualina, en un lado del fogón, freía la sangre en la sartén. Todos hablaban animadamente, alegremente, llevados por la alegría de aquella carne, de aquella grasa, de aquella prosperidad, inflamados por el fuego y el trabajo. Canituccia permanecía en el umbral, mirando, sin entrar. Entonces Pasqualina, pensando que la niña no comía desde hacía un día y que era momento de fiesta, tomó un pedazo de pan negro, puso un pedacito de sangre frita y le dijo a Canituccia:

–Cómete esto.

Pero Canituccia, que se moría de hambre, dijo que no, así, simplemente, con la cabeza.

Nella penombra, seduta sulla panca di legno, sotto la cappa nera ed ampia dei focolare, Pasqualina, con le mani sotto il grembiule, recitava il rosario. Non si udiva che il pissi pissi delle labbra sibilanti le preghiere. La cucina tutta affumicata, con la larga tavola di legno verde-bruno, con la madia oscura, con le sedie a spalliera dipinta, senza un punto luminoso, s’immergeva nella notte. Il fuoco, semispento, covava sotto la cenere.

Un zoccolo di legno urtò contro la portella chiusa. Pasqualina si alzò ed aprì. Teresa, detta la capa de peza, perchè aveva servito le monache in un monastero di Sessa, entrò con la secchia dell’acqua sulla testa: si curvò un poco, perchè era alta, magra ed ossuta. Pasqualina l’aiutò a deporre la secchia per terra, e Teresa rimase un momento immobile, ma senza ansare, malgrado il peso enorme che aveva portato sul capo. Poi disciolse lo strofinaccio che le era servito da cercine e lo stese sopra una sedia, perchè era bagnato fradicio. Ed era bagnato il fazzoletto di cotone che portava annodato sul capo e bagnati i cernecchi arruffati dei capelli grigi.

Intanto Pasqualina aveva acceso una di quelle lucerne di ottone a tre becchi, col lucignolo di bambagia che bagna nell’olio, tenendo in alto, sospesi con catenine di ottone, lo spegnitoio, le forbici da smoccolare e l’attizzatoio.

Poi aveva aperto la madia, tagliato un lungo e grosso pezzo di pane bruno raffermo, ci aveva aggiunto un pezzetto di cacio forte e aveva dato a Teresa la cena.

— E Canituccia? – chiese.

— Non l’ho vista.

— È tardi e quella malandrina non torna.

— Mo’ verrà.

— Terè, ricòrdati che domani, a tredici ore, devi andare a Carinola a portare quel sacco di granone.

— Gnorsì.

Senza mangiare, Teresa mise il pane e il cacio nella tasca profonda del grembiule. Rimase ancora un poco, con la bocca semi-aperta, tutto il volto inebetito, senza nessuna espressione, neppure quella della stanchezza.

— Me ne vado. Felice notte a signorìa.

— Felice notte.

E se ne andò lentamente verso la via della Croce, dove in una stanzuccia l’aspettavano quattro marmocchi con cui dovea pranzare.

Pasqualina restò sulla soglia e chiamò:

— Canituccia!

Nessuno rispose. La sera di una giornata di febbraio era discesa. Pasqualina si arrovellava a guardare nella oscurità. Chiamò di nuovo a distesa:

— Canituccia, Canituccia!

Allora, borbottando improprerì, scese per la viottola che dalla porta di casa, tagliando in due parti l’orto, conduceva al portone. Lì guardò verso la via di Carinola, verso la traversa della Madonna della Libera, verso la unica via che taglia in due parti il piccolo villaggio di Ventaroli. Canituccia non si distingueva.

— Sarà morta ammazzata, quella tignosa – mormorò.

Un gemitìo sommesso le rispose. Canituccia era seduta sullo scalino del portone; accovacciata, col capo quasi tra le ginocchia e le mani nei capelli, lamentandosi.

— Ah, stai qua? E non rispondi, che tu possa essere impiccata? Dì? perchè piangi? T’hanno bastonata? E Ciccotto dove sta?

Canituccia, una bambina di sette anni, non rispose e si lamentò più forte.

— Perchè sei venuta così tardi? E Ciccotto? Dì la verità, hai perduto Ciccotto? – e la voce rabbiosa di quella vecchia zitella contadina divenne tremenda.

Canituccia si gettò per terra bocconi, con le braccia aperte, singhiozzando. Aveva perduto Ciccotto.

— Ah, scellerata, assassina della casa mia, figlia di mala femmina, che non sei altro! Hai perduto Ciccotto? E tieni. Hai perduto Ciccotto? E piglia. Hai perduto Ciccotto? E afferra.

La caricava di pugni, di calci e di schiaffi. Canituccia si dibatteva, si avvoltolava, strillava, ma senza piangere. Quando Pasqualina si fu stancata, le dette uno spintone e disse con voce arrantolata:

— Senti, malandrina, io ti tengo in casa per carità: se mo’ non ti parti e non vai cercando Ciccotto per la campagna, se non lo riporti a casa, ricòrdati che ti faccio morire crepata sulla via, come una figlia di cagna che sei.

E Canituccia, strillando ancora per le busse avute, coi piedi scalzi, rialzando il suo cencio di panno rosso, si avviò verso la strada della Libera. Camminava guardando a destra ed a sinistra, nelle siepi, nei campi coltivati, chiamando Ciccotto a bassa voce. Lo aveva perduto, tornando a casa: non si era accorta che Ciccotto non la seguiva più. Ma nella notte non distingueva nulla. Camminava macchinalmente: fermandosi ogni tanto a guardare, senza vedere. I suoi piedi nudi, diventati color di polmone pel freddo di una intiera invernata, non sentivano più il terreno che si faceva glaciale, nè le pietre dove inciampava. Non aveva paura della notte, della campagna solitaria: non voleva che ritrovare Ciccotto. Udiva solo le parole di Pasqualina, che le dicevano non avrebbe mangiato se non riportava Ciccotto. Aveva una fame acerba e intensa che le torceva lo stomaco. Se riportava Ciccotto, avrebbe mangiato. Questo solo pensava, questo solo. E chiamava, chiamava, camminando rapidamente fra le alte siepi, punto minuscolo che si agita a in quella calma notturna:

— Ciccotto bello, Ciccotto mio, Ciccotto di Canituccia tua, dove stai? Ciccotto, Ciccotto, Ciccorto, vieni da Canituccia! Se non ti porto a casa, mamma Pasqualina non mi dà da mangiare. O Ciccotto, o Ciccotto!

Era uscita sulla via maestra che mena a Cascano, a Sessa, a Sparanisi. Nella oscurità la via biancheggiava, e la piccola ombra di quella bambina desolata prendeva contorcimenti strani sulla terra. La voce le si affannava. Correva all’impazzata, ora, chiamando Ciccotto con tutte le forze. Due volte, disfatta, disperata, sedette per terra: due volte riprese la corsa. Finalmente, nel campo di Antonio Jannotta, udì come un piccolo grugnito, poi un piccolo galoppo, e Ciccotto venne a lambirle i piedi col grugno.

Ciccotto era un porcellino bianco-roseo, con una macchia grigia sulla schiena, grassottello e rotondetto. Canituccia gridò dalla gioia, prese nelle braccia Ciccotto e se ne tornò indietro, con l’ultimo sforzo delle sue gambe di bambina. Rideva, parlava, si stringeva al petto Ciccotto per non farlo scappare, e Ciccotto, con le corte gambe pendenti, grugniva tranquillamente. Canituccia correva di nuovo, pensando che avrebbe mangiato. Di lontano vide la figura di Pasqualina sul portone e a tiro di voce le gridò:

— Ho trovato Ciccotto, ho trovato Ciccotto bello!

Ben presto raggiunse Pasqualina e le consegnò trionfal mente il porcellino. Pasqualina, all’oscuro, sorrideva. Rientrarono in casa e Ciccotto fu portato nel suo stabbiolo, dove mangiò e si addormì immediatamente. Canituccia, ansante, aveva seguito tutte quelle operazioni. Aveva fame anche lei come Ciccotto. Seguì Pasqualina in cucina, guardandola coi suoi grandi occhi selvaggi che non sapevano chiedere. Poi sedette sullo scalino del focolare, senza dir nulla. La contadina si era seduta sulla panca ed aveva ricominciato il suo rosario. Pregava monotamente e senza fervore. La bambina, curva per non sentire lo spasimo dello stomaco, seguiva con gli occhi quella preghiera. Non pensava neppure più: aveva semplicemente e unicamente fame. Solo dopo mezz’ora, quando la Salve Regina fu recitata, Pasqualina si alzò, apri la madia, tagliò un pezzo di pane, raccolse in un piattello certi fagiuoli freddi e dette il pranzo a Canituccia. Costei, seduta sempre sullo scalino del focolare, mangiò avidamente. Aveva una testa piccola, con una faccia minuta e bianca, tutta macchiata di lentiggini, con certi capelli ispidi, un po’ rossi, un po’ giallastri, un po’ castagno sporco: una testa troppo piccola sopra un corpo molto magro. Portava una camicia di cotone bianco tutta toppe, un corpetto di teletta marrone e per gonnella un panno rosso, tenuto su alla cinta da una cordicella. Si vedevano le gambe stecchite: si vedeva il collo nudo e magro, dove i tendini parevano corde tese. Mangiava con un cucchiaio di legno nero. Dopo andò a bere alla secchia.

— Vattene a dormire – disse Pasqualina, che aveva preso la conocchia e filava.

Canituccia aprì la porticina della dispensola, dove si conservavano le mele, buttò via il panno rosso, si sdraiò sopra un paglioncino gramo, si tirò un cencio di coperta gialla sui piedi e si addormentò. Pasqualina filava e pensava con una certa diffidenza a Canituccia. Questa servetta era la figlia bastarda di Maria la rossa: Maria, dai capelli ardenti e dalle labbra di garofano, aveva peccato prima con Giambattista, il calzolaio; Giambattista era andato a fare il soldato e Maria era divenuta l’amante di Gasparre Rossi, un signore. Poi anche Gasparre aveva abbandonata Maria, malgrado si dicesse che Candida, detta per diminutivo Canituccia, fosse figlia di lui. È certo che quella Maria, dopo essere stata un mese a Sessa, aveva lasciato Canituccia e se n’era andata, chi diceva a Capua, chi diceva a Napoli, a far vita disonesta. Gasparre non si era voluto curare della bambina abbandonata, la quale venne su in casa Zampa, Pasqualina e Crescenzo Zampa, fratello e sorella. Ma il volto bianco macchiato di lentiggini ricordava sempre la sua mamma, la rossa, e Pasqualina, zitella, casta, magra, dalle mani nodose e rosse, dai denti gialli, dagli occhi neri di carbone, che non si era maritata perchè Crescenzo le aveva negato la dote, fremeva di terrore isterico, pensando alle follie amorose di Maria la rossa, e diffidava della piccola bastarda.

Così, il giorno seguente, temendo che Canituccia non perdesse di nuovo Ciccotto, con una funicella legò da un capo il piede di Ciccotto, dall’altro legò la vita di Canituccia, perchè non avessero a separarsi. Il porcellino sgambettava dietro la bambina per andare al pascolo. Passavano la giornata insieme, nei campi, cercando le prime erbe. Molte volte Canituccia attirava Ciccotto verso un posto dove aveva visto l’erba che poteva piacergli: qualche volta Ciccotto trascinava Canituccia verso un campo verde. A mezzogiorno la bambina mangiava un pezzo di pane. Erravano insieme nel pomeriggio di primavera, sino all’imbrunire. Non si lasciavano che alla casa, quando Ciccotto andava a dormire, e Canituccia, dopo avere ingoiato una minestra di cicoria fredda, o pochi ceci, o un po’ di cotenna col pane, andava anch’essa a dormire. Certo Pasqualina non era più avara e più feroce di altre contadine, ma ella stessa non era agiata e non mangiava un pezzetto di carne che la domenica. Batteva qualche volta Canituccia, ma non più che le altre contadine battessero le proprie creature.

Più tardi, nell’estate, Canituccia e Ciccotto stavano più lungamente insieme. Se ne andavano all’alba a cercare granone, fichi e mele primaticce cadute dagli alberi, poichè Ciccotto era diventato forte, grande e grosso, mentre Canituccia rimaneva magra e debole. Talvolta Ciccotto correva troppo per la bambina e questa si sentiva trascinare, spossata sotto il sollione bruciante, sulla terra secca e screpolata.

— Aspetta, Ciccotto, aspetta, bello mio – diceva, sfinita.

Poi Ciccotto si metteva a dormire e la bambina si stendeva per terra, lungo i solchi del grano mietuto, con gli occhi chiusi, sentendo sotto le palpebre la vampa bruciante del sole. Si rialzava stordita, con le guance rosse e la lingua gonfia. Ora non ci era più bisogno della funicella, perchè Ciccotto si era fatto ubbidiente: solo che Canituccia si era provveduta di un lungo ramoscello per regolare il cammino di Ciccotto e non farlo andare sotto le ruote dei carri che passavano per la via maestra. Ritornavano alle ventiquattro. Ciccotto lentamente, Canituccia un po’ più innanzi spinta dalla insaziabile fame che le mordeva lo stomaco. Una volta aveva provato a rubare certe sorbe acerbe nel campo di Nicola Passaretti, ma le sorbe erano amarissime e Nicola l’aveva picchiata come una piccola ladra. Anzi Nicola ne aveva detto a Pasqualina Zampa, che aveva anch’essa battuta Canituccia. La bambina se n’era andata pei campi con Ciccotto, piangendo e dicendogli:

— Pasqualina m’ha battuto perchè sono una ladra.

Ma Ciccotto aveva scosso il capo e si era messo a pascolare. Pure, ogni tanto, quando nelle mente chiusa di Canituccia sorgeva una idea, lei ne parlava a Ciccotto. Quando se ne tornavano a casa, gli teneva questo discorso:

— Mo’, andiamo alla casa e Ciccotto se ne va alla stalla e mamma Pasqualina gli dà la cena e poi mamma Pasqualina dà la minestra a Canituccia, che se la mangia tutta tutta.

E la mattina:

— Se Ciccotto non corre, se se ne sta sempre vicino a Canituccia, Canituccia lo porta alla Montagna Spaccata, all’arbusto di don Ottaviano il parroco e gli fa mangiare tante tante mele, mentre Canituccia si mangia il pane.

Quando venne l’autunno, Ciccotto si era fatto molto grasso e un po’ pesante. Una volta, con un colpo di testa, buttò a terra la bambina che si rialzò, si allontanò e gli scagliò una sassata. Ma fu l’unica loro lite. Cunituccia mangiava sempre meno e Pasqualina era sempre più aspra con la figlia della rossa, poichè la raccolta era stata cattiva e la casta zitella aveva un terribile sospetto, che suo fratello Crescenzo avesse preso una relazione amorosa con Rosella di Nocelleto: erano spariti dalla dispensa due caciocavalli e un prosciutto: poi Crescenzo aveva comperato al mercato di Sessa, per tre lire, un anello d’oro. Nella casa, Pasqualina diventava sempre più rabbiosa e avara. Se la prendeva con Teresa la serva, con Giacomo l’ortolano, con Canituccia, con tutti. L’ultima domenica, don Ottaviano non aveva voluto darle la comunione per i tanti peccati di pensiero.

Poi pioveva sempre e ogni giorno Ciccotto e Canituccia ritornavano a casa bagnati fradici. Canituccia si metteva il panno rosso sul capo, ma rimaneva con la sola camicia attorno alle gambe, camminava nelle pozze d’acqua e fango, sferzata dalla pioggia, dicendo a Ciccotto:

— Corriamo, Ciccotto bello di Canituccia, corriamo, perchè piove e ho tutto il corpetto bagnato. Corriamo, perchè a casa ci sta il fuoco e ci scalderemo.

Ma spesso il fuoco era spento e Canituccia andava a dormire, ancora inzuppata dalla pioggia. In quel mese di novembre, dissero in Ventaroli che Maria la rossa era morta a Capua di una tifoidea, e il parroco, dopo la messa, aveva portato l’esempio nella predica, facendo arrossire Concetta di Raffaele Palmese e Nicoletta di Peppino Morra che avevano qualche rimorso sulla coscienza. Dissero a Canituccia che la madre era morta, ma lei non capì nulla e stette ad ascoltare come una stupida.

In quel mese, però, Ciccotto era diventato così grasso e grosso, che non si poteva più menarlo a pascolare molto lontano: passeggiava gravemente. Invano Canituccia lo chiamava: esso non aveva più forza. La prima volta che lo lasciò per andare alla montagna a far legna, Canituccia nel bosco gli raccolse una quantità di ghiande e gliele portò in uno strofinaccio.

Prima di uscire per correre alla fontana, per portare il mangiare a Crescenzo nei campi o per altro incarico, essa andava a dare un’occhiata a Ciccotto. Ritornando, prima di entrare in cucina, andava di nuovo a salutarlo. Si sgomentava un poco a vederlo così grosso, tanto più di lei, che era sottile come un manico di scopa.

Una sera, nel dicembre, venendo dalla fontana, trovò don Ottaviano il parroco, Nicola Passaretti e Crescenzo che discutevano vivamente: questi tre andarono poscia a visitare Ciccotto e parlarono di nuovo. Lei non comprese. Ma la sera del giorno seguente venne da Carinola Sabatino il macellaio e a Teresa si aggiunse Rosaria, la serva di Gasparre Rossi. Vi era una grande agitazione nel cortile e nella cucina: sul focolare una grande caldaia sopra un fuoco vivissimo: tutt’i grandi piatti, tutte le catinelle, tutt’i secchi disposti: in un angolo la stadera: sulla tavola coltelli, coltellacci, imbuti: Pasqualina, Teresa, Rosaria con le gonne succinte e i grembiuli bianchi. Sabatino andava e veniva con un’aria d’importanza. Canituccia guardava tutto e non capiva. Poi chiese sottovoce a Teresa:

— Che facciamo stanotte?

— È venuto Natale, Canitù. Ammazziamo Ciccotto.

Allora, traballando un poco, Canituccia andò ad accovacciarsi in un angolo del cortile per vedere ammazzare Ciccotto. Vide al vagante lume che lo trascinavano in cortile, che Nicola Passaretti e Crescenzo lo tenevano. Udì i grugniti disperati di Ciccotto che non voleva morire, vide il coltello di Sabatino che lo ferì nella gola. Vide che gli tagliavano la testa, in tondo in tondo, al collo, e che la deponevano sopra un piatto con un sostrato di lauro fresco. Poi vide squartarne il corpo in due parti e pesarle sulla stadera; udì le esclamazioni di gioia al risultato: un cantaio e sessanta rotoli. Ella rimase all’oscuro, nel cortile, nell’angolo. Passò il tempo, in quella notte di dicembre gelata. La chiamarono in cucina. Rosaria e Teresa, coi piccoli imbuti, ficcavano nei budelli la carne della salsiccia. Sabatino e Crescenzo badavano ai prosciutti e ai pezzi di lardo, mentre Nicola sorvegliava nel caldaione i lardelli bianchi che si squagliavano, diventando strutto e siccioli. Pasqualina, sopra un angolo del focolare, faceva friggere del sangue nel tegame. Tutti parlottavano vivamente, allegramente, presi dalla gioia di quella carne, di quel grasso, di quella prosperità, infiammati dal fuoco e dal lavoro. Canituccia restava sulla soglia, guardando, senza entrare. Allora Pasqualina, pensando che la bambina non mangiava da un giorno e che era momento di festa, prese un pezzo di pane nero, vi mise su un pezzetto di sangue fritto e disse a Canituccia:

— Mangia questo.

Ma Canituccia che moriva di fame, disse di no, semplicemente, col capo.

(Tomado de archive.org)

Canituccia

En la penumbra, sentada sobre el banco de madera, bajo la campana ennegrecida y amplia del fogón, Pasqualina, con las manos bajo el delantal, rezaba el rosario. No se escuchaba más que el bisbiseo de los labios que susurraban las oraciones. La cocina, totalmente tiznada por el hollín, con la gran mesa de madera verde parduzca, con la artesa oscura, con las sillas de respaldo pintado, sin un punto luminoso, se hundía en la noche. El fuego, casi apagado, ardía bajo la ceniza.

Un zueco de madera dio contra la puertecilla cerrada. Pasqualina se levantó y abrió. Teresa, apodada la cabeza de paño, porque había servido a las monjas de un monasterio de Sessa, entró con el balde de agua sobre la cabeza; se agachó un poco, porque era alta, flaca y huesuda. Pasqualina la ayudó a poner el balde en el piso, y Teresa permaneció un momento inmóvil, pero sin jadear, a pesar del enorme peso que había cargado en la cabeza. Luego desató el trapo que le había servido de rodete y lo extendió sobre una silla, porque estaba empapado. Mojado estaba también el pañuelo de algodón que llevaba anudado a la cabeza, y mojadas las guedejas desgreñadas de los cabellos grises.

Mientras tanto, Pasqualina había encendido una de aquellas lámparas de latón con tres picos, con su pabilo de algodón empapado en aceite; en lo alto, de cadenitas de latón colgaban el apagavelas, las tijeras de despabilar y el atizador.

Luego había abierto la artesa, cortado un largo y grueso pedazo de pan moreno endurecido, le había agregado un pedacito de queso fuerte y le había dado a Teresa la cena.

–¿Y Canituccia? – preguntó.

–No la he visto.

–Es tarde y esa bribona no regresa.

–Ya vendrá.

–Teré, acuérdate que mañana, a las trece horas, tienes que ir a Carinola a llevar el saco de maíz.

–Sí, señora.

Sin comer, Teresa puso el pan y el queso en el bolsillo profundo del delantal. Permaneció todavía un rato con la boca semiabierta, todo el rostro ausente, sin ninguna expresión, ni siquiera la del cansancio.

–Me voy. Buenas noches a su señoría.

–Buenas noches.

Y se fue lentamente hacia la calle de la Cruz, donde en un cuartucho la esperaban cuatro chiquillos con los que debía comer.

Pasqualina permaneció en el umbral y llamó.

–¡Canituccia!

Nadie respondió. Había descendido la noche de un día de febrero. Pasqualina se atormenta mirando en la oscuridad. Llamó una vez más:

–¡Canituccia, Canituccia!

Entonces, murmurando improperios, bajó por el senderillo que, desde la puerta de casa, dividiendo en dos partes la huerta, llevaba al portón. Ahí, miró hacia el camino de Carinola, hacia la travesía de la Madonna della Libera, hacia la única calle que divide en dos partes el pequeño pueblo de Ventaroli. No se distinguía a Canituccia.

–La habrán matado, a esa tiñosa– murmuró.

Un gemido ahogado le respondió.

Canituccia estaba sentada en un peldaño del portón; acuclillada, con la cabeza entre las rodillas y las manos en el cabello, lamentándose.

–Ah ¿estás aquí? ¿Y no respondes? ¡Que te lleve el diablo! ¡Dime! ¿Por qué lloras? ¿Te han apaleado? Y Ciccotto ¿dónde está?

Canituccia, una niña de siete años, no respondió y se lamentó con más fuerza.

–¿Por qué viniste tan tarde? ¿Y Ciccotto? Dime la verdad, ¿has perdido a Ciccotto? –y la voz rabiosa de aquella vieja campesina solterona se hizo tremenda.

Canituccia se lanzó de bruces, con los brazos abiertos, sollozando. Había perdido a Ciccotto.

–¡Ah, desgraciada, asesina de mi casa, hija de mala mujer, que no eres otra cosa! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Toma esto! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Toma! ¿Has perdido a Ciccotto? ¡Píllatelo!

La molía a puñetazos, patadas y bofetadas. Canituccia se debatía, se revolcaba, gritaba, pero sin llorar. Cuando Pasqualina se cansó, le dio un empujón y dijo con voz ronca:

–Escucha, malandrina, yo te tengo en mi casa por caridad: si en este momento no te vas a buscar a Ciccotto por los campos, si no lo traes a casa, recuerda que te dejo morir reventada en la calle, como la hija de perra que eres.

Y Canituccia, gritando todavía por los golpes recibidos, con los pies descalzos y levantando sus andrajos de paño rojo, se puso en marcha hacia el camino de la Libera. Caminaba mirando a derecha y a izquierda, en los setos, en los campos cultivados, llamando a Ciccotto en voz baja. Lo había perdido de regreso a casa; no se había dado cuenta de que Ciccotto ya no la seguía. Pero en la noche no distinguía nada. Caminaba maquinalmente; se detenía de vez en cuando para mirar, sin ver. Sus pies desnudos, vueltos color de pulmón por el frío de todo un invierno, ya no sentían el terreno que se hacía glacial, ni las piedras con las que tropezaba. No tenía miedo de la noche, de los campos solitarios: sólo quería encontrar a Ciccotto. Escuchaba sólo las palabras de Pasqualina, que le decían que no comería si no regresaba con Ciccotto. Tenía un hambre acerba e intensa que le torcía el estómago. Si regresaba a Ciccotto, comería. Es lo único en lo que pensaba; sólo en esto. Y llamaba, llamaba, caminando rápidamente entre los altos setos, punto minúsculo que se agita en aquella calma nocturna.

–Ciccotto bonito, Ciccotto mío, Ciccotto de tu Canituccia, ¿dónde estás? Ciccotto, Ciccotto, Ciccotto, ¡ven con Canituccia! Si no te llevo a casa, mamá Pasqualina no me da de comer. ¡Oh, Ciccotto, Ciccotto!

Había salido del camino principal que lleva a Cascano, a Sessa, a Sparanisi. En la oscuridad el camino blanqueaba, y la pequeña sombra de aquella niña desolada hacía extrañas contorsiones sobre la tierra. La voz se le ahogaba. Corría como loca, ahora, llamando a Ciccotto con todas sus fuerzas. Dos veces derrotada, desesperada, se sentó en el piso: dos veces reanudó la carrera. Finalmente, en el campo de Antonio Janotta, escuchó como un pequeño gruñido, luego un pequeño galope y Ciccotto vino a lamerle los pies con el hocico.

Ciccotto era un cerdito entre blanco y rosado, con una mancha gris en el lomo, gordito y redondito. Canituccia gritó de la felicidad, tomó en sus brazos a Ciccotto y emprendió el regreso, con el último esfuerzo de sus piernas de niña. Reía, hablaba, se apretaba a Ciccotto al pecho para que no escapara, y Ciccotto, con sus patitas colgando, gruñía tranquilamente. Canituccia corría otra vez, pensando que comería. Desde lejos vio la figura de Pasqualina en el portón, y a tiro de voz le gritó:

–¡Encontré a Ciccotto, encontré a mi hermoso Ciccotto!

Pronto llegó hasta donde Pasqualina y le entregó triunfalmente al puerquito. Pasqualina, en la oscuridad, sonreía. Entraron a casa y Ciccotto fue llevado a su establillo, donde comió y se durmió de inmediato. Canituccia, jadeante, había seguido todas esas operaciones. Ella también tenía hambre, como Ciccotto. Siguió a Pasqualina a la cocina, mirándola con sus grandes ojos salvajes que no sabían pedir. Luego se sentó en el escalón del fogón, sin decir nada. La campesina se había sentado en el banco y había vuelto a empezar su rosario. Rezaba monótonamente y sin fervor. La niña, encorvada para no sentir el espasmo del estómago, seguía con los ojos aquel rezo. Ya ni siquiera pensaba: simple y sencillamente tenía hambre. Sólo después de media hora, cuando hubo rezado el Salve Regina, Pasqualina se levantó, abrió la artesa, cortó un pedazo de pan, recogió en un platito unos frijoles fríos y dio de comer a Canituccia. Ella, todavía sentada en el escalón del hogar, comió con avidez. Tenía una cabeza pequeña, con una cara menuda y blanca, toda manchada de pecas, con unos cabellos hirsutos, un poco rojizos, un poco amarillentos, un poco castaño sucio: una cabeza demasiado pequeña sobre un cuerpo muy delgado. Llevaba una camisa de algodón blanco toda remiendos, un corpiño de tela café y como falda un paño rojo sujetado a la cintura por un cordoncillo. Se veían las piernas huesudas; se le veía el cuello desnudo y flaco en el que los tendones parecían cuerdas tensadas. Comía con una cuchara de madera negra. Luego fue a beber del cubo.

–Vete a dormir– dijo Pasqualina que había tomado la rueca y estaba hilando.

Canituccia abrió la puertita de la pequeña despensa donde se conservaban las manzanas, se quitó el paño rojo y se acostó sobre un mísero jergón de paja, se cubrió con un trapo de manta amarilla y se durmió. Pasqualina hilaba y pensaba con cierta desconfianza en Canituccia. Esa sirvientilla era la hija bastarda de María la roja: María, de cabellos ardientes y labios de clavel, había pecado primero con Giambattista, el zapatero; Giambattista había ido a hacer el servicio militar y María se había convertido en la amante de Gasparre Rossi, un señor. Luego también Gasparre había abandonado a María, aunque se dijera que Cándida, llamada con el diminutivo Canituccia, era hija suya. Lo cierto es que aquella María, después de haber estado un mes en Sessa, había dejado a Canituccia y se había ido, alguien decía que a Capua; otros que a Nápoles para dedicarse a la vida deshonesta. Gasparre no había querido ocuparse de la niña abandonada, que creció en casa de los Zampa, Pasqualina y Crescenzo Zampa, hermano y hermana. Pero la carita blanca manchada de pecas recordaba siempre a su mamá la roja, y Pasqualina, solterona, casta, flaca, con manos nudosas y rojas, con dientes amarillos y ojos negros de carbón, que no se había casado porque Crescenzo le había negado la dote, se estremecía de un terror histérico, pensando en las locuras amorosas de María la roja, y desconfiaba de la pequeña bastarda.

De manera que, al día siguiente, temiendo que Canituccia pudiese perder de nuevo a Ciccotto, con una cuerdecilla ató por un extremo la pata de Ciccotto y por el otro la cintura de Canituccia para que no pudieran separarse. El puerquito trotaba detrás de la niña para ir a pastar. Pasaban el día juntos, en los campos, buscando las primeras hierbas. Muchas veces Canituccia atraía a Ciccotto a un lugar donde había visto hierba que podría gustarle; otras veces Ciccotto jalaba a Canituccia hacia un campo verde. A medio día la niña comía un pedazo de pan. Erraban juntos por la tarde de primavera hasta el anochecer. Sólo se separaban en casa, cuando Ciccotto iba a dormir, y Canituccia, después de haber engullido una sopa fría de achicoria o unos pocos garbanzos, o un poco de corteza de tocino con pan, también se iba a dormir. Sin duda Pasqualina no era más avara y más feroz que las demás campesinas, pero ella misma no vivía en la abundancia y comía un pedacito de carne sólo los domingos. A veces golpeaba a Canituccia, pero no más de lo que las otras campesinas golpeaban a sus propias creaturas.

Más tarde, en el verano, Canituccia y Ciccotto pasaban todavía más tiempo juntos. Salían al amanecer a buscar maíz, higos y manzanas tempranas caídas de los árboles, porque Ciccotto se había vuelto fuerte, grande y gordo, mientras que Canituccia seguía flaca y débil. A veces Ciccotto corría demasiado para la niña y ella sentía que la arrastraban, bajo el sol abrasador, sobre la tierra seca y agrietada.

–Espera Ciccotto, espera, hermoso mío– le decía ella, extenuada.

Luego Ciccotto se echaba a dormir y la niña se tendía en el suelo, a lo largo de los surcos de grano segado, con los ojos cerrados, sintiendo bajo los párpados el resplandor ardiente del sol. Se levantaba aturdida, con las mejillas rojas y la lengua hinchada. Ahora ya no hacía falta la cuerdecilla, porque Ciccotto se había vuelto obediente; Canituccia sólo se había provisto de una larga ramita con la que regulaba el camino de Ciccotto para que no terminara bajo las ruedas de los carros que pasaban por el camino principal. Regresaban a las doce de la noche. Ciccotto lentamente, Canituccia un poco más adelante, impulsada por el hambre insaciable que le mordía el estómago. Una vez había intentado robar unas serbas verdes en el campo de Nicola Passaretti, pero las serbas eran amarguísimas y Nicola la había golpeado como a una pequeña ladrona. Es más, Nicola se lo había dicho a Pasqualina Zampa que también le había pegado. La niña se había ido por los campos con Ciccotto, llorando y diciéndole.

–Pasqualina me ha golpeado porque soy una ladrona.

Pero Ciccotto había sacudido la cabeza y se había puesto a pastar. Sin embargo, a veces, cuando en la mente cerrada de Canituccia surgía una idea, ella hablaba de eso con Ciccotto. Cuando regresaban a casa, le iba platicando:

–Ahora, vamos a casa y Ciccotto se va al establo y mamá Pasqualina le da de cenar y luego mamá Pasqualina le da la sopa a Canituccia, que se la come toda, toda.

Y por la mañana:

–Si Ciccotto no corre, y está siempre cerca de Canituccia, Canituccia lo lleva a la Montaña Partida, al arbusto de don Octaviano el párroco y le deja comer muchas manzanas, mientras Canituccia se come el pan.

Cuando llegó el otoño, Ciccotto se había puesto muy gordo y un poco pesado. Una vez, con un cabezazo, hizo caer a la niña que después se levantó, se alejó y le lanzó una pedrada. Pero fue su única pelea. Canituccia comía cada vez menos y Pasqualina era cada vez más áspera con la hija de la roja, porque la cosecha había sido mala y la casta solterona tenía una terrible sospecha de que su hermano Crescenzo había iniciado una relación amorosa con Rosella di Nocelleto. Habían desaparecido de la despensa dos quesos caciocavallo y un jamón: luego Crescenzo había comprado en el mercado de Sessa, por tres liras, un anillo de oro. En casa, Pasqualina se volvía cada vez más rabiosa y avara. Se desquitaba con Teresa la sirvienta, con Giacomo el hortelano, con Canituccia, con todos. El último domingo, don Octaviano no había querido darle la comunión por tantos pecados de pensamiento.

Luego llovía siempre y todos los días Ciccotto y Canituccia regresaban a casa empapados. Canituccia se ponía el paño rojo sobre la cabeza, pero se quedaba sólo con la camisa alrededor de las piernas; caminaba entre los charcos de agua y barro, azotada por la lluvia, diciéndole a Ciccotto:

–¡Corramos, Ciccotto hermoso de Canituccia, corramos porque llueve y tengo el corpiño mojado! ¡Corramos, porque en casa está el fuego y nos calentaremos!

Pero a menudo el fuego estaba apagado y Canituccia se iba a dormir todavía empapada por la lluvia. Ese mes de noviembre, dijeron en Ventaroli que María la roja había muerto en Capua de una tifoidea, y el párroco, después de la misa, había puesto el ejemplo en la prédica, haciendo sonrojar a Concetta de Rafael Palmese y a Nicoletta de Peppino Morra, que tenían uno que otro remordimiento de conciencia. Le dijeron a Canituccia que su madre había muerto, pero ella no entendió nada y se quedó escuchando como alelada.

Ese mes, sin embargo, Ciccotto se había puesto tan gordo y grande que ya no era posible llevarlo a pastar muy lejos: paseaba con lentitud. En vano Canituccia lo llamaba, que él ya no tenía fuerza. La primera vez que lo dejó para ir a la montaña por leña, Canituccia le recogió en el bosque una buena cantidad de bellotas y se las llevó en un trapo.

Antes de salir a correr a la fuente, para llevarle la comida a Crescenzo a los campos o para algún otro encargo, ella iba a echarle un vistazo a Ciccotto. A su regreso, antes de entrar a la cocina, iba una vez más a saludarlo. Le consternaba un poco el verlo tan grande, tanto más que ella, que era delgada como un mango de escoba.

Una tarde, en diciembre, cuando venía de la fuente, encontró a don Ottaviano el párroco, Nicola Passaretti y a Crescenzo que discutían acaloradamente: luego los tres fueron a visitar a Ciccotto y hablaron de nuevo. Ella no entendió,. pero la tarde del día siguiente vino de Carinola Sabatino el carnicero y a Teresa se le unió Rosaria, la sirvienta de Gasparre Rossi. Había una gran agitación en el patio y en la cocina: sobre el fogón había una gran caldera sobre un fuego vivísimo: todos los platos grandes, todos los barreños, todas las cubetas dispuestas: en una esquina la báscula romana: sobre la mesa cuchillos de todo tipo, embudos: Pasqualina, Teresa, Rosaria con la faldas arremangadas y delantales blancos. Sabatino iba y venía con un aire de importancia. Canituccia miraba todo y no entendía. Luego le preguntó en voz baja a Teresa.

–¿Qué hacemos esta noche?

–Ha llegado la Navidad, Canitù. Mataremos a Ciccotto.

Entones, tambaleándose un poco, Canituccia fue a agazaparse en una esquina del patio para ver matar a Ciccotto. Vio, en la luz difusa, que lo arrastraban al patio, que Nicola Passaretti y Crescenzo lo sujetaban. Escuchó los gruñidos desesperados de Ciccotto que no quería morir, vio el cuchillo de Sabatino que lo hirió en la garganta. Vio que le cortaban la cabeza, todo alrededor del cuello, y que la ponían sobre un plato con una base de laurel fresco. Luego vio como descuartizaban el cuerpo en dos partes que fueron pesadas en la romana; escuchó las exclamaciones de alegría por el resultado: un quintal y sesenta libras. Ella permaneció en la oscuridad, en el patio, en la esquina. El tiempo pasó en aquella noche de diciembre congelada. La llamaron a la cocina. Rosaria y Teresa, con pequeños embudos, llenaban las tripas con la carne de la salchicha. Sabatino y Crescenzo se ocupaban de los jamones y de los pedazos de tocino, mientras que Nicola vigilaba en el calderón los trozos blancos de sebo que se convertían en manteca de cerdo y chicharrones. Pasqualina, en un lado del fogón, freía la sangre en la sartén. Todos hablaban animadamente, alegremente, llevados por la alegría de aquella carne, de aquella grasa, de aquella prosperidad, inflamados por el fuego y el trabajo. Canituccia permanecía en el umbral, mirando, sin entrar. Entonces Pasqualina, pensando que la niña no comía desde hacía un día y que era momento de fiesta, tomó un pedazo de pan negro, puso un pedacito de sangre frita y le dijo a Canituccia:

–Cómete esto.

Pero Canituccia, que se moría de hambre, dijo que no, así, simplemente, con la cabeza.

Canituccia

Nella penombra, seduta sulla panca di legno, sotto la cappa nera ed ampia dei focolare, Pasqualina, con le mani sotto il grembiule, recitava il rosario. Non si udiva che il pissi pissi delle labbra sibilanti le preghiere. La cucina tutta affumicata, con la larga tavola di legno verde-bruno, con la madia oscura, con le sedie a spalliera dipinta, senza un punto luminoso, s’immergeva nella notte. Il fuoco, semispento, covava sotto la cenere.

Un zoccolo di legno urtò contro la portella chiusa. Pasqualina si alzò ed aprì. Teresa, detta la capa de peza, perchè aveva servito le monache in un monastero di Sessa, entrò con la secchia dell’acqua sulla testa: si curvò un poco, perchè era alta, magra ed ossuta. Pasqualina l’aiutò a deporre la secchia per terra, e Teresa rimase un momento immobile, ma senza ansare, malgrado il peso enorme che aveva portato sul capo. Poi disciolse lo strofinaccio che le era servito da cercine e lo stese sopra una sedia, perchè era bagnato fradicio. Ed era bagnato il fazzoletto di cotone che portava annodato sul capo e bagnati i cernecchi arruffati dei capelli grigi.

Intanto Pasqualina aveva acceso una di quelle lucerne di ottone a tre becchi, col lucignolo di bambagia che bagna nell’olio, tenendo in alto, sospesi con catenine di ottone, lo spegnitoio, le forbici da smoccolare e l’attizzatoio.

Poi aveva aperto la madia, tagliato un lungo e grosso pezzo di pane bruno raffermo, ci aveva aggiunto un pezzetto di cacio forte e aveva dato a Teresa la cena.

— E Canituccia? – chiese.

— Non l’ho vista.

— È tardi e quella malandrina non torna.

— Mo’ verrà.

— Terè, ricòrdati che domani, a tredici ore, devi andare a Carinola a portare quel sacco di granone.

— Gnorsì.

Senza mangiare, Teresa mise il pane e il cacio nella tasca profonda del grembiule. Rimase ancora un poco, con la bocca semi-aperta, tutto il volto inebetito, senza nessuna espressione, neppure quella della stanchezza.

— Me ne vado. Felice notte a signorìa.

— Felice notte.

E se ne andò lentamente verso la via della Croce, dove in una stanzuccia l’aspettavano quattro marmocchi con cui dovea pranzare.

Pasqualina restò sulla soglia e chiamò:

— Canituccia!

Nessuno rispose. La sera di una giornata di febbraio era discesa. Pasqualina si arrovellava a guardare nella oscurità. Chiamò di nuovo a distesa:

— Canituccia, Canituccia!

Allora, borbottando improprerì, scese per la viottola che dalla porta di casa, tagliando in due parti l’orto, conduceva al portone. Lì guardò verso la via di Carinola, verso la traversa della Madonna della Libera, verso la unica via che taglia in due parti il piccolo villaggio di Ventaroli. Canituccia non si distingueva.

— Sarà morta ammazzata, quella tignosa – mormorò.

Un gemitìo sommesso le rispose. Canituccia era seduta sullo scalino del portone; accovacciata, col capo quasi tra le ginocchia e le mani nei capelli, lamentandosi.

— Ah, stai qua? E non rispondi, che tu possa essere impiccata? Dì? perchè piangi? T’hanno bastonata? E Ciccotto dove sta?

Canituccia, una bambina di sette anni, non rispose e si lamentò più forte.

— Perchè sei venuta così tardi? E Ciccotto? Dì la verità, hai perduto Ciccotto? – e la voce rabbiosa di quella vecchia zitella contadina divenne tremenda.

Canituccia si gettò per terra bocconi, con le braccia aperte, singhiozzando. Aveva perduto Ciccotto.

— Ah, scellerata, assassina della casa mia, figlia di mala femmina, che non sei altro! Hai perduto Ciccotto? E tieni. Hai perduto Ciccotto? E piglia. Hai perduto Ciccotto? E afferra.

La caricava di pugni, di calci e di schiaffi. Canituccia si dibatteva, si avvoltolava, strillava, ma senza piangere. Quando Pasqualina si fu stancata, le dette uno spintone e disse con voce arrantolata:

— Senti, malandrina, io ti tengo in casa per carità: se mo’ non ti parti e non vai cercando Ciccotto per la campagna, se non lo riporti a casa, ricòrdati che ti faccio morire crepata sulla via, come una figlia di cagna che sei.

E Canituccia, strillando ancora per le busse avute, coi piedi scalzi, rialzando il suo cencio di panno rosso, si avviò verso la strada della Libera. Camminava guardando a destra ed a sinistra, nelle siepi, nei campi coltivati, chiamando Ciccotto a bassa voce. Lo aveva perduto, tornando a casa: non si era accorta che Ciccotto non la seguiva più. Ma nella notte non distingueva nulla. Camminava macchinalmente: fermandosi ogni tanto a guardare, senza vedere. I suoi piedi nudi, diventati color di polmone pel freddo di una intiera invernata, non sentivano più il terreno che si faceva glaciale, nè le pietre dove inciampava. Non aveva paura della notte, della campagna solitaria: non voleva che ritrovare Ciccotto. Udiva solo le parole di Pasqualina, che le dicevano non avrebbe mangiato se non riportava Ciccotto. Aveva una fame acerba e intensa che le torceva lo stomaco. Se riportava Ciccotto, avrebbe mangiato. Questo solo pensava, questo solo. E chiamava, chiamava, camminando rapidamente fra le alte siepi, punto minuscolo che si agita a in quella calma notturna:

— Ciccotto bello, Ciccotto mio, Ciccotto di Canituccia tua, dove stai? Ciccotto, Ciccotto, Ciccorto, vieni da Canituccia! Se non ti porto a casa, mamma Pasqualina non mi dà da mangiare. O Ciccotto, o Ciccotto!

Era uscita sulla via maestra che mena a Cascano, a Sessa, a Sparanisi. Nella oscurità la via biancheggiava, e la piccola ombra di quella bambina desolata prendeva contorcimenti strani sulla terra. La voce le si affannava. Correva all’impazzata, ora, chiamando Ciccotto con tutte le forze. Due volte, disfatta, disperata, sedette per terra: due volte riprese la corsa. Finalmente, nel campo di Antonio Jannotta, udì come un piccolo grugnito, poi un piccolo galoppo, e Ciccotto venne a lambirle i piedi col grugno.

Ciccotto era un porcellino bianco-roseo, con una macchia grigia sulla schiena, grassottello e rotondetto. Canituccia gridò dalla gioia, prese nelle braccia Ciccotto e se ne tornò indietro, con l’ultimo sforzo delle sue gambe di bambina. Rideva, parlava, si stringeva al petto Ciccotto per non farlo scappare, e Ciccotto, con le corte gambe pendenti, grugniva tranquillamente. Canituccia correva di nuovo, pensando che avrebbe mangiato. Di lontano vide la figura di Pasqualina sul portone e a tiro di voce le gridò:

— Ho trovato Ciccotto, ho trovato Ciccotto bello!

Ben presto raggiunse Pasqualina e le consegnò trionfal mente il porcellino. Pasqualina, all’oscuro, sorrideva. Rientrarono in casa e Ciccotto fu portato nel suo stabbiolo, dove mangiò e si addormì immediatamente. Canituccia, ansante, aveva seguito tutte quelle operazioni. Aveva fame anche lei come Ciccotto. Seguì Pasqualina in cucina, guardandola coi suoi grandi occhi selvaggi che non sapevano chiedere. Poi sedette sullo scalino del focolare, senza dir nulla. La contadina si era seduta sulla panca ed aveva ricominciato il suo rosario. Pregava monotamente e senza fervore. La bambina, curva per non sentire lo spasimo dello stomaco, seguiva con gli occhi quella preghiera. Non pensava neppure più: aveva semplicemente e unicamente fame. Solo dopo mezz’ora, quando la Salve Regina fu recitata, Pasqualina si alzò, apri la madia, tagliò un pezzo di pane, raccolse in un piattello certi fagiuoli freddi e dette il pranzo a Canituccia. Costei, seduta sempre sullo scalino del focolare, mangiò avidamente. Aveva una testa piccola, con una faccia minuta e bianca, tutta macchiata di lentiggini, con certi capelli ispidi, un po’ rossi, un po’ giallastri, un po’ castagno sporco: una testa troppo piccola sopra un corpo molto magro. Portava una camicia di cotone bianco tutta toppe, un corpetto di teletta marrone e per gonnella un panno rosso, tenuto su alla cinta da una cordicella. Si vedevano le gambe stecchite: si vedeva il collo nudo e magro, dove i tendini parevano corde tese. Mangiava con un cucchiaio di legno nero. Dopo andò a bere alla secchia.

— Vattene a dormire – disse Pasqualina, che aveva preso la conocchia e filava.

Canituccia aprì la porticina della dispensola, dove si conservavano le mele, buttò via il panno rosso, si sdraiò sopra un paglioncino gramo, si tirò un cencio di coperta gialla sui piedi e si addormentò. Pasqualina filava e pensava con una certa diffidenza a Canituccia. Questa servetta era la figlia bastarda di Maria la rossa: Maria, dai capelli ardenti e dalle labbra di garofano, aveva peccato prima con Giambattista, il calzolaio; Giambattista era andato a fare il soldato e Maria era divenuta l’amante di Gasparre Rossi, un signore. Poi anche Gasparre aveva abbandonata Maria, malgrado si dicesse che Candida, detta per diminutivo Canituccia, fosse figlia di lui. È certo che quella Maria, dopo essere stata un mese a Sessa, aveva lasciato Canituccia e se n’era andata, chi diceva a Capua, chi diceva a Napoli, a far vita disonesta. Gasparre non si era voluto curare della bambina abbandonata, la quale venne su in casa Zampa, Pasqualina e Crescenzo Zampa, fratello e sorella. Ma il volto bianco macchiato di lentiggini ricordava sempre la sua mamma, la rossa, e Pasqualina, zitella, casta, magra, dalle mani nodose e rosse, dai denti gialli, dagli occhi neri di carbone, che non si era maritata perchè Crescenzo le aveva negato la dote, fremeva di terrore isterico, pensando alle follie amorose di Maria la rossa, e diffidava della piccola bastarda.

Così, il giorno seguente, temendo che Canituccia non perdesse di nuovo Ciccotto, con una funicella legò da un capo il piede di Ciccotto, dall’altro legò la vita di Canituccia, perchè non avessero a separarsi. Il porcellino sgambettava dietro la bambina per andare al pascolo. Passavano la giornata insieme, nei campi, cercando le prime erbe. Molte volte Canituccia attirava Ciccotto verso un posto dove aveva visto l’erba che poteva piacergli: qualche volta Ciccotto trascinava Canituccia verso un campo verde. A mezzogiorno la bambina mangiava un pezzo di pane. Erravano insieme nel pomeriggio di primavera, sino all’imbrunire. Non si lasciavano che alla casa, quando Ciccotto andava a dormire, e Canituccia, dopo avere ingoiato una minestra di cicoria fredda, o pochi ceci, o un po’ di cotenna col pane, andava anch’essa a dormire. Certo Pasqualina non era più avara e più feroce di altre contadine, ma ella stessa non era agiata e non mangiava un pezzetto di carne che la domenica. Batteva qualche volta Canituccia, ma non più che le altre contadine battessero le proprie creature.

Più tardi, nell’estate, Canituccia e Ciccotto stavano più lungamente insieme. Se ne andavano all’alba a cercare granone, fichi e mele primaticce cadute dagli alberi, poichè Ciccotto era diventato forte, grande e grosso, mentre Canituccia rimaneva magra e debole. Talvolta Ciccotto correva troppo per la bambina e questa si sentiva trascinare, spossata sotto il sollione bruciante, sulla terra secca e screpolata.

— Aspetta, Ciccotto, aspetta, bello mio – diceva, sfinita.

Poi Ciccotto si metteva a dormire e la bambina si stendeva per terra, lungo i solchi del grano mietuto, con gli occhi chiusi, sentendo sotto le palpebre la vampa bruciante del sole. Si rialzava stordita, con le guance rosse e la lingua gonfia. Ora non ci era più bisogno della funicella, perchè Ciccotto si era fatto ubbidiente: solo che Canituccia si era provveduta di un lungo ramoscello per regolare il cammino di Ciccotto e non farlo andare sotto le ruote dei carri che passavano per la via maestra. Ritornavano alle ventiquattro. Ciccotto lentamente, Canituccia un po’ più innanzi spinta dalla insaziabile fame che le mordeva lo stomaco. Una volta aveva provato a rubare certe sorbe acerbe nel campo di Nicola Passaretti, ma le sorbe erano amarissime e Nicola l’aveva picchiata come una piccola ladra. Anzi Nicola ne aveva detto a Pasqualina Zampa, che aveva anch’essa battuta Canituccia. La bambina se n’era andata pei campi con Ciccotto, piangendo e dicendogli:

— Pasqualina m’ha battuto perchè sono una ladra.

Ma Ciccotto aveva scosso il capo e si era messo a pascolare. Pure, ogni tanto, quando nelle mente chiusa di Canituccia sorgeva una idea, lei ne parlava a Ciccotto. Quando se ne tornavano a casa, gli teneva questo discorso:

— Mo’, andiamo alla casa e Ciccotto se ne va alla stalla e mamma Pasqualina gli dà la cena e poi mamma Pasqualina dà la minestra a Canituccia, che se la mangia tutta tutta.

E la mattina:

— Se Ciccotto non corre, se se ne sta sempre vicino a Canituccia, Canituccia lo porta alla Montagna Spaccata, all’arbusto di don Ottaviano il parroco e gli fa mangiare tante tante mele, mentre Canituccia si mangia il pane.

Quando venne l’autunno, Ciccotto si era fatto molto grasso e un po’ pesante. Una volta, con un colpo di testa, buttò a terra la bambina che si rialzò, si allontanò e gli scagliò una sassata. Ma fu l’unica loro lite. Cunituccia mangiava sempre meno e Pasqualina era sempre più aspra con la figlia della rossa, poichè la raccolta era stata cattiva e la casta zitella aveva un terribile sospetto, che suo fratello Crescenzo avesse preso una relazione amorosa con Rosella di Nocelleto: erano spariti dalla dispensa due caciocavalli e un prosciutto: poi Crescenzo aveva comperato al mercato di Sessa, per tre lire, un anello d’oro. Nella casa, Pasqualina diventava sempre più rabbiosa e avara. Se la prendeva con Teresa la serva, con Giacomo l’ortolano, con Canituccia, con tutti. L’ultima domenica, don Ottaviano non aveva voluto darle la comunione per i tanti peccati di pensiero.

Poi pioveva sempre e ogni giorno Ciccotto e Canituccia ritornavano a casa bagnati fradici. Canituccia si metteva il panno rosso sul capo, ma rimaneva con la sola camicia attorno alle gambe, camminava nelle pozze d’acqua e fango, sferzata dalla pioggia, dicendo a Ciccotto:

— Corriamo, Ciccotto bello di Canituccia, corriamo, perchè piove e ho tutto il corpetto bagnato. Corriamo, perchè a casa ci sta il fuoco e ci scalderemo.

Ma spesso il fuoco era spento e Canituccia andava a dormire, ancora inzuppata dalla pioggia. In quel mese di novembre, dissero in Ventaroli che Maria la rossa era morta a Capua di una tifoidea, e il parroco, dopo la messa, aveva portato l’esempio nella predica, facendo arrossire Concetta di Raffaele Palmese e Nicoletta di Peppino Morra che avevano qualche rimorso sulla coscienza. Dissero a Canituccia che la madre era morta, ma lei non capì nulla e stette ad ascoltare come una stupida.

In quel mese, però, Ciccotto era diventato così grasso e grosso, che non si poteva più menarlo a pascolare molto lontano: passeggiava gravemente. Invano Canituccia lo chiamava: esso non aveva più forza. La prima volta che lo lasciò per andare alla montagna a far legna, Canituccia nel bosco gli raccolse una quantità di ghiande e gliele portò in uno strofinaccio.

Prima di uscire per correre alla fontana, per portare il mangiare a Crescenzo nei campi o per altro incarico, essa andava a dare un’occhiata a Ciccotto. Ritornando, prima di entrare in cucina, andava di nuovo a salutarlo. Si sgomentava un poco a vederlo così grosso, tanto più di lei, che era sottile come un manico di scopa.

Una sera, nel dicembre, venendo dalla fontana, trovò don Ottaviano il parroco, Nicola Passaretti e Crescenzo che discutevano vivamente: questi tre andarono poscia a visitare Ciccotto e parlarono di nuovo. Lei non comprese. Ma la sera del giorno seguente venne da Carinola Sabatino il macellaio e a Teresa si aggiunse Rosaria, la serva di Gasparre Rossi. Vi era una grande agitazione nel cortile e nella cucina: sul focolare una grande caldaia sopra un fuoco vivissimo: tutt’i grandi piatti, tutte le catinelle, tutt’i secchi disposti: in un angolo la stadera: sulla tavola coltelli, coltellacci, imbuti: Pasqualina, Teresa, Rosaria con le gonne succinte e i grembiuli bianchi. Sabatino andava e veniva con un’aria d’importanza. Canituccia guardava tutto e non capiva. Poi chiese sottovoce a Teresa:

— Che facciamo stanotte?

— È venuto Natale, Canitù. Ammazziamo Ciccotto.

Allora, traballando un poco, Canituccia andò ad accovacciarsi in un angolo del cortile per vedere ammazzare Ciccotto. Vide al vagante lume che lo trascinavano in cortile, che Nicola Passaretti e Crescenzo lo tenevano. Udì i grugniti disperati di Ciccotto che non voleva morire, vide il coltello di Sabatino che lo ferì nella gola. Vide che gli tagliavano la testa, in tondo in tondo, al collo, e che la deponevano sopra un piatto con un sostrato di lauro fresco. Poi vide squartarne il corpo in due parti e pesarle sulla stadera; udì le esclamazioni di gioia al risultato: un cantaio e sessanta rotoli. Ella rimase all’oscuro, nel cortile, nell’angolo. Passò il tempo, in quella notte di dicembre gelata. La chiamarono in cucina. Rosaria e Teresa, coi piccoli imbuti, ficcavano nei budelli la carne della salsiccia. Sabatino e Crescenzo badavano ai prosciutti e ai pezzi di lardo, mentre Nicola sorvegliava nel caldaione i lardelli bianchi che si squagliavano, diventando strutto e siccioli. Pasqualina, sopra un angolo del focolare, faceva friggere del sangue nel tegame. Tutti parlottavano vivamente, allegramente, presi dalla gioia di quella carne, di quel grasso, di quella prosperità, infiammati dal fuoco e dal lavoro. Canituccia restava sulla soglia, guardando, senza entrare. Allora Pasqualina, pensando che la bambina non mangiava da un giorno e che era momento di festa, prese un pezzo di pane nero, vi mise su un pezzetto di sangue fritto e disse a Canituccia:

— Mangia questo.

Ma Canituccia che moriva di fame, disse di no, semplicemente, col capo.

Pilar Carrillo Farga estudió Arquitectura en Florencia. Es licenciada en Letras Italianas y especialista y maestra en Historia del Arte por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente desarrolla dos líneas de investigación: una centrada en la literatura y filosofía del Renacimiento, y otra dedicada al estudio de la literatura femenina del siglo XIX en Italia.

En la UNAM, ha sido profesora en las facultades de Filosofía y Letras, donde ha impartido clases de lengua y literatura italiana; de Ingeniería, donde enseña Literatura iberoamericana contemporánea, y de Medicina, donde impulsa un proyecto sobre Literatura y Medicina.